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Nosotros, el tiempo y los ciclos


Hemos hecho el tiempo. Y lo hemos hecho cíclico. Y en ese retornar periódico, medimos nuestro paso por lo que damos en llamar vida. Nuestro tiempo y nuestra vida es, por tanto, cíclica. La marcamos y medimos mediante ciclos. Sean estos ciclos años, primaveras, carnavales, navidades, veranos… Hemos inventado los ciclos.

Los ciclos lo son y existen en tanto en cuanto que el hombre los inventa. Cuando el género humano se empeña en acotar el tiempo (después de haberlo creado, al menos su medida y la idea filosófica de su discurrir) marca mojones a su acomodo y medida. Mojones al rebasar los cuales un nuevo período se abre para él. Es, parece, la manera de sentirse dueño del tiempo. Y puede que por ello también del espacio que le va siempre aparejado.

Y, lo que es más importante, de huir de la pequeña dosis de escasez que de ese mismo tiempo precisamente le ha tocado. De perdurar, vamos. O al menos de aparentarlo. Y es la misma razón por la que escogemos como animales de compañía seres vivos con ciclo vital más corto aun que el nuestro (perros, gatos, plantas de temporada, canarios...), desechando generalmente y para esos menesteres a otros seres vivos cuya prolongada vida haría sentirnos respecto a la nuestra terriblemente breves, casi fugaces: tortugas, tejos, robles...

El hombre gusta de sentir cada ciclo, cada año, cada "fin provisional" de período. Es un cambio estacional, y cíclico, en el cual sentimos algo así como que todo comienza, como que todo puede ser posible porque el "espacio temporal" aun está por hacer, aun se encuentra vacío de huellas. Sin recorrer.

Es en estos momentos de cambio, en el paso estacional y cíclico del tiempo que nos elaboramos a nuestra necesidad y a modo de tapadera de nuestras carencias, cuando nos empeñamos en tirar -incluso físicamente a veces- por la ventana lo viejo, lo que consideramos ya caduco, gastado, inválido. Es ahora cuando tiramos nuestros papeles (roles, diría un cursi) por la ventana, como conjurando los males que nos han traído con ellos.

Es precisamente ahora, en esos cambios transitivos de ciclo, cuando hacemos planes. Y es ahora cuando trazamos nuestra tarea (un año más, un ciclo más...) para el período que comenzamos: aprender ese idioma que se resiste, ordenar el desván o el trastero, pintar la fachada de la casa de campo, escribir aquel libro que se resiste a andar... A fin de cuentas: como el año pasado.

Es, también, el tiempo en que inventores de campañas de marketing de fascículos, colecciones y libros o deuvedés semanales, se ponen en marcha y sus excreciones aparecen como setas de temporada en los quioscos. Ellos, saben de nuestros planes... y de nuestras debilidades. Da igual: son también ellos, la sal de la vida, que renace de nuevo cada año, cada estación, cada ciclo, cada… lo que sea. Pero cada unidad, uno a uno.

La vida es cíclica, pues. Y la hemos hecha así, precisamente, para que nos dure. Y Para que duremos también nosotros con ella. Dicho de otra manera, pues, para que perduremos. Si ello, claro, es en alguna medida y en alguna forma posible...

 

  Enrique J. Santos


 

 
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