 |
| |
|
Vida y obra de
San Agustín, patrono de Avilés |
Celebramos
santa o laicamente (cada cual como prefiera) este mes de agosto
las festividades en honor de Agustín, el obispo y santo de
Hipona, patrono de la Villa de Avilés. Más allá de cualquier
pasada y baldía polémica sobre su patronazgo, queremos dar desde
este periódico una visión de la vida y obra de Agustín de Hipona:
el hombre, el filósofo, el teólogo Padre del
cristianismo, el autor de La Ciudad de Dios y de Las
Confesiones. Para ello, hemos dividido este artículo en
varios capítulos. En este primero, damos la visión más apegada
a la figura de Agustín como el santo cristiano, el obispo de
Hipona, San Agustín. Y para ello, recurrimos a una autoridad en
asuntos de biografías de santos cristianos, Butler, de cuya obra
hemos extraído y adaptado la biografía de Agustín de Hipona. En
la segunda, tenemos ocasión de ver como contempla un filósofo
del siglo veinte, Russell, la vida de Agustín, siempre desde su
particular óptica no creyente y su peculiar estilo sarcástico,
británico. En la tercera, cuarta y quinta veremos como el mismo
autor inglés nos permitirá acercarnos a lo que el mismo Lord
Russell califica de importante aportación filosófica del santo
africano, su filosofía pura, su obra La ciudad de Dios, y
la controversia pelagiana. Los textos de Russell están extraídos
de su "History of the Western Philosophy", en la tradución de
JuioGómez de la Serna y Antonio Dorta para su publicación por la
editorial Espasa Calpe bajo el título de "Historia de la
Filosofía".
SumarioSumario
Sumario

1. Agustín, el obispo de Hipona
1. Agustín, el obispo de Hipona

San Agustín
nació el 13 de noviembre del año 354 en Tagaste. Esa pequeña
población del norte de África estaba bastante cerca de Numidia,
pero relativamente alejada del mar, de suerte que Agustín no lo
conoció sino hasta mucho después. Sus padres eran de cierta
posición, pero no ricos. El padre de Agustín, Patricio, era un
pagano de temperamento violento; pero, gracias al ejemplo y a la
prudente conducta de su esposa, Mónica, se bautizó poco antes de
morir.
Agustín tenía
varios hermanos; él mismo habla de Navigio, quien dejó varios
hijos al morir y de una hermana que consagró su virginidad al
Señor. Aunque Agustín ingresó en el catecumenado desde la
infancia, no recibió por entonces el bautismo, de acuerdo con la
costumbre de la época.
En su juventud
se dejó arrastrar por los malos ejemplos y, hasta los treinta y
dos años, llevó una vida licenciosa, aferrado a la herejía
maniquea. De ello habla largamente en sus "Confesiones", que
comprenden la descripción de su conversión y la muerte de su
madre Mónica. Dicha obra, que hace las delicias de "las gentes
ansiosas de conocer las vidas ajenas, pero poco solícitas de
enmendar la propia", no fue escrita para satisfacer esa
curiosidad malsana, sino para mostrar la misericordia de que
Dios había usado con un pecador y para que los contemporáneos
del autor no le estimasen en más de lo que valía. Mónica había
enseñado a orar a su hijo desde niño y le había instruido en la
fe, de modo que el mismo Agustín que cayó gravemente enfermo,
pidió que le fuese conferido el bautismo y Mónica hizo todos los
preparativos para que lo recibiera; pero la salud del joven
mejoró y el bautismo fue diferido. El santo condenó más tarde,
con mucha razón, la costumbre de diferir el bautismo por miedo
de pecar después de haberlo recibido. Pero no es menos
lamentable la naturalidad con que, en nuestros días, vemos los
pecados cometidos después del bautismo que son una verdadera
profanación de ese sacramento.
"Mis padres me pusieron en la escuela para que aprendiese cosas
que en la infancia me parecían totalmente inútiles y, si me
mostraba yo negligente en los estudios, me azotaban. Tal era el
método ordinario de mis padres y, los que antes que nosotros
habían andado ese camino nos habían legado esa pesada herencia".
Agustín daba gracias a Dios porque, si bien las personas que le
obligaban a aprender, sólo pensaban en las "riquezas que pasan"
y en la gloria perecedera", la Divina Providencia se valió de su
error para hacerle aprender cosas que le serían muy útiles y
provechosas en la vida. El santo se reprochaba por haber
estudiado frecuentemente sólo por temor al castigo y por no
haber escrito, leído y aprendido las lecciones como debía
hacerlo, desobedeciendo así a sus padres y maestros. Algunas
veces pedía a Dios con gran fervor que le librase del castigo en
la escuela; sus padres y maestros se reían de su miedo.
Agustín
comenta: "Nos castigaban porque jugábamos; sin embargo, ellos
hacían exactamente lo mismo que nosotros, aunque sus juegos
recibían el nombre de “negocios” . . . Reflexionando bien, es
imposible justificar los castigos que me imponían por jugar,
alegando que el juego me impedía aprender rápidamente las artes
que, más tarde, sólo me servirían para jugar juegos peores". El
santo añade: "Nadie hace bien lo que hace contra su voluntad" y
observa que el mismo maestro que le castigaba por una falta sin
importancia, "se mostraba en las disputas con los otros
profesores menos dueño de si y más envidioso que un niño al que
otro vence en el juego".
Agustín
estudiaba con gusto el latín, que había aprendido en
conversaciones con las sirvientas de su casa y con otras
personas; no el latín "que enseñan los profesores de las clases
inferiores, sino el que enseñan los gramáticos". Desde niño
detestaba el griego y nunca llegó a gustar a Homero, porque
jamás logró entenderlo bien. En cambio, muy pronto tomó gusto
por los poetas latinos.
Agustín fue a Cartago a fines del año 370, cuando acababa de
cumplir diecisiete años. Pronto se distinguió en la escuela de
retórica y se entregó ardientemente al estudio, aunque lo hacía
sobre todo por vanidad y ambición. Poco a poco se dejó arrastrar
a una vida licenciosa, pero aun entonces conservaba cierta
decencia de alma, como lo reconocían sus propios compañeros.
No tardó en
entablar relaciones amorosas con una mujer y, aunque eran
relaciones ilegales, supo permanecerle fiel hasta que la mandó a
Milán, en 385. Con ella tuvo un hijo, llamado Adeodato, el año
372. El padre de Agustín murió en 371. Agustín prosiguió sus
estudios en Cartago. La lectura del "Hortensius" de Cicerón le
desvió de la retórica a la filosofía. También leyó las obras de
los escritores cristianos, pero la sencillez de su estilo le
impidió comprender su humildad y penetrar su espíritu. Por
entonces cayó Agustín en el maniqueísmo.
Aquello fue,
por decirlo así, una enfermedad de un alma noble, angustiada por
el "problema del mal", que trataba de resolver por un dualismo
metafísico y religioso, afirmando que Dios era el principio de
todo bien y la materia el principio de todo mal. La mala vida
lleva siempre consigo cierta oscuridad del entendimiento y
cierta torpeza de la voluntad; esos males, unidos al del
orgullo, hicieron que Agustín profesara el maniqueísmo hasta los
veintiocho años. El santo confiesa: "Buscaba yo por el orgullo
lo que sólo podía encontrar por la humildad. Henchido de
vanidad, abandoné el nido, creyéndome capaz de volar y sólo
conseguí caer por tierra".
San Agustín dirigió durante nueve años su propia escuela de
gramática y retórica en Tagaste y Cartago. Entre tanto, Mónica,
confiada en las palabras de un santo obispo que, le había
anunciado que "el hijo de tantas lágrimas no podía perderse", no
cesaba de tratar de convertirle por la oración y la persuasión.
Después de una discusión con Fausto, el jefe de los maniqueos,
Agustín empezó a desilusionarse de la secta.
El año 383,
partió furtivamente a Roma, a impulsos del temor de que su madre
tratase de retenerle en África. En la Ciudad Eterna abrió una
escuela, pero, descontento por la perversa costumbre de los
estudiantes, que cambiaban frecuente de maestro para no pagar
sus servicios, decidió emigrar a Milán, donde obtuvo el puesto
de profesor de retórica.
Ahí fue muy bien acogido y el obispo de la ciudad, San Ambrosio,
le dio ciertas muestras de respeto. Por su parte, Agustín tenía
curiosidad por conocer a fondo al obispo, no tanto porque
predicase la verdad, cuanto porque era un hombre famoso por su
erudición. Así pues, asistía frecuentemente a los sermones de
San Ambrosio, para satisfacer su curiosidad y deleitarse con su
elocuencia.
Los sermones
del santo obispo eran más inteligentes que los discursos del
hereje Fausto y empezaron a producir impresión en la mente y el
corazón de Agustín, quien al mismo tiempo, leía las obras de
Platón y Plotino. "Platón me llevó al conocimiento del verdadero
Dios y Jesucristo me mostró el camino". Santa Mónica, que le
había seguido a Milán, quería que Agustín se casara; por otra
parte, la madre de Adeodato retornó al África y dejó al niño con
su padre. Pero nada de aquello consiguió mover a Agustín a
casarse o a observar la continencia y la lucha moral, espiritual
e intelectual continuó sin cambios.
Agustín comprendía la excelencia de la castidad predicada por la
Iglesia católica , pero la dificultad de practicarla le hacía
vacilar en abrazar definitivamente el cristianismo. Por otra
parte, los sermones de San Ambrosio y la lectura de la Biblia le
habían convencido de que la verdad estaba en la Iglesia, pero se
resistía todavía a cooperar con la gracia de Dios. El santo lo
expresa así: "Deseaba y ansiaba la liberación; sin embargo,
seguía atado al suelo, no por cadenas exteriores, sino por los
hierros de mi propia voluntad. El Enemigo se había posesionado
de mi voluntad y la había convertido en una cadena que me
impedía todo movimiento, porque de la perversión de la voluntad
había nacido la lujuria y de la lujuria la costumbre y, la
costumbre a la que yo no había resistido, había creado en mí una
especie de necesidad cuyos eslabones, unidos unos a otros, me
mantenían en cruel esclavitud. Y ya no tenía la excusa de
dilatar mi entrega a Tí alegando que aún no había descubierto
plenamente tu verdad, porque ahora ya la conocía y, sin embargo,
seguía encadenado ... Nada podía responderte cuando me decías:
“Levántate del sueño y resucita de los muertos y Cristo te
iluminará . . . Nada podía responderte, repito, a pesar de que
estaba ya convencido de la verdad de la fe, sino palabras vanas
y perezosas. Así pues, te decía: “Lo haré pronto, poco a poco;
dame más tiempo´. Pero ese “pronto” no llegaba nunca, las
dilaciones se prolongaban, y el “poco tiempo” se convertía en
mucho tiempo".
El relato que San Simpliciano le había hecho de la conversión de
Victorino, el profesor romano neoplatónico, le impresionó
profundamente. Poco después, Agustín y su amigo Alipio
recibieron la visita de Ponticiano, un africano. Viendo las
epístolas de San Pablo sobre la mesa de Agustín, Ponticiano les
habló de la vida de San Antonio y quedó muy sorprendido al
enterarse de que no conocían al santo. Después les refirió la
historia de dos hombres que se habían convertido por la lectura
de la vida de San Antonio.
Las palabras de
Ponticiano conmovieron mucho a Agustín, quien vio con perfecta
claridad las deformidades y manchas de su alma. En sus
precedentes intentos de conversión Agustín había pedido a Dios
la gracia de la continencia, pero con cierto temor de que se la
concediese demasiado pronto: "En la aurora de mi juventud, te
había yo pedido la castidad, pero sólo a medias, porque soy un
miserable. Te decía yo, pues: “Concédeme la gracia de la
castidad, pero todavía no”; porque tenía yo miedo de que me
escuchases demasiado pronto y me librases de esa enfermedad y lo
que yo quería era que mi lujuria se viese satisfecha y no
extinguida".
Avergonzado de
haber sido tan débil hasta entonces, Agustín dijo a Alipio en
cuanto partió Ponticiano: "¿Qué estamos haciendo? Los ignorantes
arrebatan el Reino de los Cielos y nosotros, con toda nuestra
ciencia, nos quedamos atrás cobardemente, revolcándonos en el
pecado. Tenemos vergüenza de seguir el camino por el que los
ignorantes nos han precedido, cuando por el contrario,
deberíamos avergonzarnos de no avanzar por él".
Agustín se levantó y salió al jardín. Alipio le siguió,
sorprendido de sus palabras y de su conducta. Ambos se sentaron
en el rincón más alejado de la casa. Agustín era presa de un
violento conflicto interior, desgarrado entre el llamado del
Espíritu Santo a la castidad y el deleitable recuerdo de sus
excesos. Y Levantándose del sitio en que se hallaba sentado, fue
a tenderse bajo un árbol, clamando: "¿Hasta cuándo, Señor? ¿Vas
a estar siempre airado? ¡Olvida mis antiguos pecados!" Y se
repetía con gran aflicción: "¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo?
¿Hasta mañana? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no voy a poner fin a
mis iniquidades en este momento?"
En tanto que se
repetía esto y lloraba amargamente, oyó la voz de un niño que
cantaba en la casa vecina una canción que decía: "Tolle lege,
tolle lege" (Toma y lee, toma y lee). Agustín empezó a
preguntarse si los niños acostumbraban repetir esas palabras en
algún juego, pero no pudo recordar ninguno en el que esto
sucediese. Entonces le vino a la memoria que San Antonio se
había convertido al oír la lectura de un pasaje del Evangelio.
Interpretó pues, las palabras del niño como una señal del cielo,
dejó de llorar y se dirigió al sitio en que se hallaba Alipio
con el libro de las Epístolas de San Pablo.
Inmediatamente
lo abrió y leyó en silencio las primeras palabras que cayeron
bajo sus ojos: "No en las riñas y en la embriaguez, no en la
lujuria y la impureza, no en la ambición y en la envidia: poneos
en manos del Señor Jesucristo y abandonad la carne y la
concupiscencia". Ese texto hizo desaparecer las últimas dudas de
Agustín, que cerró el libro y relató serenamente a Alipio todo
lo sucedido. Alipio leyó entonces el siguiente versículo de San
Pablo: "Tomad con vosotros a los que son débiles en la fe".
Aplicándose el texto a sí mismo, siguió a Agustín en la
conversión. Ambos se dirigieron al punto a narrar lo sucedido a
Santa Mónica, la cual alabó a Dios "que es capaz de colmar
nuestros deseos en una forma que supera todo lo imaginable". La
escena que acabamos de referir tuvo lugar en septiembre de 386,
cuando Agustín tenía treinta y dos años.
El santo renunció inmediatamente al profesorado y se trasladó a
una casa de campo en Casiciaco, cerca de Milán, que le había
prestado su amigo Verecundo. Santa Mónica, su hermano Navigio,
su hijo Adeodato, San Alipio y algunos otros amigos, le
siguieron a ese retiro, donde vivieron en una especie de
comunidad. Agustín se consagró a la oración y el estudio y, aun
éste era una forma de oración por la devoción que ponía en él.
Entregado a la
penitencia, a la vigilancia diligente de su corazón y sus
sentidos, dedicado a orar con gran humildad, el santo se preparó
a recibir la gracia del bautismo, que había de convertirle en
una nueva criatura, resucitada con Cristo. "Demasiado tarde,
demasiado tarde empecé a amarte. ¡Hermosura siempre antigua y
siempre nueva, demasiado tarde empecé a amarte! Tú estabas
conmigo y yo no estaba contigo. Yo estaba lejos, corriendo
detrás de la hermosura por Tí creada; las cosas que habían
recibido de Tí el ser, me mantenían lejos de Tí. Pero tú me
llamaste. me llamaste a gritos, y acabaste por vencer mi
sordera. Tú me iluminaste y tu luz acabó por penetrar en mis
tinieblas. Ahora que he gustado de tu suavidad estoy hambriento
de Tí. Me has tocado y mi corazón desea ardientemente tus
abrazos". Los tres diálogos "Contra los Académicos", "Sobre la
vida feliz" y "Sobre el orden", se basan en las conversaciones
que Agustín tuvo con sus amigos en esos siete meses.
La víspera de la Pascua del año 387, San Agustín recibió el
bautismo, junto con Alipio y su querido hijo Adeodato, quien
tenía entonces quince años y murió poco después. En el otoño de
ese año, Agustín resolvió retornar a África y fue a embarcarse
en Ostia con su madre y algunos amigos. Santa Mónica murió ahí
en noviembre de 387. Agustín consagra seis conmovedores
capítulos de las "Confesiones" a la vida de su madre.
Viajó a Roma
unos cuantos meses después y, en septiembre de 388, se embarcó
para África. En Tagaste vivió casi tres años con sus amigos,
olvidado del mundo y al servicio de Dios con el ayuno, la
oración y las buenas obras. Además de meditar sobre la ley de
Dios, Agustín instruía a sus prójimos con sus discursos y
escritos. El santo y sus amigos habían puesto todas sus
propiedades en común y cada uno las utilizaba según sus
necesidades.
Aunque Agustín
no pensaba en el sacerdocio, fue ordenado el año 391 por el
obispo de Hipona, Valerio, quien le tomó por asistente. Así
pues, el santo se trasladó a dicha ciudad y estableció una
especie de monasterio en una casa próxima a la iglesia, como lo
había hecho en Tagaste. San Alipio, San Evodio, San Posidio y
otros, formaban parte de la comunidad y vivían "según la regla
de los santos Apóstoles".
El obispo, que
era griego y tenía además cierto impedimento de la lengua,
nombró predicador a Agustín. En el oriente era muy común la
costumbre de que los obispos tuviesen un predicador, a cuyos
sermones asistían; pero en el occidente eso constituía una
novedad. Más todavía, Agustín obtuvo permiso de predicar aun en
ausencia del obispo, lo cual era inusitado. Desde entonces, el
santo no dejó de predicar hasta el fin de su vida.
Se conservan
casi cuatrocientos sermones de San Agustín, la mayoría de los
cuales no fueron escritos directamente por él, sino tomados por
sus oyentes. En la primera época de su predicación, Agustín se
dedicó a combatir el maniqueísmo y los comienzos del donatismo y
consiguió extirpar la costumbre de efectuar festejos en las
capillas de los mártires. El santo predicaba siempre en latín, a
pesar de que los campesinos de ciertos distritos de la diócesis
sólo hablaban el púnico y era difícil encontrar sacerdotes que
les predicasen en su lengua.
El año 395, San Agustín fue consagrado obispo coadjutor de
Valerio. Poco después murió este último y el santo le sucedió en
la sede de Hipona.
Procedió
inmediatamente a establecer la vida común regular en su propia
casa y exigió que todos los sacerdotes, diáconos y subdiáconos
que vivían con él renunciasen a sus propiedades y se atuviesen a
las reglas. Por otra parte, no admitía a las órdenes sino a
aquellos que aceptaban esa forma de vida.
San Posidio, su
biógrafo, cuenta que los vestidos y los muebles eran modestos
pero decentes y limpios. Los únicos objetos de plata que había
en la casa eran las cucharas; los platos eran de barro o de
madera. El santo era muy hospitalario, pero la comida que
ofrecía era frugal; el uso mesurado del vino no estaba
prohibido. Durante las comidas, se leía algún libro para evitar
las conversaciones ligeras. Todos los clérigos comían en común y
se vestían del fondo común. Como lo dijo el Papa Pascual XI,
"San Agustín adoptó con fervor y contribuyó a regularizar la
forma de vida común que la primitiva Iglesia había aprobado como
instituida por los Apóstoles".
El santo fundó
también una comunidad femenina. A la muerte de su hermana, que
fue la primera "abadesa", escribió una carta sobre los primeros
principios ascéticos de la vida religiosa. En esa epístola y en
dos sermones se halla comprendida la llamada "Regla de San
Agustín", que constituye la base de las constituciones de tantos
canónigos y canonesas regulares.
El santo obispo
empleaba las rentas de su diócesis, como lo había hecho antes
con su patrimonio, en el socorro de los pobres. Posidio refiere
que, en varias ocasiones, mandó fundir los vasos sagrados para
rescatar cautivos, como antes lo había hecho San Ambrosio. San
Agustín menciona en varias de sus cartas y sermones la costumbre
que había impuesto a sus fieles de vestir una vez al año a los
pobres de cada parroquia y, algunas veces, llegaba hasta a
contraer deudas para ayudar a los necesitados. Su caridad y celo
por el bien espiritual de sus prójimos era ilimitado. Así, decía
a su pueblo, como un nuevo Moisés o un nuevo San Pablo: "No
quiero salvarme sin vosotros". "¿Cuál es mi deseo? ¿Para qué soy
obispo? ¿Para qué he venido al mundo? Sólo para vivir en
Jesucristo, para vivir en El con vosotros. Esa es mi pasión, mi
honor, mi gloria, mi gozo y mi riqueza".
Pocos hombres han poseído un corazón tan afectuoso y fraternal
como el de San Agustín. Se mostraba amable con los infieles y
frecuentemente los invitaba a comer con él; en cambio, se
rehusaba a comer con los cristianos de conducta públicamente
escandalosa y les imponía con severidad las penitencias
canónicas y las censuras eclesiásticas.
Aunque jamás
olvidaba la caridad, la mansedumbre y las buenas maneras, se
oponía a todas las injusticias sin excepción de personas. San
Agustín se quejaba de que la costumbre había hecho tan comunes
ciertos pecados que, en caso de oponerse abiertamente a ellos,
haría más mal que bien y seguía fielmente las tres reglas de San
Ambrosio: no meterse a hacer matrimonios, no incitar a nadie a
entrar en la carrera militar y no aceptar invitaciones en su
propia ciudad para no verse obligado a salir demasiado.
Generalmente,
la correspondencia de los grandes hombres es muy interesante por
la luz que arroja sobre su vida y su pensamiento íntimos. Así
sucede, particularmente con la correspondencia de San Agustín.
En la carta
quincuagésima cuarta, dirigida a Januario, alaba la comunión
diría, con tal de que se la reciba dignamente, con la humildad
con que Zaqueo recibió a Cristo en su casa; pero también alaba
la costumbre de los que, siguiendo el ejemplo del humilde
centurión, sólo comulgan los sábados, los domingos y los días de
fiesta, para hacerlo con mayor devoción.
En la carta a
Ecdicia explica las obligaciones de la mujer respecto de su
esposo, diciéndole que no se vista de negro, puesto que eso
desagrada a su marido y que practique la humildad y la alegría
cristianas vistiéndose ricamente por complacer a su esposo.
También la exhorta a seguir el parecer de su marido en todas las
cosas razonables, particularmente en la educación de su hijo, en
la que debe dejarle la iniciativa. En otras cartas, el santo
habla del respeto, el afecto y la consideración que el marido
debe a la mujer.
La modestia y
humildad de San Agustín se muestran en su discusión con San
Jerónimo sobre la interpretación de la epístola a los Gálatas. A
consecuencia de la pérdida de una carta, San Jerónimo, que no
era muy paciente, se dio por ofendido. San Agustín le escribió:
"Os ruego que no dejéis de corregirme con toda confianza siempre
que creáis que lo necesito; porque, aunque la dignidad del
episcopado supera a la del sacerdocio, Agustín es inferior en
muchos aspectos a Jerónimo".
El santo obispo
lamentaba la actitud de la controversia que sostuvieron San
Jerónimo y Rufino, pues temía en esos casos que los adversarios
sostuviesen su opinión más por vanidad que por amor de la
verdad. Como él mismo escribía, "sostienen su opinión porque es
la propia, no porque sea la verdadera; no buscan la verdad, sino
el triunfo".
Durante los treinta y cinco años de su episcopado, San Agustín
tuvo que defender la fe católica contra muchas herejías. Una de
las principales fue la de los donatistas, quienes sostenían que
la Iglesia católica había dejado de ser la Iglesia de Cristo por
mantener la comunión con los pecadores y que los herejes no
podían conferir válidamente ningún sacramento. Los donatistas
eran muy numerosos en África, donde no retrocedieron ante el
asesinato de los católicos y todas las otras formas de la
violencia. Sin embargo, gracias a la ciencia y el infatigable
celo de San Agustín y a su santidad de vida, los católicos
ganaron terreno paulatinamente. Ello exasperó tanto a los
donatistas, que algunos de ellos afirmaban públicamente que
quien asesinara al santo prestaría un servicio insigne a la
religión y alcanzaría gran mérito ante Dios. El año 405, San
Agustín tuvo que recurrir a la autoridad pública para defender a
los católicos contra los excesos de los donatistas y, en el
mismo año, el emperador Honorio publicó severos decretos contra
ellos. El santo desaprobó al principio esas medidas, aunque más
tarde cambió de opinión, excepto en cuanto a la pena de muerte.
En 411, se
llevó a cabo en Cartago una conferencia entre los católicos y
los donatistas que fue el principio de la decadencia del
donatismo. Pero, por la misma época, empezó la gran controversia
pelagiana. Pelagio era originario de la Gran Bretaña. San
Jerónimo le describía como un hombre alto y gordo, repleto de
avena de Escocia". Algunos historiadores afirman que era
irlandés. En todo caso, lo cierto es que había rechazado la
doctrina del pecado original y afirmaba que la gracia no era
necesaria para salvarse; como consecuencia de su opinión sobre
el pecado original, sostenía que el bautismo era un mero título
de admisión en el cielo. Pelagio pasó de Roma a África el año
411, junto con su amigo Celestio y aquel mismo año, el sínodo de
Cartago condenó por primera vez su doctrina. San Agustín no
asistió al concilio, pero desde ese momento empezó a hacer la
guerra al pelagianismo en sus cartas y sermones. A fines del
mismo año, el tribuno San Marcelino le convenció de que
escribiese su primer tratado contra los pelagianos. Sin embargo,
el santo no nombró en él a los autores de la herejía, con la
esperanza de así ganárselos y aun tributó ciertas alabanzas a
Pelagio: "Según he oído decir, es un hombre santo, muy
ejercitado en la virtud cristiana, un hombre bueno y digno de
alabanza". Desgraciadamente Pelagio se obstinó en sus errores.
San Agustín le acosó implacablemente en toda la serie de
disputas, subterfugios y condenaciones que siguieron. Después de
Dios, la Iglesia debe a San Agustín el triunfo sobre el
pelagianismo.
A raíz del
saqueo de Roma por Alarico, el año 410, los paganos renovaron
sus ataques contra el cristianismo, atribuyéndole todas las
calamidades del Imperio. Para responder a esos ataques, San
Agustín empezó a escribir su gran obra, “La Ciudad de Dios", en
el año de 413 y la terminó hasta el año 426. “La Ciudad de Dios"
es, después de las "Confesiones", la obra más conocida del
santo. No se trata simplemente de una respuesta a los paganos,
sino de toda una filosofía de la historia providencial del
mundo.
En las “Confesiones" San Agustín había expuesto con la más
sincera humildad y contrición los excesos de su conducta. A los
setenta y dos años, en las "Retractaciones", expuso con la misma
sinceridad los errores que había cometido en sus juicios. En
dicha obra revisó todos sus numerosísimos escritos y corrigió
leal y severamente los errores que había cometido, sin tratar de
buscarles excusas.
A fin de
disponer de más tiempo para terminar ése y otros escritos y para
evitar los peligros de la elección de su sucesor, después de su
muerte, el santo propuso al clero y al pueblo que eligiesen a
Heraclio, el más joven de sus diáconos, quien fue efectivamente
elegido por aclamación, el año 426.
A pesar de esa
precaución, los últimos días de San Agustín fueron muy
borrascosos. El conde Bonifacio, que había sido general imperial
en África, cayo injustamente en desgracia de la regente Placidia,
e incitó a Genserico, rey de los vándalos, a invadir África.
Agustín escribió una carta maravillosa a Bonifacio para
recordarle su deber y el conde trató de reconciliarse con
Placidia. Pero era demasiado tarde para impedir la invasión de
los vándalos.
San Posidio,
por entonces obispo de Calama, describe los horribles excesos
que cometieron y la desolación que causaron a su paso. Las
ciudades quedaban en ruinas, las casas de campo eran arrasadas y
los habitantes que no lograban huir, morían asesinados. Las
alabanzas a Dios no se oían ya en las iglesias, muchas de las
cuales habían sido destruidas. La misa se celebraba en las casas
particulares, cuando llegaba a celebrarse, porque en muchos
sitios no había alma viviente a quien dar los sacramentos; por
otra parte, los pocos cristianos que sobrevivían no encontraban
un solo sacerdote a quien pedírselos. Los obispos y clérigos que
sobrevivieron habían perdido todos sus bienes y se veían
reducidos a pedir limosna. De las numerosas diócesis de África,
las únicas que quedaban en pie eran Cartago, Hipona y Cirta,
gracias a que dichas ciudades no habían sucumbido aún.
El conde Bonifacio huyó a Hipona. Ahí se refugiaron también San
Posidio y varios obispos de los alrededores. Los vándalos
sitiaron la ciudad en mayo de 430. El sitio se prolongó durante
catorce meses. Tres meses después de establecido, San Agustín
cayó presa de la fiebre y desde el primer momento, comprendió
que se acercaba la hora de su muerte. Desde que había abandonado
el mundo, la muerte había sido uno de los temas constantes de su
meditación. En su última enfermedad, el santo habló de ella con
gozo: "¡Dios es inmensamente misericordioso!" Con frecuencia
recordaba la alegría con que San Ambrosio recibió la muerte y
mencionaba las palabras que Cristo había dicho a un obispo que
agonizaba, según cuenta San Cipriano: "Si tienes miedo de sufrir
en la tierra y de ir al cielo, no puedo hacer nada por ti". El
santo escribió entonces: "Quien ama a Cristo no puede tener
miedo de encontrarse con El. Hermanos míos, si decimos que
amamos a Cristo y tenemos miedo de encontrarnos con El,
deberíamos cubrirnos de vergüenza".
Durante su
última enfermedad, pidió a sus discípulos que escribiesen los
salmos penitenciales en las paredes de su habitación y los
cantasen en su presencia y no se cansaba de leerlos con lágrimas
de gozo.
San Agustín
conservó todas sus facultades hasta el último momento, en tanto
que la vida se iba escapando lentamente de sus miembros. Por
fin, el 28 de agosto de 430, exhaló apaciblemente el último
suspiro, a los setenta y dos años de edad, de los cuales había
pasado casi cuarenta consagrado al servicio de Dios.
San Posidio
comenta: "Los presentes ofrecimos a Dios el santo sacrificio por
su alma y le dimos sepultura". Con palabras muy semejantes había
comentado Agustín la muerte de su madre. Durante su enfermedad,
el santo había curado a un enfermo, sólo con imponerle las
manos. Posidio afirma: "Yo sé de cierto que, tanto como
sacerdote que como obispo, Agustín había pedido a Dios que
librase a ciertos posesos por quienes se le había encomendado
que rogase y los malos espíritus los dejaron libres".
Las principales fuentes sobre la vida y carácter de San Agustín
son sus propios escritos, especialmente las Confesiones, el De
Civitate Dei, la correspondencia y los sermones.
Volver al
Sumario
2.
Agustín, la visión humana de Bertrand Russell
2.
Agustín, la visión humana de Bertrand Russell

Agustín nació en 354, nueve años
después de Jerónimo y catorce después que Ambrosio; era nativo
de África, donde pasó la mayor parte de su vida. Su madre era
cristiana, pero su padre no. Tras un período de maniqueísmo, se
hizo católico y fue bautizado por Ambrosio en Milán. Llegó a
obispo de Hipona, no lejos de Cartago, hacia el año 396. Allí
permaneció hasta su muerte acaecida en 430.
De los comienzos de su vida
sabemos mucho más que de la mayoría de los eclesiásticos, porque
la ha referido en sus Confesiones. Este libro ha tenido famosos
imitadores, en particular Rousseau y Tolstoi, pero no creo que
tenga predecesores comparables. San Agustín se asemeja en
algunos aspectos a Tolstoi,, a quien, sin embargo, es superior
en intelecto.
Fue un hombre apasionado, muy
lejos, en su juventud, , de ser un dechado de virtud, pero
impelido por un íntimo impulso a buscar la verdad y la rectitud.
Como Tolstoi, estuvo obsesionado, en sus últimos años, por un
sentimiento del pecado que hizo su vida austera y su filosofía
inhumana.
Combatió las herejías
vigorosamente, pero algunos de sus conceptos, cuando fueron
repetidos por Jansenio en el siglo XVII, fueron declarados
heréticos. Hasta que los protestantes adoptaron sus opiniones,
sin embargo, la Iglesia católica no había impugnado jamás su
ortodoxia.
Uno de los primeros incidentes de
su vida, relatados en las Confesiones, ocurrió en su
adolescencia, y no le distinguió, en sí mismo, grandemente de
los otros muchachos. Parece que, con algunos compañeros de su
edad, despojó el peral de un vecino, aunque no tenía hambre y
sus padres tenían peras mejores en casa. Continuó toda su vida
considerando esto como uno acto de casi increíble perversidad.
No habría sido tan malo si hubiese tenido hambre o no hubiera
tenido ningún otro medio de adquirir peras; pero, tal como fue,
el acto era de pura maldad, inspirado por amor a la propia causa
de la perversidad. Es esto lo que hace al acto casi
indeciblemente malvado. Suplica a Dios que le perdone:
“Mira mi corazón, oh Dios, mira mi
corazón, del que tengas piedad en el fondo del abismo. Ahora, he
aquí que mi corazón te dice lo que yo te imploro, ya que fui
gratuitamente malvado, no teniendo ninguna tentación para la
acción mala, sino la acción mala en sí misma. Era vil y yo la
amé; amé hasta morir, , amé mi propia falta, pero no la cometí
por culpa de eso sino que amé la falta en sí misma. El alma
impura, cayendo desde el firmamento a la expulsión de Tu
presencia; no buscando nada a través de la ignominia sino la
ignominia misma!”( Confesiones, Libro II, cap. IV).
Continúa por el estilo durante
siete capítulos, y todo por unas peras arrancadas de un árbol en
una travesura pueril. Para una mente moderna, esto resulto
morboso (Debo exceptuar a Mahatma Gandhi, cuya autobiografía
contienes pasajes íntimamente semejantes al anterior), pero en
su propia época parecía recto y una señal de santidad. El
sentido del pecado, que era muy fuerte en sus días les vino a
los judíos como modo de reconciliar la importancia propia cono
las derrotas exteriores. Jehová era omnipotente y Jehová estaba
especialmente interesado por los judíos; ¿por qué, pues, no
prosperaban? Porque eran perversos, eran idólatras, se casaban
con gentiles, dejaban de observar la Ley. Los propósitos de Dios
estaban centrados sobre los judíos, pero, puesto que la rectitud
des el mayor de los bienes y se ejecuta por la tribulación,
debían antes ser castigados y reconocer su castigo como un
indicio del amor paternal de Dios.
Los cristianos pusieron la Iglesia
en el lugar del Pueblo Elegido, pero excepto en un aspecto esto
produjo poca diferencia en la psicología del pecado. La Iglesia,
como los judíos, sufrió tribulaciones; se vió turbada por
herejías; los cristianos individuales cayeron en la apostasía
bajo el peso de la persecución. Hubo, sin embargo, un desarrollo
importante, ya hecho en una gran extensión por el individual. En
su origen, fue la sustitución del pecado comunal por el
individual. En su origen, fue la nación judía la que pecó y la
que fue castigada colectivamente, peor después el pecado se hijo
más personal, perdiendo así su carácter político. Cuando la
nación judía fue sustituida por la Iglesia, este cambio se hizo
esencial, puesto que la Iglesia, como entidad espiritual, no
podía pecar, pero el pecador individual cesaría de estar en
comunión con la Iglesia. El pecado, como hemos dicho ahora, está
relacionado con la importancia de uno mismo. En su origen, la
importancia era la de la nación judía, pero subsecuentemente fue
la del individuo, no la de la Iglesia, porque ésta nunca pecó.
Sucedió así que la teología cristiana tuvo dos partes, una
referente a la Iglesia y otra al alma individual. En tiempos
posteriores, la primera de éstas fue la más recalcada por los
católicos, y la segunda por los protestantes, pero en San
Agustín existen ambas igualmente, sin que haya inarmonía en
ningún sentido. Aquellos que se salvan son los que Dios ha
predestinado a la salvación; esta es una relación directa del
alma con Dios. Pero nadie se salvará a menos que hay sido
bautizado y por consiguiente llegado a ser miembro de la
Iglesias; esto la hace un intermediario entre el alma y Dios.
El pecado es lo que es esencial a
la relación directa , puesto que explica cómo una Deidad
benefactora puede inducir a los hombres a sufrir y cómo a
despecho de esto, las almas individuales pueden ser lo que hay
de mayor importancia en el mundo creado. Por eso es
sorprendente que la teología con la que contaba la Reforma fuese
debida a un hombre cuyo sentido del pecado era anormal.
Hasta aquí, las peras. Veamos
ahora lo que las Confesiones tienen que decir en algunos otros
aspectos.
Agustín relata cómo aprendió
latín, sin trabajo, en las rodillas de su madre, pero odió el
griego, que había intentado aprender en la escuela, porque fue
“apremiado vehementemente con amenazas y castigos”. Al fin de su
vida, su conocimiento del griego siguió siendo débil. Podía
suponerse que sacaría de este contraste una moraleja a favor de
los métodos apacibles en educación. Lo que dice, sin embargo,
es:
“Está completamente claro, pues,
que una libre curiosidad tiene más poder para hacernos aprender
estas cosas que una obligación aterradora. Sólo esta obligación
impide las incertidumbres de lo que la libertad por Tus leyes,
oh Dios mío. Tus leyes, desde la vara del amo hasta la prueba de
los mártires, porque Tus leyes tienen el efecto de mezclar para
nosotros ciertas sanas amarguras a la que revocamos para Ti
desde esa perniciosa alegría, por medio de la cual nos apartamos
de Ti”.
Los golpes del maestro de escuela,
aunque fracasaron al hacerle aprender griego, le curaron de ser
perniciosamente alegre y fueron, por este motivo, parte deseable
de la educación. Para aquellos que hacen del pecado el más
importante de todos los asuntos humanos, este concepto es
lógico. Continúa indicándonos que pecó no sólo como un niño de
escuela cuando dijo mentiras y hurtó golosinas, sino antes aun;
en realidad dedica un capítulo entero (Libro I, cap. VII) a
probar que aun los niños de pecho están llenos de pecados:
glotonería, celos y otros horribles vicios.
Cuando alcanzó la adolescencia, el
deseo de la carne le venció. “Dónde estaba yo y qué lejos,
desterrado de las delicias de Tu casa, con aquellos dieciséis
años de la edad de mi carne, cuando el furor de la lujuria que
tenía licencia por lo vicios del hombre, aunque prohibida por
Tus leyes, tomó el mando sobre mí y me resigné enteramente a
ella? (Confesiones, Libro II, cap. II).
Su padre no se tomó ningún cuidado
de prevenir este mal sino que se limitó a prestar ayuda en los
estudios a Agustín. Su madre, Santa Mónica, por el contrario, le
exhortó a la castidad, pero en vano. Y aun ella no sugirió, en
aquel tiempo, el matrimonio, “por miedo de que mis perspectivas
pudieran verse embarazadas por la traba de una esposa”.
A la edad de dieciséis años fue a
Cartago “donde todos a mi alrededor hervían en una caldera de
amores ilegales. No amaba todavía, pero amaba el amor, y por una
necesidad hondamente arraigada, me odiaba a mí mismo por no
necesitarlo. Busqué lo que podía amar, en amor de amor y odié la
seguridad... Amar y ser amado también, era dulce para mí; pero
más cuando obtenía el gozar de la persona a quien amaba. Manché
por eso, la primavera de la amistad con la inmundicia de la
concupiscencia y oscurecí su fulgor con el infierno de la
lascivia” (Ibíd.., Libro III, cap. I). Estas palabras describen
sus relaciones con una querida a uin amó fielmente por muchos
años (Lbíd., Libro IV, cap. II) y de quin tuvo un hijo al que
también amó y al que después de su conversión puso mucho cuidado
en educar religiosamente.
Llegó la ocasión en que él y su
madre se creyeron en el deber de empezar a pensar en el
matrimonio. Llegó a estar en relaciones con una muchacha a la
que gustó, y se estimó necesario que rompiera con su querida.
“Mi querida –dice-, al ser arrancada de mi lado como una
impedimenta para mi matrimonio, mi corazón, que estaba pegado
al de ella, fue arrancado y herido y sangrante. Y ella volvió a
África (Agustín esta entonces en Milán), consagrado a Ti el no
conocer nunca a ningún otro hombre, dejándome a mi hijo por ella
(lbíd, Libro VI, cap. XV). Como, no obstante, el matrimonio no
podía tener lugar por dos años, debido a la juventud de la
muchacha, tomó mientras tanto otra querida. Menos oficial y
menos conocida. Su conciencia le turbó cada vez más y solía
rezar: “Dame castidad y continencia, pero todavía no” (lbíd.,
Libro VIII, cap. VII). Al fin, antes de que hubiese transcurrido
el tiempo APRA su matrimonio, la religión ganó una completa
victoria y dedicó el resto de su vida al celibato.
Volviendo a un tiempo anterior, a
los diecinueve años, habiendo terminado con provecho la
retórica, fue llamado a la filosofía por Cicerón. Intentó leer
la Biblia, pero halló que carecía de dignidad ciceroniana. Fue
en este tiempo cuando se hizo maniqueo, lo cual afligió a su
madre. Por su profesión era maestro de retórica. Fue adicto a la
astrología, a la cual, al fin de su vida, fue adverso, porque
enseña que “la causa inevitable de tu pecado está en el cielo”
(Ibíd.., Libro IV. Cap. III). Leyó filosofía, toda la que podía
leerse en latín; menciona en particular las Diez categorías de
Aristóteles, que, dice, comprendió sin ayuda de ningún maestro,
“y lo que me aprovechó fue que yo, el más vil esclavo de las
malas pasiones, leí por mí mismo todos los libros de las
llamadas artes liberales, y ¿comprendí todo lo que pude leer?...
Porque yo tenía la espalda vuelta hacia la luz y la cara hacia
las cosas iluminadas; de donde mi cara... ella misma no estaba
iluminada” (Iíd., Libro IV, cap. XVI). En ete tiempo creí que
Dios era un cuerpo vasto y radiante y él mismo una parte de
aquel cuerpo. Se habría deseado que hubiese dicho en detalle los
principios de los maniqueos, en lugar de decir simplemente que
eran erróneos.
Es interesante que las primeras
razone de San Agustín para rechazar las doctrinas de Maniqueo
fuesen científicas. Recordaba –así nos lo refiere (Ibíd..,
Libro V, cap. III)- lo que había aprendido de astronomía en los
escritos de los mejores astrónomos, “y yo los comparaba con los
adagios de Maniqueo, que en su decrépita ignorancia ha escrito
mucho y copiosamente de estos asuntos, pero ninguno de sus
razonamientos sobre los solsticios, ni equinoccios, ni eclipses,
ni ninguno de este género, que yo había aprendido en libros de
filosofía secular, era satisfactorio para mí. Pero yo estaba
mandado a creer, y no obstante, aquello no correspondía con los
razonamientos obtenidos por los cálculos y por mis propias
observaciones, sino que era completamente contrario”. Pone
cuidado al enseñar que los errores científicos no son en sí
mismos un signo de errores en cuanto a fe sino que sólo se
convierten en eso cuando se dan con aire de autoridad como si
fuesen conocidos por inspiración divina. Uno se maravilla de lo
que habría pensado si hubiese vivido en tiempos de Galileo.
Con la esperanza de resolver sus
dudas, un obispo maniqueo llamado Fausto, reputado como el
miembro más docto de la secta, le recibió y razonó cono él. Pero
“yo le hallaba, en primer lugar, absolutamente ignorante de las
ciencias liberales, salvo de gramática, y esto de una forma
ordinaria. Pero por haber leído algunas de las oraciones de
Tulio, unos pocos libros de Séneca, algunas cosas de los poetas
y otros pocos volúmenes de su propia secta, escritos en latín y
en orden lógico y porque lo practicase hablando a diario,
adquirió cierta elocuencia que resultó la más agradable y
seductora, debido al control de su buen sentido y a cierta
gracia natural” (Ibíd.., Libro V. Cap. VI).
Encontró a Fausto completamente
incapaz de resolver sus dudas astronómicas. Los libros de los
maniqueos, nos refiere, “están llenos de largas fábulas sobre el
cielo y las estrellas, el sol y la luna”, que no concuerdan con
lo que ha sido descubierto por los astrónomos; pero cuando
interrogó a Fausto sobre estas materia, Fausto le confesó con
franqueza su ignorancia. “Incluso por esto me gustó más. Porque
la modestia de una mente cándida es aún más atractiva que el
conocimiento de aquellas cosas que deseaba; y tales las hallé en
él, en todas las más difíciles y sutiles cuestiones” (Ibíd.,
Libro II, cap. VII).
Este pensamiento es
sorprendentemente liberal; no se podría esperar de aquella
época. Ni está en armonía por completo con la actitud posterior
de San Agustín hacia los herejes.
Por este tiempo decidió ir a Roma,
no, dice, porque allí los emolumentos de un profesor fuesen más
crecidos que en Cartago, sino porque había oído que las clases
en más ordenadas. En Cartago, los desórdenes perpetrados por los
estudiantes eran tales que la enseñanza se hacía casi imposible;
pero en Roma, en tanto había menos desórdenes, los estudiantes
fraudulentamente eludían el pago.
En Roma, estuvo asociado todavía
con los maniqueos, pero con menos convicción sobre su verdad.
Empezó a pensar que los académicos tenían razón al sostener que
los hombre debían dudar de todo (Ibíd.., Libro V, cap. X).
Todavía, sin embargo, concordaba con los maniqueos al juzgar
“que no somos nosotros mismos quienes pecamos, sino que otra
naturaleza (que no conozco) peca en nosotros” y creyó que el Mal
era cierta clase de sustancia. Pone en claro que tanto antes
como después de su conversión la cuestión del pecado le
preocupaba.
Tras unos años en Roma fue enviado
a Milán por el gobernador Symmaco, en repuesta a una demanda de
aquella ciudad de un profesor de retórica. En Milán trabó
conocimiento con Ambrosio, “conocido por todo el mundo como uno
de los hombres mejores”. Llegó a amar a Ambrosio por su
amabilidad y a preferir la doctrina católica a la de los
maniqueos, pero por un momento estuvo retenido por el
escepticismo que había aprendido de los académicos, “a cuyos
filósofos, no obstante, porque estaban sin el nombre revelador
de Cristo, me negué en absoluto a confiar el cuidado de mi alma
enferme” (Ibíd.., libro V, cap. XIV).
En Milán se le unió su madre, que
ejerció una poderosa influencia en acelerar los últimos pasos de
su conversión. Era católica muy severa y él escribió de ella
siempre en un tono de reverencia. Fue lo más importante para él
en aquel tiempo, porque Ambrosio estaba demasiado ocupado para
ocuparse de él privadamente.
Hay un capítulo muy interesante
(Ibíd.., libro VII, cap. IX) en el que compara la filosofía
platónica con la doctrina cristiana. El Señor, dice, en este
tiempo le suministró “ciertos libros de los platónicos
traducidos del griego al latín. Y en ellos leí, no
verdaderamente en estas palabras sino con el mismo propósito,
apoyado por muchas y diversas razones, que en el principio era
el Verbo y le Verbo era con Dios y el Verbo era Dios: lo mismo
pasó en el principio con Dios; todas las cosas fueron hechas por
él y sin él nada se hizo: pues lo que fue hecho por Él fue la
vida, y la vida fue la luz de los hombres y la luz brilló en la
oscuridad y la oscuridad no la contuvo. Y que el alma del
hombre, aunque “ permite ser testigo de la luz”, en sí misma “no
es aquella luz”, pero Dios, el Verbo de Dios, “es la verdadera
luz que ilumina a todo hombre que viene al mundo”. Y que “Él
estaba en el mundo y el mundo fue hecho por él y el mundo no le
conoció”. Pero que “Él vino a sí mismo y él mismo no le recibió;
pero a todos los que le recibieron les dio el poder de llegar a
ser los hijos de Dios, aun a aquellos que creyeron en Su
Nombre”: esto no le leí allí. Él también dice que no leyó que
“el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”; ni que “Él se
humilló y se hizo obediente hasta morir, hasta morir n la Cruz”;
ni que “en el nombre de Jesús toda rodilla se doblegaría”.
A grandes rasgos, halló en los
platónicos la doctrina metafísica del Logos, pero no la doctrina
de la Encarnación y la doctrina consecuente de la salvación
humana. Algo no distinto de estas doctrinas existió en el
orfismo y las demás religiones de misterio, pero esto parece
haberlo ignorado San Agustín. En todo caso, o ninguna de éstas
estuvo relacionada con un suceso comparativamente reciente, como
el cristianismo lo estaba.
Contra los maniqueos, que eran
dualistas, Agustín vino a creer que el mal se origina, no de
cierta sustancia, sino de la perversidad de la voluntad.
Halló especial consuelo en los
escritos de San Pablo (Ibíd.., Libro VII, cap. XXI).
Al fin, después de apasionadas
luchas interiores, se convirtió (386); renunció a su
profesorado, a su querida y a su novia, y después de un
breve período de meditación en el retiro fue bautizado por San
Ambrosio. Su madre se regocijó, pero murió no mucho después.- En
388 volvió a África, donde permaneció el resto de su vida muy
ocupado con sus deberes episcopales y con sus escritos polémicos
contra las diversas herejías, donatistas, maniquea y pelagiana.
San agustín fue uno escritor muy
fecundo, principalmente sobre asuntos teológicos. Algunos de sus
escritos polémicos fueron locales y perdieron interés por su
mismo éxito, pero alguno de ellos, en especial los que se
refieren a los pelagianos, han continuado influyendo
prácticamente hasta los tiempos modernos. No me propongo tratar
sus obras una a una, sino sólo discutir lo que me parezca más
importante, ya intrínseca, ya históricamente. Consideraré:
Primero: su filosofía pura, en particular su teoría del tiempo.
Segundo: su filosofía de la historia desarrollada en “La Ciudad
de Dios”. Tercero: su teoría de la salvación, propuesta contra
los pelagianos.
Volver al
Sumario
3. Agustín: filosofía pura
3. Agustín: filosofía pura

San Agustín, las más de las veces,
no se ocupa de la filosofía pura, pero cuando lo hace demuestra
una gran habilidad. Es el primero de una larga serie cuyos
conceptos puramente especulativos están influidos por la
necesidad de coincidir con la Escritura. Esto no puede decirse
de los primeros filósofos cristianos, v.g., Orígenes; en
Orígenes el cristianismo y el platonismo están uno al lado del
otro y no se entrecruzan. En San Agustín, por otra parte, el
pensamiento original en la filosofía pura está estimulado por el
hecho de que el platonismo, en ciertos aspectos, no está en
armonía con el Génesis.
La mejor obra puramente filosófica
de los escritos de San Agustín es el libro undécimo de las
“Confesiones”. Las ediciones populares de las “Confesiones”
concluyen el libro X, basándose en que lo que sigue no es
interesante; no es interesante porque es buena filosofía, no
biografía. El Libro XI se enfrenta con el problema: habiendo
ocurrido la Creación como el primer capítulo del Génesis
asegura, y como Agustín sostiene contra los maniqueos, había
ocurrido tan pronto como fue posible. Así, él imagina un
razonamiento impugnador.
El primer punto a verificar, si su
respuesta ha de ser comprendida, es que lo de que la Creación
salió de la nada, como enseña el antiguo Testamento, es una idea
completamente extraña a la filosofía griega. Cuando Platón habla
de la creación imagina una materia primitiva a la que Dios dio
forma; y lo propio ocurre con Aristóteles. Su Dios es un
artífice o un arquitecto, más bien que un creador. La sustancia
se considera como eterna e increada; sólo la forma se debe a la
voluntad de dios. Contra este concepto, San Agustín sostiene,
como todo cristiano ortodoxo, que el mundo fue creado, no de una
cierta materia, sino de la nada. Dios creó la sustancia, no sólo
el orden y la disposición. El concepto griego de que la creación
salida de la nada es imposible, se ha repetido con intervalos en
épocas cristianas y ha conducido al panteísmo. Éste sostiene que
Dios y el mundo no son distintos y que todo en el mundo es parte
de Dios. Este criterio se desarrolla más completamente en
Spinoza, pero es tal que ha atraído a casi todos místicos. Ha
ocurrido así por todos los siglos cristianos que los místicos
han hallado dificultad en permanecer ortodoxos, puesto que
encuentran difícil creer que el mundo es exterior a Dios.
Agustín, sin embargo, no siente dificultades sobre este punto;
el Génesis es explícito y eso es bastante para él. Su concepto
en esta materia es esencial para su teoría del tiempo.
¿Por qué el mundo no fue creado
antes? Porque no había “antes”. El tiempo fue creado cuando se
creó el mundo. Dios es eterno, en el sentido de que está fuera
del tiempo; en Dios no hay antes ni después, sino sólo un eterno
presente. La eternidad de Dios está exenta de la relación de
tiempo; todo tiempo está presente para Él simultáneamente. Él no
precede a Su propia creación del tiempo porque eso implicaría
que él estaba en el tiempo, por cuanto Él se sostiene
eternamente fuera de la corriente del tiempo. Esto conduce a San
Agustín a una teoría relativa del tiempo, admirabilísima.
“¿Qué es, pues, el tiempo?
–pregunta-. Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero
explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”. Varias
dificultades se entrecruzan. Ni pasado ni futuro, dice, sino
sólo el presente es en realidad; el presente es nada más que un
momento y el tiempo sólo puede medirse mientras está
transcurriendo. Sin embargo, hay realmente tiempo pasado y
tiempo futuro. Aquí parece en camino de contradecirse. El único
camino que Agustín puede hallar para evitar estas
contradicciones es decir que pasado y futuro sólo pueden
considerados como presente:_ el “pasado” ha de identificarse con
la memoria y el “futuro” con la espera, siendo memoria y espera
hechos presentes. Hay, dice, tres tiempos: “un presente de cosas
pasadas, un presente de cosas presentes y un presente de cosas
futuras”. “El presente de cosas pasadas es la memoria; el
presente de las cosas presentes es la vista, y el presente de
las cosas futuras es la espera” (Confesiones, cap. XX). Decir
que hay tres tiempos: pasado, presente y futuro, es una manera
libre de hablar.
Verifica que no ha resuelto
realmente todas las dificultades por esta teoría. “Mi alma se
acongoja al saber que este asunto es el más enmarañado”, dice, y
ruega a Dios que le ilumine, asegurándole a Él que su interés
por el problema no dimana de la simple curiosidad. “Te confieso
a Ti, oh Señor, que todavía estoy ignorante de lo que es el
tiempo”. Pero el punto capital de la solución que sugiere es
que el tiempo es subjetivo; el tiempo está en la mente humana,
que espera, considera y recuerda (Ibíd., cap. XXVIII). Prosigue
que no puede haber tiempo sin un ser creado (Ibíd.., capo. XXX),
y que hablar del tiempo antes de la Creación carece de sentido.
Yo mismo no estoy conforme con
esta teoría, por cuanto hace del tiempo algo mental. Pero es
claramente una teoría muy hábil, digna de ser considerada en
serio. Yo iría más lejos y diría que es un gran avance llevado a
cabo sobre cuanto se halla en la filosofía griega. Contiene una
exposición mejor y más clara que la de Kant de la teoría
subjetiva del tiempo –una teoría que, desde Kant, ha sido
ampliamente aceptada entre los filósofos. La teoría de que el
tiempo es sólo un aspecto de nuestros pensamientos es una de las
formas más extremadas del subjetivismo que, como hemos dicho,
aumentó poco a poco en la antigüedad a partir de Protágoras y
Sócrates. Su aspecto emocional es la obsesión del pecado, el
cual vino después de sus aspectos intelectuales. San Agustín
exhibió ambas clases de subjetivismo. Esto le condujo a
anticiparse no sólo a la teoría del Tiempo de Kant, sino al
cogito de Descartes. En sus “Soliloquios” dice: “Tú, que quieres
saber, ¿sabes quién eres? No lo sé. ¿Dónde estás? No lo sé.
¿Eres uno o múltiple? No lo sé. ¿Te sientes a ti mismo
desplazado? No lo sé- ¿Sabes que tú piensas? Si”. Esto contiene
no sólo el cogito de Descartes, sino su réplica de ambulo ergo
sum de Gassendi. Como filósofo, por lo tanto, Agustín merece un
alto lugar.
Volver al
Sumario
4. Agustín: La Ciudad de
Dios
4. Agustín: La Ciudad de
Dios

Cuando en 410 Roma fue saqueada
por los godos, los paganos, no sin lógica, atribuyeron el
desastre al abandono de los dioses antiguos. En tanto Júpiter
fue adorado, decían, roma permaneció poderosa; ahora que los
emperadores se habían alejado de él, ya no protegía a sus
romanos. Este argumento pagano exigía una respuesta. La Ciudad
de Dios, escrita poco a poco entre 412 y 427, fue la respuesta
de San Agustín; pero tomó, al hacerse, un vuelo más amplio y
desarrolló un esquema completo de historia, pasada, presente y
futura. Fue un libro inmensamente influyente en toda la Edad
Media, en especial en las luchas de la Iglesia con los príncipes
seculares.
Como algunos otros libros muy
grandes, se presenta en la memoria de los que lo han leído como
algo mejor que lo que aparece en la relectura. Contiene mucho
que difícilmente nadie en los días presentes puede aceptar y su
interés central está algo oscurecido por las excrecencias
pertenecientes a su época. Pero la amplia concepción del
contraste entre la Ciudad de este mundo y la Ciudad de Dios ha
permanecido como una inspiración para muchos y aun ahora puede
ser expuesta en términos no teológicos.
Omitir detalle en una referencia
del libro y concentrarlos en la idea central daría sin duda un
concepto indebidamente favorable; por otra parte, concentrarse
en los detalles sería omitir lo que hay de mejor y más
importante. Yo intentaré evitar ambos errores, dando primeo
cierta relación del detalle y pasando luego a la idea general,
tal como aparece en el desarrollo histórico.
El libro comienza con
consideraciones surgidas cono motivo del saqueo de Roma y
encaminadas a demostrar que cosas aun peores ocurrían en los
tiempos precristianos. Entre los paganos, que atribuían el
desastre a la cristiandad, hay muchos, dice el santo, que,
durante el saqueo, buscaron refugio en las iglesias, a las que
los godos, porque eran cristianos, respetaron. En el saqueo de
Troya, por el contrario, el templo de Juno no dispensó ninguna
protección, ni los dioses preservaron la ciudad de la
destrucción. Los romanos nunca respetaron los templos en las
ciudades conquistadas; en este aspecto, el saqueo fue un
resultado del cristianismo.
Los cristianos que sufrieron el
saqueo no tenían razón para quejarse, por varias razones.
Algunos godos malvados podrán haber prosperado a expensas suyas,
pero sufrirán en adelante: si todo pecado fuese castigado en la
tierra, no había necesidad del Juicio Final. Lo que los
cristianos soportaron, se volvería, si eran virtuosos, en su
beneficio, pues los santos, con la pérdida de las cosas
temporales, no pierden nada de valor. No importa si sus cuerpos
yacen insepultos, porque las bestias rapaces no pueden impedir
la resurrección del cuerpo.
Viene luego la cuestión de las
vírgenes puras, que fueron violadas durante el saqueo. Hubo,
según parece, quienes sostenían que éstas habían perdido la
corona de la virginidad sin ninguna culpa propia. A este
concepto adhiere el santo muy razonablemente. “!La lascivia de
otro no puede mancharte a ti!”. La castidad es una virtud de la
mente y no se pierde por la violación, pero se pierde por la
intención de pecar, aun cuando no se lleve a cabo. Se sugiere
que Dios permite la violación porque las víctimas han estado
demasiado orgullosas de su continencia. Es perversidad
suicidarse por haber sido violada; esto conduce a una larga
discusión de Lucrecia, que no debió haberse matado a sí misma,
porque el suicidio es siempre un pecado.
Llega luego a la perversidad de
los dioses paganos. Por ejemplo: “Sus comedias, aquellos
espectáculos de suciedad, aquellas licenciosas vanidades, no
fueron traídas primero a Roma por las corrupciones de los
hombres, sino por mandato directo de sus dioses” (La ciudad de
Dios, I, 31). Sería mejor adorar a un hombre virtuoso, tal como
Escipión, que a estos dioses inmorales. En cuanto al saqueo de
Roma, no tiene que turbar a los cristianos que tienen un
santuario en la “peregrina ciudad de Dios”.
En este mundo, las dos ciudades
–la terrena y la celeste- están mezcladas, pero en lo sucesivo
el predestinado y el réprobo serán separados. En esta vida, no
podemos saber quienes, aun entre nuestros enemigos aparentes,
han de hallarse entre los elegidos.
La parte más difícil de la obra,
se nos dice, consistirá en la refutación de los filósofos, con
los mejores de los cuales los cristianos están de acuerdo en
gran parte, por ejemplo, respecto a la inmortalidad y a la
creación del mundo por Dios (Ibíd., I, 35).
Los filósofos no dirigen los tiros
sobre la adoración de los dioses paganos y sus instrucciones
morales eran débiles porque los dioses eran malvados. No se
sugiere que los dioses fuesen mera fábula; San Agustín sostiene
que existen, pero que son diablos. Les gustaba que se contasen
cuentos asquerosos de ellos porque necesitaban injuriar a los
hombres. Las hazañas de Júpiter cuentan más, entre los paganos,
que las doctrinas de Platón o las opiniones de Catón. “Platón,
que no admitiría poetas viviendo en una ciudad bien gobernada,
mostró que su único mérito era mejor que el de aquellos dioses,
que deseaban ser honrados con comedias” (Ibíd.., II, 14).
Roma fue siempre perversa, desde
el rapto de las mujeres sabinas en adelante. Muchos capítulos
están dedicados a la pecaminosidad del imperialismo romano. No
es verdad que Roma no sufriese antes de hacerse cristiano el
Estado; desde los galos y las guerras civiles sufrió tanto como
desde los godos y más.
La astrología es no sólo perversa,
sino falsa; esto puede probarse por las diferentes fortunas de
los mellizos, que tienen el mismo horóscopo (Este argumento no
es original: se deriva del académico escéptico Carnéades. Cf.,
Cumont, Las religiones orientales en el paganismo romano, p.
166). La concepción estoica del Destino (que estaba relacionada
con la astrología) es errónea, puesto que los ángeles y los
hombres tienen libre albedrío. Cierto es que Dios tiene
preconocimiento de nuestros pecados, pero nosotros no pecamos a
causa de Su preconocimiento. Es un error suponer que la virtud
trae infelicidad, aun en este mundo: los emperadores cristianos,
si fueron virtuosos, han sido felices hasta cuando no tuvieron
fortuna, y Constantino y Teodosio fueron también afortunados;
asimismo el reino judío subsistió en tanto que los judíos se
adhirieron a la verdad e la religión.
Hay una versión muy cordial de
Platón, a quien sitúa por encima de todos los demás filósofos.
Todos los demás tienen que cederle paso: “Que Thales se vaya con
su agua, Anaxímenes con el aire, los estoicos con su fuego,
Epicurio con sus átomos” (La ciudad de Dios, VIII, 5) Todos
estos eran materialistas; Platón no lo era. Platón vió que Dios
no es ninguna cosas corporal, pero que todas las cosas tienen su
ser de Dios y de algo inmutable. Tenía razón, también, al decir
que la percepción no es el origen de la verdad. Los platónicos
son los mejores en lógica y ética y los más próximos al
cristianismo. “Se dice que Plotino, que vivió más tarde,
comprendió a Platón mejor que nadie”. En cuanto a Aristóteles,
era inferior a Platón, pero por encima de los demás. Ambos, sin
embargo, dicen que todos los dioses son buenos y deben adorarse.
Contra los estoicos, que
condenaban toda pasión, San Agustín sostiene que las pasiones
de los cristianos pueden ser causas de virtud; la ira, o la
piedad, no son condenables per se, sino que debemos inquirir su
causa.
Los platónicos tienen razón acerca
de Dios, pero se equivocan respecto a los dioses. Están
equivocados también al no reconocer la Encarnación.
Hay una larga discusión sobre
ángeles y demonios, que está en relación con los neoplatónicos.
Los ángeles pueden ser buenos o malos, pero los demonios son
siempre malos. Para los ángeles, el conocimiento de las cosas
temporales (aunque lo poseen) es abyecto. San Agustín sostiene,
con Platón, que el mundo sensible es inferior al eterno.
El libro XI comienza con el relato
de la naturaleza de la Ciudad de Dios. La Ciudad de Dios es la
sociedad de los elegidos. El conocimiento de Dios se obtiene
sólo por medio de Cristo. Hay cosas que pueden ser descubiertas
por la razón (como en los filósofos), pero para todo
conocimiento religioso ulterior, debemos contar con las
Escrituras. No debemos pretender comprender el tiempo y el
espacio anteriores a cuando el mundo se hizo; no hubo tiempo
antes de la creación y no hay lugar donde no hay mundo. Todo lo
bendito es eterno, pero no todo lo eterno es bendito: v.gr.: el
infierno y Satán. Dios previó los pecados de los demonios, pero
también su utilidad para perfeccionar el universo como conjunto,
análogo a la antítesis en la retórica.
Orígenes se equivoca al pensar que
las almas les fueron dadas a los cuerpos como castigo. Si esto
fuera así, las almas malas habrían ido a cuerpos malos; pero los
demonios, aun los peores, tienen cuerpos aéreos, que son mejores
que los nuestros.
La razón de que el mundo fuese
creado en seis días es que seis es un número perfecto (es decir,
igual a la suma de sus factores).
Hay ángeles buenos y ángeles
malos, pero aun los malos no tienen una esencia que sea
contraria a Dios. Los enemigos de Dios no lo son por naturaleza,
sino por voluntad. La voluntad viciosa no tiene causa eficiente,
sino sólo deficiente; no es un efecto, sino un defecto.
El mundo tiene menos de seis mil
años. La historia no es cíclica como algunos filósofos suponen:
“Cristo murió una vez por nuestros pecados” (Romanos VI:
Tesalónicos, IV).
Si nuestros primeros padres no
hubiesen pecado, no habrían muerto, pero porque pecaron, toda su
posteridad muere. Al comer la manzana trajeron no sólo la
muerte, natural, sino la muerte eterna (es decir, la
condenación).
Porfirio se equivoca al negar los
cuerpos de los santos en el cielo. Tendrán mejores cuerpos que
el de Adán antes de la caída; sus cuerpos serán espirituales,
pero no espíritus y no tendrán peso. Los hombres tendrán cuerpos
machos y las mujeres cuerpos hembras, y aquellos que hayan
muerto en la infancia se levantarán de nuevo con cuerpos
adultos.
El pecado de Adán ha traído a todo
el género humano la muerte eterna (es decir, la condenación),
pero la gracia de Dios ha liberado a muchos de ella. El pecado
procede del alma, no de la carne. Platónicos y maniqueos se
equivocan al adscribir el pecado a la naturaleza de la carne,
aunque los platónicos no sean tan malos como los maniqueos. El
castigo de todo el género humano por el pecado, el hombre, que
debía haber sido espiritual en el cuerpo, se hace carnal en la
mente (La ciudad de Dios, XIV, 15).
Esto conduce a una larga y
minuciosa discusión de la lujuria sexual, a la que estamos
sujetos como parte de nuestro castigo por el pecado de Adán.
Esta discusión es muy importante como reveladora de la
psicología del ascetismo; debemos por eso ir a ella, aunque el
santo confiesa que el tema es indecoroso. La teoría anticipada
es como sigue:
Debemos admitir que el comercio
sexual en el matrimonio no es pecado, con tal de que la
intención sea engendrar prole. Pero, aun en el matrimonio, un
hombre virtuoso deseará poder arreglarse sin la lascivia. Aun en
el matrimonio, como el deseo de la ocultación nuestra, la gente
se avergüenza de las relaciones sexuales, porque “este acto
legítimo de la naturaleza está acompañado (desde nuestros
primeros padres) de nuestra vergüenza penal”. Los cínicos
piensan que se podría prescindir de la vergüenza, y Diógenes no
tendría ninguna por ello, deseando ser en todas las cosas
como un perro; pero aun él después de un intento, abandonó, en
la práctica, este extremo de desvergüenza. Lo que es vergonzoso
de la lascivia es su independencia de la voluntad. Adán y Eva,
antes de la caída, pudieron haber tenido comercio sexual sin
lujuria, aunque de hecho no lo tuvieron. Los artesanos, en la
persecución de su tarea, mueven las manos sin lujuria;
semejantemente si Adán se hubiese apartado del manzano, pudo
haber ejecutado las cuestiones del sexo sin las emociones que
ahora exige. Los miembros sexuales como el resto del cuerpo,
habrían obedecido a la voluntad. La necesidad de la lascivia en
las relaciones sexuales es un castigo por el pechado de Adán,
pero por el que el sexo debía haber sido divorciado del placer.
Omitiendo algunos detalles fisiológicos que el traductor ha
dejado muy propiamente en la oscuridad del latín original, la
anterior es la teoría de San Agustín con respecto al sexo.
Es evidente de lo anterior que lo
que produce el desagrado ascético del sexo es su independencia
de la voluntad. La virtud, se sostiene, exige completo control
de la voluntad sobre el cuerpo, pero tal control no basta a
hacer el acto sexual posible. El acto sexual, por lo tanto,
parece incompatible con una vida perfectamente virtuosa.
Siempre, desde la Caída, el mundo
ha estado dividido en dos ciudades: la una reinará eternamente
con Dios, la otra padecerá tormentos eternos con Satán. Caín
pertenece a la ciudad del demonio, Abel a la ciudad de Dios.
Abel, por gracia, y en virtud de la predestinación, fue un
peregrino sobre la tierra, y un ciudadano del cielo. Los
patriarcas pertenecen a la Ciudad de Dios. La discusión de la
muerte de Matusalén trae a San Agustín a la molesta cuestión de
la comparación de la Septuaginta con la Vulgata. Las fechas
dadas en la Septuaginta conducen a la conclusión de que
Matusalén sobrevivió al diluvio catorce años, lo que es
imposible, puesto que no estuvo en el Arca. La vulgata,
siguiendo los manuscritos hebreos, da fechas de las que se sigue
que murió en el año del diluvio. En este punto, San Agustín
sostiene que San Jerónimo y los manuscritos hebreos deben tener
razón. Alguna gente sostiene que los judíos habían falsificado
deliberadamente los manuscritos hebreos, por malicia hacia los
cristianos; esta hipótesis es rechazada. Por otra parte, la
Septuaginta debe haber sido divinamente inspirada. La única
conclusión es que los copistas de Ptolomeo cometieron errores al
transcribir la Septuaginta. Hablando de las traducciones del
Antiguo Testamento, dice: “La Iglesia ha recibido la de la
Septuaginta como si no hubiera otra, pues muchos de los
cristianos griegos, al usas ésta totalmente, no sabían si había
otras o no.
“Nuestra traducción latina también
es de ésta. Aunque un cierto Jerónimo, sacerdote culto y gran
lingüista, ha traducido las mismas Escrituras del hebreo al
latín. Pero aunque los judíos afirman que toda su labor erudita
es verdad, y acusan a los setenta de haberse equivocado
frecuentemente, sin embargo, las Iglesias de Cristo sostienen
que nadie debe ser preferido a tantos especialmente siendo
elegidos por el Alto Sacerdote, para esta obra”.
Acepta la historia del acuerdo
milagroso de las setenta traducciones independientes, y lo
considera como una prueba de que la Septuaginta tiene
inspiración divina. La Herea, no obstante, está igualmente
inspirada. Esta conclusión deja sin resolver la cuestión
respecto a la autoridad de la traducción de Jerónimo. Quizá
pudiera haber estado más decididamente de parte de Jerónimo, si
los dos Santos no hubiesen discutido sobre las inclinaciones
oportunistas de San Pedro (Gálatas, II, 11-14).
Da un sincronismo de la historia
sagrada y profana. Sabemos que Eneas llegó a Italia cuando Abdón
era juez en Israel, y que la última persecución tendría lugar
bajo el Anticristo, pero se ignora su fecha.
Después de un admirable capítulo
contra el tormento judicial, San Agustín se pone a combatir a
los nuevos Académicos que creen que todas las cosas son dudosas.
“La Iglesia de Cristo detesta estas dudas como locura, teniendo
un conocimiento sumamente certero de las cosas que aprehende”(De
Abdón sabemos solamente que tuvo 40 hijos y 30 sobrinos, y que
los 70 montaron en burro. Inece, XII, 14.). Deberíamos creer en
la verdad de las Escrituras. Continúa explicando que no hay
virtud verdadera, fuera de la religión verdadera. La virtud
pagana está “prostituída por la influencia de diablos obscenos y
sucios”. Lo que serían virtudes en un cristiano son vicios en
uno pagano. “Esas cosas que ella (el alma) parece considerar
como virtudes, dominando por ello sus afectos, si no están
referidas todas a Dios, son en efecto más bien vicios que
virtudes”. Los que no son de esta sociedad (la Iglesia), deben
sufrir la miseria eterna. “En nuestros conflictos con esta
tierra, o es vencedora la pena, y así la muerte expele su
sentido, o gana la naturaleza y destierra la pena. Pero,
entonces, la pena debe afligir eternamente, y la naturaleza
sufrirá eternamente, padeciendo las dos el castigo infligido”.
Hay dos resurrecciones: la del
alma y la muerte y la del cuerpo en el día del Juicio. Después
de una discusión de varias dificultades concernientes al milenio
y los actos subsiguientes de Gog y Magog, llega a un texto en II
Tesalónicos (II;12): “Dios debe mandarles una fuerte decepción,
para que crean en una mentira, para que todos los que no crean
la verdad sean condenados, pues sólo tenían placer en el error”.
Algunos pueden pensar que es
injusto que el Omnipotente, primero les engañara y les castigase
después por haberse engañado; pero a San Agustín le parece esto
perfectamente. “Estando condenados, están seducidos, y estando
seducidos, condenados. Pero seducción ocurre por el juicio
secreto de Dios, justamente secreto y secretamente justo;
incluso el Suyo que ha juzgado continuamente, desde el principio
del mundo”. San Agustín cree que Dios dividió la humanidad en
elegidos y réprobos, no por sus méritos o faltas, y, por lo
tanto, los réprobos no tienen por qué quejarse. Por el pasaje
mencionado de San Pablo, se deduce que son malos porque son
réprobos, y no al revés.
Después de la resurrección del
cuerpo, los cuerpos de los condenados arderán eternamente sin
consumirse. No hay nada extraño en esto; le ocurre a la
salamandra y al Monte Etna. Los diablos, aunque son incorpóreos,
pueden quemarse en el fuego corpóreo. Los tormentos del infierno
no purifican, y no disminuirán, por la intercesión de los
santos. En Orígenes hubo equivocación al pensar que el infierno
no es eterno. Los herejes y los católicos pecadores serán
condenados.
El libro termina con una
descripción de la visión de Dios que tiene los santos en el
cielo y de la eterna felicidad de la Ciudad de Dios.
Del resumen anterior puede no
deducirse con claridad la importancia de la obra. Lo que
ejerció influencia fue la separación de la Iglesia y el Estado,
con la clara implicación de que el Estado sólo podía formar
parte de la Ciudad de Dios, estando sometido a la Iglesia en
todos los asuntos religiosos. Ésta ha sido la doctrina de la
Iglesia siempre desde entonces. Por toda la Edad Media, durante
la ascensión gradual del poder papal y durante el conflicto
entre el Papa y el Emperador, San Agustín proveyó a la Iglesia
occidental de la justificación teórica de su política. El Estado
judío, en el tiempo legendario de los jueces y en el período
histórico, después de la vuelta de la cautividad babilónica,
fue una teocracia; el estado cristiano debía imitarle en este
aspecto. La debilidad de los emperadores y de la mayoría de los
monarcas medievales occidentales hizo posible que la Iglesia
pudiera grandemente realizar el ideal de la Ciudad de dios. En
el Oriente, donde el Emperador era fuerte, nunca se produjo
este desarrollo, y la Iglesia estaba más sometida al Estado que
en Occidente.
La Reforma, que hizo revivir la
doctrina de San Agustín sobre la salvación, echó por la borda
su enseñanza teocrática y se hizo erastiana (erastianismo es la
doctrina de que la Iglesias debe estar sometida al Estado),
debido grandemente a las exigencias prácticas de la lucha con el
catolicismo. Pero el erastianismo protestante era tibio, y los
protestantes más religiosos están aun influidos por San Agustín.
Los anabaptistas, los hombres de la Quinta Monarquía y los
Cuáqueros aceptaron una parte de su doctrina, pero dieron menos
importancia a la Iglesia. Era partidario de la predestinación y
también de la necesidad del bautismo para la salvación. Estas
dos doctrinas no armonizan bien y los protestantes extremados
desecharon esta última. Pero su escatología siguió siendo
agustiniana.
La “Ciudad de Dios” contiene pocos
elementos fundamentalmente originales. La escatología es judía
en su origen, y entró en el cristianismo principalmente por el
Libro de la Revelación. La doctrina de la predestinación y
elección es de San Pablo, auque San Agustín la desarrolló más
amplia y lógicamente que lo que se puede hallar en las
Epístolas. La diferencia entre la historia sagrada y la profana
está expuesta muy claramente en el Antigua Testamento. San
Agustín reunió estos elementos y los puso en relación con la
historia de su propia época, de tal forma que la caída del
Impero Occidental y el período subsiguiente de confusión podían
ser asimilados por los cristianos sin un esfuerz |