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A partir de
ahora mis novelas se editarán simultáneamente en edición “cara”,
de las llamadas “de tapa dura”, en edición de bolsillo a mitad
de precio, podrán descargarse gratuitamente en “Internet” y
todos los periódicos o revistas que lo deseen están autorizados
a publicarlas al estilo de las antiguas novelas por entregas con
la diferencia que en este caso no tendrán obligación de pagarme
nada en concepto de derechos de autor. Me han preguntado si es
que me he vuelto loco, me sobra el dinero o pretendo arruinarme
y arruinar de paso a mi editor. No es el caso.
He meditado
largamente sobre el tema y he llegado a la conclusión de que hoy
en día hay público para todos los niveles adquisitivos del mismo
modo que quien lo desea puede almorzar en un restaurante de
lujo, en una simple hamburguesería e incluso acudir a un comedor
social. También puede hacerse un traje a medida, comprárselo en
unos grandes almacenes o en un rastrillo dominguero. Igual
ocurre en la mayor parte de las facetas del consumo, excepto en
lo que se refiere a los lectores que tienen que resignarse a
pagar el precio que marca el editor que ha adquirido los
derechos en exclusiva de un determinado libro o aguardar años
hasta que se edite en bolsillo.
Y desde luego
nunca lo obtendrá gratis. Y se me antoja injusto porque la
cultura es tan importante como comer o vestirse, y desde luego
mucho más importante que adquirir un coche donde se ofrecen cien
gamas de precios donde elegir.
Mi próxima
novela trata sobre Irak y las oscuras maquinaciones de las
grandes compañías americanas que inventaron la existencia de
armas de destrucción masiva con el fin de iniciar una guerra que
ha costado casi medio millón de muertos y nunca podrá ganarse,
pero que produce miles de millones de beneficios a empresas
directamente ligadas a lo mas altos cargos de la administración
republicana.
Y a mis
lectores, cualquiera que sea su condición social o capacidad
adquisitiva, ese tema les interesa conocerlo a fondo en estos
momentos, no dentro de dos años,

que sería
cuando cualquier otra editorial considerase que ya había
exprimido al máximo el limón de la “tapa dura” y tuviera a bien
editarla en bolsillo para unos lectores “De Segunda
Categoría”. No deben existir lectores de segunda ni de
tercera categoría, porque lo que importa es su relación directa
con el autor independientemente de lo lujoso que sea el vehículo
que proporcione dicha relación.
Al cumplir
cincuenta años como escritor muchas personas me han asegurado
que se acostumbraron a leer con mis novelas de aventuras, y
aunque algunas me han sido infieles con el paso del tiempo, lo
que importa es el hecho de que empezaron a leer y aficionaron de
igual modos a quienes les rodeaban.
Folletines del
estilo de “Los tres mosqueteros”, “Los Miserables” o “El Conde
de Montecristo” consiguieron que, al poder acceder
gratuitamente a tan magníficos textos, en el transcurso de una
sola generación el número de lectores franceses se multiplicara
por tres.
Los editores no
tienen derecho a quejarse de que “se lee poco” mientras
mantienen el control sobre el precio de lo que en ese momento
interesa, ni las autoridades deberían promover absurdas campañas
publicitarias que no conducen mas que a gastar dinero; lo que
deben hacer es presionar a los editores a la hora de poner los
libros al alcance de todos los bolsillos.
Personalmente
prefiero que me lean dos estudiantes, obreros o secretarias en
el autobús por siete euros, que un alto ejecutivo en su cómodo
despacho por veinte, porque aunque gane menos si el libro es
bueno esos dos lectores se convertían en cuatro y luego en ocho,
y resulta evidente que existen muchos más obreros, estudiantes y
secretarias que altos ejecutivos.
Y si el libro
es malo ni unos ni otros lo comprarán.
En cuanto al
hecho de ofrecerlo gratuitamente en “Internet” tengo claro que
quien lo descargue de la red nunca hubiera comprado mi novela, o
sea que prefiero que me lea gratis a que no me lea. Tal vez la
próxima vez se decida a comprar un libro... aunque no sea mío.
Algo es cierto:
he vendido casi veinticinco millones de libros y todo el dinero
que me han pagado me lo he gastado, pero una gran parte de los
lectores que he conseguido, aun los conservo. Y de todo el
dinero que gané la mitad se lo llevo Hacienda. Sin embargo
Hacienda aun no ha logrado arrebatarme un solo lector.
En Inglaterra,
país culto donde los haya, los escritores no pagan impuestos por
el fruto de su trabajo, pero en España, pese a pertenecer
también a la Unión Europea, cada año debo entregar la mitad de
mis ingresos a Hacienda o me embargan. Eso significa que un
escritor ingles cuenta con el doble de medios económicos que yo
para viajar o investigar a la hora de encarar un nuevo trabajo.
Eso no evita
que las autoridades españolas se lamenten de que nos esté
invadiendo la cultura anglosajona, y lo único que se les ocurre
para remediarlo es adquirir los más emblemáticos y costosos
edificios de cada capital con el fin de instalar un nuevo
Instituto Cervantes en el que dar cobijo a “intelectuales”
afines al partido que se encuentre en esos momentos en el poder.
Para nuestra
voraz, inculta y derrochadora administración tan sólo somos
europeos cuando conviene, y esa es una de las razones por la
que prefiero regalarle la mitad de mis ganancias a unos
lectores anónimos que tal vez me lo agradezcan, que a un
gobierno que no solo no lo agradece, sino que no acepta que para
escribir un una novela interesante sea necesario viajar e
investigar.
Siento
curiosidad por saber si las editoriales continuarán con su
absurda política inmovilista o comprenderán que es hora de
renovar unos hábitos que no han evolucionado un ápice en
trescientos años mientras que a su alrededor el mundo se
transforma a marchas forzadas.
En mi juventud
una película se estrenaba en una única y enorme sala, estaba
casi un año en cartel y tan sólo entonces pasaba a los cines de
barrio. Hoy se estrena en cuarenta multisalas, a los quince días
se edita en “DVD”, al mes se compra en televisión, y se puede
ver en las cadenas abiertas a los tres meses.
Si las grandes
productoras cinematográficas, con sus complejos estudios de
“marketing” han llegado al convencimiento de que esa es la
fórmula que conviene en los tiempos que corren, las editoriales
deberían tomar buena nota al respecto.
El mundo del
libro tiene la enorme suerte de que no resulta rentable a los
“piratas” del “Top-Manta” que tanto daño hace a las industrias
del cine y la música, pero por eso mismo, y por la gran
competencia de la televisión y todo tipo de deportes de masas,
los que lo gestionan deberían plantearse un cambio radical e
intentar conseguir lectores antes que beneficios. Sin lectores
no hay beneficios, y cuando haya muchos lectores ya llegarán los
beneficios.
Resultará muy
interesante comprobar si los Ministerio de Cultura y Hacienda
seguirán opinando que es preferible que los empresarios- en este
caso los editores- continúen manteniendo el privilegio de
abaratar los precios únicamente cuando les convenga sin tener en
cuenta los intereses de los lectores, al tiempo que no cesan de
apretarle las clavijas al pobre trabajador- en este caso el
autor. Por lo visto un gobierno que se autodenomina socialista
considera que es preferible proteger al que se beneficia
económicamente de la cultura que al que la crea.
Existen varias
editoriales multimillonarias, pero ni un solo autor español
mínimamente “acomodado” .
El viejo
dicho, “En España escribir es llorar” ya no tiene
sentido: debería decirse “En España escribir -y leer-
es pagar”.
Alberto Vázquez-Figueroa
Alberto Vázquez-Figueroa (Santa Cruz
de Tenerife, 1936) es escritor, periodista y
reportero. Cuenta en su haber con más de ochenta novelas y ha
vendido más de treinta millones de ejemplares de sus obras.
Además, es el introductor de una revolucionaria técnica para la
desalación del agua de mar a bajo precio. Dirección de su sitio web personal:
http://vazquezfigueroa.blog.com
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