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La soledad de un messenger vacío  

   

¿Nunca habéis sentido

la soledad de un messenger vacío?

¿Nunca esperasteis

un e-mail que jamás llega?

¿Nunca deseasteis que sonase el puñetero teléfono...

y él no acaba de dar nunca sus señales de vida?

O el odiado timbre de la puerta,

¿nunca quisisteis que os sobresaltara

en ese preciso y mismo momento

confiando

en que no fuese quien llamara

otro que el cartero y trajese

algo más que recibos de los bancos?

A menudo,

¿no sentís que un manto de silencio

envuelve vuestros gritos mudos

ahogados

por el sabor espeso del café de la mañana?

¿No tenéis,

digo,

la densa sensación

de que al otro lado del hilo de la vida no hay nadie,

o peor aun… que si lo hay ni contesta...

y que esa soledad 

se hace mayor

a cada mal paso que dais para salvarla?

Y,

¿cuántas veces en el aburrido paseo

de media mañana por el parque de junto a casa

habéis querido

saludar con la mirada a ese trébol

de cuatro hojas

que sabéis existe escondido allá junto a la sombra de un arce…

y comprobáis una y otra vez

que lo han pisado y está, él también, triste?

¿No sentís que estáis solos

frente, ante, bajo, cabe, con, sobre,

sin, tras, según, en, desde, por… vosotros  mismos?

Y esa misma sensación de soledad,

¿no se os hace muro

delante de vuestras esperanzas?

Y, cuando pensáis

en el vecino, el amigo, el compañero…

¿no os dais cuenta

de que él también siente y piensa

lo mismo que vosotros?

Esa nieve que os separa,

¿no os quema el alma dejándoos

casi

de cuerpo presente?

Habéis de saber,

amigos míos,

que la vida es algunas mañanas nada más

que una simple sucesión de soledades camufladas de trabajo

y escondida

entre montañas de expedientes sin cursar.

Habéis de saber,

amigos míos,

que tenemos  a un paso

el remedio cierto a la soledad del otro…

y no queremos, egoístas, terminarla;

acabando con ella la nuestra,

la que nos encoge las ideas

impidiéndonos pensar

siquiera en nosotros, en ellos, en nadie...

No os asoméis a la ventana gritando vuestra soledad, no.

Recordad, escribid, llamad, hablad, quered...

y acercaos de paso a esa soledad que atenaza

al vecino, al amigo, al compañero…

y que os ha de salvar cuando la comprendáis.

¿Sabéis? Al final, estáis solos....

Estamos…

Sí...

Pero esa misma soledad, nos une.

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 Enrique J. Santos
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