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A Isabel, como siempre. A mi padre, por todo.
La
gota de sangre era blanca como la leche. De eso estoy
segura... Cayó en un trapo granate, me lo han dicho
muchas veces. Sangre de mi hijo sobre fondo granate. Yo
sé lo que vieron mis ojos, que se volvieron más grandes
que nunca. Miguel me lo decía: “Juana, tus ojos pueden
matar. Tantas pestañas, como un velo, como las cortinas
de un teatro. Y, luego, aparecen las niñas, color
brasero de picón”. Pero él me lo decía para hacerme
rabiar, cuando por la noche se ponía sobre mí y me
calentaba el bajo vientre. Hace ya tanto de eso.
Aquel día me dolían los párpados, parecían tan pesados.
Habían llorado pocas veces en la vida, no estaban
acostumbrados. Luego, se acostumbraron al torrente de
lágrimas, se acomodaron a aquella circunstancia y los
lagrimares me pedían cita tres veces al día, anegándose
a voluntad propia. Las tres veces me sentaba en la
mecedora, dejaba que las entrañas salieran arañándose
entre ellas y se quedaran prendidas en el mantón negro.
Mis vísceras sobre fondo negro. Las de mi hijo sobre
tierra de secano.
Siete años después, de pronto, dejé de llorar. ¿Por qué
el cuerpo traicionó al alma de esa manera? Un hijo
merece ser llorado. Y, entonces, tres veces al día
vertía zumo de limón sobre los ojos. Los frotaba con
rabia y mi útero volvía a gritar por la ausencia de mi
niño.
De
chica, odiaba los inviernos, porque los fríos traían a
los hombres de vuelta a casa. Llegaban a mediados de
octubre y extendían negruras por el pueblo. Las
conversaciones de las vecinas tenían lugar dentro de las
casas, se abandonaba la campiña y se violaba el lugar de
las mujeres. Entonces, arribaban el silencio y el olor a
era. Nunca me pude sacar aquel olor de la cabeza. Trigo,
sudor, pantalones de pana, camisas de franela,
aceitunas, plumas de tifas y zarigüeyas, boñigas
descompuestas entre restos de cigarrillos negros. Los
hombres traían una sombra propia, llena de su semen y
sus órdenes, sus dineros y sus cejas negras. La sombra
de las mujeres huía y se volvía loza blanca sobre la que
ellos vertían gritos y palizas, excrementos rabiosos que
salían de aquellas manos morenas llenas de callos.
El
hueso del cocido flotaba todas las noches sobre la
espumilla de la sopa, colocada en el centro de la mesa.
Mi padre roía el poco jamón con saña y miraba al resto
de la familia con satisfacción. Luego, con el pan en la
mano, aplastaba el tocino, desmembrándolo, extendiéndolo
por el plato. Mi madre tomaba la sopa en pequeño sorbos
y agachaba la cabeza para no sentir. Un hermano mayor se
comía los dos muslos del pollo y los demás chupábamos el
cuello del animal y nos repartíamos las judías.
Luego, desde la cama, oía a mi madre lavar el cuerpo de
aquel hombre que no la llamaba por su nombre. Yo me
imaginaba a aquella mujer tan pequeña, tan delicada, tan
frágil frotando el sexo duro y orgulloso de aquel
agricultor de cuerpo inmenso. Y casi podía sentir su
vergüenza cuando él le tiraba la esponja y le ponía la
mano en aquellas partes, el moño de mi madre frotándose
con asco contra sus pellejos.
Mi
hermano menor me contaba, al desayunar, cómo eran las
noches de mi madre. Con el mendrugo de pan llenándole la
boca, se reía de cómo mi padre le gritaba “¡vamos mula!”
mientras ella se agarraba a los barrotes de la vieja
cama de las infamias. En el mismo colchón de lana, los
bisabuelos y los abuelos habían poseído a sus mujeres,
mientras ellas rezaban absurdos rosarios para no sentir
dolor. Por eso todas las esposas de mi familia nunca
fueron a misa. Les bastaba el sacrificio de las
madrugadas de invierno. “Madre tiene las uñas muy
pequeñas”, me relataba mi hermano. “Rasguña la pared
como una gata”. Aquel día, le di tal bofetón al inútil
que la mejilla se le estampó contra un saliente de la
pared. Le quedó una cicatriz que parecía un cráter y que
se volvió tan negra como él con el tiempo. Alguien me
dio una paliza por haberlo hecho, no recuerdo quién. El
caso es que mi hermano menor y yo dejamos de hablarnos
para siempre. Sólo cuando estábamos cara a cara, él me
apuntaba a la cicatriz con el dedo muy recto y los ojos
achinados y violentados. Era la única forma de
expresarse de un niño que ahogaba a los gatos en el
aceite hirviendo del perol de las gachas.
Años
después, ya viuda, mi madre me llevó un día a su
habitación. Levantó un cuadro de caballos que había
sobre la pared y me enseñó lo que había sido su vida. La
cal estaba levantada, retorcida, destripada a fuerza de
arañar y cientos de caminos, desgarros y surcos la
veteaban. Madre no me miró. Se agachó para ordenar los
cobertores de la cama y sólo dijo: “Así fue como tu
padre me enseñó a escribir”.
Su
retrato descansaba sobre la cómoda del salón de Doña
Elena, la practicanta. Los enfermos nos sentábamos
alrededor de una mesita que hacía de centro. Los
Domingo, Ortega y Román cuchicheaban en los sofás. Los
Álvarez, Vega y Martínez en las sillas de enea. El resto
esperábamos de pie, mezclando nuestras fiebres de clase
baja. Doña Elena era la única que nos igualaba a todos
por el mismo rasero. Señoritos y capataces, gañanes y
ereros mostrando el contraste entre el blanco de sus
culos y el moreno de su piel. La aguja repartía dolor
sin justicia. A los pobres, más dolor del que ya
soportaban. A los ricos, el pinchazo les acercaba, por
un segundo, al alma del resto de los vecinos.
Unas
fiebres tifoideas me llevaron cada día hasta la consulta
de Doña Elena. Desde la cómoda, él miraba aquel carnaval
de de cotilleos de mujeres, silencios de hombres,
chillidos de niños y tortas de las niñeras. Ojos
castaños y media sonrisa, cuello almidonado y pelo
endrino. Se parecía a las imágenes de Julio Romero de
Torres, con su sombrero cordobés y su capa negra. Era
alto, ajuncado, derecho, bien plantao. Un día, Doña
Elena se paró detrás de mí, mientras lo contemplaba.
Estábamos solas en la sala. “Dicen que se parece a
Manolete por lo serio y lo cabal”. “También torea lo que
se le presente, cualquier morlaco. Es mi único sobrino,
Miguel. Ha sido soldado en el frente, en África. Allí lo
mandaron los bastardos, a Sidi Ifni…Un sitio del
diablo…Pero volvió entero pa ver morir a su madre.
Aquellos perros no pudieron con su sangre. Es
practicante también y vendrá pa sustituirme. Tengo
setenta y dos años y estoy harta de oler a alcohol.
Quiero oler como todas las mujeres, vestirme con paño y
dejar la bata. Y quiero tener sobrinos nietos”.
Entonces, apoyó su mano huesuda en mi hombro y pareció
apoyarse en mí. “Espero que también pueda con la gente
de este pueblo. No llevan rifles pero tienen colmillos”.
Luego suspiró y revolvió los algodones dentro de su
frasco. “Lo malo es que nunca los enseñan”.
Miguel Hidalgo llegó dos meses después. La cosecha de
girasol parecía no tener fin. Mi madre estaba embarazada
y sus pies se hinchaban por el calor. Los pechos se le
agrietaban y yo le pasaba leche con canela por las
heridas. Lo sueños de sus siestas le provocaban fiebre y
vomitaba el lomo en conserva que le había recetado el
médico. El año en que Miguel y yo nos hicimos novios, el
olor a desgracia impregnaba las paredes de mi casa y una
especie de humedad insoportable pintaba extraños dibujos
en el suelo. Durante el triduo de la Virgen de Agosto,
encendimos velas a los santos y confesamos nuestros
pecados. Pero mi madre no se curó y a finales de verano
abortó una niña. Mi padre, que había vuelto de quemar
los troncones del trigo, le echó la culpa a las naranjas
que mi madre había comido durante el embarazo. Mi
hermano menor contó en el desayuno, sin mirar a nadie,
cómo mi padre se había pasado la noche mordiendo los
pechos de su mujer, queriendo beber la leche de los
pezones.
La
boda se celebró aquel diciembre, un día claro. Yo iba
vestida de negro con unos nazarenos tempranos prendidos
en el pecho. El moño, recogida en una peina de carey,
prestada. Miguel llevaba el traje de los domingos y
aquel olor que me encendía. Cinco meses de noviazgo,
cinco meses de esperarlo entre las colchas del ajuar, de
desear besar aquella piel que olía a hombre bueno, a
moreno limpio y tierno, a cuerpo de hierbabuena. Él no
olía a alcohol. Era un gitano de romero y malvavisca,
clavo y azahar. Mi boca gemía hora tras hora y sudaba
sobre la almohada, con las piernas dobladas sobre el
pecho y el pelo desmadejado y suelto. Mi sexo era una
fuente, mis muslos se abrían y las medias apretaban la
carne que pujaba por salir.
Y
aquella noche, mientras una helada caía sobre los
cortijos y sus gentes, Miguel Hidalgo y Juana se
volvieron medio locos. Las bocas no dejaron de morderse,
como ya no dejarían de hacerlo nunca, y mi pecho manó
sangre de tanto deseo, una sangre que mi marido no dejó
de lamer.
Noche tras noche de aquel invierno del 17, una mujer y
un hombre restañaron sus heridas, las unas de guerra,
las otras del alma.
Mi
hijo vino al mundo de noche, como de noche lo iba a
dejar. Un día de cabañuelas, principios de agosto, el
vientre se me rompió y las aguas mancharon el patio.
Miles de agujas atravesaban mi cuerpo y el sexo se
partía en un color rojo muerte. Gritaba, gritaba de pena
y de impotencia mientras mi marido me susurraba: “Juana
de los ojos grandes, aguanta mi mujer brava”. Desnuda
por completo, con el pelo negro protegiendo los pechos,
la cintura en una tensión rosácea, Miguel fue besando
cada parte de mi cuerpo hasta llegar a los pies. Lo hizo
despacio, deleitándose, acariciando el ombligo
desparecido, el vello oscuro y sudado que crecía entre
las piernas. Su mano recorrió los muslos cansados, su
cabeza se colocó delante de mi sexo y le habló al hijo
que venía. Sus dedos apretaban mis hombros y sus ojos me
miraban cuando el niño nació. Mi hijo de agosto. Otro
hombre de piel morena y niñas color miel.
Llegaron las épocas del hambre, las del duelo por los
viejos muertos, las de las rencillas políticas, las del
cuchicheo de los vecinos en los casinos. Y en todas
ellas, Miguel y Juana se refugiaron en ellos mismos, se
encadenaron el uno al otro, se apartaron del mundo y de
los dolores de otros. Yo nunca había amado a nadie de
aquella forma. A nadie había entendido y admirado como a
aquel hombre diferente y de pocas palabras, que me
enloquecía por las noches y me cantaba “Ojos verdes” por
las mañanas. Mi marido hablaba del cielo y de las
estrellas y me llevaba a los pajares para oír los ruidos
de los campos. Abrazaba mi cintura y olía mi pelo, me
levantaba en volandas y me hacía girar. A veces, sólo
comíamos pan y queso, pero la alegría permitía el
hambre.
El
hijo creció deprisa y adquirió los modos del padre. Era
guapo, trabajador, callado. Caminaba por la casa en
silencio y, a menudo, lo sorprendía mirándome de hito e
hito. Entonces, yo le acaricia el pelo y le decía:
“Quítate los bulanicos de la cabeza”. Y él bajaba las
pestañas. Reía mucho con las historias de los pacientes
del padre y sólo entonces parecía verdaderamente feliz.
Tanto como conocía el olor brutal de mi padre, aquel tan
suave de mi madre, el de Miguel, cristalino y
penetrante… Y, sin embargo, nunca conocí el olor de este
hijo mío. Se escabullía a los paredones en ruinas del
antiguo cine de verano y allí se pasaba las tardes
leyendo. Me decían que solía pasear por El Sarmiento,
Torre-Badén, Campo Castellano, cortijos de la zona. Y
allí hablaba con los aperadores y escribía en cuadernos
historias que luego contaba a su padre. Nunca se acercó
a la cocina, donde yo preparaba aquellos dulces que
tanto le gustaban a Miguel, las orejitas de haba, los
piononos, los buñuelos de noviembre. Se hizo hombre de
pronto, sin que nadie se percatase de ello. Coleccionaba
plumas de pájaros, el ABC de cada domingo y las postales
que Miguel recibía de sus antiguos amigos. Todo lo iba
guardando pacientemente en cajas de cartón, que no
volvía a mirar y a las que iba poniendo fecha. En la
última se leía: 12 de julio de 1936.
El
verano. Empezaron aquellas noches cortas, llenas de
caricias, con las ventanas abiertas, los murmullos de
los vencejos que dormitaban sobre el cielo. En aquellas
horas, Miguel me recogía y me restañaba recuerdos del
pasado. Algunos decían que iba a estallar una guerra.
Pero yo había tenido a un hombre tierno dieciocho años
en mi cama. No importaba nada más.
La
matanza tuvo lugar en las tapias del cementerio. Había
fuegos y disparos, pero nadie supo prevenir las
traiciones y las viejas rencillas. Telarañas oscuras
dentro de las familias, sangres derramadas sobre
jaramagos y carrehuelas de las viejas tumbas. Puertas
cerradas con trancas que se abrían a vecinos que
recibían sus treinta monedas. Miedo a la luz de los
quinqués, cabezas de Cristos mezcladas con hoces y
martillos. Y, de noche, los silencios. Las pistolas
amanecían el día y la gente huía hacia los olivares.
Yo
presentía, yo sabía. Llegaron a media tarde y los
apresaron. Primero al padre, luego al hijo. Las criadas
gritaban de horror. Yo permanecía callada con una tela
de color granate entre mis manos. No sé por qué la
llevaba ni qué estaba haciendo con ella. Miguel iba
sereno. Mi hijo me contempló enloquecido, la mirada
enorme, fuera de sí, la cara pálida, gotas de sangre
cayendo sobre su labio. Yo sentía el blanco de mis ojos
de color rojo, el cuerpo paralizado de tanto miedo. Le
tendí el pañuelo y cayó una gota de sangre blanca, que
no se fundió con el granate.
Al
padre lo liberaron a los tres días. A mi hijo lo mataron
una noche de agosto, de tres disparos. Tres caminos de
sangre enmarcaban un rostro demudado por el terror. No
dejé que nadie lo tocara y lo amortajé con un traje
blanco. El pelo negro, peinado hacia atrás, los dedos
finos abrazaban tres plumas de cocujada, zurriaga y
verderón.
Miguel encontró el camino más fácil para quitarse la
pena: el de la culpa. Mientras él se entretenía en los
remordimientos, yo pasaba las noches abrazada a mi trapo
granate preguntándome el porqué. Por el día lloraba mis
tres veces y paseaba como una gata en celo por los
corredores.
Todos los veranos, le llevaba flores a mi hijo el día de
su muerte. El séptimo verano llegué temprano al
cementerio y arreglé su tumba. Arranqué la grama y los
cardos, le pasé un trapo con lejía, dejé las margaritas
en el jarrón. Mientras miraba su foto, alguien conocido
se me acercó. Llevaba la boca llena y se reía por lo
bajo. No me di la vuelta. “Tu hijo chilló como un perro
cuando lo iban a matar. Hasta se cagó antes de caer”.
Algunos trozos de un mendrugo de pan cayeron sobre mi
vestido y la risa se oyó cada vez más fuerte. De perfil
un dedo índice se apuntó una cicatriz y, desde aquella
mañana, yo dejé de llorar para el resto de mi vida.
Dicen que es rabia y que por eso no vuelven a caer los
torrentes de lágrimas. Yo acaricio la cabeza de Miguel
que ya casi no recuerda nada y vierto tres gotas de
limón en el párpado inferior.
(Nota: El relato "La bofetada",
cuya autoría corresponde a nuestra asidua colaboradora
la periodista y escritora
Carmen Garrido Ortiz, obtuvo el
Primer Premio de Relatos de la
Editorial Fuentaja, y fue publicado en la
antología “Un cuento, por
favor”, de la misma editorial, Ediciones
Fuentetaja, S.L., en este año 2007. La autora es
propietaria legal de sus derechos, y es reproducido aquí
con su permiso.)

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