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  Vida y obra de San Agustín, patrono de Avilés

Celebramos santa o laicamente (cada cual como prefiera) este mes de agosto las festividades en honor de Agustín, el obispo y santo de Hipona, patrono de la Villa de Avilés. Más allá de cualquier pasada y baldía polémica sobre su patronazgo, queremos dar desde este periódico una visión de la vida y obra de Agustín de Hipona: el hombre, el filósofo, el teólogo Padre del cristianismo, el autor de La Ciudad de Dios y de Las Confesiones. Para ello, hemos dividido este artículo en varios capítulos. En este primero, damos la visión  más apegada a la figura de Agustín como el santo cristiano, el obispo de Hipona, San Agustín. Y para ello, recurrimos a una autoridad en asuntos de biografías de santos cristianos, Butler, de cuya obra hemos extraído y adaptado la biografía de Agustín de Hipona. En la segunda, tenemos ocasión de ver como contempla un filósofo del siglo veinte, Russell, la vida de Agustín, siempre desde su particular óptica no creyente y su peculiar estilo sarcástico, británico. En la tercera, cuarta y quinta veremos como el mismo autor inglés nos permitirá acercarnos a lo que el mismo Lord Russell califica de importante aportación filosófica del santo africano, su filosofía pura, su obra La ciudad de Dios, y la controversia pelagiana. Los textos de Russell están extraídos de su "History of the Western Philosophy", en la tradución de JuioGómez de la Serna y Antonio Dorta para su publicación por la editorial Espasa Calpe bajo el título de "Historia de la Filosofía".

SumarioSumario

Sumario

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1. Agustín, el obispo de Hipona

1. Agustín, el obispo de Hipona

San Agustín nació el 13 de noviembre del año 354 en Tagaste. Esa pequeña población del norte de África estaba bastante cerca de Numidia, pero relativamente alejada del mar, de suerte que Agustín no lo conoció sino hasta mucho después. Sus padres eran de cierta posición, pero no ricos. El padre de Agustín, Patricio, era un pagano de temperamento violento; pero, gracias al ejemplo y a la prudente conducta de su esposa, Mónica, se bautizó poco antes de morir.

Agustín tenía varios hermanos; él mismo habla de Navigio, quien dejó varios hijos al morir y de una hermana que consagró su virginidad al Señor. Aunque Agustín ingresó en el catecumenado desde la infancia, no recibió por entonces el bautismo, de acuerdo con la costumbre de la época.

En su juventud se dejó arrastrar por los malos ejemplos y, hasta los treinta y dos años, llevó una vida licenciosa, aferrado a la herejía maniquea. De ello habla largamente en sus "Confesiones", que comprenden la descripción de su conversión y la muerte de su madre Mónica. Dicha obra, que hace las delicias de "las gentes ansiosas de conocer las vidas ajenas, pero poco solícitas de enmendar la propia", no fue escrita para satisfacer esa curiosidad malsana, sino para mostrar la misericordia de que Dios había usado con un pecador y para que los contemporáneos del autor no le estimasen en más de lo que valía. Mónica había enseñado a orar a su hijo desde niño y le había instruido en la fe, de modo que el mismo Agustín que cayó gravemente enfermo, pidió que le fuese conferido el bautismo y Mónica hizo todos los preparativos para que lo recibiera; pero la salud del joven mejoró y el bautismo fue diferido. El santo condenó más tarde, con mucha razón, la costumbre de diferir el bautismo por miedo de pecar después de haberlo recibido. Pero no es menos lamentable la naturalidad con que, en nuestros días, vemos los pecados cometidos después del bautismo que son una verdadera profanación de ese sacramento.

"Mis padres me pusieron en la escuela para que aprendiese cosas que en la infancia me parecían totalmente inútiles y, si me mostraba yo negligente en los estudios, me azotaban. Tal era el método ordinario de mis padres y, los que antes que nosotros habían andado ese camino nos habían legado esa pesada herencia". Agustín daba gracias a Dios porque, si bien las personas que le obligaban a aprender, sólo pensaban en las "riquezas que pasan" y en la gloria perecedera", la Divina Providencia se valió de su error para hacerle aprender cosas que le serían muy útiles y provechosas en la vida. El santo se reprochaba por haber estudiado frecuentemente sólo por temor al castigo y por no haber escrito, leído y aprendido las lecciones como debía hacerlo, desobedeciendo así a sus padres y maestros. Algunas veces pedía a Dios con gran fervor que le librase del castigo en la escuela; sus padres y maestros se reían de su miedo.

Agustín comenta: "Nos castigaban porque jugábamos; sin embargo, ellos hacían exactamente lo mismo que nosotros, aunque sus juegos recibían el nombre de “negocios” . . . Reflexionando bien, es imposible justificar los castigos que me imponían por jugar, alegando que el juego me impedía aprender rápidamente las artes que, más tarde, sólo me servirían para jugar juegos peores". El santo añade: "Nadie hace bien lo que hace contra su voluntad" y observa que el mismo maestro que le castigaba por una falta sin importancia, "se mostraba en las disputas con los otros profesores menos dueño de si y más envidioso que un niño al que otro vence en el juego".

Agustín estudiaba con gusto el latín, que había aprendido en conversaciones con las sirvientas de su casa y con otras personas; no el latín "que enseñan los profesores de las clases inferiores, sino el que enseñan los gramáticos". Desde niño detestaba el griego y nunca llegó a gustar a Homero, porque jamás logró entenderlo bien. En cambio, muy pronto tomó gusto por los poetas latinos.

Agustín fue a Cartago a fines del año 370, cuando acababa de cumplir diecisiete años. Pronto se distinguió en la escuela de retórica y se entregó ardientemente al estudio, aunque lo hacía sobre todo por vanidad y ambición. Poco a poco se dejó arrastrar a una vida licenciosa, pero aun entonces conservaba cierta decencia de alma, como lo reconocían sus propios compañeros.

No tardó en entablar relaciones amorosas con una mujer y, aunque eran relaciones ilegales, supo permanecerle fiel hasta que la mandó a Milán, en 385. Con ella tuvo un hijo, llamado Adeodato, el año 372. El padre de Agustín murió en 371. Agustín prosiguió sus estudios en Cartago. La lectura del "Hortensius" de Cicerón le desvió de la retórica a la filosofía. También leyó las obras de los escritores cristianos, pero la sencillez de su estilo le impidió comprender su humildad y penetrar su espíritu. Por entonces cayó Agustín en el maniqueísmo.

Aquello fue, por decirlo así, una enfermedad de un alma noble, angustiada por el "problema del mal", que trataba de resolver por un dualismo metafísico y religioso, afirmando que Dios era el principio de todo bien y la materia el principio de todo mal. La mala vida lleva siempre consigo cierta oscuridad del entendimiento y cierta torpeza de la voluntad; esos males, unidos al del orgullo, hicieron que Agustín profesara el maniqueísmo hasta los veintiocho años. El santo confiesa: "Buscaba yo por el orgullo lo que sólo podía encontrar por la humildad. Henchido de vanidad, abandoné el nido, creyéndome capaz de volar y sólo conseguí caer por tierra".

San Agustín dirigió durante nueve años su propia escuela de gramática y retórica en Tagaste y Cartago. Entre tanto, Mónica, confiada en las palabras de un santo obispo que, le había anunciado que "el hijo de tantas lágrimas no podía perderse", no cesaba de tratar de convertirle por la oración y la persuasión. Después de una discusión con Fausto, el jefe de los maniqueos, Agustín empezó a desilusionarse de la secta.

El año 383, partió furtivamente a Roma, a impulsos del temor de que su madre tratase de retenerle en África. En la Ciudad Eterna abrió una escuela, pero, descontento por la perversa costumbre de los estudiantes, que cambiaban frecuente de maestro para no pagar sus servicios, decidió emigrar a Milán, donde obtuvo el puesto de profesor de retórica.

Ahí fue muy bien acogido y el obispo de la ciudad, San Ambrosio, le dio ciertas muestras de respeto. Por su parte, Agustín tenía curiosidad por conocer a fondo al obispo, no tanto porque predicase la verdad, cuanto porque era un hombre famoso por su erudición. Así pues, asistía frecuentemente a los sermones de San Ambrosio, para satisfacer su curiosidad y deleitarse con su elocuencia.

Los sermones del santo obispo eran más inteligentes que los discursos del hereje Fausto y empezaron a producir impresión en la mente y el corazón de Agustín, quien al mismo tiempo, leía las obras de Platón y Plotino. "Platón me llevó al conocimiento del verdadero Dios y Jesucristo me mostró el camino". Santa Mónica, que le había seguido a Milán, quería que Agustín se casara; por otra parte, la madre de Adeodato retornó al África y dejó al niño con su padre. Pero nada de aquello consiguió mover a Agustín a casarse o a observar la continencia y la lucha moral, espiritual e intelectual continuó sin cambios.

Agustín comprendía la excelencia de la castidad predicada por la Iglesia católica , pero la dificultad de practicarla le hacía vacilar en abrazar definitivamente el cristianismo. Por otra parte, los sermones de San Ambrosio y la lectura de la Biblia le habían convencido de que la verdad estaba en la Iglesia, pero se resistía todavía a cooperar con la gracia de Dios. El santo lo expresa así: "Deseaba y ansiaba la liberación; sin embargo, seguía atado al suelo, no por cadenas exteriores, sino por los hierros de mi propia voluntad. El Enemigo se había posesionado de mi voluntad y la había convertido en una cadena que me impedía todo movimiento, porque de la perversión de la voluntad había nacido la lujuria y de la lujuria la costumbre y, la costumbre a la que yo no había resistido, había creado en mí una especie de necesidad cuyos eslabones, unidos unos a otros, me mantenían en cruel esclavitud. Y ya no tenía la excusa de dilatar mi entrega a Tí alegando que aún no había descubierto plenamente tu verdad, porque ahora ya la conocía y, sin embargo, seguía encadenado ... Nada podía responderte cuando me decías: “Levántate del sueño y resucita de los muertos y Cristo te iluminará . . . Nada podía responderte, repito, a pesar de que estaba ya convencido de la verdad de la fe, sino palabras vanas y perezosas. Así pues, te decía: “Lo haré pronto, poco a poco; dame más tiempo´. Pero ese “pronto” no llegaba nunca, las dilaciones se prolongaban, y el “poco tiempo” se convertía en mucho tiempo".

El relato que San Simpliciano le había hecho de la conversión de Victorino, el profesor romano neoplatónico, le impresionó profundamente. Poco después, Agustín y su amigo Alipio recibieron la visita de Ponticiano, un africano. Viendo las epístolas de San Pablo sobre la mesa de Agustín, Ponticiano les habló de la vida de San Antonio y quedó muy sorprendido al enterarse de que no conocían al santo. Después les refirió la historia de dos hombres que se habían convertido por la lectura de la vida de San Antonio.

Las palabras de Ponticiano conmovieron mucho a Agustín, quien vio con perfecta claridad las deformidades y manchas de su alma. En sus precedentes intentos de conversión Agustín había pedido a Dios la gracia de la continencia, pero con cierto temor de que se la concediese demasiado pronto: "En la aurora de mi juventud, te había yo pedido la castidad, pero sólo a medias, porque soy un miserable. Te decía yo, pues: “Concédeme la gracia de la castidad, pero todavía no”; porque tenía yo miedo de que me escuchases demasiado pronto y me librases de esa enfermedad y lo que yo quería era que mi lujuria se viese satisfecha y no extinguida".

Avergonzado de haber sido tan débil hasta entonces, Agustín dijo a Alipio en cuanto partió Ponticiano: "¿Qué estamos haciendo? Los ignorantes arrebatan el Reino de los Cielos y nosotros, con toda nuestra ciencia, nos quedamos atrás cobardemente, revolcándonos en el pecado. Tenemos vergüenza de seguir el camino por el que los ignorantes nos han precedido, cuando por el contrario, deberíamos avergonzarnos de no avanzar por él".

Agustín se levantó y salió al jardín. Alipio le siguió, sorprendido de sus palabras y de su conducta. Ambos se sentaron en el rincón más alejado de la casa. Agustín era presa de un violento conflicto interior, desgarrado entre el llamado del Espíritu Santo a la castidad y el deleitable recuerdo de sus excesos. Y Levantándose del sitio en que se hallaba sentado, fue a tenderse bajo un árbol, clamando: "¿Hasta cuándo, Señor? ¿Vas a estar siempre airado? ¡Olvida mis antiguos pecados!" Y se repetía con gran aflicción: "¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta mañana? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no voy a poner fin a mis iniquidades en este momento?"

En tanto que se repetía esto y lloraba amargamente, oyó la voz de un niño que cantaba en la casa vecina una canción que decía: "Tolle lege, tolle lege" (Toma y lee, toma y lee). Agustín empezó a preguntarse si los niños acostumbraban repetir esas palabras en algún juego, pero no pudo recordar ninguno en el que esto sucediese. Entonces le vino a la memoria que San Antonio se había convertido al oír la lectura de un pasaje del Evangelio. Interpretó pues, las palabras del niño como una señal del cielo, dejó de llorar y se dirigió al sitio en que se hallaba Alipio con el libro de las Epístolas de San Pablo.

Inmediatamente lo abrió y leyó en silencio las primeras palabras que cayeron bajo sus ojos: "No en las riñas y en la embriaguez, no en la lujuria y la impureza, no en la ambición y en la envidia: poneos en manos del Señor Jesucristo y abandonad la carne y la concupiscencia". Ese texto hizo desaparecer las últimas dudas de Agustín, que cerró el libro y relató serenamente a Alipio todo lo sucedido. Alipio leyó entonces el siguiente versículo de San Pablo: "Tomad con vosotros a los que son débiles en la fe". Aplicándose el texto a sí mismo, siguió a Agustín en la conversión. Ambos se dirigieron al punto a narrar lo sucedido a Santa Mónica, la cual alabó a Dios "que es capaz de colmar nuestros deseos en una forma que supera todo lo imaginable". La escena que acabamos de referir tuvo lugar en septiembre de 386, cuando Agustín tenía treinta y dos años.

El santo renunció inmediatamente al profesorado y se trasladó a una casa de campo en Casiciaco, cerca de Milán, que le había prestado su amigo Verecundo. Santa Mónica, su hermano Navigio, su hijo Adeodato, San Alipio y algunos otros amigos, le siguieron a ese retiro, donde vivieron en una especie de comunidad. Agustín se consagró a la oración y el estudio y, aun éste era una forma de oración por la devoción que ponía en él.

Entregado a la penitencia, a la vigilancia diligente de su corazón y sus sentidos, dedicado a orar con gran humildad, el santo se preparó a recibir la gracia del bautismo, que había de convertirle en una nueva criatura, resucitada con Cristo. "Demasiado tarde, demasiado tarde empecé a amarte. ¡Hermosura siempre antigua y siempre nueva, demasiado tarde empecé a amarte! Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Yo estaba lejos, corriendo detrás de la hermosura por Tí creada; las cosas que habían recibido de Tí el ser, me mantenían lejos de Tí. Pero tú me llamaste. me llamaste a gritos, y acabaste por vencer mi sordera. Tú me iluminaste y tu luz acabó por penetrar en mis tinieblas. Ahora que he gustado de tu suavidad estoy hambriento de Tí. Me has tocado y mi corazón desea ardientemente tus abrazos". Los tres diálogos "Contra los Académicos", "Sobre la vida feliz" y "Sobre el orden", se basan en las conversaciones que Agustín tuvo con sus amigos en esos siete meses.

La víspera de la Pascua del año 387, San Agustín recibió el bautismo, junto con Alipio y su querido hijo Adeodato, quien tenía entonces quince años y murió poco después. En el otoño de ese año, Agustín resolvió retornar a África y fue a embarcarse en Ostia con su madre y algunos amigos. Santa Mónica murió ahí en noviembre de 387. Agustín consagra seis conmovedores capítulos de las "Confesiones" a la vida de su madre.

Viajó a Roma unos cuantos meses después y, en septiembre de 388, se embarcó para África. En Tagaste vivió casi tres años con sus amigos, olvidado del mundo y al servicio de Dios con el ayuno, la oración y las buenas obras. Además de meditar sobre la ley de Dios, Agustín instruía a sus prójimos con sus discursos y escritos. El santo y sus amigos habían puesto todas sus propiedades en común y cada uno las utilizaba según sus necesidades.

Aunque Agustín no pensaba en el sacerdocio, fue ordenado el año 391 por el obispo de Hipona, Valerio, quien le tomó por asistente. Así pues, el santo se trasladó a dicha ciudad y estableció una especie de monasterio en una casa próxima a la iglesia, como lo había hecho en Tagaste. San Alipio, San Evodio, San Posidio y otros, formaban parte de la comunidad y vivían "según la regla de los santos Apóstoles".

El obispo, que era griego y tenía además cierto impedimento de la lengua, nombró predicador a Agustín. En el oriente era muy común la costumbre de que los obispos tuviesen un predicador, a cuyos sermones asistían; pero en el occidente eso constituía una novedad. Más todavía, Agustín obtuvo permiso de predicar aun en ausencia del obispo, lo cual era inusitado. Desde entonces, el santo no dejó de predicar hasta el fin de su vida.

Se conservan casi cuatrocientos sermones de San Agustín, la mayoría de los cuales no fueron escritos directamente por él, sino tomados por sus oyentes. En la primera época de su predicación, Agustín se dedicó a combatir el maniqueísmo y los comienzos del donatismo y consiguió extirpar la costumbre de efectuar festejos en las capillas de los mártires. El santo predicaba siempre en latín, a pesar de que los campesinos de ciertos distritos de la diócesis sólo hablaban el púnico y era difícil encontrar sacerdotes que les predicasen en su lengua.

El año 395, San Agustín fue consagrado obispo coadjutor de Valerio. Poco después murió este último y el santo le sucedió en la sede de Hipona.

Procedió inmediatamente a establecer la vida común regular en su propia casa y exigió que todos los sacerdotes, diáconos y subdiáconos que vivían con él renunciasen a sus propiedades y se atuviesen a las reglas. Por otra parte, no admitía a las órdenes sino a aquellos que aceptaban esa forma de vida.

San Posidio, su biógrafo, cuenta que los vestidos y los muebles eran modestos pero decentes y limpios. Los únicos objetos de plata que había en la casa eran las cucharas; los platos eran de barro o de madera. El santo era muy hospitalario, pero la comida que ofrecía era frugal; el uso mesurado del vino no estaba prohibido. Durante las comidas, se leía algún libro para evitar las conversaciones ligeras. Todos los clérigos comían en común y se vestían del fondo común. Como lo dijo el Papa Pascual XI, "San Agustín adoptó con fervor y contribuyó a regularizar la forma de vida común que la primitiva Iglesia había aprobado como instituida por los Apóstoles".

El santo fundó también una comunidad femenina. A la muerte de su hermana, que fue la primera "abadesa", escribió una carta sobre los primeros principios ascéticos de la vida religiosa. En esa epístola y en dos sermones se halla comprendida la llamada "Regla de San Agustín", que constituye la base de las constituciones de tantos canónigos y canonesas regulares.

El santo obispo empleaba las rentas de su diócesis, como lo había hecho antes con su patrimonio, en el socorro de los pobres. Posidio refiere que, en varias ocasiones, mandó fundir los vasos sagrados para rescatar cautivos, como antes lo había hecho San Ambrosio. San Agustín menciona en varias de sus cartas y sermones la costumbre que había impuesto a sus fieles de vestir una vez al año a los pobres de cada parroquia y, algunas veces, llegaba hasta a contraer deudas para ayudar a los necesitados. Su caridad y celo por el bien espiritual de sus prójimos era ilimitado. Así, decía a su pueblo, como un nuevo Moisés o un nuevo San Pablo: "No quiero salvarme sin vosotros". "¿Cuál es mi deseo? ¿Para qué soy obispo? ¿Para qué he venido al mundo? Sólo para vivir en Jesucristo, para vivir en El con vosotros. Esa es mi pasión, mi honor, mi gloria, mi gozo y mi riqueza".

Pocos hombres han poseído un corazón tan afectuoso y fraternal como el de San Agustín. Se mostraba amable con los infieles y frecuentemente los invitaba a comer con él; en cambio, se rehusaba a comer con los cristianos de conducta públicamente escandalosa y les imponía con severidad las penitencias canónicas y las censuras eclesiásticas.

Aunque jamás olvidaba la caridad, la mansedumbre y las buenas maneras, se oponía a todas las injusticias sin excepción de personas. San Agustín se quejaba de que la costumbre había hecho tan comunes ciertos pecados que, en caso de oponerse abiertamente a ellos, haría más mal que bien y seguía fielmente las tres reglas de San Ambrosio: no meterse a hacer matrimonios, no incitar a nadie a entrar en la carrera militar y no aceptar invitaciones en su propia ciudad para no verse obligado a salir demasiado.

Generalmente, la correspondencia de los grandes hombres es muy interesante por la luz que arroja sobre su vida y su pensamiento íntimos. Así sucede, particularmente con la correspondencia de San Agustín.

En la carta quincuagésima cuarta, dirigida a Januario, alaba la comunión diría, con tal de que se la reciba dignamente, con la humildad con que Zaqueo recibió a Cristo en su casa; pero también alaba la costumbre de los que, siguiendo el ejemplo del humilde centurión, sólo comulgan los sábados, los domingos y los días de fiesta, para hacerlo con mayor devoción.

En la carta a Ecdicia explica las obligaciones de la mujer respecto de su esposo, diciéndole que no se vista de negro, puesto que eso desagrada a su marido y que practique la humildad y la alegría cristianas vistiéndose ricamente por complacer a su esposo. También la exhorta a seguir el parecer de su marido en todas las cosas razonables, particularmente en la educación de su hijo, en la que debe dejarle la iniciativa. En otras cartas, el santo habla del respeto, el afecto y la consideración que el marido debe a la mujer.

La modestia y humildad de San Agustín se muestran en su discusión con San Jerónimo sobre la interpretación de la epístola a los Gálatas. A consecuencia de la pérdida de una carta, San Jerónimo, que no era muy paciente, se dio por ofendido. San Agustín le escribió: "Os ruego que no dejéis de corregirme con toda confianza siempre que creáis que lo necesito; porque, aunque la dignidad del episcopado supera a la del sacerdocio, Agustín es inferior en muchos aspectos a Jerónimo".

El santo obispo lamentaba la actitud de la controversia que sostuvieron San Jerónimo y Rufino, pues temía en esos casos que los adversarios sostuviesen su opinión más por vanidad que por amor de la verdad. Como él mismo escribía, "sostienen su opinión porque es la propia, no porque sea la verdadera; no buscan la verdad, sino el triunfo".

Durante los treinta y cinco años de su episcopado, San Agustín tuvo que defender la fe católica contra muchas herejías. Una de las principales fue la de los donatistas, quienes sostenían que la Iglesia católica había dejado de ser la Iglesia de Cristo por mantener la comunión con los pecadores y que los herejes no podían conferir válidamente ningún sacramento. Los donatistas eran muy numerosos en África, donde no retrocedieron ante el asesinato de los católicos y todas las otras formas de la violencia. Sin embargo, gracias a la ciencia y el infatigable celo de San Agustín y a su santidad de vida, los católicos ganaron terreno paulatinamente. Ello exasperó tanto a los donatistas, que algunos de ellos afirmaban públicamente que quien asesinara al santo prestaría un servicio insigne a la religión y alcanzaría gran mérito ante Dios. El año 405, San Agustín tuvo que recurrir a la autoridad pública para defender a los católicos contra los excesos de los donatistas y, en el mismo año, el emperador Honorio publicó severos decretos contra ellos. El santo desaprobó al principio esas medidas, aunque más tarde cambió de opinión, excepto en cuanto a la pena de muerte.

En 411, se llevó a cabo en Cartago una conferencia entre los católicos y los donatistas que fue el principio de la decadencia del donatismo. Pero, por la misma época, empezó la gran controversia pelagiana. Pelagio era originario de la Gran Bretaña. San Jerónimo le describía como un hombre alto y gordo, repleto de avena de Escocia". Algunos historiadores afirman que era irlandés. En todo caso, lo cierto es que había rechazado la doctrina del pecado original y afirmaba que la gracia no era necesaria para salvarse; como consecuencia de su opinión sobre el pecado original, sostenía que el bautismo era un mero título de admisión en el cielo. Pelagio pasó de Roma a África el año 411, junto con su amigo Celestio y aquel mismo año, el sínodo de Cartago condenó por primera vez su doctrina. San Agustín no asistió al concilio, pero desde ese momento empezó a hacer la guerra al pelagianismo en sus cartas y sermones. A fines del mismo año, el tribuno San Marcelino le convenció de que escribiese su primer tratado contra los pelagianos. Sin embargo, el santo no nombró en él a los autores de la herejía, con la esperanza de así ganárselos y aun tributó ciertas alabanzas a Pelagio: "Según he oído decir, es un hombre santo, muy ejercitado en la virtud cristiana, un hombre bueno y digno de alabanza". Desgraciadamente Pelagio se obstinó en sus errores. San Agustín le acosó implacablemente en toda la serie de disputas, subterfugios y condenaciones que siguieron. Después de Dios, la Iglesia debe a San Agustín el triunfo sobre el pelagianismo.

A raíz del saqueo de Roma por Alarico, el año 410, los paganos renovaron sus ataques contra el cristianismo, atribuyéndole todas las calamidades del Imperio. Para responder a esos ataques, San Agustín empezó a escribir su gran obra, “La Ciudad de Dios", en el año de 413 y la terminó hasta el año 426. “La Ciudad de Dios" es, después de las "Confesiones", la obra más conocida del santo. No se trata simplemente de una respuesta a los paganos, sino de toda una filosofía de la historia providencial del mundo.

En las “Confesiones" San Agustín había expuesto con la más sincera humildad y contrición los excesos de su conducta. A los setenta y dos años, en las "Retractaciones", expuso con la misma sinceridad los errores que había cometido en sus juicios. En dicha obra revisó todos sus numerosísimos escritos y corrigió leal y severamente los errores que había cometido, sin tratar de buscarles excusas.

A fin de disponer de más tiempo para terminar ése y otros escritos y para evitar los peligros de la elección de su sucesor, después de su muerte, el santo propuso al clero y al pueblo que eligiesen a Heraclio, el más joven de sus diáconos, quien fue efectivamente elegido por aclamación, el año 426.

A pesar de esa precaución, los últimos días de San Agustín fueron muy borrascosos. El conde Bonifacio, que había sido general imperial en África, cayo injustamente en desgracia de la regente Placidia, e incitó a Genserico, rey de los vándalos, a invadir África. Agustín escribió una carta maravillosa a Bonifacio para recordarle su deber y el conde trató de reconciliarse con Placidia. Pero era demasiado tarde para impedir la invasión de los vándalos.

San Posidio, por entonces obispo de Calama, describe los horribles excesos que cometieron y la desolación que causaron a su paso. Las ciudades quedaban en ruinas, las casas de campo eran arrasadas y los habitantes que no lograban huir, morían asesinados. Las alabanzas a Dios no se oían ya en las iglesias, muchas de las cuales habían sido destruidas. La misa se celebraba en las casas particulares, cuando llegaba a celebrarse, porque en muchos sitios no había alma viviente a quien dar los sacramentos; por otra parte, los pocos cristianos que sobrevivían no encontraban un solo sacerdote a quien pedírselos. Los obispos y clérigos que sobrevivieron habían perdido todos sus bienes y se veían reducidos a pedir limosna. De las numerosas diócesis de África, las únicas que quedaban en pie eran Cartago, Hipona y Cirta, gracias a que dichas ciudades no habían sucumbido aún.

El conde Bonifacio huyó a Hipona. Ahí se refugiaron también San Posidio y varios obispos de los alrededores. Los vándalos sitiaron la ciudad en mayo de 430. El sitio se prolongó durante catorce meses. Tres meses después de establecido, San Agustín cayó presa de la fiebre y desde el primer momento, comprendió que se acercaba la hora de su muerte. Desde que había abandonado el mundo, la muerte había sido uno de los temas constantes de su meditación. En su última enfermedad, el santo habló de ella con gozo: "¡Dios es inmensamente misericordioso!" Con frecuencia recordaba la alegría con que San Ambrosio recibió la muerte y mencionaba las palabras que Cristo había dicho a un obispo que agonizaba, según cuenta San Cipriano: "Si tienes miedo de sufrir en la tierra y de ir al cielo, no puedo hacer nada por ti". El santo escribió entonces: "Quien ama a Cristo no puede tener miedo de encontrarse con El. Hermanos míos, si decimos que amamos a Cristo y tenemos miedo de encontrarnos con El, deberíamos cubrirnos de vergüenza".

Durante su última enfermedad, pidió a sus discípulos que escribiesen los salmos penitenciales en las paredes de su habitación y los cantasen en su presencia y no se cansaba de leerlos con lágrimas de gozo.

San Agustín conservó todas sus facultades hasta el último momento, en tanto que la vida se iba escapando lentamente de sus miembros. Por fin, el 28 de agosto de 430, exhaló apaciblemente el último suspiro, a los setenta y dos años de edad, de los cuales había pasado casi cuarenta consagrado al servicio de Dios.

San Posidio comenta: "Los presentes ofrecimos a Dios el santo sacrificio por su alma y le dimos sepultura". Con palabras muy semejantes había comentado Agustín la muerte de su madre. Durante su enfermedad, el santo había curado a un enfermo, sólo con imponerle las manos. Posidio afirma: "Yo sé de cierto que, tanto como sacerdote que como obispo, Agustín había pedido a Dios que librase a ciertos posesos por quienes se le había encomendado que rogase y los malos espíritus los dejaron libres".

Las principales fuentes sobre la vida y carácter de San Agustín son sus propios escritos, especialmente las Confesiones, el De Civitate Dei, la correspondencia y los sermones.

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2. Agustín, la visión humana de Bertrand Russell

2. Agustín, la visión humana de Bertrand Russell

Agustín nació en 354, nueve años después de Jerónimo y catorce después que Ambrosio; era nativo de África, donde pasó la mayor parte de su vida. Su madre era cristiana, pero su padre no. Tras un período  de maniqueísmo, se hizo católico y fue bautizado por Ambrosio en Milán. Llegó a obispo de Hipona, no lejos de Cartago, hacia el año 396. Allí permaneció hasta su muerte acaecida en 430.

De los comienzos de su vida sabemos mucho más que de la mayoría de los eclesiásticos, porque la ha referido en sus Confesiones. Este libro ha tenido famosos imitadores, en particular Rousseau y Tolstoi, pero no creo que tenga predecesores comparables. San Agustín se asemeja en algunos aspectos a Tolstoi,, a quien, sin embargo, es superior en intelecto.

Fue un hombre apasionado, muy lejos, en su juventud, , de ser un dechado de virtud, pero impelido por un íntimo impulso a buscar la verdad y la rectitud. Como Tolstoi, estuvo obsesionado, en sus últimos años, por un sentimiento del pecado que hizo su vida austera y su filosofía inhumana.

Combatió las herejías vigorosamente, pero algunos de sus conceptos, cuando fueron repetidos por Jansenio en el siglo XVII, fueron declarados heréticos. Hasta que los protestantes adoptaron sus opiniones, sin embargo, la Iglesia católica no había impugnado jamás su ortodoxia.

Uno de los primeros incidentes de su vida, relatados en las Confesiones, ocurrió en su adolescencia, y no le distinguió, en sí mismo, grandemente de los otros muchachos. Parece que, con algunos compañeros de su  edad, despojó el peral de un vecino, aunque no tenía hambre y sus padres tenían peras mejores en casa. Continuó toda su vida considerando esto como uno acto de casi increíble perversidad. No habría sido tan malo si hubiese tenido hambre o no hubiera tenido ningún otro medio de adquirir peras; pero, tal como fue, el acto era de pura maldad, inspirado por amor a la propia causa de la perversidad.  Es esto lo que hace al acto casi indeciblemente malvado. Suplica a Dios que le perdone:

“Mira mi corazón, oh Dios, mira mi corazón, del que tengas piedad en el fondo del abismo. Ahora, he aquí que mi corazón te dice lo que yo te imploro, ya que fui gratuitamente malvado, no teniendo ninguna tentación para la acción mala, sino la acción mala en sí misma. Era vil y yo la amé; amé hasta morir, , amé mi propia falta, pero no la cometí por culpa de eso sino que amé la falta en sí misma. El alma impura, cayendo desde el firmamento a la expulsión de Tu presencia; no buscando nada a través  de la ignominia sino la ignominia misma!”( Confesiones, Libro II, cap. IV).

Continúa por el estilo durante siete capítulos, y todo por unas peras arrancadas de un árbol en una travesura pueril. Para una mente moderna, esto resulto morboso (Debo exceptuar a Mahatma Gandhi, cuya autobiografía contienes pasajes íntimamente semejantes al anterior), pero en su propia época parecía recto y una señal de santidad. El sentido del pecado, que era muy fuerte en sus días les vino a los judíos como modo de reconciliar la importancia propia cono las derrotas exteriores. Jehová era omnipotente y Jehová estaba especialmente interesado por los judíos; ¿por qué, pues, no prosperaban? Porque eran perversos, eran idólatras, se casaban con gentiles, dejaban de observar la Ley. Los propósitos de Dios estaban centrados sobre los judíos, pero, puesto que la rectitud des el mayor de los bienes y se ejecuta por la tribulación, debían antes ser castigados y reconocer su castigo como un indicio del amor paternal de Dios.

Los cristianos pusieron la Iglesia en el lugar del Pueblo Elegido, pero excepto en un aspecto esto produjo poca diferencia en la psicología del pecado. La Iglesia, como los judíos, sufrió tribulaciones; se vió turbada por herejías; los cristianos individuales cayeron en la apostasía bajo el peso de la persecución. Hubo, sin embargo, un desarrollo importante, ya hecho en una gran extensión por el individual. En su origen, fue la sustitución del pecado comunal por el individual. En su origen, fue la nación judía la que pecó y la que fue castigada colectivamente, peor después el pecado se hijo más personal, perdiendo así su carácter político. Cuando la nación judía fue sustituida por la Iglesia, este cambio se hizo esencial, puesto que la Iglesia, como entidad espiritual, no podía pecar, pero el pecador individual cesaría de estar en comunión con la Iglesia. El pecado, como hemos dicho ahora, está relacionado con la importancia de uno mismo. En su origen, la importancia era la de la nación judía, pero subsecuentemente fue la del individuo, no la de la Iglesia, porque ésta nunca pecó. Sucedió así que la teología cristiana tuvo dos partes, una referente a la Iglesia y otra al alma individual. En tiempos posteriores, la primera de éstas fue la más recalcada por los católicos, y la segunda por los protestantes, pero en San Agustín existen ambas igualmente, sin que haya inarmonía en ningún sentido. Aquellos que se salvan son los que Dios ha predestinado a la salvación; esta es una  relación directa del alma con Dios. Pero nadie se salvará a menos que hay sido bautizado y por consiguiente llegado a ser miembro de la Iglesias; esto la hace un intermediario entre el alma y Dios.

El pecado es lo que es esencial a la relación directa , puesto que explica cómo una Deidad benefactora puede inducir a los hombres a sufrir y cómo a despecho de esto, las almas individuales pueden ser lo que hay de mayor importancia en el mundo creado. Por  eso es sorprendente que la teología con la que contaba la Reforma fuese debida a un hombre cuyo sentido del pecado era anormal.

Hasta aquí, las peras. Veamos ahora lo que las Confesiones tienen que decir en algunos otros aspectos.

Agustín relata cómo aprendió latín, sin trabajo, en las rodillas de su madre, pero odió el griego, que había intentado aprender en la escuela, porque fue “apremiado vehementemente con amenazas y castigos”. Al fin de su vida, su conocimiento del griego siguió siendo débil. Podía suponerse que sacaría de este contraste una moraleja a favor de los métodos apacibles en educación. Lo que dice, sin embargo, es:

“Está completamente claro, pues, que una libre curiosidad tiene más poder para hacernos aprender estas cosas que una obligación aterradora. Sólo esta obligación impide las incertidumbres de lo que la libertad por Tus leyes, oh Dios mío. Tus leyes, desde la vara del amo hasta la prueba de los mártires, porque Tus leyes tienen el efecto de mezclar para nosotros ciertas sanas amarguras a la que revocamos para Ti desde esa perniciosa alegría, por medio de la cual nos apartamos de Ti”.

Los golpes del maestro de escuela, aunque fracasaron al hacerle aprender griego, le curaron de ser perniciosamente alegre y fueron, por este motivo, parte deseable de la educación. Para aquellos que hacen del pecado el más importante de todos los asuntos humanos, este concepto es lógico. Continúa indicándonos que pecó no sólo como un niño de escuela cuando dijo mentiras y hurtó golosinas, sino antes aun; en realidad dedica un capítulo entero (Libro I, cap. VII) a probar que aun los niños de pecho están llenos de pecados: glotonería, celos y otros horribles vicios.

Cuando alcanzó la adolescencia, el deseo de la carne le venció. “Dónde estaba yo y qué lejos, desterrado de las delicias de Tu casa, con aquellos dieciséis años de la edad de mi carne, cuando el furor de la lujuria que tenía licencia por lo vicios del hombre, aunque prohibida por Tus leyes, tomó el mando sobre mí y me resigné enteramente a ella? (Confesiones, Libro II, cap. II).

Su padre no se tomó ningún cuidado de prevenir este mal sino que se limitó a prestar ayuda en los estudios a Agustín. Su madre, Santa Mónica, por el contrario, le exhortó a la castidad, pero en vano. Y aun ella no sugirió, en aquel tiempo, el matrimonio, “por miedo de que mis perspectivas pudieran verse embarazadas por la traba de una esposa”.

A la edad de dieciséis años fue a Cartago “donde todos a mi alrededor hervían en una caldera de amores ilegales. No amaba todavía, pero amaba el amor, y por una necesidad hondamente arraigada, me odiaba a mí mismo por no necesitarlo. Busqué lo que podía amar, en amor de amor y odié la seguridad... Amar y ser amado también, era dulce para mí; pero más cuando obtenía el gozar de la persona a quien amaba. Manché por eso, la primavera de la amistad con la inmundicia de la concupiscencia y oscurecí su fulgor con el infierno de la lascivia” (Ibíd.., Libro III, cap. I). Estas palabras describen sus relaciones con una querida a uin amó fielmente por muchos años (Lbíd., Libro IV, cap. II) y de quin tuvo un hijo al que también amó y al que después de su conversión puso mucho cuidado en educar religiosamente.

Llegó la ocasión en que él y su madre se creyeron en el deber de empezar a pensar en el matrimonio. Llegó a estar en relaciones con una muchacha a la que gustó, y se estimó necesario que rompiera con su querida. “Mi querida –dice-, al ser arrancada de mi lado como una impedimenta para mi matrimonio, mi corazón,  que estaba pegado al de ella, fue arrancado y herido y sangrante. Y ella volvió a África (Agustín esta entonces en Milán), consagrado a Ti el no conocer nunca a ningún otro hombre, dejándome a mi hijo por ella (lbíd, Libro VI, cap. XV). Como, no obstante, el matrimonio no podía tener lugar por dos años, debido a la juventud de la muchacha, tomó mientras tanto otra querida. Menos oficial y menos conocida. Su conciencia le turbó cada vez más  y solía rezar: “Dame castidad y continencia, pero todavía no” (lbíd., Libro VIII, cap. VII). Al fin, antes de que hubiese transcurrido el tiempo APRA su matrimonio, la religión ganó una completa victoria y dedicó el resto de su vida al celibato.

Volviendo a un tiempo anterior, a los diecinueve años, habiendo terminado con provecho la retórica, fue llamado a la filosofía por Cicerón. Intentó leer la Biblia, pero halló que carecía de dignidad ciceroniana. Fue en este tiempo cuando se hizo maniqueo, lo cual afligió a su madre. Por su profesión era maestro de retórica. Fue adicto a la astrología, a la cual, al fin de su vida, fue adverso, porque enseña que “la causa inevitable de tu pecado está en el cielo” (Ibíd.., Libro IV. Cap. III). Leyó filosofía, toda la que podía leerse en latín; menciona en particular las Diez categorías de Aristóteles, que, dice, comprendió sin ayuda de ningún maestro, “y lo que me aprovechó fue que yo, el más vil esclavo de las malas pasiones, leí por mí mismo todos los libros de las llamadas artes liberales, y ¿comprendí todo lo que pude leer?... Porque yo tenía la espalda vuelta hacia la luz y la cara hacia las cosas iluminadas; de donde mi cara... ella misma no estaba iluminada” (Iíd., Libro IV, cap. XVI). En ete tiempo creí que Dios era un cuerpo vasto y radiante y él mismo una parte de aquel cuerpo. Se habría deseado que hubiese dicho en detalle los principios de los maniqueos, en lugar de decir simplemente que eran erróneos.

Es interesante que las primeras razone de San Agustín para rechazar las doctrinas de Maniqueo fuesen científicas. Recordaba  –así nos lo refiere (Ibíd.., Libro V, cap. III)- lo que había aprendido de astronomía en los escritos de los mejores astrónomos, “y yo los comparaba con los adagios de Maniqueo, que en su decrépita ignorancia ha escrito mucho y copiosamente de estos asuntos, pero ninguno de sus razonamientos sobre los solsticios, ni equinoccios, ni eclipses, ni ninguno de este género, que yo había aprendido en libros de filosofía secular, era satisfactorio para mí. Pero yo estaba mandado a creer, y no obstante, aquello no correspondía con los razonamientos obtenidos por los cálculos y por mis propias observaciones, sino que era completamente contrario”. Pone cuidado al enseñar que los errores científicos no son en sí mismos un signo de errores en cuanto a fe sino que sólo se convierten en eso cuando se dan con aire de autoridad como si fuesen conocidos por inspiración divina. Uno se maravilla de lo que  habría pensado si hubiese vivido en tiempos de Galileo.

Con la esperanza de resolver sus dudas, un obispo maniqueo llamado Fausto, reputado como el miembro más docto de la secta, le recibió y razonó cono él. Pero “yo le hallaba, en primer lugar, absolutamente ignorante de las ciencias liberales, salvo de gramática, y esto de una forma ordinaria. Pero por haber leído algunas de las oraciones de Tulio, unos pocos libros de Séneca, algunas cosas de los poetas y otros pocos volúmenes de su propia secta, escritos en latín y en orden lógico y porque lo practicase hablando a diario, adquirió cierta elocuencia que resultó la más agradable y seductora, debido al control de su buen sentido y a cierta gracia natural” (Ibíd.., Libro V. Cap. VI).

Encontró a Fausto completamente incapaz de resolver sus dudas astronómicas. Los libros de los maniqueos, nos refiere, “están llenos de largas fábulas sobre el cielo y las estrellas, el sol y la luna”, que no concuerdan con lo que ha sido descubierto por los astrónomos; pero cuando interrogó a Fausto sobre estas materia, Fausto le confesó con franqueza su ignorancia. “Incluso por esto me gustó más. Porque la modestia de una mente cándida es aún más atractiva que el conocimiento de aquellas cosas que deseaba; y tales las hallé en él, en todas las más difíciles y sutiles cuestiones” (Ibíd., Libro II, cap. VII).

Este pensamiento es sorprendentemente liberal; no se podría esperar de aquella época. Ni está en armonía por completo con la actitud posterior de San Agustín hacia los herejes.

Por este tiempo decidió ir a Roma, no, dice, porque allí los emolumentos de un profesor fuesen más crecidos que en Cartago, sino porque había oído que las clases en más ordenadas. En Cartago, los desórdenes perpetrados por los estudiantes eran tales que la enseñanza se hacía casi imposible; pero en Roma, en tanto había menos desórdenes, los estudiantes fraudulentamente eludían el pago.

En Roma, estuvo asociado todavía con los maniqueos, pero con menos convicción  sobre su verdad. Empezó a pensar que los académicos tenían razón al sostener que los hombre debían dudar de todo (Ibíd.., Libro V, cap. X). Todavía, sin embargo, concordaba con los maniqueos al juzgar “que no somos nosotros mismos quienes pecamos, sino que otra naturaleza (que no conozco) peca en nosotros” y creyó que el Mal era cierta clase de sustancia. Pone en claro que tanto antes como después de su conversión la cuestión del pecado le preocupaba.

Tras unos años en Roma fue enviado a Milán por el gobernador Symmaco, en repuesta a una demanda de aquella ciudad de un profesor de retórica. En Milán trabó conocimiento con Ambrosio, “conocido por todo el mundo como uno de los hombres mejores”. Llegó a amar a Ambrosio por su amabilidad y a preferir la doctrina católica a la de los maniqueos, pero por un momento estuvo retenido por el escepticismo que había aprendido de los académicos, “a cuyos filósofos, no obstante, porque estaban sin el nombre revelador de Cristo, me negué en absoluto a confiar el cuidado de mi alma enferme” (Ibíd.., libro V, cap. XIV).

En Milán se le unió su madre, que ejerció una poderosa influencia en acelerar los últimos pasos de su conversión. Era católica muy severa y él escribió de ella siempre en un tono de reverencia. Fue lo más importante para él en aquel tiempo, porque Ambrosio estaba demasiado ocupado para ocuparse de él privadamente.

Hay un capítulo muy interesante (Ibíd.., libro VII, cap. IX) en el que compara la filosofía platónica con la doctrina cristiana. El Señor, dice, en este tiempo le suministró “ciertos libros de los platónicos traducidos del griego al latín. Y en ellos leí, no verdaderamente en estas palabras sino con el mismo propósito, apoyado por muchas y diversas razones, que en el principio era el Verbo y le Verbo era con Dios y el Verbo era Dios: lo mismo pasó en el principio con Dios; todas las cosas fueron hechas por él y sin él nada se hizo: pues lo que fue hecho por Él fue la vida, y la vida fue la luz de los hombres y la luz brilló en la oscuridad y la oscuridad no la contuvo. Y que el alma del hombre, aunque “ permite ser testigo de la luz”, en sí misma “no es aquella luz”, pero Dios, el Verbo de Dios, “es la verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene al mundo”. Y que “Él estaba en el mundo y el mundo fue hecho por él y  el mundo no le conoció”. Pero que “Él vino a sí mismo y él mismo no le recibió; pero a todos los que le recibieron les dio el poder de llegar a ser los hijos de Dios, aun a aquellos que creyeron en Su Nombre”: esto no le leí allí. Él también dice que no leyó que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”; ni que “Él se humilló y se hizo obediente hasta morir, hasta morir n la Cruz”; ni que “en el nombre de Jesús toda rodilla se doblegaría”.

A grandes rasgos, halló en los platónicos la doctrina metafísica del Logos, pero no la doctrina de la Encarnación y la doctrina consecuente de la salvación humana. Algo no distinto de estas doctrinas existió en el orfismo y las demás religiones de misterio, pero esto parece haberlo ignorado San Agustín. En  todo caso, o ninguna de éstas estuvo relacionada con un suceso comparativamente reciente, como el cristianismo lo estaba.

Contra los maniqueos, que eran dualistas, Agustín vino a creer que el mal se origina, no de cierta sustancia, sino de la perversidad de la voluntad.

Halló especial consuelo en los escritos de San Pablo (Ibíd.., Libro VII, cap. XXI).

Al fin, después de apasionadas luchas interiores, se convirtió (386); renunció a su profesorado, a su querida y a su novia, y después      de un breve período de meditación en el retiro fue bautizado por San Ambrosio. Su madre se regocijó, pero murió no mucho después.- En 388 volvió a África, donde permaneció el resto de su vida muy ocupado con sus deberes episcopales y con sus escritos polémicos contra las diversas herejías, donatistas, maniquea y pelagiana.

San agustín fue uno escritor muy fecundo, principalmente sobre asuntos teológicos. Algunos de sus escritos polémicos fueron locales y perdieron interés por su mismo éxito, pero alguno de ellos, en especial los que se refieren a los pelagianos, han continuado influyendo prácticamente hasta los tiempos modernos. No me propongo tratar sus obras una a una, sino sólo discutir lo que me parezca más importante, ya intrínseca, ya históricamente. Consideraré: Primero: su filosofía pura, en particular su teoría del tiempo. Segundo: su filosofía de la historia desarrollada en “La Ciudad de Dios”. Tercero: su teoría de la salvación, propuesta contra los pelagianos.

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3. Agustín: filosofía pura

3. Agustín: filosofía pura

San Agustín, las más de las veces, no se ocupa de la filosofía pura, pero cuando lo hace demuestra una gran habilidad. Es el primero de una larga serie cuyos conceptos puramente especulativos están influidos por la necesidad de coincidir con la Escritura. Esto no puede decirse de los primeros filósofos cristianos, v.g., Orígenes; en Orígenes el cristianismo y el platonismo están uno al lado del otro y no se entrecruzan. En San Agustín, por otra parte, el pensamiento original en la filosofía pura está estimulado por el hecho de que el platonismo, en ciertos aspectos, no está en armonía con el Génesis.

La mejor obra puramente filosófica de los escritos de San Agustín es el libro undécimo de las “Confesiones”. Las ediciones populares de las “Confesiones” concluyen el libro X, basándose en que lo que sigue no es interesante; no es interesante porque es buena filosofía, no biografía. El Libro XI se enfrenta con el problema: habiendo ocurrido la Creación como el primer capítulo del Génesis asegura, y como Agustín sostiene contra los maniqueos, había ocurrido tan pronto como fue posible. Así, él imagina un razonamiento impugnador.

El primer punto a verificar, si su respuesta ha de ser comprendida, es que lo de que la Creación salió de la nada, como enseña el antiguo Testamento, es una idea completamente extraña a la filosofía griega. Cuando Platón habla de la creación imagina una materia primitiva a la que Dios dio forma; y lo propio ocurre con Aristóteles. Su Dios es un artífice o un arquitecto, más bien que un creador. La sustancia se considera como eterna e increada;  sólo la forma se debe a la voluntad de dios. Contra este concepto, San Agustín sostiene, como todo cristiano ortodoxo, que el mundo fue creado, no de una cierta materia, sino de la nada. Dios creó la sustancia, no sólo el orden y la disposición. El concepto griego de que la creación salida de la nada es imposible, se ha repetido con intervalos en épocas cristianas y ha conducido al panteísmo. Éste sostiene que Dios y el mundo no son distintos y que todo en el mundo es parte de Dios. Este criterio se desarrolla más completamente en Spinoza, pero es tal que ha atraído a casi todos místicos. Ha ocurrido así por todos los siglos cristianos que los místicos han hallado dificultad en permanecer ortodoxos, puesto que encuentran difícil creer que el mundo  es exterior a Dios. Agustín, sin embargo, no siente dificultades sobre este punto; el Génesis es explícito y eso es bastante para él. Su concepto en esta materia es esencial para su teoría del tiempo.

¿Por qué el mundo no fue creado antes? Porque no había “antes”. El tiempo fue creado cuando se creó el mundo. Dios es eterno, en el sentido de que está fuera del tiempo; en Dios no hay antes ni después, sino sólo un eterno presente. La eternidad de Dios está exenta  de la relación de tiempo; todo tiempo está presente para Él simultáneamente. Él no precede a Su propia creación del tiempo porque eso implicaría que él estaba en el tiempo, por  cuanto Él se sostiene eternamente fuera de la corriente del tiempo. Esto conduce a San Agustín a una teoría relativa del tiempo, admirabilísima.

“¿Qué es, pues, el tiempo? –pregunta-. Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”. Varias dificultades se entrecruzan. Ni pasado ni futuro, dice, sino sólo el presente es en realidad; el presente es nada más que un momento y el tiempo sólo puede medirse mientras está transcurriendo. Sin embargo, hay realmente tiempo pasado y tiempo futuro. Aquí parece en camino de contradecirse. El único camino que Agustín puede hallar para evitar estas contradicciones es decir que pasado y futuro sólo pueden considerados como presente:_ el “pasado” ha de identificarse con la memoria y el “futuro” con la espera, siendo memoria y espera hechos presentes. Hay, dice, tres tiempos: “un presente de cosas pasadas, un presente de cosas presentes y un presente de cosas futuras”. “El presente de cosas pasadas es la memoria; el presente de las cosas presentes es la vista, y el presente de las cosas futuras es la espera”  (Confesiones, cap. XX). Decir que hay tres tiempos:  pasado, presente y futuro, es una manera libre de hablar.

Verifica que no ha resuelto realmente todas las dificultades por esta teoría. “Mi alma se acongoja al saber que este asunto es el más enmarañado”, dice, y ruega a Dios que le ilumine, asegurándole a Él que su interés por el problema no dimana de la simple curiosidad. “Te confieso a Ti, oh Señor, que todavía estoy ignorante de lo que es el tiempo”. Pero  el punto capital de la solución que   sugiere es que el tiempo es subjetivo; el tiempo está en la mente humana, que espera, considera y recuerda (Ibíd., cap. XXVIII). Prosigue que no puede haber tiempo sin un ser creado (Ibíd.., capo. XXX), y que hablar del tiempo antes de la Creación carece de sentido.

Yo mismo no estoy conforme con esta teoría, por cuanto hace del tiempo algo mental. Pero es claramente una teoría muy hábil, digna de ser considerada en serio. Yo iría más lejos y diría que es un gran avance llevado a cabo sobre cuanto se halla en la filosofía griega. Contiene una exposición mejor y más clara que la de Kant de la teoría subjetiva del tiempo –una teoría que, desde Kant, ha sido ampliamente aceptada entre los filósofos. La teoría de que el tiempo es sólo un aspecto de nuestros pensamientos es una de las formas más extremadas del subjetivismo que, como hemos dicho, aumentó poco a poco en la antigüedad a partir de Protágoras y Sócrates. Su aspecto emocional es la obsesión del pecado, el cual vino después de sus aspectos intelectuales. San Agustín exhibió ambas clases de subjetivismo. Esto le condujo a anticiparse no sólo a la teoría del Tiempo de Kant, sino al cogito de Descartes. En sus “Soliloquios” dice: “Tú, que quieres saber, ¿sabes quién eres? No lo sé. ¿Dónde estás? No lo sé. ¿Eres uno o múltiple? No lo sé. ¿Te sientes a ti mismo desplazado? No lo sé-  ¿Sabes que tú piensas? Si”. Esto contiene no sólo el cogito de Descartes, sino su réplica de ambulo ergo sum de Gassendi. Como filósofo, por lo tanto, Agustín merece un alto lugar.

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4. Agustín: La Ciudad de Dios

4. Agustín: La Ciudad de Dios

Cuando en 410 Roma fue saqueada por los godos, los paganos, no sin lógica, atribuyeron el desastre al abandono de los dioses antiguos. En tanto Júpiter fue adorado, decían, roma permaneció poderosa; ahora que los emperadores se habían alejado de él, ya no protegía a sus romanos. Este argumento pagano exigía una respuesta. La Ciudad de Dios, escrita poco a poco entre 412 y 427, fue la respuesta de San Agustín; pero tomó, al hacerse, un vuelo más amplio y desarrolló un esquema completo de historia, pasada, presente y futura. Fue un libro inmensamente influyente en toda la Edad Media, en especial en las luchas de la Iglesia con los príncipes seculares.

Como algunos otros libros muy grandes, se presenta en la memoria de los que lo han leído como algo mejor que lo que aparece en la relectura. Contiene mucho que difícilmente nadie en los días presentes puede aceptar y su interés central está algo oscurecido por las excrecencias pertenecientes a su época. Pero la amplia concepción del contraste entre la Ciudad de este mundo y la Ciudad de Dios ha permanecido como una inspiración para muchos y aun ahora puede ser expuesta en términos no teológicos.

Omitir detalle en una referencia del libro y concentrarlos en la idea central daría sin duda un concepto indebidamente favorable; por otra parte, concentrarse en los detalles sería omitir lo que hay de mejor y más importante. Yo intentaré evitar ambos errores, dando primeo cierta relación del detalle y pasando luego a la idea general, tal como aparece en el desarrollo histórico.

El libro comienza con consideraciones surgidas cono motivo del saqueo de Roma y encaminadas a demostrar que cosas aun peores ocurrían en los tiempos precristianos. Entre los paganos, que atribuían el desastre a la cristiandad, hay muchos, dice el santo, que, durante el saqueo, buscaron refugio en las iglesias, a las que los godos, porque eran cristianos, respetaron. En el saqueo de Troya, por el contrario, el templo de Juno no dispensó ninguna protección, ni los dioses preservaron la ciudad de la destrucción. Los romanos nunca respetaron los templos en las ciudades conquistadas; en este aspecto, el saqueo fue un resultado del cristianismo.

Los cristianos que sufrieron el saqueo no tenían razón para quejarse, por varias razones. Algunos godos malvados podrán haber prosperado a expensas suyas, pero sufrirán en adelante: si todo pecado fuese castigado en la tierra,  no había necesidad del Juicio Final. Lo que los cristianos soportaron, se volvería, si eran virtuosos, en su beneficio, pues los santos, con la pérdida de las cosas temporales, no pierden nada de valor. No importa si sus cuerpos yacen insepultos, porque las bestias rapaces no pueden impedir la resurrección del cuerpo.

Viene luego la cuestión de las vírgenes puras, que fueron violadas durante el saqueo. Hubo, según parece, quienes sostenían que éstas habían perdido la corona de la virginidad sin ninguna culpa propia. A este concepto adhiere el santo muy razonablemente. “!La lascivia de otro no puede mancharte a ti!”. La castidad es una virtud de la mente y no se pierde por la violación, pero se pierde por la intención de pecar, aun cuando no se lleve a cabo. Se sugiere que Dios permite la violación porque las víctimas han estado demasiado orgullosas de su continencia. Es perversidad suicidarse por haber sido violada; esto conduce a una larga discusión de Lucrecia, que no debió haberse matado a sí misma, porque el suicidio es siempre un pecado.

Llega luego a la perversidad de los dioses paganos. Por ejemplo: “Sus comedias, aquellos espectáculos de suciedad, aquellas licenciosas vanidades, no fueron traídas primero a Roma por las  corrupciones de los hombres, sino por mandato directo de sus dioses” (La ciudad de Dios, I, 31). Sería mejor adorar a un hombre virtuoso, tal como Escipión, que a estos dioses inmorales. En cuanto al saqueo de Roma, no tiene que turbar a los cristianos que tienen un santuario en la “peregrina ciudad de Dios”.

En este mundo, las dos ciudades –la terrena y la celeste- están mezcladas, pero en lo sucesivo el predestinado y el réprobo serán separados. En esta vida, no podemos saber quienes, aun entre nuestros enemigos aparentes, han de hallarse entre los elegidos.

La parte más difícil de la obra, se nos dice, consistirá en la refutación de los filósofos, con los mejores de los cuales los cristianos están de acuerdo en gran parte, por ejemplo, respecto a la inmortalidad y a la creación del mundo por Dios (Ibíd., I, 35).

Los filósofos no dirigen los tiros sobre la adoración de los dioses paganos y sus instrucciones morales eran débiles porque los dioses eran malvados. No se sugiere que los dioses fuesen mera fábula; San Agustín sostiene que existen, pero que son diablos. Les gustaba que se contasen cuentos asquerosos de ellos porque necesitaban injuriar a los hombres. Las hazañas de Júpiter cuentan más, entre los paganos, que las doctrinas de Platón o las opiniones de Catón. “Platón, que no admitiría poetas viviendo en una ciudad bien gobernada, mostró que su único mérito era mejor que el de aquellos dioses, que deseaban ser honrados con comedias” (Ibíd.., II, 14).

Roma fue siempre perversa, desde el rapto de las mujeres sabinas en adelante. Muchos capítulos están dedicados a la pecaminosidad del imperialismo romano. No es verdad que Roma no sufriese antes de hacerse cristiano el Estado; desde los galos y las guerras civiles sufrió tanto como desde los godos y más.

La astrología es no sólo perversa, sino falsa; esto puede probarse por las diferentes fortunas de los mellizos, que tienen el mismo horóscopo (Este argumento no es original: se deriva del académico escéptico Carnéades. Cf., Cumont, Las religiones orientales en el paganismo romano, p. 166). La concepción estoica del Destino (que estaba relacionada con la astrología) es errónea, puesto que los ángeles y los hombres tienen libre albedrío. Cierto es que Dios tiene preconocimiento de nuestros pecados, pero nosotros no pecamos a causa de Su preconocimiento. Es un error suponer que la virtud trae infelicidad, aun en este mundo: los emperadores cristianos, si fueron virtuosos, han sido felices hasta cuando no tuvieron fortuna, y Constantino y Teodosio fueron también afortunados; asimismo el reino judío subsistió en tanto que los judíos se adhirieron a la verdad e la religión.

Hay una versión muy cordial de Platón, a quien sitúa por encima de todos los demás filósofos. Todos los demás tienen que cederle paso: “Que Thales se vaya con su agua, Anaxímenes con el aire, los estoicos con su fuego, Epicurio con sus átomos” (La ciudad de Dios, VIII, 5) Todos estos eran materialistas; Platón no lo era. Platón vió que Dios no es ninguna cosas corporal, pero que todas las cosas tienen su ser de Dios y de algo inmutable. Tenía razón, también, al decir que la percepción no es el origen de la verdad. Los platónicos son los mejores en lógica y ética y los más próximos al cristianismo. “Se dice que Plotino, que vivió más tarde, comprendió a Platón mejor que nadie”. En cuanto a Aristóteles, era inferior a Platón, pero por encima de los demás. Ambos, sin embargo, dicen que todos los dioses son buenos y deben adorarse.

Contra los estoicos, que condenaban toda pasión, San Agustín sostiene que  las pasiones de los cristianos pueden ser causas de virtud; la ira, o la piedad, no son condenables per se, sino que debemos inquirir su causa.

Los platónicos tienen razón acerca de Dios, pero se equivocan respecto a los dioses. Están equivocados también al no reconocer la Encarnación.

Hay una larga discusión sobre ángeles y demonios, que está en relación con los neoplatónicos. Los ángeles pueden ser buenos o malos, pero los demonios son siempre malos. Para los ángeles, el conocimiento de las cosas temporales (aunque lo poseen) es abyecto. San Agustín sostiene, con Platón, que el mundo sensible es inferior al eterno.

El libro XI comienza con el relato de la naturaleza de la Ciudad de Dios. La Ciudad de Dios es la sociedad de los elegidos. El conocimiento de Dios se obtiene sólo por medio de Cristo. Hay cosas que pueden ser descubiertas por la razón (como en los filósofos), pero para todo conocimiento religioso ulterior, debemos contar con las Escrituras. No debemos pretender comprender el tiempo y el espacio anteriores a cuando el mundo se hizo; no hubo tiempo antes de la creación y no hay lugar donde no hay mundo. Todo lo bendito es eterno, pero no todo lo eterno es bendito: v.gr.: el infierno y Satán. Dios previó los pecados de los demonios, pero también su utilidad para perfeccionar el universo como conjunto, análogo a la antítesis en la retórica.

Orígenes se equivoca al pensar que las almas les fueron dadas a los cuerpos como castigo. Si esto fuera así, las almas malas habrían ido a cuerpos malos; pero los demonios, aun los peores, tienen cuerpos aéreos, que son mejores que los nuestros.

La razón de que el mundo fuese creado en seis días es que seis es un número perfecto (es decir, igual a la suma de sus factores).

Hay ángeles buenos y ángeles malos, pero aun los malos no tienen una esencia que sea contraria a Dios. Los enemigos de Dios no lo son por naturaleza, sino por voluntad. La voluntad viciosa no tiene causa eficiente, sino sólo deficiente; no es un efecto, sino un defecto.

El mundo tiene menos de seis mil años. La historia no es cíclica como algunos filósofos suponen: “Cristo murió una vez por nuestros pecados” (Romanos VI: Tesalónicos, IV).

Si nuestros primeros padres no hubiesen pecado, no habrían muerto, pero porque pecaron, toda su posteridad muere. Al comer la manzana trajeron no sólo la muerte, natural, sino la muerte eterna (es decir, la condenación).

Porfirio se equivoca al negar los cuerpos de los santos en el cielo. Tendrán mejores cuerpos que el de Adán antes de la caída; sus cuerpos serán espirituales, pero no espíritus y no tendrán peso. Los hombres tendrán cuerpos machos y las mujeres cuerpos hembras, y aquellos que hayan muerto en la infancia se levantarán de nuevo con cuerpos adultos.

El pecado de Adán ha traído a todo el género humano la muerte eterna (es decir, la condenación), pero la gracia de Dios ha liberado a muchos de ella. El pecado procede del alma, no de la carne. Platónicos y maniqueos se equivocan al adscribir el pecado a la naturaleza de la carne, aunque los platónicos no sean tan malos como los maniqueos. El castigo de todo el género humano por el pecado, el hombre, que debía haber sido espiritual en el cuerpo, se hace carnal en la mente (La ciudad de Dios, XIV, 15).

Esto conduce a una larga y minuciosa discusión de la lujuria sexual, a la que estamos sujetos como parte de nuestro castigo por el pecado de Adán. Esta discusión es muy importante como reveladora de la psicología del ascetismo; debemos por eso ir a ella, aunque el santo confiesa que el tema es indecoroso. La teoría anticipada es como sigue:

Debemos admitir que el comercio sexual en el matrimonio no es pecado, con tal de que la intención sea engendrar prole. Pero, aun en el matrimonio, un hombre virtuoso deseará poder arreglarse sin la lascivia. Aun en el matrimonio, como el deseo de la ocultación nuestra, la gente se avergüenza de las relaciones sexuales, porque “este acto legítimo de la naturaleza está acompañado (desde nuestros primeros padres) de nuestra vergüenza penal”. Los cínicos piensan que se podría prescindir de la vergüenza, y Diógenes no tendría ninguna por ello, deseando ser    en todas las cosas como un perro; pero aun él después de un intento, abandonó, en la práctica, este extremo de desvergüenza. Lo que es vergonzoso de la lascivia es su independencia de la voluntad. Adán y Eva, antes de la caída, pudieron haber tenido comercio sexual sin lujuria, aunque de hecho no lo tuvieron. Los artesanos, en la persecución de su tarea, mueven las manos sin lujuria; semejantemente si Adán se hubiese apartado del manzano, pudo haber ejecutado las cuestiones del sexo sin las emociones que ahora exige. Los miembros sexuales como el resto del cuerpo, habrían obedecido a la voluntad. La necesidad de la lascivia en las relaciones sexuales es un castigo por el pechado de Adán, pero por el que el sexo debía haber sido divorciado del placer. Omitiendo algunos detalles fisiológicos que el traductor ha dejado muy propiamente en la oscuridad del latín original, la anterior es la teoría de San Agustín con respecto al sexo.

Es evidente de lo anterior que lo que produce el desagrado ascético del sexo es su independencia de la voluntad. La virtud, se sostiene,  exige completo control de la voluntad sobre el cuerpo, pero tal control no basta a hacer el acto sexual posible. El acto sexual, por lo tanto, parece incompatible con una vida perfectamente virtuosa.

Siempre, desde la Caída, el mundo ha estado dividido en dos ciudades: la una reinará eternamente con Dios, la otra padecerá tormentos eternos con Satán. Caín pertenece a la ciudad del demonio, Abel a la ciudad de Dios. Abel, por gracia, y en virtud de la predestinación, fue un peregrino sobre la tierra, y un ciudadano del cielo. Los patriarcas pertenecen a la Ciudad de Dios. La discusión de la muerte de Matusalén trae a San Agustín a la molesta cuestión de la comparación de la Septuaginta con la Vulgata. Las fechas dadas en la Septuaginta conducen a la conclusión de que Matusalén sobrevivió al diluvio catorce años, lo que es imposible, puesto que no estuvo en el Arca. La vulgata, siguiendo los manuscritos hebreos, da fechas de las que se sigue que murió en el año del diluvio. En este punto, San Agustín sostiene que San Jerónimo y los manuscritos hebreos deben tener razón. Alguna gente sostiene que los judíos habían falsificado deliberadamente los manuscritos hebreos, por malicia hacia  los cristianos; esta hipótesis es rechazada. Por otra parte, la Septuaginta debe haber sido divinamente inspirada. La única conclusión es que los copistas de Ptolomeo cometieron errores al transcribir la Septuaginta. Hablando de las traducciones del Antiguo Testamento, dice: “La Iglesia ha recibido la de la Septuaginta como si no hubiera otra, pues muchos de los cristianos griegos, al usas ésta totalmente, no sabían si había otras o no.

“Nuestra traducción latina también es de ésta. Aunque un cierto Jerónimo, sacerdote culto y gran lingüista, ha traducido las mismas Escrituras del hebreo al latín. Pero aunque los judíos afirman que toda su labor erudita es verdad, y acusan a los setenta de haberse equivocado frecuentemente, sin embargo, las Iglesias de Cristo sostienen que nadie debe ser preferido a tantos especialmente siendo elegidos por el Alto Sacerdote, para esta obra”.

Acepta la historia del acuerdo milagroso de las setenta traducciones independientes, y lo considera como una prueba de que la Septuaginta tiene inspiración divina. La Herea, no obstante, está igualmente inspirada. Esta conclusión deja sin resolver la cuestión respecto a la autoridad de la traducción de Jerónimo. Quizá pudiera haber estado más decididamente de parte de Jerónimo, si los dos Santos no hubiesen discutido sobre las inclinaciones oportunistas de San Pedro (Gálatas, II, 11-14).

Da un sincronismo de la historia sagrada y profana. Sabemos que Eneas llegó a Italia cuando Abdón era juez en Israel, y que la última persecución tendría lugar bajo el Anticristo, pero se ignora su fecha.

Después de un admirable capítulo contra el tormento judicial, San Agustín se pone a combatir a los nuevos Académicos que creen que todas las cosas son dudosas. “La Iglesia de Cristo detesta estas dudas como locura, teniendo un conocimiento sumamente certero de las cosas que aprehende”(De Abdón sabemos solamente que tuvo 40 hijos y 30 sobrinos, y que los 70 montaron en burro. Inece, XII, 14.). Deberíamos creer en la verdad de las Escrituras. Continúa explicando que  no hay virtud verdadera, fuera de la religión verdadera. La virtud pagana está “prostituída por la influencia de diablos obscenos y sucios”. Lo que serían virtudes en un cristiano son vicios en uno pagano. “Esas cosas que ella (el alma) parece considerar como virtudes,  dominando por ello sus afectos, si no están referidas todas a Dios, son en efecto más bien vicios que virtudes”. Los que no son de esta sociedad (la Iglesia), deben sufrir la miseria eterna. “En nuestros conflictos con esta tierra, o es vencedora la pena, y así la muerte expele su sentido, o gana la naturaleza y destierra la pena. Pero, entonces, la pena debe afligir eternamente, y la naturaleza sufrirá eternamente, padeciendo las dos el castigo infligido”.

Hay dos resurrecciones: la del alma y la muerte y la del cuerpo en el día del Juicio. Después de una discusión de varias dificultades concernientes al milenio y los actos subsiguientes de Gog y Magog, llega a un texto en II Tesalónicos (II;12): “Dios debe mandarles una fuerte decepción, para que crean en una mentira, para que todos los que no crean la verdad sean condenados, pues sólo tenían placer en el error”.

Algunos pueden pensar que es injusto que el Omnipotente, primero les engañara y les castigase después por haberse engañado; pero a San Agustín le parece esto perfectamente. “Estando  condenados, están seducidos, y estando seducidos, condenados. Pero seducción    ocurre por el juicio secreto de Dios, justamente secreto y secretamente justo; incluso el Suyo que ha juzgado continuamente, desde el principio del mundo”. San Agustín cree que Dios dividió la humanidad en elegidos y réprobos, no por sus méritos o faltas, y, por lo tanto, los réprobos no tienen por qué quejarse. Por el pasaje mencionado de San Pablo, se deduce que son malos porque son réprobos, y no al revés.

Después de la resurrección del cuerpo, los cuerpos de los condenados arderán eternamente sin consumirse. No hay nada extraño en esto; le ocurre a la salamandra y al Monte Etna. Los diablos, aunque son incorpóreos, pueden quemarse en el fuego corpóreo. Los tormentos del infierno no purifican, y no disminuirán, por la intercesión de los santos. En Orígenes hubo equivocación al pensar que el infierno no es eterno. Los herejes y los católicos pecadores serán condenados.

El libro termina con una descripción de la visión de Dios que tiene los santos en el cielo y de la eterna felicidad de la Ciudad de Dios.

Del resumen anterior puede no deducirse con claridad  la importancia de la obra. Lo que ejerció influencia fue la separación de la Iglesia y el Estado, con la clara implicación de que el Estado sólo podía formar parte de la Ciudad de Dios, estando sometido a la Iglesia en todos los asuntos religiosos. Ésta ha sido la doctrina de la Iglesia siempre desde entonces. Por toda la Edad Media, durante la ascensión gradual del poder papal y durante el conflicto entre el Papa y el Emperador, San Agustín proveyó a la Iglesia occidental de la justificación teórica de su política. El Estado judío, en el tiempo legendario de los jueces y en el período histórico, después de la vuelta de la cautividad  babilónica, fue una teocracia; el estado cristiano debía imitarle en este aspecto. La debilidad de los emperadores y de la mayoría de los monarcas medievales occidentales hizo posible que la Iglesia pudiera grandemente realizar el ideal de la Ciudad de dios. En el Oriente, donde el Emperador  era fuerte, nunca se produjo este desarrollo, y la Iglesia estaba más sometida al Estado que en Occidente.

La Reforma, que hizo revivir la doctrina de San Agustín  sobre la salvación, echó por la borda su enseñanza teocrática y se hizo erastiana (erastianismo es la doctrina de que la Iglesias debe estar sometida al Estado), debido grandemente a las exigencias prácticas de la lucha con el catolicismo. Pero el erastianismo protestante era tibio, y los protestantes más religiosos están aun influidos por San Agustín. Los anabaptistas, los hombres de la Quinta Monarquía y los Cuáqueros aceptaron una parte de su doctrina, pero dieron menos importancia a la Iglesia. Era partidario de la predestinación y también de la necesidad del bautismo para la salvación. Estas dos doctrinas no armonizan bien y los protestantes extremados desecharon esta última. Pero su escatología siguió siendo agustiniana.

La “Ciudad de Dios” contiene pocos elementos fundamentalmente originales. La escatología es judía en su origen, y entró en el cristianismo principalmente por el Libro de la Revelación. La doctrina de la predestinación y elección es de San Pablo, auque San Agustín la desarrolló más amplia y lógicamente que lo que se puede hallar en las Epístolas. La diferencia entre la historia sagrada y la profana está expuesta muy claramente en el  Antigua Testamento. San Agustín reunió estos elementos y los puso en relación con la historia de su propia época, de tal forma que la caída del Impero Occidental y el período subsiguiente de confusión podían ser asimilados por los cristianos sin un esfuerz