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Sahara: la promesa rota


Una mañana como cualquier otra de verano en la terraza del Café Imperial. Un periódico, un café, un par de charlas buscadas, tres especies de coiptusinterruptuosos amagos de conversaciones del par de inevitables palizas de turno sin nada que hacer (ni que decir, que es lo aun peor del asunto). Abro mi cuaderno de anotaciones, y leo lo que tengo escrito a propósito de los saharauis exiliados en territorio argelino, en el inhóspito mar de arena en que viven, esa tierra de nadie (ni de ellos mismos) en que llevan treinta y dos años refugiados, esperando una solución a lo que legítimamente tienen derecho: a vivir en su país, en su territorio, y a ser dueños de sus riquezas... pocas o muchas, pero suyas, y no del usurpador reyezuelo marroquí que se ha atribuido (ante la abulia de las potencias occidentales, España incluida) la propiedad de un país anterior al suyo, de una tierra cuyo subsuelo está sometido a la explotación de las empresas euroamericanas...

Decía uno por entonces, un entonces ni lejano ni cercano, pero que subsumido en la nada del tiempo que no pasa, ha dejado las cosas como estaban cuando los españoles nos retiramos (cobardemente, y si no que les pregunten a los militares de cuando entonces) de las tierras saharauis que nuestro país "administraba"...para entregárselas al sátrapa de Hassan, el de la infamia vergonzosa de la Marcha Verde. Marcha verde, por cierto, que sirvió de tema para un video musical del inefable hijo de Luis Miguel Dominguín, don Miguel Bosé, alias "Papito", el mismo al que ahora, rebasados los cincuenta, se le salen la justicia social y el izquierdismo hasta por los sobaquillos y las orejas...

Decía uno, (y me ciño, ahora sí) por aquellos tiempos en un artículo que las promesas, están hechas para ser cumplidas. O así debería ser. Y la promesa  española de defender los derechos históricos de la población saharaui, debe ser cumplida. Independientemente de quien ocupe la presidencia del gobierno de la nación. Eso, claro, es la teoría. Así, al menos, deberían ser las cosas. Cierto, esas cosas han cambiado. Pero, han cambiado las cosas... no la solución al problema saharaui. Y esas cosas cambiantes son, básicamente, intereses. Económicos, claro está: los que maneja el importante lobby  que tiene en nómina hasta ex-presidentes de gobierno... La solución actual al problema del Sahara Occidental, tiene dos vías de solución: Una, la que apunta hacia los intereses económicos no solamente marroquíes, sino también franco-americanos, y que tiene mucho que ver con las posibilidades de los yacimientos existentes actualmente en el terreno saharaui o en partes de él, y –lo que es aun más interesante- las posibilidades futuras de exploración, entre ellos pero no solamente, el petróleo. Otra vía, es la que apunta a defender los intereses de los saharauis, los verdaderos propietarios –por así decirlo y que se entienda-  de los bienes y los males de la tórrida y árida tierra del antiguo Sahara Español, y estando relacionada con la devolución de los terrenos  “cedidos” por el Reino de España en 1975 a Marruecos y Mauritania, incumpliendo así el mandato de la ONU de pilotar el proceso descolonizador de uno de los últimos territorios conflictivos del continente africano.

La defección española, trajo consigo el duro enfrentamiento armado del Frente Polisario con las tropas mauritanas y marroquís. Pronto, Mauritania comprendió lo inútil de mantener una guerra de la que a fin de cuentas el bocado interesante sería para el rey de Marruecos y sus relaciones internacionales. Y abandonó su mitad del Sahara Español. Marruecos, sin embargo, aguantó el tirón militar de los saharauis –apoyados estos principalmente por Argelia, rival de Marruecos en el norte de África-, al menos como pudo. Y con el permiso del tío Sam, el apoyo de Francia, la indiferencia oficial española y la complicidad de la ONU (de la dirección política de la ONU, no de sus funcionarios cooperantes in situ, generalmente dignos de todo encomio en su tarea humanitaria y de vigilancia de la difícil paz y de las necesidades de los refugiados)...  con esas complicidades Marruecos se ha ido consolidando en su situación manifiestamente ilegal de invasor de un territorio que ni ha sido nunca suyo, ni sobre el cual puede esgrimir argumentos jurídicos o históricos que no muevan a risa. La situación ha llegado hasta la infamante construcción del “muro” que separa la parte que Marruecos considera interesante para sus fines.  Y, frente a esto, solamente se ha oído un vergonzoso silencio.

Esas son las dos alternativas para el conflicto saharaui. Lo demás, son gaitas más o menos bien templadas. Y ambas, definen las posturas políticas de quienes las sostienen. Y, en ciertos casos, definen también los intereses algo más que poco claros que las motivan.  Porque, faltaría más, se podrá defender desde el desinterés la postura marroquí, cierto; lo cual no quiere decir que por ese desinterés -económico, se entiende- aumente un àpice la  validez histórica y jurídica de las argumentaciones. Pero lo que no es de recibo en un país realmente serio  –pongamos que se habla de España, por qué no-  es que quienes durante años le sacaron su adecuado rendimiento político a la solidaridad con el pueblo saharaui  –ya se sabe... ese cierto toque izquierdista, progresismo pata negra, muy conveniente según dónde y para según qué currículums y qué cargos-  paseándose por el desierto vestido  de Lawrence de Arabia de puente de semana santa... esos mismos personajes indecorosos de la política española vengan ahora con la larga cambiada del apoyo a las tesis del tirano marroquí y sus secuaces. El mismo tirano, por cierto, que encarcela periodistas casi-casi por citarle en las páginas vigiladas de sus periódicos.

Algunos políticos españoles, valen lo que pesan... en miseria. Afortunadamente, no todos son así. Y si de algo puede estar orgulloso un personaje político, un intelectual, un ser mínimamente pensante, lo es de la consecuencia de sus ideas respecto al fruto de la puesta en práctica de las medidas que de tales ideas se derivan. Las que sean, pero siempre con la consecuencia  -coherencia, dirían algunos, no excesivamente ricos en palabrero-  entre lo pensado, lo dicho y lo actuado.

Saulo de Tarso, San Pablo para entendernos, pasó de perseguir cristianos con saña... a liderarlos de forma apasionada, es cierto. Pero, al menos, él explicó a su manera y por escrito las razones de su conversión, su personal caída del caballo. Otros, en lugar de caerse del caballo, prefieren confundirse sigilosamente con el terreno... maña que seguramente aprendieron de algún reptil que vieron por entre las dunas en sus viajes de placer a los campamentos de refugiados... Ver para creer: la promesa española a los saharaui, pasa oficialmente a ser una simple y llana promesa rota. La promesa rota de toda una nación, la española.

Pago mi café e la caja del Imperial y me voy caminando, despacio, hasta ese refugio de frustraciones que suele ser nuestra casa... Repasando mentalmente lo que he leído, mis anotaciones sobre la promesa rota de los españoles al pueblo (este sí, lo es) saharaui, me hago una algo estúpida pregunta: ¿Nos merecemos, los españolitos de a pie, esto? Sea cual fuere la respuesta, de una cosa sigo estando seguro: en cualquier caso, los saharauis, no...

 

  Enrique J. Santos


 

 

 

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