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El nuevo Mester de Clerecía  

   

El 28 de junio de 2004, tuvo lugar, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, homenaje público, con motivo de su ochenta cumpleaños, a Eduardo Haro Tecglen. Organizado por el crítico Diego Galán, con la ayuda del escritor Juan Cruz. A tenor de la reseña de El País [Rosana Torres, Haro Tecglen recibe un homenaje “a su octogenaria integridad”. El País, 29-7-2004], intervino la crema de la progresía: Iñaki Gabilondo, Fernando Fernán-Gómez, Manuel Vicent, Emilio Lledó, Juan José Millás, Manuel Alexandre y José Luis Gómez.  Enviaron adhesiones Nuria Espert y Rosa Regàs, recién nombrado directora de la Biblioteca Nacional, quien definió a Haro como “la voz que denuncia la doblez y la ignonimia”. Los progres son muy capaces de ser cursis. La periodista indica que se dijeron “hermosas palabras”. Varios de los asistentes, con arrobo beato, le dijeron que celebraban “su octogenaria integridad”. Hacía mucho calor y ello, sin duda, justifica que Lledó, entre tanto incienso laico, elogiara “las columnas descolumnizadoras de Haro llenas de sentido descolumnizante”. El homenajeado, quizás impresionado por tan chusco trabalenguas, tuvo lo que, en principio, parecía un arrebato de humildad: “no encuentro motivo para el homenaje, es algo que me sobrepasa”, aunque el razonamiento quedo en cuantitativo: “no hay más que ver a Miret Magdalena con 90, o a Pepín Bello, con 100, para darse cuenta de que yo soy un bebé y que, por tanto, no hay razón para la celebración”.

Unos días antes, Haro Tecglen había dado una exquisita muestra de su ‘integridad’ con disquisiciones, desde su columna, bajo el título Nazis, sobre criminología ideológica. ¡En los crímenes, también hay clases! “No es lo mismo matar para que domine el mundo una raza aria, pura, pero imaginaria, que para tratar de lograr la igualdad en el mundo. No es lo mismo, repito hasta que se aprenda, el crimen del amo que el del esclavo. Sin por ello dejar de ser crimen”. Excelsa pedagogía. Delicioso espíritu ilustrado. Esto es como discutir si eran más éticos los crímenes de Al Capone o los de Lucky Luciano. Si bien ambos eran meros aficionados, llenos de buenos sentimientos, al lado de los ídolos de Haro. ¡Lástima que tan humanitaria reflexión no fuera leída a los concurrentes al homenaje! Pues ha de resultar descorazonador después de una “octogenaria integridad” tener que repetir, “hasta que se aprendan”, lecciones tan sencillas. ¡El vulgo es duro de mollera! Hay una intrínseca virtud en el asesinato de izquierdas, en el genocidio. No sólo el comunismo ha batido todos los récords de crímenes en masa, también ha perfeccionado el crimen en sí, pues ha conseguido despojar a la víctima de toda dignidad y de todo derecho a ser reclamada, pues los cien millones de muertos lo eran en aras de la igualdad, y obedecían, por ende, a un fin sacrosanto. Quizás debieron recaudarse fondos entre los entusiastas asistentes (aguantaron el calor asfixiante durante más de dos horas, pues los progres tienden a la verborrea-)para la puesta en marcha de un Museo que ejemplificara esa belleza, esa superioridad del crimen de izquierdas, del asesinato igualitario. Algo de ello se vive en China, donde la familia paga la bala. Mao, Stalin, Lenin, Pol Pot, Mengisthu, Castro, los esclavos, batiendo récords en la competición del crimen. ¿Amos los kulaks, los tres millones de muertos por hambre en las ciudades asediadas de Ucranica, los otros tres millones por lo mismo en Corea del Norte?

Quizás, con un Museo del terror virtuoso, cuando Eduardo Haro Tecglen vaya a reunirse con sus tres hijos ausentes –nada más terrible que sobrevivir, a fuer de íntegro, a toda tu prole-, a los que mencionó el sempiterno Javier Gurruchaga, no se correría el riesgo de perder esa lección moral. Quizás si en el paredón, en la cuneta, en el GULAG y –por qué no- en Paracuellos, a las víctimas se les hubiera explicado que “no es lo mismo matar para que domine el mundo una raza aria que para tratar de lograr la igualdad en el mundo”, hubieran tenido un último consuelo. Quizás hubieran abandonado felices esta vida. Hubiera brotado en ellos una infinita conmiseración hacia sus verdugos, al fin y al cabo, pobres esclavos. Ese Museo es, sin duda, necesario, pues preciso dejar constancia de que hubo un tiempo en el que los sepultureros como Haro fueron tenidos por progresistas y la apología del crimen se consideró seña de urbanidad progre. Las generaciones futuras tienen derecho a saber que hubo un tiempo en el que se llegaron a establecer graduaciones en los genocidios e incluso se concedían calurosos homenajes a los meticulosos que brillaban por su capacidad de discernimiento ante las fosas comunes. Por ejemplo, los oficiales del ejército polaco asesinados en masa y enterrados en Katyn parecieron un tiempo víctimas de primera, pues se pensó que habían sido asesinados a la quimera de la razia aria, pero pasaron a ser de segunda cuando se desveló que lo habían sido en aras del ideal igualitario.

Si no existiera El País, nos perderíamos el provecho de tales lecciones. Hay genocidios buenos o casi. Interesante matiz lo de “sin por ello dejar de ser crimen”. Va de suyo, pues hay cadáver. Multitud. Cien millones, redondeando, según el cálculo a la baja del Libro negro del comunismo. Dejemos a un lado la provocación de matón de izquierdas, por respeto a sus canas y su azarosa vida. Hay en la reflexión de Haro Tecglen la autoridad moral de quien ha estado en las dos orillas del totalitarismo y ha hociqueado en sus crímenes.

En estos tiempos, tan poco dados a creer en milagros, la progresía de continuo nos maravilla con portentos inexplicables. Uno de ellos es la celebrada integridad de Haro Tecglen. Dies Irae se tituló el artículo que publicó en 1944 en el diario Informaciones con motivo del lúgubre cortejo de traslado de los restos mortales de José Antonio. Llegada a El Escorial. Haro Tecglen, a lo que se ve, estaba entre los amos, bien asido el látigo para cruzar las espaldas de los esclavos. “La voz de bronce de las campanas de San Lorenzo, el laurel de fama de la corona fúnebre, la piedra gris del Monasterio, los crespones de luto en todos los balcones del Escorial, los dos mil cirios ardiendo en el túmulo gigantesco coronada por el águila del Imperio que se eleva en la Basílica, lloran en esta mañana, con esa tremenda expresión que a veces tienen las cosas sin ánimo, la muerte del Capitán de España. Hasta el sol y el paisaje han cubierto su inmutable indiferencia con el velo gris de la lluvia y la niebla, y cae sobre la ciudad –lacrima coeli- una llovizna fina y gris. El subconsciente nos ha repetido sus frases, sus profecías, sus oraciones; y no ha sido voz de ultratumba la suya; ha sido voz palpitante de vida, de la vida y el afán de todos estos magníficos camaradas de la Vieja Guardia, del Frente de Juventudes, de la Sección Femenina... La doctrina del Fundador vive en ellos como en aquellos tiempos, y si el cuerpo de José Antonio está muerto bajo la lápida, su espíritu tiene calor de vida en la de todos los camaradas de Falange. Se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de destino y esperanzador de historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo. Y así, en este día de dolor –Dies Irae- a las once –once campanadas densas de todos los relojes han sido heraldos de duelo- la corona del laurel portada por manos heroicas de viejos camaradas ha llegado a la Basílica y, entre la doble fila de seminaristas –cirios encendidos en sus manos- ha pasado el Patio de los Reyes y ha entrado en el crucero. Ha sido depositada sobre la lápida de mármol donde grabado está el nombre de José Antonio y la palma de honor y martirio. Había dolor en todos los semblantes. Mientras el coro entonaba el Christus Vinci y los registros del órgano cantaban la elegía del héroe muerto, a nosotros nos parecía oír la clara palabra de José Antonio elevarse allí donde el mármol vela su cuerpo. Una alegría tenemos; la de ver que a José Antonio sucede un hombre tan firme y sereno como el que lleva a España por los senderos que él marcó”. Visión bien curiosa, desde luego, de la integridad entre los progres. Si se tratara de un mortal no perteneciente a la secta, estaríamos ante caso claro de deshonestidad, mas ante la progresía los sentidos nos engañan. Su etapa nazi ha sido celosamente ocultada por Haro Tecglen. Sorprendente en éste maestro Ciruela, tan zelota.

Las dictaduras son malas porque convierten el ejercicio de la responsabilidad personal en una forma de suicidio. Haro Tecglen ha demostrado, en efecto, una integridad en línea quebrada: ha estado dispuesto a servir a todas las dictaduras y a asistir a todos los crímenes. Cuando este texto, una gota en el mar azul de su producción falangista y franquista, se hizo público, la justificación de Haro Tecglen fue todo menos heroica: “viví de rodillas, luego me levanté”. Mas vivir de rodillas no parece postura digna, mucho menos de resistente. Si no se tratara de un progre, podría tildarse de cobarde. “Lo que deseaba, y deseo –escribió Haro Tecglen, tras la exhumación de sus artículos cara al sol- es sobrevivir, y aveces hay que cambiar el gesto para seguir adelante, uno tiene que plegarse a ciertas condiciones y personas”. Puede ser comprensible esta actitud, no elogiable. No da patente de resistente. Se mueve demasiado en los límites de la obediencia debida, aducida por los carceleros, o del pragmatismo chato del colaboracionista. Mas no permite distinguir ni una brizna de integridad.

Mas la izquierda hace prodigios. Incluso su deshonestidad es íntegra. Incluso su esquizofrenia es respetable. Incluso en sus crímenes hay un trasfondo de idealismo. La izquierda, por ejemplo, no da golpes de estado, hace revoluciones, que entraña una connotación bien distinta. En 1934 dio un golpe de Estado contra la legitimidad republicana para imponer el partido único y la dictadura del proletariado. La cosa cambia si se habla de la ‘revolución de Asturias’.

La mayor parte de la historia de la izquierda, incluido el PSOE, ha sido ferozmente antidemocrática y su programa ha sido la tiranía de partido único. A los sones de La Internacional se han cometido cien millones de asesinatos, pero sus acordes aún suenan en los cierres de los congresos socialistas, asumiendo ese legado genocida.

La progresía es milagrera. Como en las sectas gnósticas, a las que en tantos aspectos recuerda, quienes han entrado a formar parte de sus huestes están adornados de una pureza originaria. La progresía abunda en dogmas enternecedores e infantiles. Tal es el caso de la inmaculada concepción colectiva de los progres.

El ocultismo de Haro Tecglen es lo propio del mendaz. Vivió de rodillas, se levantó luego. Resucitó progre. Cuando la realidad contradice el dogma laico, tan arrogante e infundado, se cambia aquella no se cuestiona éste. Por eso abundan las biografías reescritas, las capas de pintura. los revocados de cal. Escuchemos la retahila de un forofo de Haro: “por supuesto, jamás ha sido nazi, nunca se le hubiera ocurrido ni en un trance de delirio abrazar el tosco ideario falangista, de ninguna manera ha sido partidario de Stalin [Carlos Pérez Ugalde, Haro Tecglen, El Correo, 30-6-2004].

Mentira tras mentira, y tiro porque me toca. La santa izquierda de los nuevos clérigos tiene una infinita capacidad tanto para la amnesia interesada como para la restauración embellecedora. Frente al Libro de Petete de los genocidios de Haro Tecglen, el fascismo y el nazismo fueron herejías del comunismo, ¡fueron de izquierdas! Benito Mussolini era el número tres del Partido Socialista Italiano, el director del diario oficial del partido, el líder de su ala izquierda.

La contracción ‘nazis’ tiene algo de ocultación, pues el NSAP era el Partido Nacional Socialista Alemán. El Hitler wagneriano y paranoico de los últimos días es un hombre que se siente tan de izquierdas como el que mitineaba, años antes, en las cervecerías de Munich. La mefistofélica tentación antisemita fue denunciada por Lenin para quien el antisemitismo era el socialismo de los tontos. Socialismo, al fin y al cabo. Los nazismos valones, noruegos surgieron de los partidos socialistas.

Pierre Laval, el hombre fuerte del régimen de Vichy, era socialista. E incluso el exiguo partido nazi inglés fue fundado por un diputado laborista. Ya se ha dicho que la progresía troca el pensamiento por la consigna, y ésta, tras la ruptura del pacto Ribbentrop-Molotov que unió a los hermanos totalitarios en una camaredería de gangsters, se estableció en que el fascismo era el último estadio del capitalismo. Nazis y fascistas fueron los herejes nacionalistas respecto al internacionalismo proletario comunista.

Repito para que se aprenda: a las víctimas no les salva la motivación del criminal. El criminal igualitario es tan inmundo con el étnico, a pesar de las sublimaciones pequeñoburguesas de Haro.

Porque el fascismo fue herejía del comunismo, tantos miembros del santoral progre fueron primero fascistas. Lo fue Norberto Bobbio. Camisa negra. La necrológica de la agencia EFE con motivo de su óbito, el 9 de enero de 2004, sentencia que fue un “luchador antifascista”. Simple mentira. Estricta reescritura. Al fin y al cabo, la militancia fascista y su función de profesor universitario de la Universidad musoliniana fueron desveladas unos años antes con amplia polvareda en Italia, donde Bobbio, autor de El futuro de la democracia o el endeble galimatías Derecha e izquierda, había tenido buen cuidado de enterrar su pasado bajo gruesas capas de silencio. El Mundo fue más púdico en su obituario. “vivió el fascismo en su juventud –con cierta tolerancia de la que más tarde se arrepentiría- pasó por la Resistencia, apoyando a grupos socialistas”.

Lo de la Resistencia es cosecha propia, aditamento piadoso, florilogio de santoral. Siempre queda bien, como en Sartre. Lo de la “cierta tolerancia” fue carnet del partido con las haces del fascio y los sueños imperiales. Por esas, lo de Mussolini fue “cierta tolerancia al fascismo de la que no le dio tiempo a arrepentirse”. Tolerancia cumple aquí la función de un velo manipulador.

Ser de izquierdas, como en los bonnes homes cátaros, implica incontaminada pureza, incapacidad para el mal, ausencia completa de pecado. Hemos visto ya el curioso atributo de la omnisciencia que se da como virtud colectiva en ellos. Los progres, como el Duce, siempre tienen razón.

No es cierto, como dijo Manuel Fraga, que acierten cuanto rectifican. En realidad, aciertan hasta cuando se equivocan. Esa encarnación de la verdad por la siempre la poseen, aunque lo que hoy defiendan como verdadero, lo proclamen poco después como erróneo. Y viceversa, que de todo ha habido en la viña de los progres. Curioso es que los socialistas muestren inveterado rechazo a la enseñanza de la religión, pues, mediante conveniente analogía, el pueblo podría tener más cabal idea de la excelsitud de su naturaleza. Superiores a los humanos corrientes, en muchos aspectos rozan lo angelical, aunque, en propiedad, su estado habitual es semejante al que gozaban nuestros primeros padres antes de la caída, inclinados al bien, según enseña la teología católica.

Los progres no sólo están en posesión de la verdad, también tienen innata tendencia a la virtud. Vivir de rodillas es virtud en Haro, militar en el fascismo, tolerancia en Bobbio. Todo en ellos es conducta edificante y emanación virtuosa.

En el verano de 1999, Javier Marías removió la quietud de los cenobios de la izquierda bienpensante con un artículo, significativamente titulado “El artículo más iluso [Javier Marías, El artículo más iluso, El País, 26-6-1999]. Denunciaba esa tendencia a la exaltación resistente en los momentos tardíos de la dictadura, los seniles “descargos de conciencia” e incluso cierta desfachatez para presentarlo todo como “pecados de juventud”. De minimizarlos con argumentaciones falsas; de esparcir la idea de que, al fin y al cabo, todo el mundo se manchó o está manchado, de que nadie puede tirar la primera ni la segunda ni la última piedra”. Javier Marías trataba de rescatar un rescoldo de dignidad precisamente para quienes hubieran decidido no vivir de rodillas.

El hecho de que la diatriba se publicara en El País, soporífera biblia cotidiana de la secta, y por un escritor bien visto y bien tratado por ella, añadió chispas al escándalo, mas las intensas llamaradas de la fogata se debieron a que el joven novelista cuestionaba uno de los dogmas más caros: la santidad colectiva, que brilla sin mácula en sus bonnes homes, en sus perfectos.

Sin citar los nombres, ponía tres ejemplos identificables con facilidad para el lector avisado: José Luis López Aranguren, nuestro ínclito Eduardo Haro Tecglen y Camilo José de Cela. Si sólo hubiera citado el oficio censor de Cela nada hubiera pasado. Mas cuestionar a dos mitos progres no podía ser pasado por alto. En Haro Tecglen destaca el ocultismo. Hemos visto ya sus justificaciones mostrencas. En López Aranguren se reflejaba otra línea de conducta, con parecidos resultados: la exhibición de sus pequeñas indignidades. El filosófo había frivolizado sobre su función delatora, a la que había sido obligado por el franquismo.  

Decía Marías que “a espiar y chivarse nunca se obliga a nadie, a no ser con chantajes y amenazas que –aunque a veces sea muy difícil- uno siempre puede rechazar o desafiar o arrostrar”. Difunto López Aranguren, salieron en su defensa, con piedad filial, sus hijos, y con piedad de discípulos Javier Muguerza y Soledad Puértolas, sin que faltaran virulentos voluntarios –con los anatemas de costumbre- en la refriega.

Aportó Marías, impelido por la encrespada polémica, documentos periodísticos de declaraciones en primera persona de Aranguren. Así Diario 16 y Abc de 21 de agosto de 1993, con los siguientes y respectivos titulares: “Aranguren: ‘El régimen franquista me obligó a informar sobre intelectuales en el exilio’” y “Aranguren fue obligado a colaborar con Franco”.

El filósofo José Luis Aranguren –desarrollaban las noticias periodísticas- aseguró que durante la Guerra Civil fue obligado a colaborar con el régimen franquista redactando informes sobre algunos intelectuales españoles en el exilio exterior, entre ellos Xabier Zubiri. Araguren explicó que, tras simular una enfermedad para evitar que los nacionales lo enviaran al frente, fue destinado a una oficina en la que colaboró...Dichos informes señalaban la posible peligrosidad o no del regreso de algunos intelectuales contrarios a Franco”.

El 6 de agosto de 1995, en una entrevista en El País declaraba: “después de la guerra desempeñé por poco tiempo un trabajo que consistía en informar sobre los colaboradores de la República en San Sebastián”.

El 16 de octubre de 1990, en Cambio 16, reflexionaba: “lo que nos ocurrió a todos fue que nos hubiera gustado más un régimen que no fuera ni el republicano de Negrín ni el de Franco; pero ¿cuál triunfó? Pues triunfó Francisco Franco, ¿no?, entonces si son estos los que vencen ¡qué le vamos a hacer! Hay que estar con los que vencen. Es decir, lo que hicimos todos, resignarnos y aceptar”. Se puede comprender casi todo en esta vida, pero ese “hay que estar con los que vencen” no parece criterio de elevadas miras morales.

La izquierda funciona con plantillas bien precisas. Mauro Armiño [Mauro Armiño, En el nombre del padre, El Siglo de Europa, nº 375, del 19 al 25 de julio de 1999], tras detectar que se cuestionaba a López Aranguren y Haro Tecglen, pertenecientes “a la memoria de la resistencia intelectual”, aplicaba, sin medias tintas, la consabida consigna. “¡Ay de los vencidos! La paradoja se perpetúa: la derecha más arriscada que se benefició de un régimen cuyos fusilamientos bendijo arremete contra intelectuales de la izquierda”.

No vienen al caso las descalificaciones de la familia Aranguren, justificadas por la sangre, ni la exculpación en cuanto soldado de su padre, reclamación a la obediencia debida, mas situar a Javier Marías en la “derecha más arriscada” era un salto en el vacío, un argumento ad hominem lanzado desde una escopeta de feria demasiado utilizada.

Javier Muguerza, primero bizarro en su acometida, recogió luego velas, al mostrarse que algunas de las declaraciones del maestro habían sido hechas en un curso de verano dirigido por él. Terminó por indicar que Aranguren en los últimos años de su vida decía inconveniencias, chocheaba.

Se fueron sumando al culebrón veraniego más firmas de prosapia, como Francisco Umbral o Gregorio Morán. Este último recordó [Gregorio Morán, Sabatinas intempestivas: abuelo, ¿tú fuiste un nazi bueno?”, La Vanguardia, 18-9-1999] que Aranguren se introdujo en los ambientes intelectuales del franquismo gracias a un concurso organizado por la Junta Restauradora del Misterio de Elche, promotora de un premio sobre Eugenio d’Ors, en el que participó con un libro titulado “La filosofía de Eugenio d’Ors”.

Directo oportunismo: d’Ors era entonces el intelectual orgánico del franquismo por excelencia. Ahí hablaba Aranguren de “triunfal alzamiento”, de “aquellos días heroicos”, tildando de “jolgorio plebeyo” el advenimiento de la República. Javier Muguerza [Javier Muguerza, Con desaliento respondo, El País, 31-7-1999] consideraba purgados tales comentarios por la expulsión de la Universidad en 1965. No entraba en el hecho de que, en los años ochenta, del libro de marras hubieran sido expurgadas tales afirmaciones, en clara impostura intelectual.

Soledad Puértolas [Soledad Puértolas, Tres años de la muerte de Aranguren, El País, 27-7-1999] rememoraba que “si algo me gustaría decir que aprendí de él es una benignidad esencial hacia las debilidades y errores de los otros, a aceptarlos como parte de la compleja y difícil vida, a remitirlos a la parte más íntima de las personas, esa parte que los otros nunca pueden conocer del todo y por tanto tampoco se puede juzgar con rigidez”. Tan hermosas palabras pueden llegar a justificarlo todo, así que la escritora terminaba por recular: “lo cual no significa de ningún modo ausencia de principios. Todo lo contrario”.  

Salieron otras personas a colación. Umbral citaba a Heidegger, cuyo apasionado compromiso nazi, como rector de Friburgo, desapareció durante décadas mediante una reescritura que llegó a situarle en la ‘resistencia interior’. ¡Cuando Sartre convirtió la filosofìa heideggeriana en la base de su existencialismo de izquierdas!

En el terreno patrio, los casos de Dionisio Ridruejo, Antonio Tovar y Pedro Laín Entralgo, el grupo de la revista Escorial, cuya evolución ulterior, no les exime de que en los años cuarenta eran fervientes partidarios del nazismo y cuyas primeras discrepancias con el franquismo fueron por demasiado blando, no por demasiado duro.

O, como señaló Gregorio Morán, “que lo sentimos mucho, pero que más lo sintieron las víctimas. No hubo nazis buenos”. La situación se puso tan tensa que hubo de salir Elías Díaz [Elías Díaz, Con Aranguren, El País, 6-10-1999] por el registro de la adhesión personal y por el aviso a navegantes: bien las disquisiciones, nada de “hagiografías acríticas de nadie, tampoco en este caso de Aranguren, no las necesita”, pero, ojo, que por “estas direcciones, más bien regresivas”, se terminaba haciendo un favor a Franco. Palabras mayores. Chitón y punto en boca.

Se había ido demasiado lejos. Por supuesto, la evolución pertenece a la condición humana, como el error y el arrepentimiento. Lo que no es sostenible, y Javier Marías, cuestionaba es ese dogma, tan falso y petulante, de la impecabilidad de los progres. Para sostenerlo, en el tiempo histórico inmediato –cito al propio Marías- se ha recurrido “a las biografías ficticias o maquilladas que tanto han abundado aquí desde la transición”.

Donde otros pecaban, había algo virtuoso. Las acciones que en otros se consideran censurables, son en ellos muestra de inteligencia o emanación de santidad. Porque tales esquizofrenias morales se fundan en el más execrable y feo de los vicios –la hipocresía- no puede por menos que reconocerse el coraje de Javier Marías en ese verano de 1999 y la justeza de su punto ético de partida: “los hubo infinitamente peores y mejores. Pero también los hubo de otra pasta, y a ésos no se los puede ofender. Por mucho que intenten y les convenga olvidarse, también los hubo mejores. O simplemente –y vuelvo a las palabras en desuso, antiguas- más rectos, o más dignos, o más resistentes, o más orgullosos, o más escépticos, o más asqueados, o más derrotados, no sé: aquellos a los que no quedaron acaso fuerzas ni ánimos para desear más nada, ni sobrevivir. Que sobreviva su memoria al menos, que no se borre su triste y languideciente o pasada existencia, por incómoda que resulte a los vivos o supervivientes que hacia ese espejo mejor, sin azogue y espectral y resquebrajado, nunca quieren ni se dignan mirar”.

Entre los desvaríos perdonables del anciano López Aranguren estuvo una de sus últimas polémicas: “cuando se manifestó en términos ambiguos, por no decir complacientes, con el terrorismo de Estado, es decir con el GAL. Su lucha por las libertades no podía quedar empeñada por un patinazo senil[Luis Arias Argüelles-Meres, La Nueva España, 26-7-1999].

Otro verano, cinco años después, José Luis Rodríguez Zapatero, en la reunión plenaria de la OTAN, celebrada en Estambul, ante George Bush, expresó que, en la lucha contra el terrorismo, “no se puede perder el alma democrática”. ¿Reconocimiento, acaso, de los errores pasados de su ídolo Felipe González? En absoluto. Los dogmas de la inmaculada concepción y la santidad colectiva de la izquierda exigen no reconocer ningún error pasado, pues el bien es la izquierda, y el mal es la derecha.

Nadie habla más de autocrítica que la izquierda, porque tiene vedado su ejercicio. O dime de qué presumes y te diré de qué careces. Los procesos vistos de amnesia personal se producen, de igual modo, e incluso con mayor intensidad, en el ámbito colectivo. Ese Zapatero impoluto es el mismo diputado que sustentaba a un gobierno que ordenaba “ejecuciones selectivas”. En aquellos tiempos, la izquierda hacía referencias, reclamando comprensión, a las “cloacas del Estado”.

Alfredo Pérez Rubalcaba era el portavoz de un gabinete instalado en la mentira y acosado por la Justicia. La página del GAL ha sido arrancada de la historia socialista. Nunca perdió el PSOE de José Barrionuevo y Rafael Vera el “alma democrática”. La izquierda se indigna ante el asesinato por orden de Ariel Sharon del líder de Hamas, Ahmed Yassín, pero aún lo hace en mayor grado si se recuerdan los asesinatos de Lasa y Zabala.

Ante la mera mención a las “ejecuciones selectivas” de los GAL, la directora general de Asuntos Religiosos, Mercedes Rico, quien, por supuesto, aborrece de cuanto huela a religión menos el puesto, optó por enmudecer y abandonar una tertulia radiofónica. Los castos oídos progres no pueden escuchar tamañas herejías.

Mas, en puridad, ¿por qué criterio lógico no son comparables unas acciones y otras? Bien, ya sé, los asesinatos del GAL tenían como fin alcanzar la igualdad y eran perpetrados por esclavos. Si el lector no está de acuerdo con la paráfrasis tecgliana, sólo nos queda concluir que la izquierda funciona, y obedece a una lógica que al resto se nos escapa, y que, incluso, en apariencia, parece bastante ilógica.

Cuando el laicista Zapatero recurre al lengua religioso, considerando a la democracia portadora de un alma que no puede perder, sólo puede hacerlo o desde la mala conciencia o desde el más absoluto olvido. La lógica de la izquierda es que ella no tortura o mata, porque eso es todo punto imposible, aunque lo haya hecho. En cuyo caso se aplica el artículo segundo: la realidad no existe.

Pregunten por Luis Roldán: nunca militó en el partido socialista, un infiltrado. La izquierda es la virtud y el bien. Cualquier contradicción se borra y adelante con los faroles. Veremos más adelante más milagros de la izquierda en los que las leyes sino de la naturaleza, al menos de la lógica.

El talante es corolario del gnosticismo gauchista. Aunque la izquierda practica de continuo el sectarismo, y distingue con pasión jacobina los límites entre la secta progre y el resto del mundo -donde no hay salvación- hace gala de tolerancia retórica. La sonrisa de Zapatero, tan fija y tan indescrifrable como la de La Gioconda, no es márketing político, sino milagro, portentoso en su cándida sencillez, emanado de la condición sobrehumana de la izquierda. JFK sufría penosos dolores de espalda y siempre sonreía, aunque no era un hombre feliz.

Se puede tener una idea bien distinta del talante –de un buen talante, tal y como lo entienden el común de los mortales- respecto al puesto en práctica por el nuevo gobierno. El PP tuvo una posición muy crítica contra la Logse, mas no la derogó por decreto, sino que la puso en práctica a la espera de su propia reforma educativa.

No se produjo con el PP una agresión inmediata y generalizada contra las autonomías del PSOE, como ha sido norma del nuevo gabinete: veto a los aspectos beneficiosos para la Comunidad Valenciana y Murcia del Plan Hidrológico Nacional, mientras siguen su curso los favorables a Aragón y Cataluña, exabruptos de la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez contra el Plan Galicia, mientras se financia, desde el Gobierno, el Metro de Sevilla, desarticulación del Archivo de Salamanca.

José María Aznar, hacia el que la izquierda ha mostrado una inquina superlativa, hizo no pocos favores –nunca reconocidos- a Felipe González, evitándole un merecido calvario judicial. Nada que ver el “pasar página” aznarista de 1996, con la política necrófila de José Bono con el Yak 42 en el 2004.

No me imagino los improperios, ni las lindezas que la izquierda hubiera dedicado a Alfredo Urdaci, o a José Antonio Sánchez, si alguno de ellos hubiera dicho que los “condicionamientos políticos en los medios públicos, si es que existen, están legitimidados por las urnas

Y si Aznar, según la curiosa y recurrente acusación de la izquierda, usaba el Parlamento como mera caja de resonancia de decisiones, en política exterior, tomadas de antemano, eso mismo ha hecho, desde la retirada de Iraq hasta el envío de tropas a Afganistán, el nuevo inquilino de La Moncloa. Si bien, cuanto vale para la derecha, deja de tener sentido si se trata de la izquierda. Si Aznar hubiera ocultado la fecha de la retirada hubiera sido falta de transparencia, mas en Zapatero es prudente atención a motivos de seguridad.

¿Por qué era malo estar presentes en Iraq y es bueno incrementar nuestras fuerzas en Afganistán? Según Miguel Ángel Moratinos, la contradicción es aparente, pues todo está claro como el sol. Iraq era una intervención ilegítima y la de Afganistán cuenta con todas las bendiciones de la ONU. Mas en el debate del estado de la nación de 2003, Zapatero dijo que estaría en contra de la intervención en Iraq “con la ONU o sin la ONU”.

El secretario de Estado de Asuntos Exteriores, Bernardino León fue aún más lejos que su jefe, pues en relación con la causa afgana, habló de “fuerte legitimidad” por parte del Consejo de Seguridad de la ONU y de “apoyo social”. Sin embargo, las pancartas y los slóganes de “No a la guerra” carecían de interpretación ambivalente.

Eran de un pacifismo absoluto. Era un no a todas las guerras. Y nadie pondrá en duda que con ese criterio acudían los manifestantes a las convocatorias. Ni su ánimo, ni el mensaje emitido, era del tipo “No a la guerra de Iraq, sí a la de Afganistán”. Quienes han madurado con la democracia están acostumbrados a este tipo de juegos semánticos y reservas mentales socialistas. Baste citar el “OTAN, de entrada, no”.

¿Pueden retirarse las tropas, en medio de declamaciones contra una “guerra ilegal e ilegítima”, para a renglón seguido aprobar en la ONU una resolución recomendando el envío de soldados a Iraq? El punto 15 de la resolución 1546, aprobada con el voto favorable del Gobierno socialista español, dice textualmente: “pide a los Estados Miembros y a las organizaciones internacionales y regionales que presten asistencia a la fuerza multinacional, en particular con fuerzas militares, según se convenga con el pueblo de Iraq, para ayudar a satisfacer las necesidades del pueblo iraquí en materia de seguridad y estabilidad, de asistencia humanitaria y para la reconstrucción y para apoyar la labor de la UNAMI”.

Tales contradicciones, insalvables en cualquier otro mortal, pueden darse sin escándalo en la izquierda porque uno de sus milagros más corrientes es la capacidad para suspender las reglas de la lógica. No le cuesta apenas esfuerzo. Lo hace con facilidad pasmosa. Sin pestañear. Sin, ni tan siquiera, ruborizarse, como lo más normal del mundo.

Esto no sería posible si, en medio de esa pureza colectiva, no se dieran en Zapatero condiciones especiales, poderes taumatúrgicos. Este ‘bambi de acero’, en el decir de Alfonso Guerra, ha llevado su compromiso virtuoso a cotas superiores a cuanto vieron los siglos. “A mí no me cambiará el poder”, ha salido de su boca.

No es, desde luego, un ejemplo de humildad. Un hombre sensato hubiera dicho más bien: ‘procuraré o haré todo lo posible para que el poder no me cambie’. Porque el poder somete a tentaciones mefistofélicas, y el hombre virtuoso ha de ser conscientes de ellas, para combatirlas o, mejor aún, para huir de ellas.

La aparente ingenuidad es, cuanto menos, petulancia. Esa seguridad de que el poder no le cambiará, proclamada con tanto énfasis, que Zapatero ha llegado ya cambiado, de hecho al poder. Y, en verdad, entre el 11 y el 14 de marzo, el socialismo español cayó, sin resistencia, en la tentación mefistofélica. Al fin y al cabo, Alfredo Pérez Rubalcaba actuó como lo hizo con el consentimiento y, bajo las órdenes, de Zapatero.

Entre las órdenes mendicantes de la izquierda –no falla, ser de izquierdas es aspirar a vivir del presupuesto, expoliando a los demás- la de los artistas es la más histriónica y vocinglera. La izquierda, en los resortes de secta que la caracterizan, es bastante despótica. De continuo se pretende pedagógica, para ilustrar al pueblo inculto. Izquierda y cultura se pretenden sinónimos, cuando en realidad lo son izquierda y cultura subvencionada.

Ese instinto de vivir del trabajo de otros es segunda naturaleza en la progresía, a la que viene al pelo la fábula de la cigarra y la hormiga. Nuestras cigarras son de izquierdas, sin casi excepción. Esa unanimidad debería inquietarlas, pues sugiere redomado sectarismo, mas son demasiado presuntuosas para mantener una brizna de espíritu crítico.

Este ambiente enrarecido lo ha descrito bastante bien, Carlos Martínez Gorriarán, impulsor de la iniciativa ciudadana Basta ya: “algo raro pasa en el mundo del arte y el espectáculo en España, ya que parece que sus miembros están por encima del bien y del mal y pueden hacer lo que les parezca, mientras los demás tenemos que aceptarlo, porque ellos son artistas, lo que es bastante presuntuoso[Declaraciones en Libertaddigital, 30-1-2004].

La reflexión viene a cuento de la tomatina organizada por los cineastas, cerrando filas con Julio Medem, en torno a la polémica suscitada por la nominación para los Goya 2004, de su documental La pelota vasca. El contexto completo pasa por un hecho sorprendente.

Después de treinta años de terrorismo y de mil muertos no hay una sola película, ni tan siquiera un corto, una novela o un cuento sobre las víctimas. Con tantas vidas ejemplares, tantos gestos heroicos, tantas conductas llenas de coraje, tantos compromisos arriesgados con la libertad, a ninguno de nuestros cineastas se le ha ocurrido un guión sobre esa deslumbrante epopeya de la resistencia al terrorismo en el País Vasco.

¿Cuál es el motivo? La respuesta es sencilla: cobardía. Nuestros cineastas han demostrado un coraje gremial frente a las víctimas, mas han tenido buen cuidado de no ofender en lo más mínimo a los verdugos. Esa es la poco edificante realidad de partida. Las víctimas han tenido un comportamiento de un estoicismo superlativo. En el largo rosario de familias rotas, sólo es un caso se ha recurrido al ojo por ojo. Los allegados de nuestras víctimas no se han tomado la justicia por su mano. Durante décadas los entierros fueron vergonzantes y parecía como si cayera un estigma sobre el entorno del asesinado. ¡Algo habrían hecho!

Otro elemento anecdótico e interesante a tener en cuenta es que la Gala de los Goya es una copia –versión cutre, podría decirse- de la de los Óscar. Aceptación de ese supuesto colonialismo que se repudia cuando los ciudadanos ejercen su libertad y compran entradas y palomitas para ver las producciones de Hollywood.

La de los Óscar preserva con celo su carácter comercial, la de los Goya –con poco que vender- ha degenerado en mitin político, en comedia bufa de asamblea jacobina, teniendo, eso sí, buen cuidado de no asumir riesgos, como esos curiosos provocadores que blasfeman en cristiano, pero reclaman el máximo respeto para el islamismo, porque en ese ámbito la blasfemia está penada con el asesinato.

No asumir riesgos, pero parecerlo, esa fue la escenificación de la Gala de 2003 con el “no a la guerra”. Los cineastas son poco partidarios de defender causas perdidas, en las que no haya réditos de popularidad y no impliquen un incremento de las subvenciones. Un pesebre vacío provoca alaridos de la manada. Oponerse, en una democracia, a la intervención en Iraq no tenía coste y sí representaba beneficio.

Por ejemplo, Javier Gurruchaga, tras calarse el casco, fue fichado por Localia. Retiro honroso para una vejez digna. Nuestros cineastas se mueven con extraordinaria soltura, como en Escuela de sirenas, a favor, mas tienen alergia a hacerlo contracorriente. Con el maravilloso don milagrero de la secta gnóstica y prebendaria pueden llegar a convertir esta actitud poco digna –lo del “vivir de rodillas” del tardostalinista Tecglen- en una forma de victimismo. En la Gala de los Goya 2004,

Julio Medem rizo el rizo. Merece entrar en los anales y abrir el florilegio de la estampas piadosas de nuestros progres de celuloide. Reseñemos los prolegómenos del martirio virtual de Medem. Animados, quizás, por la bizarría pretérita, la Asociación de Víctimas del Terrorismo protestó por la nominación de La pelota vasca y pidió que los asistentes a la Gala lucieran pegatinas de ‘No a ETA’.

Menos glamourosas, a lo que se ve, pues brillaron por su ausencia. Mirado con frialdad, la citada Asociación, en la que actuaba como portavoz Daniel Portero, el hijo del fiscal Luis Portero, ejercía la libertad de expresión consagrada en el artículo 20 de la Constitución, prevista para amparar incluso a gente tan osada y desalmada, capaz de afear la conducta a un cineasta y de poner a la secta ante sus contradicciones. Portero ya había hecho un informe sobre los anunciantes de Gara: el grupo Eroski batía todos los récords, seguido por Viajes Halcón.

Como hace tiempo, por salud mental, economía (me sacan el dinero en la declaración de la renta) y buen gusto, no veo cine español –abstinencia que recomiendo vivamente por sus beneficiosos efectos-, me remito a la valoración de Gotzone Mora, concejal de Getxo y profesora universitaria, que me merece, por trayectoria y responsabilidad, todo el crédito. Para Gotzone, La pelota vasca trata “a las Fuerzas de Seguridad como torturadores y no incluye ni un solo testimonio de las familias de la Policía o la Guardia Civil, que son la mayoría de las víctimas”.

De modo, que el filme “es nefasto, porque contiene una gran cantidad de mensajes subliminales que incitan a la violencia” y “aunque aparentemente se mueve en la equidistancia, en realidad ha tomado partido y trata igual a los asesinos y a los asesinados”. Según esto, el documental no sólo era criticable, en nombre de la libertad de expresión, que ampara también el error, sino que la denuncia respondía a un imperativo ético.

Medem reaccionó con mezcla de autocompasión y agresividad. Destacó que en su película se daba un trato “más que respetuoso, privilegiado” a víctimas como María Isabel Lasa, socialista, y presidenta de la Asociación subvencionada por el gobierno vasco, Eduardo Madina, líder de las juventudes socialistas del PSE, mutilado por ETA y firme partidario de la autodeterminación o Mirela Lluch, hija de Ernst Lluch y coproductora del documental.

De su propia enumeración se desprendía selección y relativismo moral. Se trataba de víctimas ‘políticamente correctas’ partidarias de la negociación con ETA y próximas a los planteamientos sececionistas del PNV. Las víctimas de Medem, según expresó en un comunicado el cineasta, “gozan del máximo respeto, apoyo y cariño a su delicada situación, y mi compromisto ético con la no violencia y el diálogo no puede ser más explícito y contundente a lo largo de todo el documental”.

Medem adoptaba una postura concreta, pues el concepto diálogo no es más que manipulación semántica para eludir referirse a negociar con ETA y, en su caso, ceder a sus pretensiones políticas.

En cualquier caso, tal postura podía ser objeto de crítica. La democracia no es el sistema por el que Medem, o cualquier cineasta, pueden expresar sus opiniones y queda a los demás acatarlas, pues eso sería una especie de tiranía social. La democracia permite a Medem expresarse y a Portero no estar de acuerdo y criticarle. Parece cuanto menos una impostura que sean los más pretendidamente críticos quienes se muestren hípersensibles cuando son ellos los criticados.   

Si unas víctimas, las suyas, gozaban de tanto predicamento, las otras son impresentables. Para Medem, “los miembros de AVT no son las únicas víctimas, aunque sí me parecen las más enfadadas y politizadas. Alguien cercano debería decir comprensivamente al oído de cada miembro de la AVT, que el hecho de ser víctima de ETA no les da más razón política, o ideológica, y mucho menos licencia para insultar, calumniar o amargar la vida de todo aquel que no piensa como ellos. Sí, alguien que les quiera de verdad debería ocuparse de ir rebajándoles las llamas del odio y el resentimiento, para evitar que sus almas, corazones y mentes se perviertan irremisiblemente”.

Edulcorado el fervorín. Los nuevos clérigos, ya hemos visto, combinan el agnosticismo con una edificante creencia en el alma. Zapatero en el de la democracia, Medem en el de las víctimas. Sería para tocar la cítara y salmodiar si no quedara ese regusto entre nazi y estalinista, tanto monta, monta tanto, a remitir a los discrepantes al psiquiatra.

El comunicado de Medem es, en este punto, con recomendación de terapia de grupo, nítidamente fascista. No se apunta como insulto, sino como descripción ajustada. Hay en psiquiatría una figura, de la proyección, que cuadra al siguiente párrafo de la filípica: “protesto con toda mi alma por un acto de intimidación, coacción y persecución hecho con todo el regusto fascista”.

Hay que comprender, no disculpar, a los progres como Medem. Suelen usar mucho esta descalificación, por la mala conciencia y el temor de serlo. La mezcla de estatismo y nacionalismo, propia del fascio, herejía marxiana, es frecuente en el País Vasco. No falta el aditamento etnicista nazi. Se silencia el hecho, por ejemplo, de que el Atlético de Bilbao sea una entidad racista, que no permite jugar a negros, asiáticos y sorianos (cosa rara ésta, porque sus ancestros medievales seguramente fueran montañeses bizkaínos). 

Cuidado con criticar a los críticos, ni aún siendo víctima del terrorismo. La secta responde, todos a una, como los Inmortales personales, la Legión tebana, la macedónica o la de Millán Astray. Cuando empieza la estampida de la manada es mejor echarse a un lado. Es gente bastante histérica y dada a subirse los picos más altos de los de los grandes principios para lanzar, desde allí, sus anatemas. La Academia del Cine –un lobby dedicado a conseguir trozos más grandes de la tarta presupuestaria- emitió un comunicado de apoyo a Medem.

Como no son simples mortales, no producen textos normales. La catilinaria rezaba así: “No al terrorismo, no a ETA, no a la guerra, no a la tortura, no a la pena de muerte, no a los malos tratos, no a la manipulación, no a la coacción, no a la censura, no al hambre, no a la injusticia, no a la miseria, no, en fin, no, a tener que reafirmar continuamente que somos gente de palabra y de palabras y que rechazamos, por lo tanto, todo tipo de violencia”.

Resulta incomprensible por qué en la melopea había olvidos clamorosos: no a los terremotos, no a las siete plagas de Egipto, no a la energía nuclear y no Aznar. Se echaban –esos, entre otros- en falta. No tenían su día. Debió parecerles que la retahíla quedaba demasiado negativa e incluso podía malinterpretarse como sugerencia maliciosa de que las víctimas del terrorismo eran insensibles al hambre o a la miseria, o no lo eran tanto como estas hermanitas de la caridad laicistas, cuyos ejemplos de entrega y de virtud nos alumbran cada día en este valle de lágrimas. Así que concluían su pragmática –la Academia del Cine es a los nuevos clérigos especie de Colegio Cardenalicio- con unas notas positivas para levantar el ánimo: “frente a tantos noes y muchos más que podríamos añadir, queremos decir sí otra vez, a la libertad de expresión, sí al sentido común, sí a la tolerancia, sí al respeto, sí a la cultura y sobre todo, sí al cine. Que es lo que hacemos, no otra cosa”. Esta última frase es altamente presuntuosa. Luego veremos hasta qué punto los espectadores no están de acuerdo con que hagan cine o buen cine.

No habrá pasado desapercibido al avisado lector que los purpurados cineastas decían sí a la libertad de expresión de Julio Medem. En ningún caso, a la de los miembros de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. La escritura es incapaz de reflejar el clarinazo de la consigna. A renglón seguido, Agustín Almodóvar –cuyas andanzas económicas veremos más adelante- incidió en el argumentario: “la película de Julio Medem es un ejercicio de libertad de expresión. No incumple ninguna ley. Ofrece su punto de vista, su análisis. Ir en contra de eso es ir en contra de la libertad de expresión”.

¡Sí a la manipulación, Agustín! Criticar a Julio Medem y a su película era y es de hecho ejercicio del derecho a la libertad de expresión; en ningún caso, patrimonio de cineastas y progres. Ir contra del punto de vista de Medem no era ir contra de la libertad de expresión. Plantear el dilema en esos términos es, más bien, una forma de censura. En nombre del sentido común, y del democrático, es mucho más tolerante la reflexión de Carlos Martínez Gorriarán: “todo el mundo tiene el derecho a hacer las películas que quiera, pero también los aludidos tienen derecho a dar su opinión”.

¡Para nada! Cuando el disidente rechaza ir al psiquiatra y se niega a mantenerse callado tras el primer aviso, los progres suben de tono las condenas y desentrañan conspiraciones. “Todo esto –dijo Medem, en el acogedor recinto de la Gala- responde a una estrategia política electoralista con tintes de fascismo. El PP y el Gobierno están manipulando con todo el descaro del mundo”.

Cualquiera entendería esto sí, como una estrategia política electoralista, mas ya hemos hablado del milagro constante por el que ante los progres toda lógica se vuelve ilógica, y toda ilógica resulta lógica. Un caso más. Mercedes Sampietro, revestida con ropajes de sacerdotisa de sábado noche, declamó ante la concurrencia: “la Academia reitera, una vez más, su defensa incuestionable de la libertad de expresión y su rechazo absoluto a cualquier forma de censura de la obra de creación”. Un paso más. Las víctimas del terrorismo –unas decenas de manifestantes menesterosos a las puertas del festorro de los pudientes- han pasado ya a la categoría de censores. Nuestros progres a la de víctimas. ¿Cómo decían en la monserga? ¡Ah! sí, “no a la manipulación”. Icíar Bollain tenía difícil mejorarlo, mas, todo es ponerse, lo logró: “hay muchas formas de terrorismo, pero hay una sola de libertad de expresión. Vamos a cuidar la libertad de expresión”. Héctor Alterio estuvo sublime en su sencillez: “estoy decididamente por la libertad de expresión”. No se podía decir más en menos palabras.

Esa noche brillaron luminarias en la noche estrellada. Esa noche se conjuró un grave riesgo para la libertad de expresión. El resto de los justos se impuso sobre la turba de los pecadores. Ni el vicio, ni la herejía, tienen derechos. Mas, tras tantos años de lucha, ¿cómo avalar una visión tan reduccionista, y por ende tan sectaria, que pretende limitar la capacidad de hablar a una elite selecta? Eso es pura reacción. Una libertad de expresión que se patrimonializa es una libertad que se subvierte y se degrada. John Stuart Mill tenía bien claro que, para defender la propia, había que defender la libertad de expresión de los demás. ¡Fascista! 

Se apagaron los focos, bajó el telón, mas no descendió el almibarado victimismo. “Estoy encantado –resumió Medem, víctima propiciatoria- porque aunque no me he llevado el premio, he notado el apoyo de toda la Academia. Estos días he vivido un infierno”. Podría sonar a sarcasmo –tales polémicas suelen ser rentables en taquilla, pues excitan la curiosidad morbosa- si no hubiera añadido: “pero los infiernos de las víctimas son peores”.

Habían ganado, con todo, una batalla, pero no la guerra. Días después, Mercedes Sampietro tras no hacer ascos a los 30.000 euros del Premio Nacional de Cine, recibido el estipendio de la ministra entonces de Cultura, Pilar del Castillo (merecería un estudio aparte el papanatismo del PP hacia sus fustigadores, mas sería prolijo cual enciclopedia), la directora de la Academia desveló el trasfondo de todo: “vivimos un tiempo de pensamiento único”, aunque la democracia –añadió retadora- tiene mecanismos de auto-regeneración como son las elecciones, las urnas”.

Tan unánime todo, ¿no serán, a golpe de consignas, el ‘pensamiento único’? Al menos, lo de único. ¿No decían que ellos hacían cine “y no otra cosa”? Tienen los progres tan peculiar concepción de la verdad y la mentira, que han de ser interpretados en clave: entendiendo lo contrario de lo que dicen.

Tienen el diccionario muy trastocado. Así que cuando intentan desarmar nuestro espíritu crítico asegurándonos que dicen la verdad, hemos de estar cierto que mienten y nos engañan. ¡A nuestros progres cineastas no les queda tiempo para hacer cine porque pasan la mayor parte del tiempo haciendo política! Cosa muy legítima, pero que ellos -manipuladores por costumbre, no por mala intención- revisten de cultura.

De hecho, en noviembre de 2003, veinte directores se unieron para rodar una película sobre la realidad española. En su presentación, dijeron: “somos un colectivo que ha surgido de forma espontánea, sin ninguna institución o partido detrás”. Recuerdo la conveniencia, para entenderles, de volver del revés sus frases.

Por ejemplo: ‘somos un lobby que no ha surgido de forma espontánea, sino con el Grupo Prisa y el PSOE detrás’. Imanol Uribe fue el encargado de leer el comunicado en nombre del colectivo, del que, por supuesto, formaba parte Julio Medem. “Se trata de hacer balance de los últimos años”. Leer mejor: ‘se trata de criticar al Partido Popular’.

Porque creemos que tenemos mucho que decir, no sólo en las urnas, sino también en distintos movimientos cívicos”. Leer mejor: ‘tenemos mucho que criticar y muchas subvenciones que ganar si vence el PSOE, que nos pagará los servicios prestados’.

Entendemos que la información que recibimos es cada día menos plural”. Mejor: ‘cada día pintamos menos, el Grupo Prisa todavía puede controlar más la información, con el PSOE en el poder’.

La película, reunión de cortos de tres minutos aportados por cada director, se titulaba Hay motivo. No se había añadido “para votar al PSOE”, por un principio de márketing: con pocas palabras basta.

Cuando se constata la realidad de que la izquierda es mayoritaria en los antes llamados barrios obreros se detecta que una parte del voto de izquierda está formado por personas que no identifican sus intereses y anteponen sus resentimientos. Cuando, hace unas décadas, se tildaba -en terminología marxista- de desclasado al ‘obrero’ votante de ‘derechas’ se sublimaba ese curioso despiste, pues son los habitantes de las ciudades dormitorio quienes deberían huir de votar a la izquierda como de la peste, pues es en ellos en quienes se ceban los efectos perversos de las políticas erróneas de la izquierda, quienes más padecen el error intervencionista, al que por extotalitarios o por funcionarios propenden los progres. ¡Aman tanto a los pobres que sienten pasión por crearlos!

Bien es cierto que Milton Friedman sugirió que la interpretación adecuada del interés personal de Adam Smith no era sólo económica. El misionero puede sentir su interés personal satisfecho salvando almas o un padre, educando a su hijo. En ese sentido el ‘gozo’ que los trabajadores asalariados, votantes de izquierdas pueden sentir porque gobiernen ‘los nuestros’ puede resarcirles del riesgo cierto de ir al paro o de sufrir merma de poder adquisitivo, mediante incrementos de la presión fiscal.

De hecho, Felipe González perdió el poder cuando ese gozo sadomasoquista se fue diluyendo, mientras se incrementaban las colas ante las puertas de las oficinas del INEM.

Los cineastas, preclara orden mendicante, sí entiende el interés personal en el sentido más literal de la reflexión de Adam Smith. Ellos tienen muy claro que desean extraer unos euros de los ahorros de cada familia y cada profesional español, aunque estos sean poco aficionados al cine o aborrezcan cordialmente de sus películas.

Como las gentes del cine tienen como deformación profesional la tendencia a la ficción –el guión que hemos visto de Medem y compañeros mártires es de terror-, subliman el afán de lucro, la pasión compulsiva por los fondos públicos, mediante cataratas de verborrea ocultista. Ellos hablan de ‘excepción cultural’ e incluso hacen reclamaciones de patriotismo, adjetivando el cine no de bueno o malo, sino de español y olé.

Sus películas, sin embargo, están ayunas de tal sentimiento, salvo, en todo caso, para ridiculizarlo. Mas, ¿si tan ridículo es por qué recurren a él para parasitar del dinero público? Con el dinero de otros, hacen fiesta los devotos. Los nuevos clérigos han llevado la máxima a sus últimas consecuencias. Si se tratara de competir con Hollywood, para frenar el imperialismo cultural yanqui, nada más acertado que copiar las claves de su éxito: la fundamental y originaria es que Hollywood no está subvencionado.

Resulta, incluso, comprensible que las gentes del cine busquen la seguridad parafuncionarial, pues dependen del voluble público, quien, inculto, puede dar la espalda a su excelso arte o considerar aburrido y pestificante su profundo mensaje. Nunca puede preveerse la respuesta y conviene blindarse contra el infortunio. 

También –de nuevo la fábula de la hormiga y la cigarra- suelen tender a ahorrar poco pensando que la buena racha será permanente. Los tiempos de gloria son efímeros, salvo en España donde los rockeros nunca mueren y siguen en la brecha, desde la transición, casi los mismos. No al riesgo creador y sí a las subvenciones, es el lema tácito de la Academia del Cine.

La etapa de Felipe González fue una edad de oro del esquema. Se establecieron cuantiosas subvenciones para cuya recepción sólo era preciso presentar la solicitud con un guión y un proyecto. Ni en horas veinticuatro, ni nunca, hubo muchas musas que ni pasaron al teatro; o sea, al celuloide.

Informe demoledor del periodista Alfonso Basallo en la revista Época [Alfonso Basallo, Parásitos de película, Época, nº 1012, 9-7-2004] ha desentrañado la farsa. En 1990, 39 cintas fueron subvencionadas con 2.000 millones de pesetas... sólo se estrenaron 22. Hubo, pues, 17 estafas directas del tipo ‘coge el dinero y corre’.

La cosa fue a más: en 1991, de las 33 películas subvencionadas sólo 16 llegaron a la pantalla. Si el PSOE hubiera seguido unos años más el parasitismo hubiera podido llevarse al extremo de que ninguna de las películas subvencionadas llegaran a estrenarse.

Las ‘ayudas anticipadas’ no sirvieron para relanzar el cine patrio, sino que, como dice Alfonso Basallo, “el intervencionismo y el amiguismo terminaron abocándolo a un callejón sin salida. El cine español se estancó”. [Alfonso Basallo, Parásitos de película, Época, nº 1012, 9-7-2004] El número de espectadores de filmes españoles cayó de 36 millones en 1982 a 6 millones en 1994. Además, la producción bajó de 146 a 44 largometrajes. Y los ingresos en taquilla se redujeron a la mitad: de 6.222 millones a 3.099.

Sin embargo, tres productoras hicieron su agosto y pasaron a controlar en oligopolio el sector: El Deseo (de los hermanos Pedro y Agustín Almodóvar), Sogecine (de Jesús de Polanco, patrono de los menesterosos) y Lolafilms (de Andrés Vicente Gómez y Telefónica). Para entender el hay motivo de los directores guerrilleros, ilustrativo puede ser saber que Imanol Uribe ha conseguido, en subvenciones, 2.129.805 euros por cinco películas. No es el primero del ránking: Manuel Gómez Pereira (3.284.125 euros por seis películas); José Luis García Sánchez 83.114.359 euros por siete filmes); Vicente Aranda (2.902.613 euros por ocho producciones). Montxo Armendáriz recibió la bicoca de 2.126.199 euros y otros 400.000 más de fondos europeos.