Los pasos del Golem
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La política y lo taurino

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La ausencia de toda razón política produce efectos monstruosos. España es, como se sabe, la tierra por excelencia de toro de lidia. Y del arte del toreo.  Y como se sabe también, de antiguo y para nuestra desgracia nacional española, lo taurino y la gresca política se asemejan lo bastante por aquí como para dar razón al retirado diestro (eso creo, al menos, no me hagan mucho caso en este punto) Jesulín de Ubrique cuando, en su versión de muñecote televisivo (en lo que era otrora Canal Plus, o sea polancolandia) equipara cualquier asunto o cuestión a los modos y procedimentos propios de la lógica interna y la mecánica de lo torero.

La política habrá de tener -pues y según esto- sus normas, sus reglas, sus consejos y sus claves; como las tienen también los toros, lo torero, lo taurino. Por tanto, el decálogo que prima para correr delante de un toro en eso que se han dado con el tiempo en llamar “encierros”, bien habría de valer para los que quieran más y mejor medrar a la sombra y la soldada de los diarios asuntos del Estado, la provincia o el concejo. Y son (quizá alguna más pero ni una menos) a las ahora a continuación dichas y explicadas aquí mismo.

Una primera, previa y lógica que da cuenta del sentido común y del buen tono del seso del encerrador: no correr bebido, es decir, borracho. Diríase aquí que no es cosa buena en esto de las carreras peligrosas ingerir poción estimulante alguna, presentarse ebrio, en fin, aunque sea de ideología o planes de cuidado y mejora de las cosas comunes. Nada, pues de ningún alcohol, algún raro fumable o cualquier pesadamente digeribles breviario ideológico.

Y habrá igualmente el encerrador de tener en cuenta y bien presente –siendo esta la segunda regla de las anunciadas- que el callejón es un tramo estrecho y muy peligroso. Y que las apreturas en él no son nunca buenas. Siendo allí (sobre todo pero no exclusivamente) donde las cornadas y los derrotes

pueden más y mejor abundar, recomiéndase así, amén de la debida prudencia, procurarse el suficiente vacío en el entorno propio, hasta tal punto que fuere el tal espacio suficiente y capaz de permitir cualquier necesaria y urgente maniobra.

Algunas otras de las reglas tienen que ver con la cinética (ciencia del movimiento, y parte muy principal de la física) la cual es sabido que aconseja, aplicada a este caso, medir primero la velocidad de la manada, iniciar luego la carrera gradualmente, para correr después  en línea siempre recta; conductas estas todas de interés supremo, cara a no caer en desacompasados rumbos y velocidades entre el corredor y la manada. Actuando éstos como suele suceder siempre en el perjuicio y el detrimento de cualquier muy carismático liderazgo: o lo que es la misma cosa: no correr ni poco ni demasiado. Amén –recordámoslo- de hacerlo siempre hacia delante y recto.

En lo que refiere y toca  a la relación entre el poder y la oposición que en cada momento le correspondiere (o aún con los propios y domésticos contrarios) será motivo de buenos frutos el tener en cuenta siempre que los cabestros no suelen cornear; pero también que sí provocan, estos mansos, abundantes revolcones.

E igualmente que en caso de caída, patinazo o arrollamiento (ya sea este último producido por manso o por  bravo) es bueno tener siempre presente el consejo sabido de no levantarse si la manada está cerca.

Dicta así mismo el sentido del propio interés seguir las órdenes de los llamados pastores, auténticos guías intelectuales de la manada, portadores de poderoso brazalete y larga vara, símbolos ambos de su autoridad, líderes burócratas del espectáculo y atentos siempre a evitar cualquier desmadre o valentía, celosos guardianes de cualquier desmadrada y peligrosa heterodoxia y rareza u originalidades el pensar.

Y la experiencia manda aquí –además- no citar al toro por los lados, ni tampoco cuando está éste en la anchura de la plaza; bajo el riesgo cierto, en el caso nada recomendable de así hacerlo, de concitar su atención y servir de desahogo para su rabia.

Siendo como es y queda antedicho que los toros y la política participan en teoría y práctica de idénticos postulados, convendremos en que, de seguir estos consejos, cualquier animoso político henchido de ambición habrá de perdurar en el tiempo, tanto como lograr permanecer en el espacio.

Su ejercicio del poder, así, será largo; y la estancia en él feliz. No conocerá ni el dolor ni el miedo que produce lo arriesgado. Durará, pues. Y no llegará a conocer padecimiento por pena alguna. Pues la política, y como el toreo lo es de Cúchares, es un arte. Cruel y sangriento, eso sí; pero arte.

-  Olivenza Proust Galera   

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   Olivenza Proust Galera


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