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  La cultura arrebatada

La búsqueda de un mascarón de proa para toda cultura es una constante en el día a día de toda política cultural (la cultura de la política, que es cosa bien distinta a la cultura cultura política) que se precie. La manía del logo y de la imagen, ha dado estos frutos. Y tanto ayuntamientos, como gobiernos (autónomos y nacional) andan cada día liados en la tarea estúpida de encontrar un símbolo que les lleve más allá del olvido... cuando el inevitable olvido les llegue. En Avilés, y durante años, décadas, ese símbolo fue sin duda alguna el Teatro Palacio Valdés, un coliseo de corte italiano y coqueto, de dimensiones más que generosas para las de la Villa que lo levantó, y acabados temerarios para una economía modesta como necesariamente habría de ser la avilesina de la pre-ensidesa. Sin duda, el siglo veinte es el del auge y el de la caída del Teatro Palacio Valdés... con lo que ese ciclo vital implica en la historia de la Villa y en la de sus gentes.

El Palacio Valdés, ya en medio ruina, fue arma arrojadiza entre dos bandos de antiguo enfrentados en la cosa local: los supuestamente modernos, contra los supuestamente nostálgicos. Y, eso, se tradujo (vayan a saber el por qué de estas cosas cuando ocurren...) en un enfrentamiento entre derecha e izquierda, conservador y progresista, entre pasado y futuro. Y así, el Teatro Palacio Valdés fue durante los años setenta y aún los ochenta, motivo absurda lucha entre la tradición y la supuesta modernidad. Supuesta, por cuanto que ya nos contarán algunos qué modernidad puede ser la que pretende arrasar con ella misma, con su propia modernidad, en aras de lo posmoderno huérfano y sin nombre claro y preciso. Sin saber, ¡oh modernos de nuestra alma!, que el futuro descansa sobre los hombros amplios y generosos del pasado... que a su vez también fue en su día futuro de un pasado obligadamente siempre anterior.

Con todo, pese a todo, gracias a todo... el Palacio Valdés ha significado a principios de los años noventa, hace ahora quince años, un empujón importante en las espaldas de una ciudad cansada de sí misma y de sus líderes erráticos; apesadumbrada por los coletazos de un proceso de desindustrialización salvaje, llamado cruelmente “reconversión”, que acabó con toda una manera muy avilesina de entenderse a sí misma. Y con todo y pese a todo, “el Palacio”, (y no el Valdés como algunos enteradillos dicen ahora siguiendo con su afán de reescribir a su forma la historia, aún la más común a todos) el de las sesiones matinales, el de los acomodadores con palo y mala leche, el de las entradas que vendió Teresina durante tantos años; el palacio del cine y el drama, la canción y el baile de fin de año, del carnaval y la fiesta del Bollo, de los bailes de sociedad y las galas benéficas cuando los Reyes Magos, el palacio de gallinero y de platea, el palacio burgués y madrugadoramente venido a menos... Ese Palacio Valdés, aún hoy y por muchos años, sirve todavía felizmente como mascarón de proa de la singladura de una ciudad para la que sus dirigentes políticos siguen buscando un “guguenjain”. Y, no sabemos si también felizmente, solamente consiguen tropezar con sus míseras piedras sembradas desmañadamente en su propio camino…

Pero, y ya con símbolo o sin él, ya con Palacio Valdés o sin su presencia... hay cosas que no cambian en el solar patrio este nuestro. ¿Algún ejemplo? Sea... y vaya el primero, que constituye uno de los puntos más candentes de la cultura actual española (e la cultura de hoy en España, sería más correcto decir): el de los derechos de autoría y sus distintas conculcaciones diarias. Veamos de qué estamos hablando. Veamos como es la nueva piratería...intelectual.

Los derechos derivados de la autoría de artefactos intelectuales han tenido y tienen en la legislación moderna adecuada protección frente a los violadores de esa titularidad paterna del creador que pone en circulación ya sea un poema, un libro, un cuadro, una foto, una película o una composición musical. Hasta ahí, estamos casi todos de acuerdos... menos algunos pocos pero muy recalcitrantes miembros de la SGAE (Sociedad General de Autores), se entiende. Se comprende que el autor, tiene la soberanía sobre su obra. La posee, y rige su destino como tal obra. Se protege su difusión, su venta, su copiado... Aunque de los excesos en el asunto del canon por los soportes (CD's, etc) hablaremos en mejor ocasión largo y tendido. Pues la cosa mueve millones, sí... Pero antes que nada, hay que considerar que el hecho de cobrar una cantidad de dinero por un CD (o DVD, o cinta de video, o lo que sea...) a un usuario que lo va a usar exclusivamente para introducir en él datos e información de su empresa o de su oficio... no deja de parecerse a lo que hacía Barbarroja y sus símiles por esos mares de dios y el diablo armados de un sable, de un trapo negro y de dos tibias cruzadas bajo una calavera: la piratería. Estando además el "pequeño detalle" de que si se considera ese canon como una "sanción" por el "previsible" delito de copiado ilegal de una obra sujeta a derechos de autor... se da la circunstancia cuando menos sospechosa de considerar al simple comprador como un delincuente; y sin prueba alguna, ni sentencia judicial al respecto. Pero es que, por otro lado, si se considera como un simple "cobro" previo al copiado "inevitable", la cosa se pone aún peor, por cuanto se cobra por un "servicio" (el copiado) que legalmente es imposible precisamente por ser ilegal... En fin, un lío. Pero un lío del que los mismos de siempre sacan una pasta gansa todos los años, claro. Esperemos que la cosa no la extiendan a los folios en blanco, susceptibles siempre (desde esa perspectiva maliciosa) de servir para el "copiado" de, por ejemplo, el último premio planeta o el último artículo del mismísimo cebrián (con minúscula, por supuesto).

Por ello, hablemos hoy solamente de otra piratería: la de los "autores" que dicen serlo... sin dar ni un solo palo al agua en cuanto a esfuerzo creativo. Hablemos del plagio, del robo, del copiado intelectual, del sabotaje puro y duro al trabajo ajeno... En fin: de la más impía y resuelta piratería intelectual.

Para haber creación intelectual ha de haber intelecto, capacidad de intelección... Si hasta parece obvio, ¿no? Para haber creación cultural, tiene que haber cultura, capacidad intelectual… Más obvio aun... Pero la obviedad de ambas cosas no debe privarnos del placer de recordarlo aquí y ahora. Y, ya puestos a decir simplezas o lugares comunes, apuntaremos que el plagio y el copiado no es sino la declaración más fidedigna, radical, neta y patente del fracaso cultural e intelectual de quien lo lleva cabo. Hay casos que asombran. Otros que indignan. Y otros... que producen simplemente risa. Tales, estos últimos, los de la presentadora del programa del corazón a la que un cuñado le "escribe" un libro que ella firma y lanza una editorial de primera fila... libro en el que "se cuelan" mágicamente páginas enteras de otros autores. O ese otro más reciente de una escritora algo menos que mediocre que viene saliendo a plagio por libro premiado en concursos literarios de relumbrón y buena bolsa. O ese director español  superpremiado que copia directamente escenas de películas de aquí y de allá y las cuela (ante un público sin la más mínima cultura fílmica) como suyas y propias... O... en fin, tantos y tantos casos que podrían traerse a colación aquí. Y ahora.

Si sentamos el principio de que difícilmente puede ser un "creador cultural quien está ayuno de toda cultura, habrá que empezar por diferenciar lo más claramente posible dos términos parecidos pero diametralmente diferentes: porque, efectivamente: hay cultura… y (aunque les suene un poco abroma) hay cultureta. Respecto de la primera, ya saben: definiciones para escoger, para todos los gustos. Muchas y variadas, como variadas pretenden algunos las culturas, multiformes, distintas y hasta enfrentadas. La vulgarización del término “cultura” llega hoy hasta los extremos de aplicarlo a casos más bien absurdos o de adecuación algo más que dudosa, tales como “cultura empresarial” y derivados, adláteres y complementarios. En resumen: de la vulgarización de la cultura, hasta llegar a su casi absoluta destrucción. Al menos, tal y como (bien o mal) se la había entendido en estos últimos tres milenios, como poco. O sea, desde los griegos para acá.

¿Qué es la cultureta? Pues entiéndese por tal aquella especie de cultura que esgrimen los que carecen de la otra: la cultura sin más. Pero no malinterpreten el término, pues no se trata de aludir a la “poca” cultura o a la cultura de nivel medio o aun insuficiente. No. La cultureta es un imaginativo y falsario artefacto nuevo, un mediocre sucedáneo, una creación de urgencia para aparentar ser culto… sin haberse tomado el trabajo de sentar las sencillas bases personales para realmente serlo. Cultureta es término creado por unos pocos y utilizados por unos pocos más para impostarse a ellos mismos en las apariciones en los foros públicos y no dar la nota… ahora que la televisión con sus tan terriblemente mediocres programaciones tertulioides ha entrado a saco en la vida de los ciudadanos menos cuidadosos con su salud intelectual y hasta mental. Cultureta es, en fin, la plantilla de uso de quienes dedican sus esfuerzos a tareas más “rentables” que la trabajosa investigación y el esforzado estudio. Pero… que necesitan de la apariencia de contar con el resultado probado y fiel de ambas cosas: la cultura, al fin y al cabo.

Las más innobles artes de la piratería han vuelto a florecer (¿algún día se fueron?) de forma descarada en la vida política y cultural nuestra, la de cada día. Con el sable bien apretado entre los dientes, cientos de políticos-artistas-intelectuales (fruto más granado de la "democracia" con comillas en que han convertido la Democracia sin comillas) se lanzan sobre los desarmados costados de los galeones culturales ajenos en los que marineros pacíficos hacen cada día el viaje duro y laborioso de la solitaria y escasamente retribuida creación. Y, así, igual que robaperas de tres al cuarto o salteadores de caminos ajenos a la toda ley y derecho de creación, nuestra élite  -generalicemos, aún a sabiendas de ser injustos-  se viste cada día con ropajes ajenos, felices y tranquilos, sabedores como son de que los despojados tienen bastante ya con sobrevivir sobre la balsa sin remo ni vela en que traicioneramente les han abandonado bajo el abrasador sol del océano, abruptamente puestos sobre una ola del mar embravecido de la vida diaria… Y, mientras, aumenta la fría desnudez vital de quienes se dedican "solamente" al trabajo y la investigación, al escribir para el olvido y razonar protegidos de su mirada en los pocos oasis de libertad que aún motean ese terrible desierto intelectual y creativo que llamamos España. Así entendida, la vida política y cultural y artística da pena, da asco, da ganas de devolverla a su origen de tinieblas para volver a empezar de nuevo. Así entendida, esa misma "vida" tan sustraída a la Vida, da alimento a inútiles camuflados de genio que se engranan perfectamente en los piñones del montaje que ellos mismos, u otros como ellos y de los cuales ellos son clones, han puesto en pie en estas dos últimas dos décadas. Estos corsarios "modelnos" hacen suyo -incluso a golpe de talonario (contra cuenta corriente nuestra, claro) si fuere preciso y muchas veces lo es- cualquier idea que les parece apropiada a su calidad  y su dignidad y a la del cargo que ahora inopinada e inmerecidamente ocupan. Por cierto: con ese mismo talonario compran el silencio más absurdamente culpable que cómplice de quienes sabiendo y callan, de quienes otorgan y admiten el fraude intelectual. ¡Cuánta es la desnudez ya sabida del rey! De cualquier rey.  

Solamente de cuando en vez por una esquina de los días o las noches aflora un desahogo, un canto solitario, un lamento incluso airado... Desde la esquina más insospechada, desde una nota a pie de página, que eso ha dado casi siempre ya en ser a veces y en España la protesta, la denuncia del robo cultural y creativo, el señalamiento de la cruda verdad: una ignorada y simple nota marginal a pie de una página poco leída.

No hace mucho releía yo en la revista festera más afamada de esa Villa (ya saben, Avilés) antes llamada sin complejos "del Adelantado", en una esquinita de un "El Bollo" ya atrasado, un ilustrado artículo sobre la historia local (sobre el Fuero avilesino, para ser exactos) más oculta. Este artículo al completo, pero sobre todo esta su nota a pie de página,  nos pone frente a una realidad a menudo ignorada, y nos enseña a la vez la cruel verdad de la cultura, de la política, de nuestra historia. Decía así la tal nota al pie de la página:

"Dicho sea suavemente al oído: Disparar con pólvora ajena, siempre abarató la cacería del que no la paga. Y eso es, lamentablemente, lo que para nuestra desgracia solemos padecer algunos que, con todo nuestro esfuerzo, sacrificio y dedicación de que somos capaces, intentamos realizar una investigación crítica, no recitativa, de nuestra propia historia; pues vemos, con harta frecuencia, cómo nuestros esfuerzos y estudios terminan siendo la pólvora usada por quienes nunca la quieren pagar. Hete aquí que, de pronto, silencioso, sin avisar de su presencia, llega el recitador, y con el mayor descaro que imaginar se pueda te aplica el rápido procedimiento del tirón; alzándose con todos tus esfuerzos, tus ideas, tus perspectivas y tus investigaciones. Y todo ello, sin plantearse siquiera la obligada decencia de citarte como autor o generador de eso mismo de lo que él se ha apropiado. Nada, silencio absoluto. ¿Citarte? Para qué... Tus ideas ya no son tuyas, sino suyas, y tus hallazgos también son suyos, e incluso hasta los propios temas te han sido robados íntegramente. Ya sólo resta que el tironero-recitador, tal y como tiene por costumbre, las haga públicas como si fuesen fruto de sus propios esfuerzos, estudios e investigaciones para, acto seguido, volver, una vez más, a pavonearse de sapiente ante el respetable. Intelligenti Pauca; que es tanto como decir que "a buen entendedor, pocas palabras".  (Revista "El Bollo", año 2002, página 142, nota a pie de página. Y el autor, Enrique García Tessier)

En las líneas de esa nota a pie de página de un extenso y excelente artículo sobre historia local avilesina, plasmaba hace cuatro años Enrique la cruel realidad de la vida cultural (así llamada) que nos inunda. Plasma desde la educada e inteligente protesta toda la crudeza real del problema de la piratería cultural. De la apropiación del trabajo ajeno. Del corso del intelecto ajeno. Y de la miseria moral de quienes la practican, claro. Tessier, no pone nombres. Era un caballero, y eso se nota. Pero la denuncia tiene caras. Y apellidos. Como escribe, “a buen entendedor, pocas palabras”. Cierto. Pero ahí están... y para seguir estando.

¿Cuáles son las maneras y técnicas que utiliza en labor de rapiña esta moderna piratería cultural? Pues... vamos a ello.

En su aspecto más crudo, está el robo puro y duro del trabajo ajeno. Esto se puede hacer en contadas ocasiones. Solamente cuando uno se vuelve albacea no pedido de la labor callada de un investigador poco conocido y no reivindicado. Es el caso más claro de piratería, el más sonado. Se cambia la firma, o como mucho se cambia un poco la redacción, y listo: a presumir de creador, de intelectual, de genio.

En un segundo escalón, tenemos a los que ramonean en prado ajeno, así, silenciosamente, como sin molestar mucho… Son los (y las) que le piden al creador o al investigador echar un vistazo a los manuscritos y fichas… hasta que aparecen de su puño y firma publicadas, antes de que el auténtico creador reaccione. De poco sirve luego que éste persiga a aquél gorra en mano para pedirle cuentas del desafuero…El pirata ha triunfado. Y a joderse tocan.

Más abajo (pero arriba en grado de picaresca y maldad) está el simple ladrón de documentos ya públicos ya privados, con mil excusas y mil arteras formas de obtener lo ajeno. Es éste un caso más frecuente de lo que se piensa. Y este es también el motivo de que normalmente ya nadie deje en préstamo ni un papel, ni una foto, ni una cinta…

Otro grado en esta escala no precisamente de Jacob, lo conforma el secuestrador de archivos, quien evita que estén en el dominio público documentos y material de estudio e investigación que realmente lo son por propia naturaleza; y valiéndose de su posición (o la de un afín, que tanto da) de privilegio impide el trabajo ajeno sobre este material… que luego se presenta como genial hallazgo propio, o sirve de base a una exposición más o menos graciosa, más o menos brillante, peor sin aportación de trabajo investigador real y efectivo; creador. Poco frecuente, por cuanto los archivos, por desgracia, son hoy pocos. Algo es algo.

Uno  muy frecuente consiste en el aprovechamiento de la primera celebración (centenario o similar, todo vale) a tiro para llamadita tras llamadita, tacita a tacita, frase robada a frase robada… pasito a pasito…Y ofrecerse callada y silenciosamente a los poderes públicos o privados (siempre que paguen los fastos y festejos, claro) para celebrar (supuestamente) al prócer de turno, ya sea éste pintor, escultor, fotógrafo, impresor, ensayista o poeta...por citar algunos. Un homenaje, un acto floral, un recordatorio… dan pie a aparecer en los medios de comunicación nuestros piratas como  los expertos, máximos conocedores, o expresión similar… en el homenajeado. Se amaga en el saber. Se aparenta que se dice sin decir nada en concreto. Se habla, pero no se escribe. Se cita, pero sin decir a quién. Y al final, fuese y no hubo nada: se ha pasado con la “gloria” y sin la “pena” de la investigación… ¡¡ajena!! Y a otra cosa, o lo que es lo mismo: a por otro acto homenajeador.

Y éstas son, por no aburrir, las técnicas más usuales de la piratería de que hablamos aquí. No hablamos ahora de la quizás más infame, pero legal por consentida: la que consiste simplemente en encargar el trabajo a un “negro”, un creador o investigador que venderá su trabajo a quien le paga. Pagano que firmará la cosa y recogerá los parabienes, cuando los haya. Caso, pues, aparte que queda en la conciencia de quienes pactan, cobran y pagan. Aunque no es menor, aquí, la impostura.

Los nuevos piratas, los corsarios culturales, campan por sus respetos quizás únicamente por una simple razón: como cantaba Gardel en aquel tango, da todo exactamente igual, lo bueno que lo  malo, la auténtico y lo falso, el honrado y el ladrón… Y cualquier denuncia quedaría sumida y absorbida en esta especie de patio de porteras en que se ha convertido el mundo cultural español de hoy. Y el avilesino, claro, faltaría más.

Solamente queda remitirse y reiterarse en lo tantas veces dicho. Y repetir frente al vacío social que esa piratería, ese espíritu corsario es fruto y origen de la situación que a diario sufrimos. Y que la ignorancia supina o mediana no es baldón ni obstáculo hoy y aquí para escalar hasta la cima (cultural o política) sin siquiera despeinarse. La maldad, pues, anida en el centro mismo del espíritu de la cultura, de la literatura, del arte y de la ciencia.

Ciertos personajes, enredados en la política de la cultura, nos prometieron en su día un cambio…y (una vez más el tópico recurrente pero exacto) nos han dado el gran cambiazo. Y encima quieren y pretenden que les riamos las gracias. Otros, sin cambio alguno ni promesa de tal cosa, siguen como siempre instalados en su castillito o mini fortaleza desde la cual defienden con uñas y dientes su trabajosamente ganada posición de mini-gurús intelectuales venidos a menos, para la cual ni siquiera tienen sentados los conocimientos y principios científicos que les acreditare como tales. Y, desde su ignorancia, entienden (acertadamente, por otro lado) como peligro para el buen marchar marino de su bajel de piratería intelectual cualquier despunte ajeno de florecimiento cultural… que ellos mismos no controlen desde su puesto de mando. Inmerecido e ilegítimo, claro. Pero sólido como una muy iletrada roca.

La situación es grave, no lo duden. La inteligencia merece un clareo, como los bosques demasiado tupidos. Vendría mucho mejor que bien el sentar el criterio de que no vale todo, y que nada "vale" si no vale. Aunque pueda parecer un simple juego de palabras. Y, eso sí, desesperado.

Creemos firmemente que no debería poder servir de eficaz currículo intelectual o de programa político cultural (por estos pagos y solares de la octava potencia económica del mundo: España) el tenor literal de la letra de "Siglo XX", el tango antes aludido de Enrique Santos Discépolo, mi casi homónimo y por quien tan estúpidamente me han preguntado tantas veces (¡tantos y tan grandes ignorantes del tango, de los hombres, de los dioses y de la historia!)… desde que Luis Eduardo Aute lo citó, que no primero.

Así que, piratas, corsarios y ladrones varios: ¡¡Al abordaje!! ¡¡El trabajo ajeno os espera desarmado...!! En este país y, por el momento, no pasa nada de nada por este tipo de robos. Pero... claro: eso ya de sobra lo sabéis vosotros...

De forma más que curiosa y motivo de algo mas que una sospecha, constatamos que el tipo de espécimen anterior, el piratilla cultural siempre en pos del botín cultural ajeno… coincide con otro no menos peculiar que –por supuesto que despectivamente- se ha venido en llamar “el progre”. Y, éste, el progre cultural, podemos verlo agrupado en lo que –igualmente de manera precisamente nada halagadora- se ha dado en titular como un nuevo mester de clerecía. ¿De qué nuevo grupo hablamos? Vamos con ello.

Es una casta nueva. Son los integrantes de ese Mester de Clerecía nuevo que ha dado en cobijarse bajo la etiqueta ambigua de "progresía". Estos nuevos clérigos, sacerdotes del nuevo-viejo poder eterno, celebran la ceremonia de la confusión cada día, y especialmente en período electoral. Son clérigos laicos, claro, como cabe esperar de su condición de pseudo-gnósticos sectarios de una cierta forma interesada de entender el carácter de lo laico. Cantan, unos, escriben otros, hacen cine aquellos, pintan algunos, conferencian en verano casi todos, "pasean en corte" por los cómodos pasillos del poder los más... Son el nuevo y falso Mester de Clerecía, digo, que han olvidado (o errado) oficio y destino; y se han puesto al servicio del único señor posible en su corto margen de pensamiento libre, el más fácil de todos, el menos heroico: el dinero. Ellos, que se cobijan bajo decorados de heroísmo cada día.

Los conocemos todos. Y a todos. Pues los grandes monopolios de la información y la cultura los meten en nuestras casas todos los días. Están en los megagrupos editoriales, en la televisión pública monopolizada por el gobierno de turno, en los diarios punteros con ínfulas de ejercer de monopolio fáctico, en los encuentros llamados cinicamente "culturales", en los fastos y fiestas del poder... mientras manifiestan -eso sí- ser ellos (ellos solos y antes que ningún otrolos paradigmas del contrapoder y la rebeldía. Los nombres sobran, pues no habría sitio en esta columna para lista tan larga. Lista que no es precisamente la lista negra del macarthismo... antes al contrario: la de los nixons y los macarthies. Sus sueldos, bordean el escándalo, a menudo. Y a menudo también esos sueldos proceden por diferentes vías de las arcas comunes, del saco colectivo de nuestros sudores... es decir, ¡de los presupuestos generales del estado! Sus saberes y artes... están a menudo por ver. Sus fines declarados, conquistar a la audiencia, meter en un (su) puño alquilado a la masa lectora (y electora), magnetizar al ciudadano despistado, conquistarle para el buen camino y la sagrada causa. Su fin oculto, empero, es servir a la voz de su amo, que le manda hacer ruido, mucho ruido, el más que puedan... a fin de que el personal mire para otro lado, y mientras el gran negocio del poder (privado, que el poder siempre es privado) sigue creciendo a nuestra costa.

Lo progre es hoy toda una teoría del poder. Y a la vez, una forma absoluta de entender el poder. Pero también una manera falsaria de ejercer el poder. Y una forma, como no, de acceder al poder... Lo progre, constituye hoy un anestésico potente y efectivo para-contra el notable y peligroso vicio de pensar... en libertad. La progresía, concebida tal y como se hace en España hoy, pretende transformar/rebajar/devaluar el debate intelectual y político (donde se encuentra, si se encuentra en algún lado) hasta convertirlo en un conflicto permanente entre el interés (el suyo, puro y duro) y la razón, entre la verdad y el miedo a decirla en alto. Entre, al fin, la Libertad… y las otras sustitutas, pacatas y jibarizadas libertades otorgadas. 

El periodista Enrique De Diego en su libro "Los nuevos clérigos", ponía no ha mucho y descarnadamente ante nosotros la realidad de nuestros propios fantasmas pseudoizquierdistas, o sedicentemente izquierdistas, mal llamados progresistas. El que mi compañero el señor De Diego se proclame liberal y de derechas, me importa (teniéndome yo a mi vez como liberal de izquierdas y aburguesado socialdemócrata de inspiración eminentemente fabiana… con una pizca de radicalismo inglés y un toque ligeramente volteriano… ¡ahí es nada, oigan!) a mí ahora y a los efectos de su análisis, un pito. Lo que importa es su arduo trabajo de documentación, de interés crucial para conocer un poco mejor a este nuevo estamento a medio camino entre lo cultural y lo político: o sea, los “progres” que integran el Mester de Clerecía hoy. Su libro muestra información suficiente  para que quien no quiera seguir ciego (si se ha estado) alcance a ver la verdad del panorama conformado por un grupo de gentes aupadas en las cimas del poder intelectual, cultural y social... que lejos de constituir una Orden de Caballeros monjes-guerreros, templarios de la cultura y la libertad de pensamiento... han devenido en una panda de mezquinos mendicantes sin orden. O sea, lo ya sabido puesto en letra de molde. Y… ante esto, sólo caben dos posturas: mirar, o cerrar los ojos. Que cada cual, de acuerdo a su conciencia y según sus intereses (más o menos claros, más o menos legítimos), escoja.

A los rojazos de mucho pro, la realidad, delatora de nuestra propia y deformada imagen, nos reserva a veces estos sustos. ¡Quién nos iba a decir que nuestros punteros del gauchismo más acendrado, habían sido, son (y serán, si los dejan) colaboradores a mesa y mantel de los más ensoberbecidos terminales del poder económico español...! Pues lo han sido, lo son y lo serán, sí. ¡Quién nos juraría sin creerlo casi nadie que incluso estas gentes que tan fervorosamente denuncian (con razón) ahora el franquismo... fueron fervientes servidores-delatores del régimen!  Pues lo han sido. Pero, en fin, arrepentidos quiere dios. Aunque, bueno, tampoco hacía falta tanto ardor mercenario contra todo infiel y/o hereje de la oficialista religión progre, la suya y en la que ellos celebran y comulgan todos los días. Estas cosas pasan, claro, por practicar impunemente la fe exagerada del converso.

Y ahora, ante la evidencia que les coloca a las claras con su democrático culo político e histórico al aire... sólo caben dos salidas: O negarlo todo, o hacer goebbelsianamente bueno lo malo del pasado propio, lo propio del pasado malo. O sea, un negar rotundo, total, sin quiebras ni fisuras o misericordia... o, en su caso, abundar en ello recreándose en la suerte, y ¡ancha es Castilla para el Cid! Exhibiendo, eso sí, la sagrada bula (laica, clara) otorgada por los popes de la secta progre; papel-vacuna que les exime (y solamente a ellos) de la responsabilidad de su turbio pasado. El mismo pasado turbio, por cierto, que les sirve de munición para el resto. O más turbio aun. ¡¡Joder, qué tropa!!

España es país de grandes conversiones, de conversiones en masa, atropelladas… y falsas las más de las veces. España es al tiempo país de eternas claudicaciones, de claudicaciones generales, colectivas, siempre inexplicadas, inexplicables, esotéricas. España es país de grandes contradicciones... Lo sabemos. Eso nos hace ser como ahora somos. Y eso ha hecho históricamente que existieran los heterodoxos, los de verdad, los "blancowhite" de la heterodoxia real y absoluta. Por ellos, con ellos, gracias a ellos, avanzamos. Ellos son progreso... no toda esta basura pseudointelectual llamada progresía, vividores del cuento y sin cuento.

Algunos de esta grey clerical esencial y básicamente despreciable, hoy pero desde hace ya tiempo, han decidido hacer tabla rasa de su (el de ellos) oscuro pasado. Negarlo. Esconderlo. Mutarlo. Pintarlo. Maquillarlo. Censurarlo. Olvidarlo. Borrarlo. Es esa, empero, tarea ardua y difícil, pues los cadáveres de la historia y la razón siempre son devueltos por las aguas en que se les quiere sepultar por siglos. Aunque cuentan, eso sí, con potentes plataformas (mediáticas, añadirían algunos) de aplastamiento y olvido ampliamente experimentadas, muy duchas en el ejercicio del exterminio y la eliminación intelectual. Eso sí, casi todas bajo la etiqueta de "diario independiente". Desde ellas, desde el pais (sin acento y con minúscula) se aplican cada día y a conciencia en encantarnos, conducirnos, amansarnos, ilusionarnos, sugestionarnos, alienarnos, engañarnos, hechizarnos, adormecernos... El fin último, repito, es el disimulo. Y no hay mejor forma de disimular lo propio que hacer como ese pájaro tan cuco que pone los huevos (sus intereses, a fin de cuentas) en un nido (el suyo... un banco, mismamente), y canta exageradamente la puesta falsa en otro nido ajeno. Para despistar...

Hemos de romper una lanza quijotesca en pro de deshacer (o intentarlo, al menos) equívocos, ideas falsas y clichés interesados: los propalados por este nuevo mester de clerecía que sirve solícito y se beneficia eficaz del poder... de cualquier poder. El primero, y principal: ser 'progre', no significa necesariamente ser de "izquierda". Tampoco serlo de "derecha", no se crean. Ni... tampoco de "centro". Ser 'progre', a fin de cuentas, ¡¡no viene a significar nada!! Pero es precisamente esa nada absoluta la que hace de esa palabra-idea (acuñada definitivamente a estos fines a sangre y fuego en y durante nuestra transición política de los setenta), el logotipo perpetuo de una vacua y desnuda ambición de poder. Y que algunos entienden de izquierda. Eso, y nada más, es ser progre. Hoy y en este país que llamamos España.

Ante este estado de cosas, nos encontramos de sopetón con la crisis. Crisis cultural, crisis de la utopía. Crisis social, a secas. Ante esto, tanto progres como piratas se doblegan... al menos discursivamente. Y ceden al sopor producido por el sueño mortal de la crisis. Pero... ¿qué interrelación existe entre los conceptos de crisis, cultura y utopía? El retraso sobre la propia historia hace posible comprender las claves del lento proceso de deterioro, de caída en el vacío; de la crisis. Crisis, claro, cuya existencia algunos niegan cuando están en el ejercicio del poder, para apresurarse a denunciarla, cargando las tintas, cuando ese poder les es esquivo.

Toda crisis, va (o debe ir) acompañada de una conciencia de crisis. Y es éste el camino, el requisito previo para su resolución. Pero se corre a veces el peligro de unidimensionar el carácter de tal situación crítica y, así, las soluciones se buscan entonces por sólo una vía, dejando desatendidas las demás; olvidando que las salidas a situaciones  globales solamente podrán venir desde perspectivas globales, que contemplen soluciones igualmente globales.

La actual crisis social (de las sociedades libres, liberales, avanzadas, laicas y modernas… las únicas en puridad capaces de atravesar crisis, en el sentido aquí empleado) no puede quedar reducida ni en sus causas ni en sus remedios a un problema económico, industrial, laboral. Es eso; pero algo más: crisis cultural, de valores, de entidad propia.

Los objetos físicos producidos por las sociedades (humanas), los artefactos culturales, constituyen el componente material de lo que solemos llamar cultura. Y algunos de esos objetos físicos tienden en ocasiones concretas a agrandarse aisladamente ante nuestros ojos. Enmascarando, distorsionando el problema: se toma entonces la parte por el todo. Con lo cual, y ya perdida la visión de conjunto, se hace imposible la valoración real del problema y el hallazgo de las soluciones apropiadas. Cultura o civilización son el todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres… y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos y desarrollados por el hombre en cuanto miembro de la sociedad. La cultura se nos presenta así como esencial para una real comprensión y  el total entendimiento del mundo en el que vivimos en toda su complejidad; a la vez que para entendernos a nosotros mismos como partes integrantes de él.

De ahí fundamentalmente la importancia de la cultura. Y de ahí, también y por ello, su carácter axial para todo proyecto político. Y sobre todo para proyectos políticos que (sensatamente) se reclamen “de progreso”. Y de ahí, también, nuestra exigencia de que las administraciones públicas (gobierno central, gobiernos autonómicos, ayuntamientos…) cumplan adecuadamente con su deber de facilitar el acceso de todos los ciudadanos a la cultura. Pero no sólo para que puedan disfrutar (expansión, placer, recreo, entretenimiento…) de este bien; sino para, en esa forma, contribuir al mejoramiento (culturización, perfeccionamiento, socialización…) personal y de su calidad de vida y fomentar la consecución de una efectiva  igualdad de oportunidades, con la que (se debe suponer, al menos en principio) tendrán todos garantizado el derecho a desarrollar su capacidad y sus potencialidades de futuro como personas y como ciudadanos, si es que se pudieran separar en algún momento dichas dos cosas.

No basta con levantar caros y/o hermosos edificios dedicados a la cultura; hay que llenarlos de contenido, e incorporar a los creadores a su funcionamiento y en cierta forma a su correcta gestión. También, una visión ajustada de la cultura, debe intentar evitar que ésta (la cultura) quede abandonada exclusivamente a las estrictas y rigurosas leyes del mercado. Las administraciones públicas deben apoyar las iniciativas culturales que surjan de tejido asociativo y de los creadores individuales. Y deben desterrarse (en su raquítica concepción actual) los criterios de “rentabilidad” de los servicios culturales. Los mismos criterios que vienen siendo aplicados mediante unos planeamientos de gestión cultural que olvidan precisamente el auténtico fin del dinero público puesto a su servicio.

Esto significa, casi generalizadamente, un distanciamiento de las políticas culturales aplicadas durante los últimos lustros, elaboradas más de cara a la galería y al lustre del político de turno que a un enraizamiento efectivo y práctico de la cultura en la vida cotidiana y en el imaginario íntimo de los ciudadanos.

De atrás vienen las explicaciones a algunas de las fobias y filias que han marcado durante estos lustros últimos nuestras políticas culturales llevadas a cabo desde la mayoría de las administraciones. No es momento ahora para profundizar en ello; pero la explicación de ciertos episodios conflictivos y/o discriminatorios se rastrea, antes que en el terreno de la política o de las diferencias de entendimiento de lo que debe ser la cultura y su desarrollo… en el campo de lo personal, lo particular, de la psicología individual. Cuando por el contrario, deberíamos estar de acuerdo en que una forma realmente “progresista” de afrontar las incidencias sobrevenidas al desarrollo de toda política cultural racional mantendría alejado del abanico de soluciones aquellas mediatizadas por los conflictos con uno mismo y con los demás que puedan anidar en los pliegues cerebrales de las personas encargadas de llevarlas a la práctica.

Una cultura así entendida (“progresista” en el mejor o menos malo y manido de los sentidos del términos y en el más exacto y ajustado a “progreso”) debería servir a quienes alcancen a sentirse históricamente impregnados de un concepto humanista y antropológicamente positivo de la vida… para llevar a cabo una línea valiente y decidida de pedagogía social destinada a convencer a los ciudadanos de que la realidad es siempre modificable; y de que los esfuerzos colectivos (y por tanto los culturales) son instrumentos de gran valor para influir sobre el entorno social y contribuir, así, a modificarlo..

La pérdida de identidad política y de conciencia social viene de lejos. Sus consecuencias las percibimos hoy en los resultados que se dejan ver en el horizonte cercano. Ciertamente, entre los muchos efectos que la desideologización y la desmoralización han traído consigo, uno de los más preocupantes es el progresivo abandono del motor principal de todo cambio social y cultural, de toda transformación social que hace posible el avance material y espiritual de una sociedad: la Utopía.

Los planteamientos utópicos (y ucrónicos) hay que formularlos (también y sobre todo) desde los centros públicos de planeamiento de las políticas culturales. Y hacerlo valientemente, con altas dosis de ilusión y de vocación de futuro. Para, a continuación, ir articulando las estrategias y los mecanismos que nos vayan acercando, paso a paso y esfuerzo a esfuerzo, a su consecución (parcial, no absoluta). Eso es, en definitiva, lo que hemos dado en llamar “progreso”. Y quizás el progreso como tal entendido no sea otra cosa que el trecho (real, ni utópico ni ucrónico) avanzado paulatina y positivamente hacia el horizonte… Avance calificado antes como utópico (y ucrónico) por quienes sólo pretenden… gestionar chapuceramente y a menudo en beneficio propio, el presente. Abandonando, además y casi siempre, toda esperanza de futuro.

Y abandonando, claro, la Utopía.

  

  Enrique J. Santos


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