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El 28 de junio
de 2004, tuvo lugar, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid,
homenaje público, con motivo de su ochenta cumpleaños, a
Eduardo Haro Tecglen.
Organizado por el crítico
Diego Galán, con
la ayuda del escritor
Juan Cruz. A tenor de la reseña de
El País
[Rosana Torres, Haro Tecglen recibe
un homenaje “a su octogenaria integridad”. El País, 29-7-2004],
intervino la crema de la progresía:
Iñaki Gabilondo,
Fernando Fernán-Gómez,
Manuel Vicent,
Emilio Lledó,
Juan José Millás,
Manuel Alexandre
y José Luis Gómez.
Enviaron adhesiones
Nuria Espert y
Rosa Regàs,
recién nombrado directora de la Biblioteca Nacional, quien
definió a Haro
como “la voz que denuncia la
doblez y la ignonimia”. Los progres son muy
capaces de ser cursis. La periodista indica que se dijeron “hermosas
palabras”. Varios de los asistentes, con arrobo
beato, le dijeron que celebraban “su
octogenaria integridad”.
Hacía mucho
calor y ello, sin duda, justifica que
Lledó, entre
tanto incienso laico, elogiara “las
columnas descolumnizadoras de Haro llenas de sentido
descolumnizante”. El homenajeado, quizás
impresionado por tan chusco trabalenguas, tuvo lo que, en
principio, parecía un arrebato de humildad: “no encuentro motivo para el homenaje, es algo que me sobrepasa”,
aunque el razonamiento quedo en cuantitativo: “no hay más que ver a Miret Magdalena con 90, o a Pepín Bello, con 100,
para darse cuenta de que yo soy un bebé y que, por tanto, no hay
razón para la celebración”.
Unos
días antes, Haro
Tecglen había dado una exquisita muestra
de su ‘integridad’
con disquisiciones, desde su columna, bajo el título
Nazis, sobre criminología ideológica. ¡En los
crímenes, también hay clases! “No
es lo mismo matar para que domine el mundo una raza
aria, pura, pero imaginaria, que para tratar de lograr
la igualdad en el mundo. No es lo mismo, repito hasta
que se aprenda, el crimen del amo que el del esclavo.
Sin por ello dejar de ser crimen”.
Excelsa
pedagogía. Delicioso espíritu ilustrado. Esto es como
discutir si eran más éticos los crímenes de
Al Capone
o los de Lucky
Luciano. Si bien ambos eran meros
aficionados, llenos de buenos sentimientos, al lado de
los ídolos de
Haro. ¡Lástima que tan humanitaria
reflexión no fuera leída a los concurrentes al homenaje!
Pues ha de resultar descorazonador después de una “octogenaria
integridad” tener que repetir, “hasta
que se aprendan”, lecciones tan sencillas.
¡El vulgo es duro de mollera!
Hay una
intrínseca virtud en el asesinato de izquierdas, en el
genocidio. No sólo el comunismo ha batido todos los
récords de crímenes en masa, también ha perfeccionado el
crimen en sí, pues ha conseguido despojar a la víctima
de toda dignidad y de todo derecho a ser reclamada, pues
los cien millones de muertos lo eran en aras de la
igualdad, y obedecían, por ende, a un fin sacrosanto.
Quizás
debieron recaudarse fondos entre los entusiastas
asistentes (aguantaron el calor asfixiante durante más
de dos horas, pues los progres tienden a la
verborrea-)para la puesta en marcha de un Museo que
ejemplificara esa belleza, esa superioridad del crimen
de izquierdas, del asesinato igualitario. Algo de ello
se vive en China, donde la familia paga la bala.
Mao,
Stalin, Lenin,
Pol Pot,
Mengisthu,
Castro,
los esclavos, batiendo récords en la competición del
crimen. ¿Amos los kulaks, los tres millones de
muertos por hambre en las ciudades asediadas de Ucranica,
los otros tres millones por lo mismo en Corea del Norte?
Quizás,
con un Museo del terror virtuoso, cuando
Eduardo Haro Tecglen
vaya a reunirse con sus tres hijos ausentes –nada más
terrible que sobrevivir, a fuer de íntegro, a toda tu
prole-, a los que mencionó el sempiterno
Javier Gurruchaga,
no se correría el riesgo de perder esa lección moral.
Quizás si en el paredón, en la cuneta, en el GULAG y
–por qué no- en Paracuellos, a las víctimas se les
hubiera explicado que “no
es lo mismo matar para que domine el mundo una raza aria
que para tratar de lograr la igualdad en el mundo”,
hubieran tenido un último consuelo. Quizás hubieran
abandonado felices esta vida. Hubiera brotado en ellos
una infinita conmiseración hacia sus verdugos, al fin y
al cabo, pobres esclavos.
Ese
Museo es, sin duda, necesario, pues preciso dejar
constancia de que hubo un tiempo en el que los
sepultureros como
Haro
fueron tenidos por progresistas y la apología del crimen
se consideró seña de urbanidad progre. Las
generaciones futuras tienen derecho a saber que hubo un
tiempo en el que se llegaron a establecer graduaciones
en los genocidios e incluso se concedían calurosos
homenajes a los meticulosos que brillaban por su
capacidad de discernimiento ante las fosas comunes.
Por
ejemplo, los oficiales del ejército polaco asesinados en
masa y enterrados en Katyn parecieron un tiempo víctimas
de primera, pues se pensó que habían sido asesinados a
la quimera de la razia aria, pero pasaron a ser de
segunda cuando se desveló que lo habían sido en aras del
ideal igualitario.
Si no
existiera El País, nos perderíamos el provecho de
tales lecciones. Hay genocidios buenos o casi.
Interesante matiz lo de “sin por ello dejar de ser crimen”. Va de suyo, pues hay
cadáver. Multitud. Cien millones, redondeando, según el
cálculo a la baja del Libro negro del comunismo.
Dejemos a un lado la provocación de matón de izquierdas,
por respeto a sus canas y su azarosa vida. Hay en la
reflexión de
Haro Tecglen la autoridad moral de quien
ha estado en las dos orillas del totalitarismo y ha
hociqueado en sus crímenes.
En
estos tiempos, tan poco dados a creer en milagros, la
progresía de continuo nos maravilla con portentos
inexplicables. Uno de ellos es la celebrada integridad
de Haro Tecglen.
Dies Irae se tituló el artículo que publicó en
1944 en el diario Informaciones con motivo del
lúgubre cortejo de traslado de los restos mortales de
José Antonio.
Llegada
a El Escorial.
Haro Tecglen, a lo que se ve, estaba
entre los amos, bien asido el látigo para cruzar las
espaldas de los esclavos.
“La voz
de bronce de las campanas de San Lorenzo, el laurel de
fama de la corona fúnebre, la piedra gris del
Monasterio, los crespones de luto en todos los balcones
del Escorial, los dos mil cirios ardiendo en el túmulo
gigantesco coronada por el águila del Imperio que se
eleva en la Basílica, lloran en esta mañana, con esa
tremenda expresión que a veces tienen las cosas sin
ánimo, la muerte del Capitán de España. Hasta el sol y
el paisaje han cubierto su inmutable indiferencia con el
velo gris de la lluvia y la niebla, y cae sobre la
ciudad –lacrima coeli- una llovizna fina y
gris. El subconsciente nos ha repetido sus frases, sus
profecías, sus oraciones; y no ha sido voz de ultratumba
la suya; ha sido voz palpitante de vida, de la vida y el
afán de todos estos magníficos camaradas de la Vieja
Guardia, del Frente de Juventudes, de la Sección
Femenina... La doctrina del Fundador vive en ellos como
en aquellos tiempos, y si el cuerpo de José Antonio está
muerto bajo la lápida, su espíritu tiene calor de vida
en la de todos los camaradas de Falange. Se nos murió un
Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y
hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la
figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de
destino y esperanzador de historia que José Antonio
traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del
Generalísimo. Y así, en este día de dolor –Dies
Irae- a las once –once campanadas densas de todos
los relojes han sido heraldos de duelo- la corona del
laurel portada por manos heroicas de viejos camaradas ha
llegado a la Basílica y, entre la doble fila de
seminaristas –cirios encendidos en sus manos- ha pasado
el Patio de los Reyes y ha entrado en el crucero. Ha
sido depositada sobre la lápida de mármol donde grabado
está el nombre de José Antonio y la palma de honor y
martirio. Había dolor en todos los semblantes. Mientras
el coro entonaba el Christus Vinci y los
registros del órgano cantaban la elegía del héroe
muerto, a nosotros nos parecía oír la clara palabra de
José Antonio elevarse allí donde el mármol vela su
cuerpo. Una alegría tenemos; la de ver que a José
Antonio sucede un hombre tan firme y sereno como el que
lleva a España por los senderos que él marcó”.
Visión
bien curiosa, desde luego, de la integridad entre los
progres. Si se tratara de un mortal no perteneciente a
la secta, estaríamos ante caso claro de deshonestidad,
mas ante la progresía los sentidos nos engañan. Su etapa
nazi ha sido celosamente ocultada por
Haro Tecglen.
Sorprendente en éste maestro Ciruela, tan zelota.
Las
dictaduras son malas porque convierten el ejercicio de
la responsabilidad personal en una forma de suicidio.
Haro Tecglen
ha demostrado, en efecto, una integridad en línea
quebrada: ha estado dispuesto a servir a todas las
dictaduras y a asistir a todos los crímenes. Cuando este
texto, una gota en el mar azul de su producción
falangista y franquista, se hizo público, la
justificación de
Haro Tecglen
fue todo menos heroica: “viví
de rodillas, luego me levanté”.
Mas
vivir de rodillas no parece postura digna, mucho menos
de resistente. Si no se tratara de un progre, podría
tildarse de cobarde. “Lo que deseaba, y deseo –escribió
Haro Tecglen,
tras la exhumación de sus artículos cara al sol-
es sobrevivir, y aveces
hay que cambiar el gesto para seguir adelante, uno tiene
que plegarse a ciertas condiciones y personas”.
Puede
ser comprensible esta actitud, no elogiable. No da
patente de resistente. Se mueve demasiado en los límites
de la obediencia debida, aducida por los carceleros, o
del pragmatismo chato del colaboracionista. Mas no
permite distinguir ni una brizna de integridad.
Mas la
izquierda hace prodigios. Incluso su deshonestidad es
íntegra. Incluso su esquizofrenia es respetable. Incluso
en sus crímenes hay un trasfondo de idealismo. La
izquierda, por ejemplo, no da golpes de estado, hace
revoluciones, que entraña una connotación bien distinta.
En 1934 dio un golpe de Estado contra la legitimidad
republicana para imponer el partido único y la dictadura
del proletariado. La cosa cambia si se habla de la ‘revolución de Asturias’.
La
mayor parte de la historia de la izquierda, incluido el
PSOE, ha sido ferozmente antidemocrática y su programa
ha sido la tiranía de partido único. A los sones de La
Internacional se han cometido cien millones de
asesinatos, pero sus acordes aún suenan en los cierres
de los congresos socialistas, asumiendo ese legado
genocida.
La
progresía es milagrera. Como en las sectas gnósticas, a
las que en tantos aspectos recuerda, quienes han entrado
a formar parte de sus huestes están adornados de una
pureza originaria. La progresía abunda en dogmas
enternecedores e infantiles. Tal es el caso de la
inmaculada concepción colectiva de los progres.
El
ocultismo de
Haro Tecglen es lo propio del mendaz.
Vivió de rodillas, se levantó luego. Resucitó progre.
Cuando la realidad contradice el dogma laico, tan
arrogante e infundado, se cambia aquella no se cuestiona
éste. Por eso abundan las biografías reescritas, las
capas de pintura. los revocados de cal.
Escuchemos la retahila de un forofo de
Haro: “por
supuesto, jamás ha sido nazi, nunca se le hubiera
ocurrido ni en un trance de delirio abrazar el tosco
ideario falangista, de ninguna manera ha sido partidario
de Stalin”
[Carlos Pérez Ugalde, Haro Tecglen, El Correo,
30-6-2004].
Mentira
tras mentira, y tiro porque me toca. La santa izquierda
de los nuevos clérigos tiene una infinita capacidad
tanto para la amnesia interesada como para la
restauración embellecedora. Frente al Libro de Petete de
los genocidios de
Haro Tecglen,
el fascismo y el nazismo fueron herejías del comunismo,
¡fueron de izquierdas!
Benito Mussolini
era el número tres del Partido Socialista Italiano, el
director del diario oficial del partido, el líder de su
ala izquierda.
La
contracción ‘nazis’ tiene algo de ocultación, pues el
NSAP era el Partido Nacional Socialista Alemán. El
Hitler
wagneriano y paranoico de los últimos días es un hombre
que se siente tan de izquierdas como el que mitineaba,
años antes, en las cervecerías de Munich. La
mefistofélica tentación antisemita fue denunciada por
Lenin para quien el antisemitismo era el socialismo de
los tontos. Socialismo, al fin y al cabo. Los nazismos
valones, noruegos surgieron de los partidos socialistas.
Pierre
Laval,
el hombre fuerte del régimen de Vichy, era socialista. E
incluso el exiguo partido nazi inglés fue fundado por un
diputado laborista. Ya se ha dicho que la progresía
troca el pensamiento por la consigna, y ésta, tras la
ruptura del pacto Ribbentrop-Molotov que unió a los
hermanos totalitarios en una camaredería de gangsters,
se estableció en que el fascismo era el último estadio
del capitalismo. Nazis y fascistas fueron los herejes
nacionalistas respecto al internacionalismo proletario
comunista.
Repito
para que se aprenda: a las víctimas no les salva la
motivación del criminal. El criminal igualitario es tan
inmundo con el étnico, a pesar de las sublimaciones
pequeñoburguesas de Haro.
Porque
el fascismo fue herejía del comunismo, tantos miembros
del santoral progre fueron primero fascistas. Lo fue
Norberto Bobbio.
Camisa negra. La necrológica de la
agencia EFE
con motivo de su óbito, el 9 de enero de 2004, sentencia
que fue un “luchador
antifascista”. Simple mentira. Estricta
reescritura.
Al fin
y al cabo, la militancia fascista y su función de
profesor universitario de la Universidad musoliniana
fueron desveladas unos años antes con amplia polvareda
en Italia, donde
Bobbio,
autor de El futuro de la
democracia o el endeble galimatías Derecha
e izquierda, había tenido buen cuidado de
enterrar su pasado bajo gruesas capas de silencio. El
Mundo fue más púdico en su obituario. “vivió
el fascismo en su juventud –con cierta tolerancia de la
que más tarde se arrepentiría- pasó por la Resistencia,
apoyando a grupos socialistas”.
Lo de
la Resistencia es cosecha propia, aditamento piadoso,
florilogio de santoral. Siempre queda bien, como en
Sartre. Lo de la “cierta tolerancia” fue carnet del partido con las haces del
fascio y los sueños imperiales. Por esas, lo de
Mussolini fue “cierta
tolerancia al fascismo de la que no le dio tiempo a
arrepentirse”. Tolerancia cumple aquí la
función de un velo manipulador.
Ser de
izquierdas, como en los bonnes homes
cátaros, implica incontaminada pureza, incapacidad para
el mal, ausencia completa de pecado. Hemos visto ya el
curioso atributo de la omnisciencia que se da como
virtud colectiva en ellos. Los progres, como el
Duce, siempre tienen razón.
No es
cierto, como dijo
Manuel Fraga,
que acierten cuanto rectifican. En realidad, aciertan
hasta cuando se equivocan. Esa encarnación de la verdad
por la siempre la poseen, aunque lo que hoy defiendan
como verdadero, lo proclamen poco después como erróneo.
Y viceversa, que de todo ha habido en la viña de los
progres. Curioso es que los socialistas muestren
inveterado rechazo a la enseñanza de la religión, pues,
mediante conveniente analogía, el pueblo podría tener
más cabal idea de la excelsitud de su naturaleza.
Superiores a los humanos corrientes, en muchos aspectos
rozan lo angelical, aunque, en propiedad, su estado
habitual es semejante al que gozaban nuestros primeros
padres antes de la caída, inclinados al bien, según
enseña la teología católica.
Los
progres no sólo están en posesión de la verdad,
también tienen innata tendencia a la virtud. Vivir de
rodillas es virtud en
Haro,
militar en el fascismo, tolerancia en Bobbio. Todo en
ellos es conducta edificante y emanación virtuosa.
En el
verano de 1999,
Javier Marías removió la quietud de los
cenobios de la izquierda bienpensante con un artículo,
significativamente titulado “El
artículo más iluso”
[Javier Marías, El artículo más iluso, El País,
26-6-1999]. Denunciaba esa tendencia a la
exaltación resistente en los momentos tardíos de la
dictadura, los seniles “descargos
de conciencia” e incluso cierta desfachatez
para presentarlo todo como “pecados
de juventud”.
“De
minimizarlos con argumentaciones falsas; de esparcir la
idea de que, al fin y al cabo, todo el mundo se manchó o
está manchado, de que nadie puede tirar la primera ni la
segunda ni la última piedra”.
Javier Marías
trataba de rescatar un rescoldo de dignidad precisamente
para quienes hubieran decidido no vivir de rodillas.
El
hecho de que la diatriba se publicara en El País,
soporífera biblia cotidiana de la secta, y por un
escritor bien visto y bien tratado por ella, añadió
chispas al escándalo, mas las intensas llamaradas de la
fogata se debieron a que el joven novelista cuestionaba
uno de los dogmas más caros: la santidad colectiva, que
brilla sin mácula en sus bonnes homes, en sus
perfectos.
Sin
citar los nombres, ponía tres ejemplos identificables
con facilidad para el lector avisado:
José Luis López
Aranguren, nuestro ínclito
Eduardo Haro Tecglen
y Camilo José de
Cela. Si sólo hubiera citado el oficio
censor de Cela nada hubiera pasado. Mas cuestionar a dos mitos
progres no podía ser pasado por alto.
En
Haro Tecglen
destaca el ocultismo. Hemos visto ya sus justificaciones
mostrencas.
En
López Aranguren
se reflejaba otra línea de conducta, con parecidos
resultados: la exhibición de sus pequeñas indignidades.
El filosófo había frivolizado sobre su función delatora,
a la que había sido obligado por el franquismo.
Decía
Marías
que “a espiar y
chivarse nunca se obliga a nadie, a no ser con chantajes
y amenazas que –aunque a veces sea muy difícil- uno
siempre puede rechazar o desafiar o arrostrar”.
Difunto López
Aranguren, salieron en su defensa, con
piedad filial, sus hijos, y con piedad de discípulos
Javier Muguerza
y Soledad
Puértolas, sin que faltaran virulentos
voluntarios –con los anatemas de costumbre- en la
refriega.
Aportó
Marías,
impelido por la encrespada polémica, documentos
periodísticos de declaraciones en primera persona de
Aranguren.
Así Diario 16 y Abc de 21 de agosto
de 1993, con los siguientes y respectivos titulares:
“Aranguren: ‘El
régimen franquista me obligó a informar sobre
intelectuales en el exilio’” y “Aranguren
fue obligado a colaborar con Franco”.
“El
filósofo José Luis Aranguren –desarrollaban
las noticias periodísticas-
aseguró que durante la
Guerra Civil fue obligado a colaborar con el régimen
franquista redactando informes sobre algunos
intelectuales españoles en el exilio exterior, entre
ellos Xabier Zubiri. Araguren explicó que, tras simular
una enfermedad para evitar que los nacionales lo
enviaran al frente, fue destinado a una oficina en la
que colaboró...Dichos informes señalaban la posible
peligrosidad o no del regreso de algunos intelectuales
contrarios a Franco”.
El 6 de
agosto de 1995, en una entrevista en El País
declaraba: “después
de la guerra desempeñé por poco tiempo un trabajo que
consistía en informar sobre los colaboradores de la
República en San Sebastián”.
El 16
de octubre de 1990, en Cambio 16,
reflexionaba: “lo
que nos ocurrió a todos fue que nos hubiera gustado más
un régimen que no fuera ni el republicano de Negrín ni
el de Franco; pero ¿cuál triunfó? Pues triunfó Francisco
Franco, ¿no?, entonces si son estos los que vencen ¡qué
le vamos a hacer! Hay que estar con los que vencen. Es
decir, lo que hicimos todos, resignarnos y aceptar”.
Se puede comprender casi todo en esta vida, pero ese “hay que estar con los que vencen” no parece criterio de
elevadas miras morales.
La
izquierda funciona con plantillas bien precisas. Mauro
Armiño [Mauro Armiño, En el
nombre del padre, El Siglo de Europa, nº 375, del 19 al
25 de julio de 1999], tras detectar que se
cuestionaba a
López Aranguren y
Haro Tecglen,
pertenecientes “a la
memoria de la resistencia intelectual”,
aplicaba, sin medias tintas, la consabida consigna. “¡Ay
de los vencidos! La paradoja se perpetúa: la derecha más
arriscada que se benefició de un régimen cuyos
fusilamientos bendijo arremete contra intelectuales de
la izquierda”.
No vienen al caso las descalificaciones de la familia
Aranguren, justificadas por la sangre, ni la exculpación
en cuanto soldado de su padre, reclamación a la
obediencia debida, mas situar a
Javier Marías
en la “derecha más
arriscada” era un salto en el vacío, un
argumento ad hominem lanzado desde una escopeta
de feria demasiado utilizada.
Javier
Muguerza,
primero bizarro en su acometida, recogió luego velas, al
mostrarse que algunas de las declaraciones del maestro
habían sido hechas en un curso de verano dirigido por
él. Terminó por indicar que
Aranguren
en los últimos años de su vida decía inconveniencias,
chocheaba.
Se
fueron sumando al culebrón veraniego más firmas de
prosapia, como
Francisco Umbral o
Gregorio Morán.
Este último recordó
[Gregorio Morán, Sabatinas intempestivas: abuelo, ¿tú
fuiste un nazi bueno?”, La Vanguardia, 18-9-1999]
que Aranguren
se introdujo en los ambientes intelectuales del
franquismo gracias a un concurso organizado por la Junta
Restauradora del Misterio de Elche, promotora de un
premio sobre
Eugenio d’Ors, en el que participó con
un libro titulado “La
filosofía de Eugenio d’Ors”.
Directo
oportunismo: d’Ors
era entonces el intelectual orgánico del franquismo por
excelencia. Ahí hablaba
Aranguren
de “triunfal
alzamiento”, de “aquellos
días heroicos”, tildando de “jolgorio
plebeyo” el advenimiento de la República.
Javier Muguerza
[Javier Muguerza, Con
desaliento respondo, El País, 31-7-1999]
consideraba purgados tales comentarios por la expulsión
de la Universidad en 1965. No entraba en el hecho de
que, en los años ochenta, del libro de marras hubieran
sido expurgadas tales afirmaciones, en clara impostura
intelectual.
Soledad
Puértolas
[Soledad Puértolas, Tres
años de la muerte de Aranguren, El País, 27-7-1999] rememoraba
que “si algo me gustaría decir que aprendí de él es una benignidad esencial
hacia las debilidades y errores de los otros, a
aceptarlos como parte de la compleja y difícil vida, a
remitirlos a la parte más íntima de las personas, esa
parte que los otros nunca pueden conocer del todo y por
tanto tampoco se puede juzgar con rigidez”.
Tan hermosas palabras pueden llegar a justificarlo todo,
así que la escritora terminaba por recular: “lo
cual no significa de ningún modo ausencia de principios.
Todo lo contrario”.
Salieron otras personas a colación.
Umbral
citaba a
Heidegger, cuyo apasionado compromiso
nazi, como rector de Friburgo, desapareció durante
décadas mediante una reescritura que llegó a situarle en
la ‘resistencia
interior’. ¡Cuando
Sartre
convirtió la filosofìa heideggeriana en la base de su
existencialismo de izquierdas!
En el
terreno patrio, los casos de
Dionisio Ridruejo,
Antonio Tovar
y Pedro Laín
Entralgo, el grupo de la revista
Escorial, cuya evolución ulterior, no les exime de
que en los años cuarenta eran fervientes partidarios del
nazismo y cuyas primeras discrepancias con el franquismo
fueron por demasiado blando, no por demasiado duro.
O, como
señaló Gregorio
Morán, “que
lo sentimos mucho, pero que más lo sintieron las
víctimas. No hubo nazis buenos”. La
situación se puso tan tensa que hubo de salir
Elías Díaz
[Elías Díaz, Con Aranguren,
El País, 6-10-1999] por el registro de la
adhesión personal y por el aviso a navegantes: bien las
disquisiciones, nada de “hagiografías
acríticas de nadie, tampoco en este caso de Aranguren,
no las necesita”, pero, ojo, que por “estas
direcciones, más bien regresivas”, se
terminaba haciendo un favor a
Franco.
Palabras mayores. Chitón y punto en boca.
Se
había ido demasiado lejos. Por supuesto, la evolución
pertenece a la condición humana, como el error y el
arrepentimiento. Lo que no es sostenible, y
Javier Marías,
cuestionaba es ese dogma, tan falso y petulante, de la
impecabilidad de los progres. Para sostenerlo, en
el tiempo histórico inmediato –cito al propio
Marías-
se ha recurrido “a
las biografías ficticias o maquilladas que tanto han
abundado aquí desde la transición”.
Donde
otros pecaban, había algo virtuoso. Las acciones que en
otros se consideran censurables, son en ellos muestra de
inteligencia o emanación de santidad. Porque tales
esquizofrenias morales se fundan en el más execrable y
feo de los vicios –la hipocresía- no puede por menos que
reconocerse el coraje de Javier Marías en ese verano de
1999 y la justeza de su punto ético de partida: “los
hubo infinitamente peores y mejores. Pero también los
hubo de otra pasta, y a ésos no se los puede ofender.
Por mucho que intenten y les convenga olvidarse, también
los hubo mejores. O simplemente –y vuelvo a las palabras
en desuso, antiguas- más rectos, o más dignos, o más
resistentes, o más orgullosos, o más escépticos, o más
asqueados, o más derrotados, no sé: aquellos a los que
no quedaron acaso fuerzas ni ánimos para desear más
nada, ni sobrevivir. Que sobreviva su memoria al menos,
que no se borre su triste y languideciente o pasada
existencia, por incómoda que resulte a los vivos o
supervivientes que hacia ese espejo mejor, sin azogue y
espectral y resquebrajado, nunca quieren ni se dignan
mirar”.
Entre
los desvaríos perdonables del anciano
López Aranguren
estuvo una de sus últimas polémicas: “cuando
se manifestó en términos ambiguos, por no decir
complacientes, con el terrorismo de Estado, es decir con
el GAL. Su lucha por las libertades no podía quedar
empeñada por un patinazo senil”
[Luis Arias Argüelles-Meres,
La Nueva España, 26-7-1999].
Otro
verano, cinco años después,
José Luis Rodríguez
Zapatero, en la reunión plenaria de la
OTAN, celebrada en Estambul, ante
George Bush,
expresó que, en la lucha contra el terrorismo, “no se puede perder el alma democrática”. ¿Reconocimiento,
acaso, de los errores pasados de su ídolo
Felipe González? En absoluto. Los dogmas de la inmaculada
concepción y la santidad colectiva de la izquierda
exigen no reconocer ningún error pasado, pues el bien es
la izquierda, y el mal es la derecha.
Nadie
habla más de autocrítica que la izquierda, porque tiene
vedado su ejercicio. O dime de qué presumes y te diré de
qué careces. Los procesos vistos de amnesia personal se
producen, de igual modo, e incluso con mayor intensidad,
en el ámbito colectivo. Ese
Zapatero
impoluto es el mismo diputado que sustentaba a un
gobierno que ordenaba “ejecuciones
selectivas”. En aquellos tiempos, la
izquierda hacía referencias, reclamando comprensión, a
las “cloacas del
Estado”.
Alfredo
Pérez Rubalcaba
era el portavoz de un gabinete instalado en la mentira y
acosado por la Justicia. La página del GAL ha sido
arrancada de la historia socialista. Nunca perdió el
PSOE de José
Barrionuevo y
Rafael Vera
el “alma democrática”.
La izquierda se indigna ante el asesinato por orden de
Ariel Sharon
del líder de Hamas,
Ahmed Yassín, pero aún lo hace en mayor grado si se
recuerdan los asesinatos de
Lasa y
Zabala.
Ante la
mera mención a las “ejecuciones
selectivas” de los GAL, la directora general
de Asuntos Religiosos,
Mercedes Rico,
quien, por supuesto, aborrece de cuanto huela a religión
menos el puesto, optó por enmudecer y abandonar una
tertulia radiofónica. Los castos oídos progres no
pueden escuchar tamañas herejías.
Mas, en
puridad, ¿por qué criterio lógico no son comparables
unas acciones y otras? Bien, ya sé, los asesinatos del
GAL tenían como fin alcanzar la igualdad y eran
perpetrados por esclavos. Si el lector no está de
acuerdo con la paráfrasis tecgliana, sólo nos queda
concluir que la izquierda funciona, y obedece a una
lógica que al resto se nos escapa, y que, incluso, en
apariencia, parece bastante ilógica.
Cuando
el laicista
Zapatero recurre al lengua religioso,
considerando a la democracia portadora de un alma que no
puede perder, sólo puede hacerlo o desde la mala
conciencia o desde el más absoluto olvido. La lógica de
la izquierda es que ella no tortura o mata, porque eso
es todo punto imposible, aunque lo haya hecho. En cuyo
caso se aplica el artículo segundo: la realidad no
existe.
Pregunten por
Luis Roldán: nunca militó en el partido
socialista, un infiltrado. La izquierda es la virtud y
el bien. Cualquier contradicción se borra y adelante con
los faroles. Veremos más adelante más milagros de la
izquierda en los que las leyes sino de la naturaleza, al
menos de la lógica.
El
talante es corolario del gnosticismo gauchista. Aunque
la izquierda practica de continuo el sectarismo, y
distingue con pasión jacobina los límites entre la secta
progre y el resto del mundo -donde no hay
salvación- hace gala de tolerancia retórica. La sonrisa
de Zapatero,
tan fija y tan indescrifrable como la de
La Gioconda,
no es márketing político, sino milagro, portentoso en su
cándida sencillez, emanado de la condición sobrehumana
de la izquierda.
JFK
sufría penosos dolores de espalda y siempre sonreía,
aunque no era un hombre feliz.
Se
puede tener una idea bien distinta del talante –de un
buen talante, tal y como lo entienden el común de los
mortales- respecto al puesto en práctica por el nuevo
gobierno. El PP tuvo una posición muy crítica contra la
Logse, mas no la derogó por decreto, sino que la puso en
práctica a la espera de su propia reforma educativa.
No se
produjo con el PP una agresión inmediata y generalizada
contra las autonomías del PSOE, como ha sido norma del
nuevo gabinete: veto a los aspectos beneficiosos para la
Comunidad Valenciana y Murcia del Plan Hidrológico
Nacional, mientras siguen su curso los favorables a
Aragón y Cataluña, exabruptos de la ministra de Fomento,
Magdalena
Álvarez contra el Plan Galicia, mientras
se financia, desde el Gobierno, el Metro de Sevilla,
desarticulación del Archivo de Salamanca.
José
María Aznar,
hacia el que la izquierda ha mostrado una inquina
superlativa, hizo no pocos favores –nunca reconocidos- a
Felipe González,
evitándole un merecido calvario judicial. Nada que ver
el “pasar página”
aznarista de 1996, con la política necrófila de
José Bono
con el Yak 42 en el 2004.
No me
imagino los improperios, ni las lindezas que la
izquierda hubiera dedicado a
Alfredo Urdaci,
o a José Antonio
Sánchez, si alguno de ellos hubiera
dicho que los “condicionamientos
políticos en los medios públicos, si es que existen,
están legitimidados por las urnas”
Y si
Aznar,
según la curiosa y recurrente acusación de la izquierda,
usaba el Parlamento como mera caja de resonancia de
decisiones, en política exterior, tomadas de antemano,
eso mismo ha hecho, desde la retirada de Iraq hasta el
envío de tropas a Afganistán, el nuevo inquilino de La
Moncloa. Si bien, cuanto vale para la derecha, deja de
tener sentido si se trata de la izquierda. Si
Aznar
hubiera ocultado la fecha de la retirada hubiera sido
falta de transparencia, mas en
Zapatero
es prudente atención a motivos de seguridad.
¿Por
qué era malo estar presentes en Iraq y es bueno
incrementar nuestras fuerzas en Afganistán? Según
Miguel Ángel
Moratinos, la contradicción es aparente,
pues todo está claro como el sol. Iraq era una
intervención ilegítima y la de Afganistán cuenta con
todas las bendiciones de la ONU. Mas en el debate del
estado de la nación de 2003,
Zapatero
dijo que estaría en contra de la intervención en Iraq “con la ONU o sin la ONU”.
El
secretario de Estado de Asuntos Exteriores,
Bernardino León fue aún más lejos que su jefe, pues en
relación con la causa afgana, habló de “fuerte
legitimidad” por parte del Consejo de
Seguridad de la ONU y de “apoyo
social”. Sin embargo, las pancartas y los
slóganes de “No a la
guerra” carecían de interpretación
ambivalente.
Eran de
un pacifismo absoluto. Era un no a todas las guerras. Y
nadie pondrá en duda que con ese criterio acudían los
manifestantes a las convocatorias. Ni su ánimo, ni el
mensaje emitido, era del tipo “No
a la guerra de Iraq, sí a la de Afganistán”.
Quienes han madurado con la democracia están
acostumbrados a este tipo de juegos semánticos y
reservas mentales socialistas. Baste citar el “OTAN,
de entrada, no”.
¿Pueden
retirarse las tropas, en medio de declamaciones contra
una “guerra ilegal e
ilegítima”, para a renglón seguido aprobar
en la ONU una resolución recomendando el envío de
soldados a Iraq? El punto 15 de la resolución 1546,
aprobada con el voto favorable del Gobierno socialista
español, dice textualmente: “pide
a los Estados Miembros y a las organizaciones
internacionales y regionales que presten asistencia a la
fuerza multinacional, en particular con fuerzas
militares, según se convenga con el pueblo de Iraq, para
ayudar a satisfacer las necesidades del pueblo iraquí en
materia de seguridad y estabilidad, de asistencia
humanitaria y para la reconstrucción y para apoyar la
labor de la UNAMI”.
Tales
contradicciones, insalvables en cualquier otro mortal,
pueden darse sin escándalo en la izquierda porque uno de
sus milagros más corrientes es la capacidad para
suspender las reglas de la lógica. No le cuesta apenas
esfuerzo. Lo hace con facilidad pasmosa. Sin pestañear.
Sin, ni tan siquiera, ruborizarse, como lo más normal
del mundo.
Esto no
sería posible si, en medio de esa pureza colectiva, no
se dieran en
Zapatero condiciones especiales, poderes
taumatúrgicos. Este ‘bambi
de acero’, en el decir de
Alfonso Guerra,
ha llevado su compromiso virtuoso a cotas superiores a
cuanto vieron los siglos. “A
mí no me cambiará el poder”, ha salido de su
boca.
No es,
desde luego, un ejemplo de humildad. Un hombre sensato
hubiera dicho más bien: ‘procuraré
o haré todo lo posible para que el poder no me cambie’.
Porque el poder somete a tentaciones mefistofélicas, y
el hombre virtuoso ha de ser conscientes de ellas, para
combatirlas o, mejor aún, para huir de ellas.
La
aparente ingenuidad es, cuanto menos, petulancia. Esa
seguridad de que el poder no le cambiará, proclamada con
tanto énfasis, que
Zapatero ha llegado ya cambiado, de hecho al poder. Y, en
verdad, entre el 11 y el 14 de marzo, el socialismo
español cayó, sin resistencia, en la tentación
mefistofélica. Al fin y al cabo,
Alfredo Pérez Rubalcaba
actuó como lo hizo con el consentimiento y, bajo las
órdenes, de
Zapatero.
Entre
las órdenes mendicantes de la izquierda –no falla, ser
de izquierdas es aspirar a vivir del presupuesto,
expoliando a los demás- la de los artistas es la más
histriónica y vocinglera. La izquierda, en los resortes
de secta que la caracterizan, es bastante despótica. De
continuo se pretende pedagógica, para ilustrar al pueblo
inculto. Izquierda y cultura se pretenden sinónimos,
cuando en realidad lo son izquierda y cultura
subvencionada.
Ese
instinto de vivir del trabajo de otros es segunda
naturaleza en la progresía, a la que viene al pelo la
fábula de la cigarra y la hormiga. Nuestras cigarras son
de izquierdas, sin casi excepción. Esa unanimidad
debería inquietarlas, pues sugiere redomado sectarismo,
mas son demasiado presuntuosas para mantener una brizna
de espíritu crítico.
Este
ambiente enrarecido lo ha descrito bastante bien,
Carlos Martínez
Gorriarán, impulsor de la iniciativa
ciudadana Basta ya: “algo
raro pasa en el mundo del arte y el espectáculo en
España, ya que parece que sus miembros están por encima
del bien y del mal y pueden hacer lo que les parezca,
mientras los demás tenemos que aceptarlo, porque ellos
son artistas, lo que es bastante presuntuoso”
[Declaraciones en
Libertaddigital, 30-1-2004].
La
reflexión viene a cuento de la tomatina organizada por
los cineastas, cerrando filas con
Julio Medem,
en torno a la polémica suscitada por la nominación para
los Goya 2004, de su documental La pelota vasca.
El contexto completo pasa por un hecho sorprendente.
Después
de treinta años de terrorismo y de mil muertos no hay
una sola película, ni tan siquiera un corto, una novela
o un cuento sobre las víctimas. Con tantas vidas
ejemplares, tantos gestos heroicos, tantas conductas
llenas de coraje, tantos compromisos arriesgados con la
libertad, a ninguno de nuestros cineastas se le ha
ocurrido un guión sobre esa deslumbrante epopeya de la
resistencia al terrorismo en el País Vasco.
¿Cuál
es el motivo? La respuesta es sencilla: cobardía.
Nuestros cineastas han demostrado un coraje gremial
frente a las víctimas, mas han tenido buen cuidado de no
ofender en lo más mínimo a los verdugos. Esa es la poco
edificante realidad de partida. Las víctimas han tenido
un comportamiento de un estoicismo superlativo. En el
largo rosario de familias rotas, sólo es un caso se ha
recurrido al ojo por ojo. Los allegados de nuestras
víctimas no se han tomado la justicia por su mano.
Durante décadas los entierros fueron vergonzantes y
parecía como si cayera un estigma sobre el entorno del
asesinado. ¡Algo habrían hecho!
Otro
elemento anecdótico e interesante a tener en cuenta es
que la Gala de los Goya es una copia –versión cutre,
podría decirse- de la de los Óscar. Aceptación de ese
supuesto colonialismo que se repudia cuando los
ciudadanos ejercen su libertad y compran entradas y
palomitas para ver las producciones de Hollywood.
La de
los Óscar preserva con celo su carácter comercial, la de
los Goya –con poco que vender- ha degenerado en mitin
político, en comedia bufa de asamblea jacobina,
teniendo, eso sí, buen cuidado de no asumir riesgos,
como esos curiosos provocadores que blasfeman en
cristiano, pero reclaman el máximo respeto para el
islamismo, porque en ese ámbito la blasfemia está penada
con el asesinato.
No
asumir riesgos, pero parecerlo, esa fue la
escenificación de la Gala de 2003 con el “no
a la guerra”. Los cineastas son poco
partidarios de defender causas perdidas, en las que no
haya réditos de popularidad y no impliquen un incremento
de las subvenciones. Un pesebre vacío provoca alaridos
de la manada. Oponerse, en una democracia, a la
intervención en Iraq no tenía coste y sí representaba
beneficio.
Por
ejemplo, Javier
Gurruchaga, tras calarse el casco, fue
fichado por Localia.
Retiro honroso para una vejez digna. Nuestros cineastas
se mueven con extraordinaria soltura, como en Escuela de
sirenas, a favor, mas tienen alergia a hacerlo
contracorriente. Con el maravilloso don milagrero de la
secta gnóstica y prebendaria pueden llegar a convertir
esta actitud poco digna –lo del “vivir
de rodillas” del tardostalinista
Tecglen-
en una forma de victimismo. En la Gala de los Goya 2004,
Julio
Medem
rizo el rizo. Merece entrar en los anales y abrir el
florilegio de la estampas piadosas de nuestros
progres de celuloide. Reseñemos los prolegómenos del
martirio virtual de
Medem.
Animados, quizás, por la bizarría pretérita, la
Asociación de Víctimas del Terrorismo protestó por la
nominación de La pelota vasca y pidió que los
asistentes a la Gala lucieran pegatinas de ‘No
a ETA’.
Menos
glamourosas, a lo que se ve, pues brillaron por su
ausencia. Mirado con frialdad, la citada Asociación, en
la que actuaba como portavoz
Daniel Portero,
el hijo del fiscal
Luis Portero,
ejercía la libertad de expresión consagrada en el
artículo 20 de la Constitución, prevista para amparar
incluso a gente tan osada y desalmada, capaz de afear la
conducta a un cineasta y de poner a la secta ante sus
contradicciones.
Portero
ya había hecho un informe sobre los anunciantes de
Gara: el grupo Eroski batía todos los récords,
seguido por Viajes Halcón.
Como
hace tiempo, por salud mental, economía (me sacan el
dinero en la declaración de la renta) y buen gusto, no
veo cine español –abstinencia que recomiendo vivamente
por sus beneficiosos efectos-, me remito a la valoración
de Gotzone Mora,
concejal de Getxo y profesora universitaria, que me
merece, por trayectoria y responsabilidad, todo el
crédito. Para
Gotzone, La pelota
vasca trata “a
las Fuerzas de Seguridad como torturadores y no incluye
ni un solo testimonio de las familias de la Policía o la
Guardia Civil, que son la mayoría de las víctimas”.
De
modo, que el filme “es
nefasto, porque contiene una gran cantidad de mensajes
subliminales que incitan a la violencia” y “aunque
aparentemente se mueve en la equidistancia, en realidad
ha tomado partido y trata igual a los asesinos y a los
asesinados”. Según esto, el documental no
sólo era criticable, en nombre de la libertad de
expresión, que ampara también el error, sino que la
denuncia respondía a un imperativo ético.
Medem
reaccionó con mezcla de autocompasión y agresividad.
Destacó que en su película se daba un trato “más
que respetuoso, privilegiado” a víctimas
como María
Isabel Lasa, socialista, y presidenta de
la Asociación subvencionada por el gobierno vasco,
Eduardo Madina,
líder de las juventudes socialistas del PSE, mutilado
por ETA y firme partidario de la autodeterminación o
Mirela Lluch,
hija de Ernst
Lluch y coproductora del documental.
De su
propia enumeración se desprendía selección y relativismo
moral. Se trataba de víctimas ‘políticamente
correctas’ partidarias de la negociación con
ETA y próximas a los planteamientos sececionistas del
PNV. Las víctimas de
Medem,
según expresó en un comunicado el cineasta, “gozan
del máximo respeto, apoyo y cariño a su delicada
situación, y mi compromisto ético con la no violencia y
el diálogo no puede ser más explícito y contundente a lo
largo de todo el documental”.
Medem
adoptaba una postura concreta, pues el concepto diálogo
no es más que manipulación semántica para eludir
referirse a negociar con ETA y, en su caso, ceder a sus
pretensiones políticas.
En
cualquier caso, tal postura podía ser objeto de crítica.
La democracia no es el sistema por el que
Medem, o
cualquier cineasta, pueden expresar sus opiniones y
queda a los demás acatarlas, pues eso sería una especie
de tiranía social. La democracia permite a
Medem
expresarse y a
Portero no estar de acuerdo y
criticarle. Parece cuanto menos una impostura que sean
los más pretendidamente críticos quienes se muestren
hípersensibles cuando son ellos los criticados.
Si unas
víctimas, las suyas, gozaban de tanto predicamento, las
otras son impresentables. Para
Medem, “los
miembros de AVT no son las únicas víctimas, aunque sí me
parecen las más enfadadas y politizadas. Alguien cercano
debería decir comprensivamente al oído de cada miembro
de la AVT, que el hecho de ser víctima de ETA no les da
más razón política, o ideológica, y mucho menos licencia
para insultar, calumniar o amargar la vida de todo aquel
que no piensa como ellos. Sí, alguien que les quiera de
verdad debería ocuparse de ir rebajándoles las llamas
del odio y el resentimiento, para evitar que sus almas,
corazones y mentes se perviertan irremisiblemente”.
Edulcorado el fervorín. Los nuevos clérigos, ya hemos
visto, combinan el agnosticismo con una edificante
creencia en el alma.
Zapatero
en el de la democracia,
Medem en
el de las víctimas. Sería para tocar la cítara y
salmodiar si no quedara ese regusto entre nazi y
estalinista, tanto monta, monta tanto, a remitir a los
discrepantes al psiquiatra.
El
comunicado de
Medem es, en este punto, con
recomendación de terapia de grupo, nítidamente fascista.
No se apunta como insulto, sino como descripción
ajustada. Hay en psiquiatría una figura, de la
proyección, que cuadra al siguiente párrafo de la
filípica: “protesto
con toda mi alma por un acto de intimidación, coacción y
persecución hecho con todo el regusto fascista”.
Hay que
comprender, no disculpar, a los progres como
Medem.
Suelen usar mucho esta descalificación, por la mala
conciencia y el temor de serlo. La mezcla de estatismo y
nacionalismo, propia del fascio, herejía marxiana, es
frecuente en el País Vasco. No falta el aditamento
etnicista nazi. Se silencia el hecho, por ejemplo, de
que el Atlético de Bilbao sea una entidad racista, que
no permite jugar a negros, asiáticos y sorianos (cosa
rara ésta, porque sus ancestros medievales seguramente
fueran montañeses bizkaínos).
Cuidado
con criticar a los críticos, ni aún siendo víctima del
terrorismo. La secta responde, todos a una, como los
Inmortales personales, la Legión tebana, la macedónica o
la de Millán
Astray. Cuando empieza la estampida de
la manada es mejor echarse a un lado. Es gente bastante
histérica y dada a subirse los picos más altos de los de
los grandes principios para lanzar, desde allí, sus
anatemas. La Academia del Cine –un lobby dedicado
a conseguir trozos más grandes de la tarta
presupuestaria- emitió un comunicado de apoyo a
Medem.
Como no
son simples mortales, no producen textos normales. La
catilinaria rezaba así: “No
al terrorismo, no a ETA, no a la guerra, no a la
tortura, no a la pena de muerte, no a los malos tratos,
no a la manipulación, no a la coacción, no a la censura,
no al hambre, no a la injusticia, no a la miseria, no,
en fin, no, a tener que reafirmar continuamente que
somos gente de palabra y de palabras y que rechazamos,
por lo tanto, todo tipo de violencia”.
Resulta
incomprensible por qué en la melopea había olvidos
clamorosos: no a los terremotos, no a las siete plagas
de Egipto, no a la energía nuclear y no Aznar. Se
echaban –esos, entre otros- en falta. No tenían su día.
Debió parecerles que la retahíla quedaba demasiado
negativa e incluso podía malinterpretarse como
sugerencia maliciosa de que las víctimas del terrorismo
eran insensibles al hambre o a la miseria, o no lo eran
tanto como estas hermanitas de la caridad laicistas,
cuyos ejemplos de entrega y de virtud nos alumbran cada
día en este valle de lágrimas. Así que concluían su
pragmática –la Academia del Cine es a los nuevos
clérigos especie de Colegio Cardenalicio- con unas notas
positivas para levantar el ánimo: “frente a tantos noes y muchos más que podríamos añadir, queremos decir sí
otra vez, a la libertad de expresión, sí al sentido
común, sí a la tolerancia, sí al respeto, sí a la
cultura y sobre todo, sí al cine. Que es lo que hacemos,
no otra cosa”. Esta última frase es
altamente presuntuosa. Luego veremos hasta qué punto los
espectadores no están de acuerdo con que hagan cine o
buen cine.
No
habrá pasado desapercibido al avisado lector que los
purpurados cineastas decían sí a la libertad de
expresión de
Julio Medem. En ningún caso, a la de los
miembros de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. La
escritura es incapaz de reflejar el clarinazo de la
consigna. A renglón seguido,
Agustín Almodóvar
–cuyas andanzas económicas veremos más adelante- incidió
en el argumentario: “la
película de Julio Medem es un ejercicio de libertad de
expresión. No incumple ninguna ley. Ofrece su punto de
vista, su análisis. Ir en contra de eso es ir en contra
de la libertad de expresión”.
¡Sí a
la manipulación,
Agustín!
Criticar a Julio
Medem y a su película era y es de hecho
ejercicio del derecho a la libertad de expresión; en
ningún caso, patrimonio de cineastas y progres.
Ir contra del punto de vista de
Medem no
era ir contra de la libertad de expresión. Plantear el
dilema en esos términos es, más bien, una forma de
censura. En nombre del sentido común, y del democrático,
es mucho más tolerante la reflexión de
Carlos Martínez
Gorriarán: “todo
el mundo tiene el derecho a hacer las películas que
quiera, pero también los aludidos tienen derecho a dar
su opinión”.
¡Para
nada! Cuando el disidente rechaza ir al psiquiatra y se
niega a mantenerse callado tras el primer aviso, los
progres suben de tono las condenas y desentrañan
conspiraciones. “Todo
esto –dijo
Medem,
en el acogedor recinto de la Gala-
responde a una
estrategia política electoralista con tintes de
fascismo. El PP y el Gobierno están manipulando con todo
el descaro del mundo”.
Cualquiera entendería esto sí, como una estrategia
política electoralista, mas ya hemos hablado del milagro
constante por el que ante los progres toda lógica se
vuelve ilógica, y toda ilógica resulta lógica. Un caso
más. Mercedes
Sampietro, revestida con ropajes de
sacerdotisa de sábado noche, declamó ante la
concurrencia: “la
Academia reitera, una vez más, su defensa incuestionable
de la libertad de expresión y su rechazo absoluto a
cualquier forma de censura de la obra de creación”.
Un paso
más. Las víctimas del terrorismo –unas decenas de
manifestantes menesterosos a las puertas del festorro de
los pudientes- han pasado ya a la categoría de censores.
Nuestros progres a la de víctimas. ¿Cómo decían
en la monserga? ¡Ah! sí, “no
a la manipulación”.
Icíar
Bollain
tenía difícil mejorarlo, mas, todo es ponerse, lo logró:
“hay muchas
formas de terrorismo, pero hay una sola de libertad de
expresión. Vamos a cuidar la libertad de expresión”.
Héctor
Alterio
estuvo sublime en su sencillez: “estoy
decididamente por la libertad de expresión”.
No se podía decir más en menos palabras.
Esa
noche brillaron luminarias en la noche estrellada. Esa
noche se conjuró un grave riesgo para la libertad de
expresión. El resto de los justos se impuso sobre la
turba de los pecadores. Ni el vicio, ni la herejía,
tienen derechos. Mas, tras tantos años de lucha, ¿cómo
avalar una visión tan reduccionista, y por ende tan
sectaria, que pretende limitar la capacidad de hablar a
una elite selecta? Eso es pura reacción. Una libertad de
expresión que se patrimonializa es una libertad que se
subvierte y se degrada.
John Stuart
Mill tenía bien claro que, para defender la propia,
había que defender la libertad de expresión de los
demás. ¡Fascista!
Se
apagaron los focos, bajó el telón, mas no descendió el
almibarado victimismo. “Estoy
encantado –resumió
Medem,
víctima propiciatoria-
porque aunque no me he
llevado el premio, he notado el apoyo de toda la
Academia. Estos días he vivido un infierno”.
Podría sonar a sarcasmo –tales polémicas suelen ser
rentables en taquilla, pues excitan la curiosidad
morbosa- si no hubiera añadido: “pero
los infiernos de las víctimas son peores”.
Habían
ganado, con todo, una batalla, pero no la guerra. Días
después,
Mercedes Sampietro tras no hacer ascos a
los 30.000 euros del Premio Nacional de Cine, recibido
el estipendio de la ministra entonces de Cultura,
Pilar del
Castillo (merecería un estudio aparte el
papanatismo del PP hacia sus fustigadores, mas sería
prolijo cual enciclopedia), la directora de la Academia
desveló el trasfondo de todo: “vivimos
un tiempo de pensamiento único”, aunque la democracia
–añadió retadora-
tiene mecanismos de auto-regeneración como son las
elecciones, las urnas”.
Tan
unánime todo, ¿no serán, a golpe de consignas, el
‘pensamiento único’? Al menos, lo de único. ¿No decían
que ellos hacían cine “y
no otra cosa”? Tienen los progres tan
peculiar concepción de la verdad y la mentira, que han
de ser interpretados en clave: entendiendo lo contrario
de lo que dicen.
Tienen
el diccionario muy trastocado. Así que cuando intentan
desarmar nuestro espíritu crítico asegurándonos que
dicen la verdad, hemos de estar cierto que mienten y nos
engañan. ¡A nuestros progres cineastas no les
queda tiempo para hacer cine porque pasan la mayor parte
del tiempo haciendo política! Cosa muy legítima, pero
que ellos -manipuladores por costumbre, no por mala
intención- revisten de cultura.
De
hecho, en noviembre de 2003, veinte directores se
unieron para rodar una película sobre la realidad
española. En su presentación, dijeron: “somos
un colectivo que ha surgido de forma espontánea, sin
ninguna institución o partido detrás”.
Recuerdo la conveniencia, para entenderles, de volver
del revés sus frases.
Por
ejemplo: ‘somos un
lobby que no ha surgido de forma espontánea, sino con el
Grupo Prisa y el PSOE detrás’.
Imanol Uribe
fue el encargado de leer el comunicado en nombre del
colectivo, del que, por supuesto, formaba parte
Julio Medem.
“Se trata de hacer
balance de los últimos años”. Leer mejor: ‘se
trata de criticar al Partido Popular’.
“Porque
creemos que tenemos mucho que decir, no sólo en las
urnas, sino también en distintos movimientos cívicos”.
Leer mejor: ‘tenemos
mucho que criticar y muchas subvenciones que ganar si
vence el PSOE, que nos pagará los servicios prestados’.
“Entendemos
que la información que recibimos es cada día menos
plural”. Mejor: ‘cada
día pintamos menos, el Grupo Prisa todavía puede
controlar más la información, con el PSOE en el poder’.
La
película, reunión de cortos de tres minutos aportados
por cada director, se titulaba Hay motivo.
No se había añadido “para
votar al PSOE”, por un principio de
márketing: con pocas palabras basta.
Cuando
se constata la realidad de que la izquierda es
mayoritaria en los antes llamados barrios obreros se
detecta que una parte del voto de izquierda está formado
por personas que no identifican sus intereses y
anteponen sus resentimientos. Cuando, hace unas décadas,
se tildaba -en terminología marxista- de desclasado
al ‘obrero’ votante de ‘derechas’ se sublimaba ese
curioso despiste, pues son los habitantes de las
ciudades dormitorio quienes deberían huir de votar a la
izquierda como de la peste, pues es en ellos en quienes
se ceban los efectos perversos de las políticas erróneas
de la izquierda, quienes más padecen el error
intervencionista, al que por extotalitarios o por
funcionarios propenden los progres. ¡Aman tanto a
los pobres que sienten pasión por crearlos!
Bien es
cierto que
Milton Friedman sugirió que la
interpretación adecuada del interés personal de
Adam Smith
no era sólo económica. El misionero puede sentir su
interés personal satisfecho salvando almas o un padre,
educando a su hijo. En ese sentido el ‘gozo’ que los
trabajadores asalariados, votantes de izquierdas pueden
sentir porque gobiernen ‘los nuestros’ puede resarcirles
del riesgo cierto de ir al paro o de sufrir merma de
poder adquisitivo, mediante incrementos de la presión
fiscal.
De
hecho, Felipe
González perdió el poder cuando ese gozo
sadomasoquista se fue diluyendo, mientras se
incrementaban las colas ante las puertas de las oficinas
del INEM.
Los
cineastas, preclara orden mendicante, sí entiende el
interés personal en el sentido más literal de la
reflexión de
Adam Smith. Ellos tienen muy claro que
desean extraer unos euros de los ahorros de cada familia
y cada profesional español, aunque estos sean poco
aficionados al cine o aborrezcan cordialmente de sus
películas.
Como
las gentes del cine tienen como deformación profesional
la tendencia a la ficción –el guión que hemos visto de
Medem
y compañeros mártires es de terror-, subliman el afán de
lucro, la pasión compulsiva por los fondos públicos,
mediante cataratas de verborrea ocultista. Ellos hablan
de ‘excepción
cultural’ e incluso hacen reclamaciones de
patriotismo, adjetivando el cine no de bueno o malo,
sino de español y olé.
Sus
películas, sin embargo, están ayunas de tal sentimiento,
salvo, en todo caso, para ridiculizarlo. Mas, ¿si tan
ridículo es por qué recurren a él para parasitar del
dinero público? Con el dinero de otros, hacen fiesta los
devotos. Los nuevos clérigos han llevado la máxima a sus
últimas consecuencias. Si se tratara de competir con
Hollywood, para frenar el imperialismo cultural yanqui,
nada más acertado que copiar las claves de su éxito: la
fundamental y originaria es que Hollywood no está
subvencionado.
Resulta, incluso, comprensible que las gentes del cine
busquen la seguridad parafuncionarial, pues dependen del
voluble público, quien, inculto, puede dar la espalda a
su excelso arte o considerar aburrido y pestificante su
profundo mensaje. Nunca puede preveerse la respuesta y
conviene blindarse contra el infortunio.
También
–de nuevo la fábula de la hormiga y la cigarra- suelen
tender a ahorrar poco pensando que la buena racha será
permanente. Los tiempos de gloria son efímeros, salvo en
España donde los rockeros nunca mueren y siguen en la
brecha, desde la transición, casi los mismos. No al
riesgo creador y sí a las subvenciones, es el lema
tácito de la Academia del Cine.
La
etapa de Felipe
González fue una edad de oro del
esquema. Se establecieron cuantiosas subvenciones para
cuya recepción sólo era preciso presentar la solicitud
con un guión y un proyecto. Ni en horas veinticuatro, ni
nunca, hubo muchas musas que ni pasaron al teatro; o
sea, al celuloide.
Informe
demoledor del periodista
Alfonso Basallo
en la revista Época
[Alfonso Basallo,
Parásitos de película, Época, nº 1012, 9-7-2004] ha
desentrañado la farsa. En 1990, 39 cintas fueron
subvencionadas con 2.000 millones de pesetas... sólo se
estrenaron 22. Hubo, pues, 17 estafas directas del tipo
‘coge el dinero y
corre’.
La cosa
fue a más: en 1991, de las 33 películas subvencionadas
sólo 16 llegaron a la pantalla. Si el PSOE hubiera
seguido unos años más el parasitismo hubiera podido
llevarse al extremo de que ninguna de las películas
subvencionadas llegaran a estrenarse.
Las ‘ayudas
anticipadas’ no sirvieron para relanzar el
cine patrio, sino que, como dice
Alfonso Basallo, “el
intervencionismo y el amiguismo terminaron abocándolo a
un callejón sin salida. El cine español se estancó”.
[Alfonso Basallo, Parásitos
de película, Época, nº 1012, 9-7-2004] El número
de espectadores de filmes españoles cayó de 36 millones
en 1982 a 6 millones en 1994. Además, la producción bajó
de 146 a 44 largometrajes. Y los ingresos en taquilla se
redujeron a la mitad: de 6.222 millones a 3.099.
Sin
embargo, tres productoras hicieron su agosto y pasaron a
controlar en oligopolio el sector: El Deseo (de
los hermanos
Pedro y
Agustín Almodóvar),
Sogecine (de
Jesús de Polanco, patrono de los
menesterosos) y Lolafilms (de
Andrés Vicente Gómez
y Telefónica). Para entender el hay motivo de los
directores guerrilleros, ilustrativo puede ser saber que
Imanol Uribe
ha conseguido, en subvenciones, 2.129.805 euros por
cinco películas. No es el primero del ránking:
Manuel Gómez Pereira
(3.284.125 euros por seis películas);
José Luis García Sánchez
83.114.359 euros por siete filmes);
Vicente Aranda
(2.902.613 euros por ocho producciones).
Montxo Armendáriz
recibió la bicoca de 2.126.199 euros y otros 400.000 más
de fondos europeos.
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