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Todas estas palabras:
sufrimiento, poesía, desdicha, infortunio, alegría,
pesan en cierto sentido como una especie de gran lápida
desde el momento en que se pronuncia. Y en general, dado
que en última instancia en ella están comprometidos los
destinos y las pasiones humanas, las emociones, no es
extraño que se espere mucho de ellas.
Sin embargo, es probable que
la poesía no sea sino esa forma de balbuceo casi
inteligible que quiere precisamente acercar nuestras
palabras para que encontremos en ellas una cierta
dimensión de nuestra existencia, una dimensión
probablemente más amorosa, más anhelante y más pura.
Creo que es eso, y voy a partir con una dedicatoria del
poeta Elliot, Premio Nobel, norteamericano, inglés de
alma, que en una parte, en un poema que se llama "Una
Dedicatoria a mi Mujer", habla de aquellos amantes que
piensan lo mismo sin necesidad del lenguaje y que
balbucean el mismo lenguaje sin necesidad de
significados.
Entonces,
probablemente en esos dos versos, están sintetizados
casi tres mil años de sueños, anhelos y de posibles
futuros. En rigor, el poema termina también como una
frase que se dedica a alguien, y nos hace pensar en
cierto sentido que toda existencia en realidad es una
dedicatoria a alguien; que vivir, que respirar, que
pensar, que mirar....es probablemente el gesto más
inmediato, más profundo , más vasto, de dedicar el
propio aliento, la propia respiración, la propia mirada
al otro.
La
dedicatoria termina: "pero esta dedicatoria es para que
la lean los demás; éstas son palabras privadas que te
digo en público."
Entonces yo
quería empezar con algo que mis amigos historiadores
saben mucho más que yo, que es concretamente con Esido y
hablar de estos pensamientos que no necesitan del
lenguaje y de este lenguaje que no necesita de los
significados. En realidad de dónde surge esto, de dónde
parte, y parte radicalmente de una separación, de una
escisión y de un cercenamiento. Eso son alrededor de
2700 años; eso es Esido, es el mito de la separación del
cielo y de la tierra.
Qué dice más
o menos esto. Que la madre tierra, Gaia, estaba siendo
populada permanentemente por Urano el cielo, de tal
forma que él no se separaba nunca de ella, era una
cópula sin descanso. Y por lo tanto, los hijos que iban
engendrándose no podían nacer, porque obviamente la
salida estaba obturada, no tenían por dónde salir.
Entonces se iban acumulando, esta madre iba
acumulándolos en distintas partes. Es así como inventa
una especie de guadaña de acero y hace una hoz, con la
que propone a los todos los hijos que uno le cercene el
miembro al padre, ya que era la única forma de parar
este cansancio y suplicio extremo.
Uno de ellos
que es Crono, lo hace, y perdonen lo gráfico, con la
mano izquierda agarra y con la mano derecha lo corta y
lo lanza. Ese es el momento en que se separa la tierra y
el cielo, es el momento en que se crea la distancia...
míticamente; en que Urano es separado de la madre y
comienza a echarse atrás, para quedar finalmente
suspendido de la cima más alta.
Nunca más el
cielo y la tierra volverán a reunirse. Entonces los
hijos pueden nacer y la vida puede comenzar.
Pero al
mismo tiempo con este comienzo de la vida, se crea la
distancia y de allí, creándose la distancia,
inmediatamente tiene que surgir el lenguaje, porque el
lenguaje no es sino la forma precaria, arrasada,
entumida, de salvar en parte la maldición de que no
somos uno, de que tenemos que hablar, de que yo no soy
tu ni tu eres yo. Tenemos que intercambiar palabras,
tenemos que tirarnos estas frases, estos hálitos de los
unos a los otros, para remediar en parte el gesto de una
mutilación, el acto de una mutilación y de allí en
adelante el lenguaje y todos los poemas no serán sino
ecos, pequeñas resonancias de ese grito primigenio, el
grito con que Urano se separa de la madre y que va
siendo repetido, reiterado, recomenzado, recreado en
cada una de las palabras que no decimos, en cada uno de
los temas que hablamos, sean cuales sean, en cada uno de
los sonidos que tratemos precariamente de emitirnos los
unos a los otros.
Por eso en
el lenguaje mismo nos está vedada la felicidad, porque
él nace de un cercenamiento y nace de una separación. En
el fondo eso es un poco Esido, al menos su comienzo, y
nos es distinto a eso el comienzo de la Ilíada de
Homero: "canta oh musa la ira del pélida Aquiles" o
canta oh musa o diosa la ira del Aquiles hijo de Peleo.
Es impresionante que el primer verso de occidente, el
primer poema de occidente, la Ilíada, no dice, canta oh
diosa la belleza de Aquiles; no dice, canta oh diosa la
misericordia de Aquiles; no dice, canta oh diosa el amor
de Aquiles... dice, canta oh diosa la furia de Aquiles,
como si ya en esa frase se nos estuviese de una u otra
forma profetizando 2800 años de infortunio, de helena,
de traiciones, de pequeños yerros, de caídas, de
incomprensiones; de pequeñas muertes, de grandes
muertes, de campos de concentración, de desplazados.
Entonces,
este panorama, esta visión original del lenguaje, como
algo que es la única posibilidad que realmente tenemos,
dado que no somos uno, pero que al mismo tiempo carga
con la imposibilidad que se nos dé allí la felicidad. No
podemos ser felices con las palabras, no podemos ser
felices con los gestos. La única forma de realmente
reencontrar esa felicidad, es nuevamente volver al
instante antes de la separación, al instante en que
éramos uno y eso se cumple. Se cumple en la vida más que
en la literatura, se cumple de tanto en tanto.
Y haciendo
un brusco salto de cerca de 2000 años, veré de pronto
que se escribió también en el 1300 un poema
absolutamente gigantesco que fue la comedia. La comedia
es un tránsito por el infierno, por el purgatorio y por
el paraíso, y que surge de un hecho muy simple. Ha sido
llamado el gran poema de la cristiandad, es el poema que
acumula todo el saber de su época. Es un poema
geográfico, cósmico, político, histórico, filosófico. Y
al mismo tiempo surge, creo, de una intuición
extremadamente instantánea.
Al comienzo
del infierno hay una famosa inscripción, que dice: "por
mi se va en la ciudad doliente, por mi se va en el
eterno dolor, por mi se va tras la pérdida gente, la
justicia animó mi alto arquitecto, me hizo la divina
potestad, la suprema sabiduría y el gran amor. Antes de
mi no hubo cosa creada sino eterna, y yo, eternamente
duro, dejen todas las esperanzas ustedes que entran"...
Y sin
embargo contiene una paradoja que por supuesto ha
tratado de ser solucionada, pero es una paradoja
incomprensible, puesto que el infierno dice de él mismo,
que antes de él no hubo cosa creada, o sea que el
infierno precede al ser humano. Es anterior a la idea
del pecado, anterior a la creación del hombre. El
infierno ya estaba listo.
Y de nuevo
nos planteamos, haciendo salto y muy rápidamente, esta
especie de grandes imposibilidades que lo resolverán los
gestos. En el plano del lenguaje qué es este infierno
que precede a los hechos mismos que van a dar sentido,
que es anterior a la creación del único ser que le puede
dar una contextura, una figura, una densidad, un peso,
una realidad. El infierno es antes que los hombres, y en
rigor de nuevo volvemos a Esido y Homero. Casi como en
una reiteración inescapable.
En rigor
todos saben, aunque se ha negado mucho, que cualquiera
que haya experimentado una experiencia real de dolor o
de sufrimiento, saben que esas cosas no acceden a las
palabras. En lo que más se manifiesta, es en ese típico
nudo en la garganta o en ese golpe en el estómago que
hace volver a la gente a la posición fetal, de tal forma
que cuando dice sufro o estoy solo, en cierto sentido ya
ha vuelto el lenguaje.
En cierto
sentido está dejando de sufrir, porque el sufrimiento
expulsa del mundo, saca del mundo, no tiene redención.
Cuando el tipo escucha su propia voz, de una u otra
forma, aunque sea para si mismo, está decidiendo de
nuevo participar en esto. Del mismo modo que la guagua
cuando chilla, cuando nace, decide participar del
lenguaje y decide participar del mundo.
Entonces,
ese infierno que Dante lo lleva a una figura alegórica,
en rigor no es muy distinto a eso. Todas aquellas
palabras, todas aquellas frases que por su precariedad,
y hablo, no debería decir ni palabras ni frases, en fin
para que nos entendamos, toda aquella sensación
inexpresable, innarrable, que no alcanza a acceder a las
palabras, de lo que podemos llamar perfectamente el
infierno de toda literatura o el infierno de toda
poesía.
Simétricamente, todo aquel que haya experimentado un
encuentro de verdad, sabe también que en ese momento,
que en el momento del encuentro, todas las palabras
sobran y están de más, todas las declaraciones, todos
los poemas, todos los lenguajes, todas las sinfonías
sobran, y de ser dichas sólo nos retrotraerían a un
estado de comunicación lamentable, en que durante más o
menos treinta mil años llevamos intercambiando gruñidos,
palabras, sonidos y donde la historia del lenguaje se
nos revela sobre todo como la historia de un mal
entendido.
Entonces, a
ese exceso que en el fondo es el exceso que abraza a esa
emoción de quedar absolutamente pegado de un ojo, pegado
de una mirada, pegado de algo de otro, donde
definitivamente la barrera de la distancia se rompe y ya
no estamos sujetos precisamente a la maldición de la
separación, precisamente allí, el lenguaje se termina.
Eso es lo que podríamos llamar entonces el paraíso de
toda literatura, para ser más amplio, el paraíso de toda
poesía.
Entonces a
nosotros nos tocó el tránsito por el purgatorio a las
palabras. Lo que el pueblo hebreo llama la historia de
la salvación. Atravesar por este lenguaje. Atravesar por
este lenguaje, donde el infinito dolor no está vedado,
pero también no está vedado a costa de vedarnos también
la infinita dicha.
Entonces la
emoción frente al otro, o la emoción frente a la obra,
la emoción estética que se habla, la emoción de la
belleza no es sino darse cuenta desde este lado, es
decir desde el lado del purgatorio de las palabras, de
todo aquel mundo, de toda aquella plenitud, presente que
pareciera estar a la mano y que sin embargo también se
nos arranca para siempre.
Es lo que
dijo una poeta argentina en un poema muy bello,
Alejandra Pisarmi, "...escribir con palabras de este
mundo, que partió de mi un barco llevándome..." desde
este lado del purgatorio intuir que, sin embargo, hay un
paraíso de plenitud y que podemos acceder, pero a costa
de romper la distancia, a costa de no estar separado, a
costa de ser uno. Romper la maldición originaria del
porque no somos uno.
No somos uno
entonces. Debemos hablar. Hay un poema, yo hablo de
poemas finalmente, antologado en una antología de poesía
primitiva de Cardenal. Entonces por qué hablo de poesía
y sufrimiento. Porque probablemente el poema no sea sino
la manifestación más desgarrada y más sublime, por decir
como digo con palabras de este mundo, cosas que ya no le
pertenecen a este mundo, cosas que ya no están
contenidas en el lenguaje de este mundo.
Entonces la
poesía es en el fondo el compendio de vidas incompletas
e incluso en esta época donde los grandes poemas que
emergen, que emergen muy poco, que emergen de tanto en
tanto, son recibidos con el más absoluto de los
silencios. Ese silencio con que este comienzo del
milenio y el fin del milenio recibe al poema, es
extremadamente elocuente de la situación de mundo que
estamos viviendo.
En rigor
decía que la historia de la poesía de occidente comienza
con esta invocación a la furia, casi como un presagio,
casi como una fatalidad y que íbamos a estar condenados
a repetir las mismas desgracias, las mismas traiciones,
los mismos yerros. Y sin embargo también, al mismo
tiempo, me hago una pregunta bastante tonta, bastante
elemental. ¿Qué hacemos acá? Son un poco más de las
siete de la tarde, estamos en la Casa Central de la
Universidad Diego Portales y de pronto en un segundo me
doy cuenta que es extremadamente extraño que estemos
exactamente acá. Que era extremadamente poco posible,
extremadamente remoto. Por supuesto bastaba que yo en
este momento no fuese yo sino fuese otro, para que la
situación fuese distinta.
Además las
posibilidades de que cada uno sea lo que es, la
esperanza matemática, son remotísimas, uno puede haber
sido un chino, un meteorito, un pedazo de pasto y sin
embargo estamos acá, nos reunimos y es un hecho, una
probabilidad, tendiente absolutamente a cero, en el
límite de las posibilidades y estamos acá. Y creo que
esta segunda observación es probablemente el segundo
gran relato de los poemas.
Cada uno
está acá de alguna u otra forma, como una especie de
sobreviviente de una larga historia que nos antecede
largamente, una historia de desplazamiento, de saqueos,
de hambruna, de accidentes. Y por supuesto que
cualquiera de nuestros padres, el padre de nuestro
padre, podría haber sucumbido y haber roto esta cadena
que nos hace presente en este minuto.
Entonces
cada uno está acá porque de una u otra forma ha sorteado
una larga historia de la desgracia. En un país de
desaparecidos, después de todo no deja de ser curioso no
ser uno de ellos. Entonces estamos acá todos los seres
humanos en calidad de sobrevivientes y al mismo tiempo
porque hay otra historia, que es la historia de una casi
inenarrable solidaridad, en que alguien se abrazó con
alguien en una noche absolutamente remota y memorial y
comenzó esto. Y cada ser humano está vivo porque contó
con la solidaridad de infinitos, de millones de otros
seres humanos. Y eso también podríamos llamarlo la
historia de nuestra salvación.
El poema es
también la expresión de ese abismo y esa alegría
paralela, de la alegría de por un lado estar vivo y por
otro un poco la vergüenza de haber sobrevivido en un
campo difunto. Cada uno de nosotros es el puerto de
llegada de un río de seres que nos han precedido y cada
vez que yo veo, miro, hablo, en cierto sentido todos
aquellos que me han antecedido, vuelven a tomarse la
palabra, vuelven a mirar.
Cuando
escribo una línea no soy yo, sólo yo el que escribe,
sino en cierto sentido, todos aquellos que me han
precedido y que terminan en mi, como yo también
terminaré, aunque no creo en Dios ni en la sobrevivencia,
en los que sobrevengan.
Cada uno de
nosotros es el puerto de llegada y el puerto de salida
de un río de difuntos, y el milagro es que coincidamos
en un segundo, que coincidamos en este balbuceo, en este
pestañeo del cosmos y el universo y que estemos en este
segundo acá.
Volviendo a
la Divina Comedia, creo que esa es la única razón por la
que fue escrito ese poema. La Divina Comedia fue escrito
solo porque Dante vio a Beatriz dos veces en su vida y
cuando ella murió, tenía 22 años y el 25, nunca se
hablaron.
El poema del
infierno, del purgatorio, del paraíso, fue escrito por
Dante, porque el quería escuchar en ese poema las cosas
que ella en vida nunca pudo decirle. Esa es la razón de
ese poema. Todos los demás, son sobreabundancia, son
tautología, son hablar de lo que el poema ya dice. Y sin
embargo, decía de este parpadeo, de esta especie de
instantaneidad, de reunirnos acá en un hecho bello pero
común; y nos emocionamos leyendo lo que nos gusta, la
Divina Comedia, Homero, un poema de Elliot o Neruda y
sin embargo, no nos emocionamos mirando otro rostro,
otra cara que se nos cruza en el metro, por ejemplo, una
cara que vemos. Y sin embargo el más insignificante de
los gestos humanos, el más insignificante de los
alzamientos de ceja o de torcedura de labios, es
infinitamente más emocionante, más violento, más dulce,
más apasionante que toda la sinfonía, que todas las
obras de teatro y que todos los grandes poemas del
mundo.
Estos
grandes poemas lo que hacen es recordarnos, tratar de
que de tanto en tanto, podamos recordarlo. Por supuesto
no podemos vivir así, porque si viviésemos así, seríamos
ángeles y no somos ángeles. La función de los grandes
poemas es recordarnos entonces que hubo una separación,
pero es posible también el abrazo.
Estamos
probablemente en la época de la agonía del lenguaje,
donde realmente no hay nuevos exámetros que canten al
Egeo y las helenas también perecen. Una época en que se
han eliminado una serie de tabúes, pero no por eso hemos
llegado a ser libres. En esta época donde parece que las
palabras no quisieran cargar más con su significado,
donde pareciera que la palabra árbol, no quiere cargar
con el significado del árbol, como en los grandes poetas
hebreos, como en los griegos: árbol muévanse, canten...
donde había una relación en los grandes poemas arcaicos
de inmediatez, entre la palabra y lo que se nombraba.
Y las
palabras para nombrar el mundo, tienen que amar las
cosas del mundo. La palabra árbol, para nombrar al
árbol, tiene que amar al árbol, tiene que abrazarlo,
tiene que llevárselo con él.
En un mundo
más benigno, el arte probablemente dejaría de ser
necesario, ya que la vida misma, cada partícula, cada
emoción humana sería en si mismo un poema. La más vasta
de las sinfonías, un mural hecho con los cielos, las
cordilleras, el pacífico, las orillas de las playas y
los desiertos.
Entre la
poesía y el amor no mediarían entonces las palabras.

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