Siento, en el abarrotado Metro, que nos apretamos
cientos de soledades. Soledad y compañía. Noche y
día. Sol y luna. Todo y nada al mismo tiempo. La
vida es una compleja red donde se entrecruzan
soledad y compañía. Nacemos y morimos solos. Pero
sólo crecemos y decaemos de la mano de los otros;
ellos nos dan perspectiva y sentido a nuestra
biografía... Nadie existe que esté en completa
soledad; todo lo que existe, necesita de otros para
ser.
Soledades y compañías. Palabras que hablan por sí
mismas; con derroche de fantasía. ¿Quién no las
familiariza? Las vivimos distintas en cada etapa de
la vida, muchas veces como espinas y otras tantas
como alegrías. Emociones confusas y obsesivas,
queridas y repelidas, finalmente admitidas por una
providencia supuestamente establecida,… Pasiones
fecundas y necesarias, porque según
Goethe: “El
talento en soledad se cultiva, mientras que el
carácter sólo se forma en la sociedad intempestiva”.
Soledad:
No nos enseña a estar solos, sino a ser únicos. La
soledad es el precio de la libertad. La soledad es
ese otro yo,… Refugio y aislamiento, sosiego y
desasosiego, la soledad traza las fronteras en el
plano de nuestra afectividad hermética y compartida.
Sólo los egoístas odian la soledad. La soledad es el
patrimonio de las almas extraordinarias. Sólo en
soledad se siente la sed de verdad.
Rilke
señaló: “El águila vuela sola; el cuervo, en
bandadas. El necio tiene necesidad de compañía, y el
sabio, de soledad”.
Pero, ¡cuidado con la soledad! Antonio Machado
alertaba: “En mi soledad / he visto cosas muy
claras,/ que no son verdad”. Todo elemento de
fuerza intelectual se pierde si permanece en la
infecunda soledad. Además, para huir de la
melancolía no hay como la compañía, porque tristes
podemos estar solos; pero para estar alegres,
necesitamos compañía.
Compañía:
Todo puede adquirirse en la soledad, excepto el
carácter. Hacer compañía consiste en añadir algo a
las vidas de los demás, y con ella descubrimos que
nuestras vidas adquieren la transcendencia
requerida. La persona cabal es aquella que, en medio
de la multitud, mantiene con perfecto rigor y
cortesía la independencia de su identidad, en
soledad construida.
Sin embargo, ¡atención con la compañía! Suele
decirse que quien necesita compañía, elegirá a veces
malas compañías. También pronto descubrimos que no
hay peor soledad que la de algunas compañías. El
punto medio entre
introversión y extraversión
es el preferible, justamente el que nos permite
encontrar el amor.
Amor:
Ése rumor de soledad y compañía mutua. El amor
consiste en dos soledades que se protegen, que se
limitan y que se hacen mutuamente felices.
Stendhal
sugirió: “La soledad es necesaria para gozar de
nuestro propio corazón y para amar; pero para
triunfar en la vida es preciso dar algo de nuestra
vida al mayor número posible de gentes”.
La
realidad humana está tejida a un tiempo de soledad y
compañía. Circunstancias que vivimos día a día, que
buscamos en ocasiones y de las que huimos otras
veces. El dolor reclama soledad; la alegría,
compañía. Nunca como en las situaciones de duelo
(que abundan en la vida), ha de ser exquisita la
justa ponderación entre soledad y compañía, para
acompañar en el dolor pero respetándolo.
Necesitamos tanto la compañía como la soledad. Nos
son precisas como el verano y el invierno, el día y
la noche, el ejercicio y el descanso. De la soledad
nace el coraje y de la unión nace la fuerza. Por
ello, la vida es esa gozosa sensación promiscua de
equilibrio entre soledad y sociedad, esa maravilla
de cordura y ternura unidas.
Mikel Agirregabiria Agirre
www.agirregabiria.com