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1.
La belleza
Durante tres días, Ludwig van Beethoven llenó mis
sentidos con su Novena Sinfonía. El sordo genial bramó
con su coro de voces y Klimt lo despertó del sueño
eterno dibujando ángeles y la búsqueda constante de la
Humanidad. Como en un misterio, volví a la Viena de
ambos y contemplé cómo se tejió la más poderosa música
sobre los textos de Schiller. Pero aquél no era el
compositor de mis sueños, destilante de “terribilitá”.
Entonces, las luces se
apagaron y los oros del friso cantaron por las calles el
Himno de la Alegría...
El
espectador se acerca despacio, un pie tras otro, los
músculos en tensión, el cuerpo inerme ante lo que va a
suceder. Nada volverá a ser lo mismo y quizá el espíritu
se vuelva loco y sólo quiera oír, desde entonces, voces
divinas. El ateo volverá a bramar contra Dios y el
creyente se asustará del poder omnímodo del cielo. Uno y
otro se sentirán dañados para siempre y dejarán,
inconscientes de ellos, que la marea suba hasta los
sentidos, los abotargue, los emborrache, los oprima. El
hombre querrá abarcar todo lo que siente y aspirará a
ser bicéfalo para guardar todo en los cerebros. El
cuerpo se empequeñecerá y las preguntas acudirán a la
boca, sufriendo la agitación del alma.
¿Cómo es posible?
¿Cómo, unas manos semejantes a las mías pudieron crear
así? ¿Hay seres inspirados por la gracia? ¿Quién les
concede ese don? Ante la constatación de la
perfección, el ánimo se arredra, se vuelve tierno,
maleable. Un semejante, que respira, duele del estómago,
se muestra irascible, caga, acaricia a los niños, tiene
miedo a la vejez, ama con pasión, vive en una
buhardilla, padece artritis, detesta la carne roja, usa
zapatos gruesos, tiene cejas pobladas y ataques de
ira….Un hombre tan parecido a mí crea la inmortalidad.
Alguien que también fue joven produce heridas que no se
guardan en armarios, es capaz de dar forma a la virtud y
a la maldad, a lo transparente y lo farisaico, a lo
alegre y al más terrible de los dolores.
Embargado, el hombre se aleja de lo que contempla y se
mira el pecho, sangrante. Herida abierta repleta de
preguntas que es incapaz de contestar. El mundo aparece
tal y como es: cabeza de Afrodita, cabeza de Medusa,
combate de fuerzas celestiales y demoníacas.
Protagonista de las luchas: el ser humano, creador y
destructor. Lo común, lo que todo hombre conoce, ha sido
plasmado para que los ojos no permanezcan ciegos, para
que la piel se altere y las piernas corran sin entender
nada. Las bocas desearían gritar y el cabello se
convierte en una madeja desgreñada. El hombre se
pregunta cómo debe seguir andando tras la visión. Pero
no es ésa la pregunta. Ni siquiera ha de cuestionarse.
Simplemente, ha de seguir sintiendo, consciente de que
no se volverá a recuperar. Cada noche deberá mirarse la
herida y recordar aquel momento preciso en que las
entrañas del mundo se le abrieron. Entonces, deberá
meter el dedo en la llaga, llenarse de terror,
explicarse su inferioridad, abominar de su ego. En ese
momento, deberá ser humilde, cerrar los ojos y respetar
el hecho de que un ser humano nunca volverá a ser el
mismo tras haber conocido la Belleza.
2. El friso
(La
destrucción creadora,
Gustav
Klimt, el friso de Beethoven y la lucha por la libertad
del arte. Fundación Juan March, Castelló, 77. Madrid.
Hasta el 14 de enero de 2007.)
Los genios se multiplicaban en aquella vorágine previa a
la tragedia. Quizá la sensibilidad inherente al artista
le mantenga ojo avizor sobre la proximidad de las
grandes calamidades y le alerte sobre las falacias
propias de los políticos y los agonizantes. El esplendor
de la Viena Fin de
Siècle ocultaba bajo sus faldas la inminente
caída del monstruo imperial, incapaz de sostenerse ante
la presencia acuciante de la modernidad. Como más tarde
ocurriría en los
felices veinte, el individualismo creativo,
el goce por la vida y el desecho de las formas
imperantes se convirtieron en características de una
sociedad que se recreaba en su propia decadencia a ritmo
de las polkas de Strauss.
En
medio de la algarada, unos cuantos hombres proféticos
consiguieron burlar las normas oficiales y
protocolarias, exhibiendo las fantochadas del
academicismo, burla que los mismos gobernantes se
encargaron de sufragar. En 1897, artistas como Antón
Stara; Kolo Moser; Adolf Böhm; Maximiliam Lenz; Ernst
Störh; Carl Moll o Gustav Klimt deciden situar su
producción artística al margen de los cánones
establecidos, creando
un arte para todos
desarrollado en absoluta libertad, dedicado a desnudar
la verdad y a mostrar al hombre tal y como es. Los
miembros de la
Secession austríaca concibieron una suerte
de modernidad antropocentrista que rechazaba cualquier
tipo de artificio para buscar nuevos caminos en el Arte.
Paradójicamente, el movimiento es apoyado desde las
altas instancias, en un intento de aunar gustos dentro
de un Imperio que partiría en mil pedazos el serbio
Gavrilo Princip.
En
1898, los miembros de la
Secession
decidieron dedicar su XIV exposición a la figura de otro
espléndido disidente: Ludwig van Beethoven, que había
residido en Viena desde 1792 hasta su muerte. Beethoven
había logrado lo que sus predecesores Haydn y Mozart no
pudieron: trabajar como un artesano, a solas con su
música, sin tener que rendir cuentas a los mecenas
oficiales. Sin duda, esto debió inspirar a Klimt a la
hora de dibujar el friso que el Museo Belvedere de Viena
ha permitido reproducir en la Fundación Juan March.
Gustav
Klimt (Viena, 1862-1918) era un pintor formado en la
Escuela de Artes y Oficios, algo que le serviría para
convertir sus cuadros en tótems donde, desde el óleo
hasta cualquier tipo de ornamento tenían cabida.
Discípulo de Makart, éste lo introdujo en los ambientes
burgueses e imperiales.
La
Viena de Francisco José cambiaba a pasos agigantados y
buena muestra de ello era el
Ring de la
ciudad, una especie de anillo en el centro de la urbe
que albergaba la nueva Ópera, el Parlamento, el
Ayuntamiento y la Universidad. Para esta última, Klimt y
su amigo Franz Matsch reciben el encargo de pintar el
techo del Aula Magna. El nuevo concepto de arte moderno
vio la luz por vez primera en las áreas de la filosofía,
la jurisprudencia y la medicina, cuadros que debía
pintar Klimt. Sus figuras desnudas, su particular visión
de la tiránica justicia o de la Medicina en relación con
la muerte, lo onírico y lo erótico de su trabajo le
granjearon la animadversión de autoridades y críticos.
La belleza de las pinturas, la perfección de Klimt como
anatomista, su concepción de la mujer como dadora de
vida y, a la vez, como creadora de maldad pueden
contemplarse en los dibujos y fototipos de la Fundación
March.
El
otrora Premio
Emperador de 1890 había roto ya sus
relaciones con la oficialidad cuando recibió el encargo
del Friso de Beethoven, una
Marsellesa de la
Humanidad que condensaría, en 34 metros, las
ansias del ser humano por ser feliz y la búsqueda, por
parte del pintor vienés, de la modernidad en el hombre.
La
primera parte del friso representa la debilidad de la
familia humana y su deseo de encontrar la dicha. Klimt
describió El anhelo
de la felicidad como la “súplica de la pobre
humanidad a un caballero armado, como fuerza externa, y
a la compasión y la ambición –las dos delicadas figuras
femeninas que aparecen tras el caballero- como fuerzas
internas, para que le impulsen a ser paladín de la lucha
por la felicidad”. Postrados ante un guerrero,
comparecen una esquelética niña y una pareja –acaso la
representación de Adán y Eva- desnudos, desprotegidos,
humillados ante la magnificencia del hombre de la
espada, un Hércules que comprende las miserias humanas e
intenta redimirlas.
Pero
en la lucha por llegar a la esencia de la vida, el ser
humano se enfrenta al dolor y el sufrimiento, al Mal y
la debacle. El infierno del llanto y la tristeza, la
desesperación y la oscuridad son representadas por Klimt
en Las fuerzas
enemigas de una forma mitológica: en las
figuras del gigante Tifeo, que vencía a los propios
dioses; y de sus tres hijas: las Gorgonas. Según el
poeta griego Hesíodo, Esteno, Euríales y Medusa vivían
en los límites de la Noche. El cabello de las Gorgonas
estaba cubierto por miles de serpientes, que salían de
su cintura. En su rostro, destacaba una enorme boca de
la que sobresalían dos afilados colmillos de jabalí.
Pero el rasgo más característico de las tres ninfas eran
los ojos, que convertían en piedra a aquellos que osasen
mirarlas directamente. Las Gorgonas representan los
seres que todo lo ven, que juzgan a los humanos, que les
castigan por sus pecados. Una de ellas, Medusa, quedará
fijada para siempre en la égida de la diosa Atenea, tras
ser decapitada por el Héroe Teseo.
En el
friso, tras las Gorgonas, aparecen la Enfermedad, la
Muerte y la Locura, los tres grandes males a los que
debe enfrentarse el hombre en su batallar. A la derecha
del simio Tifeo, se confunden los cuerpos de la Lujuria
(en forma de una bellísima deidad pelirroja); la
Impudicia y la Desmesura. Fuera de este grupo
mitológico, una joven de largos cabellos negros que
viste tules negros representa la Pena aguda, aquélla que
atenaza el corazón tras la visita de alguno de los males
ante los que el hombre puede sucumbir.
Pero,
por encima de la tragedia y la desazón, connaturales a
la vida, compañeras del transitar humano, vuelan los
deseos y las esperanzas, que no cejan en su búsqueda de
la felicidad. Una Felicidad que el hombre puede alcanzar
sólo de dos maneras. Una de ellas, en vida, es a través
de la Poesía. El viaje ha llegado a su fin y las ninfas
de los anhelos descansan en el goce sin fin de las
Artes. Los poetas, generadores de Belleza, hacen volar
al alma y el espíritu se renueva tras su fatigoso
tránsito por la vida.
Es en
este panel donde Klimt representó el poema de Schiller
en el que se inspiró Beethoven para su
Himno de la Alegría.
El artista dibuja el último movimiento, aquél que supuso
una completa innovación en la composición sinfónica de
principios del XIX. Tras la melodía, tras la aparición
de la acción poética, viene un silencio, un espacio en
blanco, algo nunca visto en una pintura. La visión alba
del descanso de la orquesta precede al estallido del
gozo: un conjunto de ángeles anticipa el coro humano que
entona la espléndida estrofa de Friedrich Schiller:
A través de la
bóveda celeste,
Corred, hermanos,
seguid vuestra senda,
Alegres como el
héroe hacia la victoria.
¡Abrazaos, millones
de seres!
¡Este beso es para
el mundo entero!
Hermanos, sobre la
bóveda de las estrellas
Seguramente debe
habitar un Padre amado.
¿Os venís abajo,
millones de seres?
Mundo, ¿presientes
al Creador?
¡Búscalo por encima
de las estrellas,
allí debe estar Su
morada!
Y es en esa bóveda celeste, en el Paraíso, donde el
hombre encuentra la segunda posibilidad para ser feliz.
Por eso, el guerrero de la primera parte se desnuda y se
humaniza, ovillándose en un gran beso. Así, la Mujer
acuna entre sus brazos al cansado soldado, se convierte
en Valhalla, en madre reproductora. El beso, que Klimt
representa dentro de un útero, redime a la Humanidad de
sus fracasos y le muestra la otra cara de la felicidad
no terrenal: aquélla que sólo puede otorgar el Dios
Creador.
Gustav
Klimt terminó de pintar el Friso en 1902, justo cuando
el escándalo por las pinturas para la Universidad
llegaba a su cénit. Esta obra que desnuda la verdad y la
muestra sin antifaces, que asombra por su belleza y
desconcierta por el realismo y la crudeza de la
representación del Mal, epató a los viejos académicos
vieneses. Escandalizados por la visión de la desnudez,
por la osadía que suponía dejar un espacio en blanco,
criticaron al pintor sin miramientos. Klimt no lo
soportó y en 1905, tras abandonar la
Secession
devolvió el dinero de aquellos encargos y se retiró de
la vida pública. Entonces, apareció el retratista de lo
íntimo, el pintor de inolvidables cuadros como
Adele Bloch-Bauer,
El beso,
Las tres edades de
la mujer o
Vida y muerte.
Klimt
había dejado ya su huella en el Arte pre-vanguardista,
rompiendo los cánones establecidos. Sus pinceladas
fueron puñaladas rabiosas en las puritanas y empolvadas
caras de los funcionarios y burócratas que, encerrados
en sus despachos de terciopelo, no barruntaron la
desgracia que estallaría en 1914. El artista vienés
representó los últimos movimientos de su personal orgía
en un Friso paradigmático de las postreras contorsiones
del imperialismo y su época dorada. Pero el gran profeta
también supo avizorar que, tras la llegada de las
guerras y sus locuras, el
Himno de la Alegría
volvería a oírse sobre los campanarios de una Europa
unida.
3.
Quince minutos de Sturm und Drag
(Título original: Copying Beethoven. Directora:
Agnieszka Holland. Guión: Stephen J. Rivele/Christopher
Wilkinson. Fotografía: Ashley Rowe. País: Estados
Unidos. Año: 2006. Género: Drama. Intérpretes: Ed Harris,
como Ludwig van Beethoven; Diane Kruger, como Ann Holtz;
Mathew Goode, como Rudy; Joe Anderson, como Karl van
Beethoven; Ralph Riach, como el Archiduque.)
Una cara prematuramente ajada, miles de arrugas surcando
la tensión del rostro, los ojos ciegos por el esfuerzo
de hablar con la Divinidad. La boca rezuma blasfemias y
oraciones, la maraña de la Medusa cae gris y deforme
sobre los hombros, el genio eufórico rasga la yugular.
El cuello sobrepasa los límites de una corbata de gala y
el torso se aprieta al compás del movimiento. Las manos
rasgan el aire, manos de carnicero para destripar las
entrañas de Dios. Y elevando sus oraciones, persiguiendo
lo Sagrado, el Monstruo. Beethoven (Ed Harris)
dirigiendo la Novena Sinfonía (la primera con tenor y
coro de la Historia), declamando el Himno de la Alegría,
trascendiendo el imperial teatro para elevarse sobre los
espíritus. En el suelo, una mujer de aspecto romántico y
delicado, Anna Holtz (Diane Kruger), su copista, su
confesora, la sustituta de sus oídos. Las miradas se
cruzan y la música estalla en el cerebro de los que oyen
a Dios y le huelen de cerca. Dos almas y un único
lenguaje, dos seres despojados de humanidad para unirse,
cuando las voces se elevan sobre las cabezas, en un solo
ser.
Quince minutos de
Sturm und Drag, de violencia, de fuerza
desgarradora. La bestia del hombre se redime gracias a
la música y Ludwig van Beethoven se inclina ante el
Creador. Y los espectadores ante él, ante la Novena. Es
el músico alemán, es su luz y no Ed Harris, el que logra
que una sala vibre en torno a un himno y a unas palabras
que animan a la esperanza, a ascender a las estrellas.
El misterio, la magia es fruto de una composición que
vuelve fuerte y apasionado a quien la oiga. Es el coro
de ángeles el que logra que
Copying Beethoven
deje ese imborrable poso de suavidad y complacencia a la
salida de la película.
Harris pone rostro a un Beethoven en la etapa final de
su vida: achacoso, cariacontecido, gruñón, violento,
megalómano. Músico ante todo, pero menos fiero de lo que
se espera. El de Nueva Jersey logra una aproximación a
la idea global que se tiene del artista, pero lo
desprestigia al minimizar su carácter, al templarlo, al
volverlo tierno y sensible. Beethoven vivía para crear,
para enaltecer los espíritus y cada noche imprecaba al
Dios que le había dejado sordo. Una Aracne impaciente,
dolosa, terrible, que no dudaba en elegir la soledad
frente a la pompa, los cortejos, la quincalla de la
ciudad vienesa. Hombre de instintos, fiel a su época, al
espíritu de "la tormenta y el ímpetu" de la Alemania de
Goethe, de Schiller, de Hördenlin, de los nacionalismos
germánicos y de la ruptura con la Ilustración a favor de
los impulsos.
Tal vez el problema resida en que es difícil olvidar
aquella mimetización de Ed Harris como Jackson Pollock
en su primera película como director; su papel en
Elegidos para la gloriao la caracterización
como un escritor enamorado y enfermo de sida en
Las Horas.
Ponerse en la piel de un genio supone aceptar los
defectos del mismo, desdoblarse en él, mostrar al
público los infiernos de su personalidad. Harris se
queda corto frente al ímpetu beethoveniano.
Un Beethoven que desafía la técnica de su tiempo y las
prebendas de los mecenas se nos muestra atiplado y
convencional, subyugado por los encantos de una
jovencita que le ayuda como copista. Si algo rescata el
papel de Diane Kruger (vista en
La Búsqueda
y Troya)
es su belleza: nórdica, plateada, gentil. La cámara la
acaricia pero el personaje no se impone. La terquedad y
la fuerza que nos atrapa en alguna ocasión es
sustituida, la mayor parte de las veces, por la
pusilanimidad, el llanto fácil y el corsé del miriñaque.
Dejando aparte la veracidad histórica, la realizadora
polaca Agnieszka Holland (representante de la
Nueva Ola
de su país y nominada al Oscar por
Europa, Europa
y Angry harvest)
fabrica una historia de amor platónico y admiración en
la que Anna Holtz vuelve a desempeñar un papel manido:
el de la mujer que salva al hombre de sus propios
infiernos. Si Holland ha tratado de dar un toque
feminista a su película, introduciendo a una mujer como
compositora a inicios del XIX, ha logrado el efecto
contrario: persistir en el argumento de que la única
virtud de la copista vienesa era la de saber comprender
al héroe, no la de poseer un talento musical que nunca
se demuestra.
Si, además de Krueger, los secundarios tienen papeles
irrelevantes, el espectador no tiene más remedio que
centrarse en lo único que será siempre rescatable: la
banda sonora. No debe ser fácil interpretar a un genio.
Pero para calibrar la fuerza descomunal de aquel hombre,
Harris, tal vez, sólo tuviera que escuchar detenidamente
el Himno de la
Alegría dirigido por el maestro Karajan.

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