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La abstracción y el pecado de la estupidez  

   

Siempre es buena cosa empezar un artículo por una anécdota, queda muy… fino. Corría el año mil novecientos sesenta. La Sociedad Filarmónica Avilesina necesitaba un piano. Por entonces, las cosas en la Villa se hacían todavía a lo grande. Y sobre todo cuando se trataba de la cultura. Seguíamos siendo unos cuatro gatos, más de los que habíamos sido porque ya se había iniciado la emigración masiva hacia la tierra de promisión que por entonces éramos… o que era la Ensidesa y su fabricona de la margen de allá de la ría avilesina. España, aun pasaba hambre. A veinte años del fin de la Guerra Civil, la desarbolada economía nacional pugnaba por recobrar su aliento. Una economía que, tras el largo y complicado siglo XIX en que las guerras civiles carlistas y la desmoralización que empezó en Trafalgar y culminó en Cuba y Filipinas, había empezado a repuntar con el reinado de Alfonso XIII, con el Directorio de Primo de Rivera y que continuó en la primera etapa de la Segunda República… aun no enfangada en desintegrarse y todavía dedicada a hacer país, especialmente en los tiempos del ministro Prieto, que supo despojarse (en cuanto a las obras públicas) de atavismos ideológicos demasiado gravosos y limitadores… para continuar haciendo exactamente lo que había que hacer: una política de infraestructuras necesaria para la modernización española, y que  comprendía tanto la construcción de embalses de agua como de carreteras y puertos a la altura de las necesidades del momento.

A lo grande, decíamos. Avilés, con el trabajo de algunos avilesinos que tomaron sobre sí la tarea de renacer la Filarmónica, volvía a contar con una meritoria entidad que había dejado de latir. En palabras de su Secretario, Nicomedes Santos, “se deseaba, por parte de los incondicionales de la mejor, música, el renacimiento de la desaparecida Sociedad Filarmónica Avilesina, que ya desde 1932 dejara de ser rectora y organizadora de veladas musicales caracterizadas por su selectiva calidad”. Y a lo grande fue el piano, como también cuenta el mismo Nicomedes Santos: “La Sociedad Filarmónica, tan oportunamente puesta en vida, carecía de un instrumento indispensable para su normal cometido y desarrollo: un piano de conciertos. La junta de Gobierno emprende entonces la difícil y espinosa labor de dotar a la entidad de un instrumento idóneo. Transcurridos pocos meses de iniciados los trabajos conducentes a tal fin, y en Mayo de 1959, es descargado en los muelles avilesinos un piano gran cola, marca ‘Steinway’, procedente de Hamburgo, Alemania”.

O sea, lo mejor de lo mejor… Aunque, como indica el Secretario de la Filarmónica: “Este instrumento fue importado, en principio, sin la obligación de efectuar desembolso alguno y por la gracia de diplomática gestión. Pero había que pagarlo y encontrar los medios”.

Y para pagarlo, se recurre a lo que podríamos llamar “financiación mixta”. O sea, que “algunas Empresas fabriles, entidades oficiales y socios de la filarmónica”, se rascan el bolsillo para conseguir el monto dinerario suficiente para hacer frente al elevadísimo coste del Steinway gran cola, sin duda en esos momentos (ya para la inmensa mayoría aun ahora), el mejor piano de conciertos que se podía tener.

Pero no llega. Hace falta más. Y alguien (el propio Secretario de la Filarmónica atribuye la propuesta al “entusiasmo del profesor de dibujo don Manuel Redondo López”, conocido como “Redondo” en su faceta de pintor dibujante y acuarelista) tiene la idea de pedir obras a pintores y escultores asturianos, vender papeletas y sortearlas entre los compradores. Sencillo.  Brillante. Y se ponen a ello, manos a la obra. Y van llegando las obras, cedidas voluntariosamente por los artistas a quienes se les habían pedido. Con todo ese material, se celebraría en Avilés una histórica exposición que durante años daría que hablar en la región por la importancia de sus participantes. También se preparó un lujoso y grueso catálogo-libro donde se recogen presentaciones, currículos y las correspondientes fotografías en blanco y negro de las obras expuestas, impreso en papel de alta calidad el texto y cuché las fotografías y del que se tiraron solamente mil ejemplares numerados en el reputado establecimiento tipográfico Gráficas Grossi de Oviedo.

En dicho catálogo, y referido como lámina 41, viene una ilustración  (siempre en blanco y negro) que representa un cuadro abstracto de un pintor entonces aun joven, treinta y seis años, gijonés por más señas. En el cuadro se pueden apreciar dos manchas de color a ambos lados de una tira vertical de color diverso… Su título, “Pintura”. Aunque pronto el dicho cuadro sería conocido como “el pulmón”, pues a tal cosa de la compleja y enrevesada anatomía humana quiso asemejársele a alguien muy principal de aquella animosa organización benéfica y artística. Pronto, “el pulmón” fue tapado (literalmente) por otros lienzos que fueron llegando como contribución a la muestra pro-piano Steinway. Y “el pulmón” era silenciado, preterido, escondido, disimulado, vilipendiado… Y era objeto de chanza y chirigota sin cuento de los que  (aun sin haberse celebrado la exposición) lo veían. O les era enseñado.

Durante la exposición (agosto avilesino), “el pulmón” no mejoró su suerte en nada. Avilés luchaba por su título de Atenas de Asturias, pero lo hacía desde unos gustos, cánones y (si me permiten la cursilada) paradigmas artísticos bien alejados de la abstracción, y aun de cualquier experimentalismo al uso. Tales normas canónicas apuntaban más bien (y de forma combativa)  hacia los haceres pictóricos de los Pascual Tejerina, Víctor San Juan, los Soria, Alfonso Iglesias, Piñole, Pola, Truhán, Pedrosa… En fin, figuración pura y dura. Sin concesiones a cualquier experimento o revolucionarismo.

“El pulmón”, fue, en fin, el único cuadro abstracto de la muestra. Arrumbado como estaba en una esquinita de la sala, frente a él se corrían grandes juergas y allí mismo tanto espectadores comunes como eruditos y presuntuosos críticos hacían mofa y befa del colgante. Por supuesto, no sé que fue del cuadro, del “pulmón”. Ignoro si tocó, o si no tocó. Si terminó en una pared colgado, o en el cubo de la basura. Lo que sí sé. Lo que sabemos todos hoy, es que el pintor autor del cuadro llamado “Pintura” y rebautizado en Avilés como “el pulmón” llegó a más, el chico… quiere decirse, que triunfó, vaya.

Efectivamente, “Pintura” fue regalado a la Filarmónica por alguien nacido en Gijón en 1923, donde expone por primera vez en el año 1947, para pasar a Madrid tres años después, en 1950, dar el salto a París donde reside durante tres años, tras cuya estancia regresa a Madrid, donde juntamente con Rafael Canogar, Luis Feito, Antonio Saura, Manolo Millares, Manuel Viola, Juana Francés y Pablo Serrano… funda el grupo “El Paso”, que habría de durar hasta el año 1960 como tal.  Hablamos, claro, de Antonio Suárez. O, al cambio, uno de los más reputados pintores españoles del siglo XX… Dicho de una forma menos artística: quien tuviese hoy el hace cuarenta años tan denostado y humillado “pulmón”… ¡se podría forrar vendiéndolo! Sic transit gloria mundi.

¿Fue Antonio Suárez quien cambió? En modo alguno. ¿Qué ocurriría si hoy se plantease en la Villa del Adelantado una exposición de Suárez? Habría bofetadas por ser el primero en alabarle. ¿Tanto han cambiado los cánones, los gustos y los puñeteros paradigmas para que esto ocurra...? No. Ha cambiado la ciudad, la Villa del Adelantado, que dormitaba por entonces (un poco con España entera, todo hay que decirlo y en nuestro descargo relativo) en una arcadia feliz donde no existía ni el cambio ni la innovación. Ni en el arte, ni en nada.

Era aquel Avilés un maravilloso (por otro lado) reducto de reacción artística en el cual hasta Picasso era una broma. Nada que decir, por tanto de Tapies, Miró, Millares, Saura… y otra gente de mal vivir. Por entonces, el máximo lujo de los emergentes nuevos ricos avilesinos era colgar en su casa un Piñole. Y, como mucho, un Marola. ¡Y ya bastaba de cambios en los gustos! Si algún irredento se dedicaba a emborronar lienzos o papeles con manchas informes de color y añadir al lienzo cualquier substancia o aditamento matérico no aceptado por los popes al uso… ya podía despedirse de colgar sus cuadros en las salas “serias”, o sea, la Caja de Ahorros y la Casa de la Cultura. Años sesenta, e incluso setenta… La abstracción era considerada como una broma de mal gusto, algo indeseable, que podía “ser hecho por cualquiera”. O aquello otro tan sesudo de “lo que pinta Miró lo puede hacer mi niño de seis años”…

En Avilés, en fin, la cosa acabó bien. Hubo dinero para el piano Steinway. Lo inauguró el ya por entonces hollywoodense maestro don José Iturbi, que ya había actuado de joven en Avilés para un concierto de la anterior Filarmónica, cuando se celebraban los fastos en el Cine-Teatro Iris. Y el dicho piano, cuarenta y seis años después, sigue en la Filarmónica… aunque no en el Teatro Palacio Valdés, donde debiera seguir estando y donde se debieran seguir celebrando los conciertos de la meritoria Sociedad Filarmónica Avilesina, de no ser por los dimes y diretes de la absurda ola de politiquería cultural que nos invade...

Y a ese piano, contribuyó el arte… para poder seguir haciendo arte. Y, entre ese arte, la abstracción. Eso sí, con Suárez y su “pulmón” en solitario en un mundo de figuración. Porque aunque Nicomedes Santos (mi recordado tío Lilo, que era Nico para otros y siendo para todos Pepe Galiana) escribiese en la introducción al Catálogo de la  Exposición de Arte Asturiano organizada por la Sociedad Filarmónica Avilesina”, en agosto del año mil novecientos sesenta que “en esta exposición están reflejadas tendencias, módulos, caracteres y técnicas dispares encuadradas en la más viva amplitud temática”… él sabía entonces que eso no era del todo cierto. O nada cierto...

Pero las cosas eran como eran, y se exponía lo que se exponía en las paredes de las salas de arte. El país no estaba aun para experimentos, ni siquiera en asuntos de arte. Y no sería el primer asunto de este tipo que acababa “indignando” al personal y retirándose la obra expuesta… Del mal, el menos grave. Y al menos ahora no tenemos que recordar aquella anécdota con mayor vergüenza aun.

Por cierto, y hablando de anécdotas, no me resisto a contar con todo el cariño y respeto una. Sucedió cuando llegó el cuadro de Suárez, “Pintura”, a casa del Secretario de la Filarmónica, Nicomedes Santos. Recién pintado, la pintura estaba aun fresca. Y al colocarlo en posición vertical en la pared del salón de su casa (obligado almacén contenedor previo de la muestra, pues la Filarmónica no tenía locales propios) se empezó en unos días a descolgar un poco de pintura en lo que (siguiendo el esquema anatómico humano) podíamos llamar el “lóbulo derecho, o sea: según se mira a la izquierda del observador del cuadro. Fue entonces cuando el dedo violinístico del Secretario detuvo la caída, el descolgamiento... Zas... Y, así, contribuyó en alguna medida a terminar la obra del pintor. Supongo que Suárez no lo habrá sabido jamás. Pero así es, ¡lo juro! Yo estaba allí.

Ha pasado casi medio siglo desde la aventura del “pulmón”, la primera “osadía” abstracta oficializada en la Villa del Adelantado. Cabe preguntarse: ¿Han cambiado las cosas? Bien…depende. Vamos por partes...

En primer lugar, para una lectura rápida, a la hora de ver qué tipo de exposiciones se colocan en Avilés, podríamos decir que sí, que la cosa ha cambiado, y mucho. Hoy, casi, si haces pintura figurativa no eres “nadie”. La oficialidad se extasía ante unos lienzos que reinventan en muchas ocasiones la pintura de la primera mitad del siglo XX. O la escultura. Se podría decir, sin miedo a equivocarse, que los avilesinos hemos pasado de no aceptar nada de nada (en asuntos de abstracción artística) a aceptarlo todo… hasta lo superfluo o carente de cualquier valor, por el mero hecho de no ser figurativo.

Los nuevos mecenas (ya se sabe, constructores, neoempresarios, ejecutivos de alto nivel y/o políticos asimilados a ellos… cuelgan en sus despachos, donde lo vea cualquiera que se acerque a su feudo económico, enormes cuadros (porque hay una regla que dice que deben ser grandes para que merezcan la pena, claro) que podrían ser perfectamente una lámina de un Kandinsky, un Mondrian, un Nicholson, un Pollock, un Kline, un Soulages, , un Staël, un Tapies, un Millares o un Miró… por citar a algunos. Y (¡cómo  no!), en las esquinas de ese despacho hay unas cosas hechas con hierro, bronce, piedra, madera o mármol… sobre las que más de una vez han tenido que advertir a sus amigos más íntimos de que el perchero estaba en otro lado de la sala. Unas cosas que guardan un sospechoso parecido con la obra rompedora de los más brillantes de los escultores "abstractos"... Ya se sabe: Calder, Moore, Arp, Brancusi, Chillida, y en ese plan. O sea: lo abstracto, reina en nuestros centros de poder.

Entonces… ¿triunfo absoluto, pues, de la abstracción? Me temo... que no. O al menos no del todo, ni siempre. Al menos, a juzgar por el hecho de que esas obras abstractas suelen hallarse en los despachos de los próceres, en la parte pública de su vida. Y no en sus castillos personales, en sus casas. Casas en las que suele presidir el comedor un tortuoso bodegón de caza tipo calendario-de-explosivos-río-tinto, la alcoba un cuadrito de asunto religioso (o erótico festivo, según casos y creencias), en el salón una marina o un paisaje lo más realista posible. Y, sobre todo, un retrato del señor del castillo o de su señora y niños, dependiendo de los gustos y relaciones de poder interno. Es decir: como siempre. Como mucho, una cosilla abstracta en el recibidor, que es esa parte de la casa que se ve desde la puerta, ya saben.

La abstracción... el reino público de la abstracción... la era dorada de la abstracción convertida en la atracción de los despachos y moquetas del poder, sea político o económico... o ambos a la vez, que de todo hay. Divina abstracción... de una clase de poder divino... A-b-s-t-r-a-c-c-i-ó-n... Pero, en realidad... ¿qué queremos decir cuando hablamos de abstracción? Vayamos con eso, aunque bien mirado, claro, más bien parece que deberíamos haber empezado por aquí. Pero nunca es tarde para ponerse de acuerdo en esas cosas de los conceptos...

Vamos a ver: en sentido estricto, la abstracción equivale a la renuncia a la imitación. O sea, lo abstracto sería lo que no tiene forma que identifique nada concreto. Abstracto es lo contrario de lo concreto... Bien pero...la cosa es más complicada. Porque si echamos mano de la filosofía, abstracción resulta ser el proceso u operación intelectual a través del cual se pretende encontrar la esencia o la naturaleza de una cosa; cosa a la que previamente se la habrá separado de otras con las que estuviera en relación. Por tanto, “abstraer” vendría a ser tanto como decir aislar mentalmente las cualidades o alguna cualidad de una cosa u objeto, para tomarlas en consideración exclusivamente, por separado.

En el caso de la pintura, la abstracción suele querer significar la supresión del carácter imitativo, o lo que es lo mismo, la sujeción a la realidad de las formas y colores de las cosas. O sea: la figuración. Pero para ser del todo, la abstracción en pintura no ha solido llegar a ese extremo. Y, así, frecuentemente por abstracto se ha venido entendiendo aquel arte o aquellas tendencias artísticas que buscan lo “esencial” en la obra de arte. Esto es tanto como dar rienda suelta a la libertad de interpretación sinceros y de creación en asuntos artísticos.

La realidad es bien diferente a los planteamientos teóricos. Y así, por abstracto se viene entendiendo arte que no lo es, al menos en sentido puro. El mismo cubismo, que solemos englobar en aquella definición de abstracto, no lo es, no debería serlo. Es más: la gran paradoja es que lo que llamamos arte abstracto… ¡debería haberse llamado “concreto”! Nada menos. A destiempo, se ha intentado corregir la cosa nominal con adjetivos del tipo de “objetivo” o en general de arte “no-figurativo”. Pero, de verdad, la batalla está perdida. Quizás, como escribe E. H. Gombrich “lo que importa es la obra de arte y no su etiquetado”; y la cosa no pase de una pura elucubración teorética muy poco práctica a estas alturas del asunto.

Jean Dubuffet, el creador del “art brut”, en las “Notas para los eruditos” con que principia su obra teórica “El hombre de la calle ante la obra de arte”, escribe que “el punto de partida es la superficie que vamos a animar (lienzo o papel) y la primera mancha de color o de tinta que se hace sobre ella: el efecto resultante, la aventura que comienza; esta mancha, a medida que la enriquezcamos y orientemos, será la que guíe el trabajo; un cuadro no se construye como una casa, utilizando los métodos de los arquitectos, sino de espaldas al resultado, tanteando, retrocediendo”. Al cambio, viene a ser la misma cosa que Picasso pretendía cuando afirmaba aquello de “yo no busco, encuentro”.

Es decir, que se predica aquí una “revolución”, un acto de rebeldía consistente en prescindir de todo presupuesto. Y, por tanto, abrirse a todas las posibilidades. Y arrostras sus riesgos. Uno de esos riesgos, claro, el rechazo. Sea este rechazo de los críticos o provenga del público.

Un público, por cierto, al que Dubuffet fustiga irónicamente conjuntamente con los críticos cuando escribe que “el público tiene mucho mérito al no poner en duda la noción de valor que los prebostes de la cultura se esfuerzan en inculcarle, puesto que apenas hay obras cuyo valor escape a sus controversias; pero es verdad que de vez en cuando, y tras una deliberación, forman la unión sagrada por el bien del cuerpo, celebrando a bombo y platillo la canonización de un artista, a fin de que no llegue al público la idea de que su noción de valor se basa en criterios poco claros”. Dubuffet, es sabido, no necesitaba vender sus cuadros para vivir; era un normando rico, de familia vendedora de vinos. Es decir, decía lo que le daba la gana, y atacaba la estructura de la oficialidad cultural como los cruzados entraban en Jerusalén: a sangre y fuego.

Dubuffet predicaba que el arte es una cuestión de formas y no de contenidos, en el sentido de que otros “valores” ajenos son precisamente eso: ajenos y prescindibles. “El esfuerzo del escritor por nutrir su obra de raras informaciones y finos análisis es totalmente inadecuado; el pensamiento analítico es una cosa y el arte es otra muy distinta”, dijo.

La abstracción, en cuanto que supresión o reducción de características, tiene algo siempre de construcción-destrucción. Y, claro, de nihilismo. Volvamos a Jean Dubuffet, con su razonamiento: “Sólo el nihilismo es constructivo. Puesto que el nihilismo es el único camino que lleva al hombre a instalarse en la quimera. Llamamos quimera a una posición que procede de unos datos de los que, al menos, uno no es real. Llamamos reales a los datos que ofrece y enuncia la cultura. Llamamos irreales, aberrantes, quiméricos, a los que no figuran en su inventario. De ello resulta que es la quimera la que nos conduce extramuros y la única que nos aporta el oxígeno que reanima. Las operaciones que se realizan intramuros barajan siempre las mismas cartas. Pero la penetración, la apertura a nuevos campos se realiza gracias a la quimera, que es la secreción del nihilismo, su germen”.

Es posible que los abstractos estén permanentemente instalados en la quimera, sabe dios si así es. Pero (y con ello enlazamos con el famoso “pulmón” de la exposición de la Filarmónica Avilesina) frecuentemente se producen malentendidos entre los quimeristas y el público. Dubuffett lo explica así: “El malentendido que se crea entre el público y los grandes practicantes de la quimera procede de la creencia de que aquél, compartiendo la común distinción de lo real con lo imaginario, piensa, en el momento en que éstos se proclaman, por ejemplo, una col, un pollo o una montaña, que la realidad de tales objetos es algo que no depende de la buena voluntad de quien la evoca, sino que se mantiene fuera de su alcance y en ningún caso podría cuestionarse. Ahora bien, mientras que el público ríe de lo que cree que es su equivocación, estos polemistas también se ríen de la suya, viéndolo ciego en la misma irrealidad de todos los objetos y nociones que componen su pensamiento, en la arbitraria decisión de la que resultan y que no tiene más fundamento que la adhesión colectiva, mientras que lo bien fundado de creerse col o montaña no recibe más beneplácito que el suyo propio. Espejismo por espejismo, ellos prefieren hacer las cosas por ellos mismos que recibir lo que les propone la sociedad, muy preocupados con toda razón por el precio que ésta podría exigirles por ello”.

Hablábamos antes de la proliferación de lo que genéricamente entendemos por arte abstracto presidiendo los enmoquetados despachos del poder (cultural, político económico…). Y descartábamos (salvo excepciones que no vienen más que a confirmar la regla) la convicción abstracta de nuestros líderes sociales, al tiempo que atribuíamos aficiones artísticas a simples efectos decorativos en línea con lo que se supone lo “culturalmente correcto”. Volvamos a Dubuffet: “La postura subversiva desaparece cuando se generaliza para finalmente convertirse en norma. En este momento se invierte y pasa de subversiva a estatutaria. Pero antes de que esto ocurra su virtud se debilita progresivamente a medida que aumenta el número de los que la comparten. Se acrecienta a medida que este número disminuye. Está al completo cuando uno la asume por su cuenta”.

Una vez habrá que estar de acuerdo con la apreciación de Arnold Hauser cuando plantea el problema de la comprensión-valoración-apreciación del arte por las masas, el público. “El camino para llegar a una verdadera apreciación del arte pasa por la educación. No la simplificación violenta del arte, sino la educación de la capacidad de juicio estético es el medio por el cual podrá impedirse la constante monopolización del arte por una pequeña minoría”. Hauser escribía esto en la mitad del siglo pasado... cuando en la Villa del Adelantado reíamos sin pudor de un cuadro que, al parecer, recordaba un pulmón... Como siempre, claro, leer es un buen consejo. Cuando menos, y ya que no se consiga leyendo un cambio total de vida, contribuye la lectura a variar las perspectivas sino equivocadas al menos cargadas de varios kilos de más de la intolerante obesidad mental producida por el cultivo desmedido e irresponsable de la más abrupta y total estulticia.

A ello, pues. Y todos. No repitamos, aunque sea en sentido inverso, los errores de nuestra estupidez. Amén.

 

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 Enrique J. Santos
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