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 Las subvenciones o de la creación cautiva  

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Percy Bysshe Shelley, el poeta inglés que se adjudicó a sí mismo la "pasión por reformar al mundo" y que prefería ser condenado con Platón y Bacon antes que ir al cielo junto con Paley y Malthus, declaraba abiertamente que él aborrecía la poesía didáctica. Shelley creía con firmeza que nada puede ser bien expresado en prosa que no sea a la vez tedioso o excesivo en verso."Cualquiera que sea el talento que posea una persona para divertir e instruir a los demás, por muy insignificante que éste sea, está obligado a ejercerlo; si el intento fuera inútil, que le sirva de castigo su fracaso; que nadie se tome la molestia de amontonar el polvo del olvido sobre los esfuerzos de esa persona; el montón que resulte engañará a su tumba e impedirá que llegue a ser desconocida para siempre", escribía P.B.Shelley en el prólogo a su Prometeo liberado.

Por aquellos tiempos, las artes y las letras se habían librado de las garras de los reyes, señores feudales y príncipes de la Iglesia. Empezaba a existir, casi, el moderno mecenazgo. Un mecenazgo que hoy se nos ha quintaesenciado de forma pura y dura en la subvención con dinero público y a cargo del gobernante correspondiente al turno y en el  ejercicio de su poder... Cabría decirle hoy al espíritu de Shelley lo mismo que él escribe casi al final de su Prometeo: "Speak: thy strong words may never pass away". O, lo que viene a ser lo mismo: "Habla: no pasarán tus potentes palabras".

Prometeo, hoy sigue encadenado, y un ave carroñera continúa hurgándole las entrañas... La creación, pues, continúa cautiva. Y, ella también, encadenada.

 

 Enrique J. Santos

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