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La libertad es más o menos aquello
que nos queda cuando nos despojamos de todo. Aproximadamente,
tanto como lo que se suele decir a propósito de la cultura, o
sea, el poso que nos queda cuando olvidamos lo aprendido en los
libros. Pues eso. No sé si todo está en los libros... ni tampoco
si todo se puede aprender en y de ellos. Pero lo seguro es que
no son malos compañeros de viaje en el trayecto duro y peligroso
de la experimentación personal en torno a este tipo de cosas,
tales que la libertad...
Personalmente, pues de eso aquí se trata,
me quedaría para ese trance con gentes como J. S. Mill, Locke,
Spinoza. Voltaire y Russell... aunque no necesariamente en ese
orden. Creo que con esas andaderas se puede recorrer más bien
que mal el camino complejo, peligroso, sutil y delicado que nos
puede y debe llevar hasta el descubrimiento personal de la
esencia de la libertad. O, cuando menos, acercarnos a ello...
No hace mucho, la amistad me acercó
a una visión más humanizada y real de la libertad. Más cercana.
Más de andar por casa, y desnuda de cualquier embozamiento
supuestamente filosófico o de cualquier pretendido finísimo
rigor intelectual. Y es que a veces, la realidad nos sorprende
con su simple crudeza, con su profunda realidad...
Pues les cuento que fue el caso que
una amiga me preguntó algo... Aunque en realidad era una
reflexión en muda alta voz, o más bien sospecho que una pregunta
bastante retórica y como tal destinada simplemente a ser
expresada y sin esperar -por definición- respuesta. La amiga,
mujer casada y que recién había comenzado a desempeñar un
trabajo fuera de casa en busca -seguro- de su identidad
personal o de su libertad como mujer... vino a
preguntar-reflexionar sobre la realidad de las cosas en torno a
si efectivamente ahora era más libre que antes...
Es decir, si
como trabajadora asalariada fuera de casa... era más libre de lo
que lo era antes como trabajadora dentro de casa. O sea, eso que
normalmente se suele llamar "ama de casa". Y, el fondo de la
cuestión, residía en la reducción de "tiempo libre" para hacer
"sus" cosas, las cosas que antes hacía... cuando no tenía (o sí
pero en grado más menguado) esa libertad misma y concreta que
con su trabajo externo ella ahora buscaba...
Desde luego, y siendo ajeno a los
consejos -como lo soy por ley personal y primera de autoobligado
cumplimiento- mi respuesta fue estrictamente la esperada: una
reflexión pareja a la de mi amiga. No una réplica... No una
explicación. No un consejo... No un comentario o glosa...
Simplemente una reflexión echada al aire para que, si las
reflexiones tienen esos hábitos, se encontrara con la suya. Y
que, ambas dos, se apañaran ellas solas...
Pero, y a lo que yo iba de
principio, mi reflexión -¡ay de mí!- tendió como siempre al
desparrame barroco que uno suele en tales casos. Y, poco más o
menos, esto que sigue aquí debajo es lo que en tal situación,
yo, dije. Lean si lo desean...
Yo no sé si la libertad a través de
la falta de tiempo para disfrutarla, pierde su significado.
Realmente no lo sé. Sí tengo una sensación creo que bastante
aproximada de qué cosa es eso que llamamos libertad. Y aprendida
de quien había perdido lo que nosotros entendemos comúnmente por
libertad… para pasar él a ser un preso. Aseguraba que, aunque
preso, se sentía libre. Libre entre cuatro paredes separado del
mundo por unas rejas (de las de entonces) y teniendo por todo
contacto con ese mundo, la mirada ocasional y hosca de un
carcelero...
Y yo, le creo. Le creo, porque sin
ser nunca un preso ni aproximarme a ello, lo he sentido. He
llegado en ocasiones extáticas a sentir algo parecido a eso... A
mi modo, me he sentido y me siento libre. Me he percibido, a mi
mismo, como libre. Puedo decir sin equivocarme en exceso que sí,
que me he sentido en muchas excelsas ocasiones, libre.
Salvo… de mí mismo, claro...
Y ya puestos a no estar seguro de
muchas cosas, de casi nada del todo, tampoco sé yo si la
libertad depende del tiempo ni del espacio de que dispongamos
para movernos en ese tiempo… o del tiempo de que gocemos para
movernos en ese espacio, que a fin de cuentas tanto da, que da
lo mismo…
Creo que sé, eso sí, que la libertad
es mayor cuando menores son las dependencias que la condicionan,
que la reducen, que llegan en casos hasta reducirla a cotas
tales... en las que mejor debiéramos hablar de que la suprime...
Tampoco sé si el trabajo nos hace
libres… o si aumenta el grado al menos de acercamiento a la
libertad. Supongo que sí, pero -ya digo- no estoy seguro del
todo… Y sí me parece que aquí vendría a cuento hablar un poco de
Lafargue. Pero mejor para ello será encontrar otra buena
ocasión, fiel como quiero serlo al espíritu inicial de estas
anotaciones...
Pero es que tampoco sé si hoy, y aun
votando, la mujer es enteramente libre, por ejemplo. O si el
trabajo da más libertad a una mujer. Y sobre todo, si eso se da
cuando esa mujer es una mujer casada… Además, confieso que en
este último caso tan concreto y como nunca he sido mujer ni
mucho menos mujer casada… la cosa se me pone bastante más cuesta
arriba de entender...
Supongo que sí, pero no lo sé. Creo más bien
que eso depende de las circunstancias. Y de las personas. Y de
la mezcla de ambas cosas, circunstancias y personas, todo
revuelto, como una tortilla de champiñones…
Intuyo que sí, que así debe ser. Que
no es bueno que alguien dependa de otro alguien. Pero no estoy
nada seguro de que eso sea una verdad absoluta. Ni nada
generalizable. Salvo que esa dependencia se convierta en
absoluta, en total, en degradadora… para ambas partes de la
relación de dependencia...
Solamente estoy seguro por completo de
que una mujer (y una mujer casada, claro está, ni por asomo
queda excluida del aserto), debe gozar de toda la libertad. De
la libertad total. De la máxima libertad de que pueda gozar un
ser humano...
Y, por supuesto, de esa libertad última... solamente
comparable en pureza y extremo a la de la que hablaba el preso
de antes. Aunque creo que decir esto resulta una estúpida
obviedad. Pero a veces hay que repetir las obviedades, por muy
excesivamente estúpidas que puedan llegar a parecernos...
Corren malos tiempos para el sentido
común. O mejor dicho, siguen corriendo, porque nunca han dejado
de hacerlo...
A propósito de la libertad y del
tiempo, de la vida, del día a día… se suele citar a un místico,
cuando se dice aquello de “vivo sin vivir en mí…”. Eso es buena
cosa, y me gusta...
Me gusta, porque a mi modo y en mi tiempo, yo
también soy un místico aunque algo demodé y pasado por el tamiz
del radicalismo inglés con un toque de jacobinismo sazonado con
la herencia del liberalismo español que tan bien representara
Riego, sin ir más lejos, y por barrer para casa...
Sobre lo de si compensa a una mujer
ser curranta o no serlo… si yo opinara ahí… bueno eso rozaría el
consejo, y queda ya dicho desde el inicio que es ese de la
consejería un terreno en el que me tengo prohibido -por personal
y voluntaria ley- moverme...
Uno puede, eso sí, hablar y hasta
opinar con cuidado sobre ello, si la cosa viene a cuento… y si
alguien cree que esa opinión sirve para algo, pues considérela
como un regalo… con la única condición de que se la tome siempre
con montones de reservas, y de que decida luego y absolutamente
por si mismo...
Porque, precisamente ahí, está la
libertad. La absoluta libertad… si es que eso existe...
Solemos añorar lo que perdemos.
Añoramos la libertad… o lo que entendemos comúnmente por ella.
La añoranza (si se me permite la anotación cursi, o incluso
acepto que hasta un poco pedante) es término que deriva de una
palabra catalana, “enyorar”. Y que no es otra cosa sino la
acción de recordar con sentimiento de pena la pérdida de algo…
Así que no añoremos la libertad…
puesto que aun no la hemos perdido: sigue aquí, con nosotros…
cerca aunque lejos… lejos pero cerca. Todo lo lejos y cerca que
nosotros mismos queramos, o que la sintamos...
No la añoremos antes de tiempo:
vivámosla y, sobre todo, luchemos por ella: por no perderla...
La libertad, su búsqueda emite y
deja a veces pequeños destellos de aviso, como mensajes
voluntariamente absurdos… que no son otra cosa que una señal,
una luz de alerta de que sí sigue con nosotros... de que sí anda
cerca... de que aquí la tenemos...
Y, claro, las luces de las señales
de alerta, de los faros y de las balizas de los puertos de
navegación difícil, no contienen grandes mensajes, carecen de
contenidos importantes…
Pues su importancia, la de faros y
balizas, está en su propia luz de aviso, en ellos mismos. Su
interés está precisamente en el hecho nimio y sencillamente
complicado de que siguen en pie y no se han apagado: en que son,
en que existen, en que perduran...
Son un sí o un no. Sistema binario,
sin más. Tienen, en fin, la trascendencia de lo
imperceptiblemente importante...
Un músico ruso del XIX compuso un
enorme concierto para ser tocado por un conjunto musical de un
centenar de instrumentos orquestales… y una celesta. La celesta,
ya se sabe, es un aparatito musical que, tocando él solo, hay
que aguzar el oído para notar que efectivamente suena...
Preguntado el músico sobre el por qué de titular a su
composición “para orquesta y celesta”, dado que ese “débil”
instrumento apenas si se nota en el sobrecrecido maremagnum de
volumen acústico de una orquesta sinfónica de las del
romanticismo más desaforado y estrepitoso… el autor, Piotr Ilich
Chaikovski, le respondió sin mover ni una ceja: “Quite usted la
celesta… y ya verá como sí se nota”…
Pues yo creo que lo mismo que con la
celesta... nos ocurre a veces con la libertad, con su presencia,
con su ausencia, y con las percepciones de ambas dos cosas que
solemos tener. Es bueno saber que “está ahí”, aunque no se le
oiga casi..
Así es la libertad, que solamente la
notamos del todo… cuando la perdemos...
Pero la libertad, se construye, se
apuntala, se refuerza... como las casas viejas y las estructuras
arquitectónicas más queridas, las que realmente merecen la pena
y conservamos... como parte de nuestro patrimonio espiritual...
Escribo ahora mismo con un fondo de cantos gregorianos a todo
volumen que me sirve para tapar las hiperdisonancias de una obra
de construcción que tengo al lado...
Y no se trata ya del ruido de las
rotaflex, de los martillos neumáticos, de las grúas, y de todo
el aparataje de la panoplia constructiva… No. Más bien se trata
sobre todo de que hoy los operarios están… crecidos, sí esa debe
ser la palabra: crecidos… pues van a echar el hormigón en los moldes de lo
que será el último piso de la nueva casa. Y lo harán uno de
estos días; y terminan ahora el encofrado; y colocan ya encima
la ferralla sostén del hormigón…
Pero ocurre que crecidos o
menguados, les salen las cosas como pueden (o sea, regular
tirando a complicado) y conjuran su propia falta de la más
propicia que necesaria pericia técnica con toda una suerte de
elevados (por el volumen y por su calibre) improperios a toda la
corte celestial y a los que anduvieren en diez quilómetros a la
redonda de la misma…
Dicho de otra manera: se les va la
fuerza por la boca. Y resulta, esa suya, una fuerza sonora…
incómoda hasta para un descreído como yo. Y de ahí la cosa de
los gregorianos a tope y al alto la lleva...
O sea, a la vez bálsamo redentor del
ruido ajeno, y ceremonia aplacadora de las iras de los dioses
ofendidos por la debilidad e impotencia de los humanos...
De mis admirados albañiles y
ferrallistas...
Todo lo cual, esto último... y
poniéndonos en plan medianamente metafórico, viene a decirnos
algo tan verdadero como simple hasta el pasmo: que el apuntalamiento de las
estructuras cuesta.. que hace ruido... que cansa... que jode, y
por decirlo pedneamente...
Lo cual, por cierto, empalma con lo
que apuntaba antes: que la libertad se defiende, se robustece,
se crea (casi)... ejerciéndola. Usándola. Practicándola.
Pues nada: manos a la obra... y
nunca mejor dicho, créanme.
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