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 De las críticas y los  sapos churchillianos  

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Cuando se comienza a escribir algo, cuando se quiere sacar a la luz esos pequeños o grandes problemas que surgen día tras día; cuando se quiere decir a nuestros regidores municipales, a nuestros gobernadores regionales, a nuestros padres de la patria... lo que al personal entender de una le parece que deben de corregir aquí o allá, en esto o en aquello... nadie debiera  caer en la fácil tentación de pensar que, eso, se hace principal exclusivamente por molestar, por incordiar, por dar la vara… "por xoder", que diría el castizo. Ni tampoco se trata en tales casos de que se tenga ninguna personal guerra declarada ni al Gobierno de la Nación, ni al regional, ni al Ayuntamiento, ni a los concejales, ni a los sindicatos, ni a los partidos, ni a los empresarios, ni a… No. Nada más alejado de la realidad ni de nuestras sanas voluntades; al menos de la de una, y que cada quien responda por lo suyo..  Antes bien y simplemente, la idea es observar las cosas y sus circunstancias… y después sacar a la luz de una columna periodística los problemas que surgen por aquí y por allá, dentro y fuera, arriba y abajo... pero sobre todo, claro, por el solar de la ciudad de uno. Problemas, todo hay que decirlo, que por otra parte son muchos –quizás más aun de los que aquí se comentan, que nadie es perfecto- y probablemente escapen a menudo a la vista de bastantes de entre precisamente aquellos que (por su oficio y/o cargo o puesto) deben velar para y por que dejasen de existir como tales problemas. Estos, ministros, consejeros, concejales, sindicatos, empresarios, partidos… sin duda y a lo que parece están casi siempre  –supone una-  muy ocupados, puede que no tengan tiempo  para observar, como se merece hacer, el ya mentado solar ciudadano de cada cual.

Porque  –y a título solamente de ejemplo- en nuestro Ayuntamiento los responsables, los que gobiernan, están  lo que se dice más que saturadísimos de trabajo. Tienen tanto… pero… tanto y tanto que hacer… que, claro está: ¡cómo van a pararse en estos tan infinitamente pequeños problemas! No pueden, no tienen tiempo... o al menos así lo creen ellos. Son demasiadas cosas  sin duda en lo que tienen que pensar; y  -a lo que parece siempre- mucho más importantes. O será -a veces cae una en la tentación de pensarlo así- que simple y llanamente ocurre que no los ven. O que piensan  que todo-todo está bien, pero que muy-muy bien... Y luego, claro, pasan las cosas que pasan. Y, estas cosas no se sabe bien del todo por qué suceden, por qué algunas obras tienen eternamente ese aspecto guarrote de chapuza sin terminar, o hechas de mala gana y sin gusto, y como sin el menor interés por hacer las cosas bien. Parece que se hacen nada más… bueno, pues porque hay que hacerlas, o porque coincidió que tocaba hacerlas… pero sin orden, sin control alguno. Y al final: si las cosas salen bien, pues bueno, bien está. Pero –como suele ocurrir más a menudo de lo que sería de desear- si salen mal... ¿qué hacemos?

Una querría decirle a las “fuerzas vivas”… de aquí, de allá y de donde quiera que estén sentadas en sus sillones de poder y soldada pública,  y si es que tales fuerzas aun existen como tales… que sí, que es cierto que deben tragar cada mañana o semanalmente –según los casos y las periodicidades de los medios de comunicación- el obligado sapo de la prensa, que decía Churchill. Sí, que eso está muy bien, estupendo... Pero que tampoco está de más que acepten de vez en cuando que los de la calle, y hasta incluso los que escribimos en la prensa, podemos llegar hasta… ¡¡ a tener un poco de razón!! Incluso, si. Puede que se ahorrasen muchos disgustos (ellos, los que deciden) y algunos euros (nosotros, los que pagamos) en toda esta historia cotidiana de hacer y rehacer el ya tan mentado -insisto- solar ciudadano de cada quien y de cada cual..

 

 Aurora Barros

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