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Proust
le dijo en cierta ocasión a Gide: "Querido amigo mío, en
contra de la moda imperante entre nuestros coetáneos, yo
creo que es posible formarse una idea muy enaltecida de
la literatura y, al mismo tiempo, tener la cordura
necesaria para reírse de muy buena gana ante ella".
Dicho de otra forma, don Marcelo recomendaba a don
Andrés la conveniencia de no sacralizar los libros, la
literatura y sus autores... hasta el punto glorioso de
tomársela perfectamente a coña.
Teniendo en cuenta el hecho cierto de que Proust
escribió uno de los tres más importantes libros (en
calidad y repercusión) de todo el siglo XX... y
considerando la circunstancia puramente material de que
su 'En busca del tiempo perdido' se extiende
elaborada y magistralmente por todo lo largo y ancho de
cerca de dos mil páginas impresas en letra pequeña y
apretada y a dos columnas de esa parte de sus obras
completas... las cuales O.C. y en total (incluyendo
-claro está- 'Jean Santeuil', 'Los placeres y los
días', 'Las añoranzas. Sueños color del tiempo', sus
ensayos literarios, parodias misceláneas, retratos de
pintores y músicos, etc... amén de sus escritos cortos y
anotaciones...) alcanzan casi las tres mil... me da en
la nariz que sería mucho más que conveniente
reconsiderar la importancia real de ciertas cosas que en
estos revueltos tiempos de espíritu cambalachesco
(el tango, ya saben) se consideran -sólo dios sabe el
por qué- como trascendentales para la historia de la
literatura.
Y, por
supuesto y antes que nada, el papel que pretenden
desempeñan los autores literarios en la vida cultural y
en el devenir de la historia del resto de los mortales.
Sobre todo, considerando como verdad contrastada
empíricamente la aberración de que hoy se adjudica la
categoría de escritor y novelista el primer dindundi al
que se le editan cien páginas de calidad más que
dudosa... que a veces (y no pocas) son escritas por el
negro a sueldo de turno.
Fenómeno de estafa artístico-literaria que, por cierto,
no se limita por desgracia (y como dolosamente se quiere
hacer creer) al de cierta afamada presentadora de
programas televisivos llamados del corazón
(erróneamente, salvo que los corazones se hayan hoy
desplazado hacia la proscrita zona de la entrepierna).
Hay muchas más anarrosas y anarrosos de
las que a menudo (¿inocentemente?) se cree...
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