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La cultura arrebatada |
La búsqueda de
un mascarón de proa para toda cultura es una constante en el día
a día de toda política cultural (la cultura de la política, que
es cosa bien distinta a la cultura cultura política) que se
precie. La manía del logo y de la imagen, ha dado estos frutos.
Y tanto ayuntamientos, como gobiernos (autónomos y nacional)
andan cada día liados en la tarea estúpida de encontrar un
símbolo que les lleve más allá del olvido... cuando el
inevitable olvido les llegue. En Avilés, y durante años,
décadas, ese símbolo fue sin duda alguna el Teatro Palacio
Valdés, un coliseo de corte italiano y coqueto, de dimensiones
más que generosas para las de la Villa que lo levantó, y
acabados temerarios para una economía modesta como
necesariamente habría de ser la avilesina de la pre-ensidesa.
Sin duda, el siglo veinte es el del auge y el de la caída del
Teatro Palacio Valdés... con lo que ese ciclo vital implica en
la historia de la Villa y en la de sus gentes.
El Palacio
Valdés, ya en medio ruina, fue arma arrojadiza entre dos bandos
de antiguo enfrentados en la cosa local: los supuestamente
modernos, contra los supuestamente nostálgicos. Y, eso, se
tradujo (vayan a saber el por qué de estas cosas cuando
ocurren...) en un enfrentamiento entre derecha e izquierda,
conservador y progresista, entre pasado y futuro. Y así, el Teatro
Palacio Valdés fue durante los años setenta y aún los ochenta,
motivo absurda lucha entre la tradición y la supuesta modernidad.
Supuesta, por cuanto que ya nos contarán algunos qué modernidad
puede ser la que pretende arrasar con ella misma, con su propia
modernidad, en aras de lo posmoderno huérfano y sin nombre claro
y preciso. Sin saber, ¡oh modernos de nuestra alma!, que el
futuro descansa sobre los hombros amplios y generosos del
pasado... que a su vez también fue en su día futuro de un pasado
obligadamente siempre anterior.
Con todo, pese
a todo, gracias a todo... el Palacio Valdés ha significado a
principios de los años noventa, hace ahora quince años, un
empujón importante en las espaldas de una ciudad cansada de sí
misma y de sus líderes erráticos; apesadumbrada por los
coletazos de un proceso de desindustrialización salvaje, llamado
cruelmente “reconversión”, que acabó con toda una manera muy
avilesina de entenderse a sí misma. Y con todo y pese a todo,
“el Palacio”, (y no el Valdés como algunos enteradillos dicen
ahora siguiendo con su afán de reescribir a su forma la
historia, aún la más común a todos) el de las sesiones
matinales, el de los acomodadores con palo y mala leche, el de
las entradas que vendió Teresina durante tantos años; el palacio
del cine y el drama, la canción y el baile de fin de año, del
carnaval y la fiesta del Bollo, de los bailes de sociedad y las
galas benéficas cuando los Reyes Magos, el palacio de gallinero
y de platea, el palacio burgués y madrugadoramente venido a
menos... Ese Palacio Valdés, aún hoy y por muchos años, sirve
todavía felizmente como mascarón de proa de la singladura de una
ciudad para la que sus dirigentes políticos siguen buscando un “guguenjain”.
Y, no sabemos si también felizmente, solamente consiguen
tropezar con sus míseras piedras sembradas desmañadamente en su
propio camino…
Pero, y ya con
símbolo o sin él, ya con Palacio Valdés o sin su presencia...
hay cosas que no cambian en el solar patrio este nuestro. ¿Algún
ejemplo? Sea... y vaya el primero, que constituye uno de los
puntos más candentes de la cultura actual española (e la cultura
de hoy en España, sería más correcto decir): el de los derechos
de autoría y sus distintas conculcaciones diarias. Veamos de qué
estamos hablando. Veamos como es la nueva
piratería...intelectual.
Los derechos
derivados de la autoría de artefactos intelectuales han tenido y
tienen en la legislación moderna adecuada protección frente a
los violadores de esa titularidad paterna del creador que pone
en circulación ya sea un poema, un libro, un cuadro, una foto,
una película o una composición musical. Hasta ahí, estamos casi
todos de acuerdos... menos algunos pocos pero muy recalcitrantes
miembros de la SGAE (Sociedad General de Autores), se entiende.
Se comprende que el autor, tiene la soberanía sobre su obra. La
posee, y rige su destino como tal obra. Se protege su difusión,
su venta, su copiado... Aunque de los excesos en el asunto del
canon por los soportes (CD's, etc) hablaremos en mejor ocasión
largo y tendido. Pues la cosa mueve millones, sí... Pero antes
que nada, hay que considerar que el hecho de cobrar una cantidad
de dinero por un CD (o DVD, o cinta de video, o lo que sea...) a
un usuario que lo va a usar exclusivamente para introducir en él
datos e información de su empresa o de su oficio... no deja de
parecerse a lo que hacía Barbarroja y sus símiles por esos mares
de dios y el diablo armados de un sable, de un trapo negro y de
dos tibias cruzadas bajo una calavera: la piratería. Estando
además el "pequeño detalle" de que si se considera ese canon
como una "sanción" por el "previsible" delito de copiado ilegal
de una obra sujeta a derechos de autor... se da la circunstancia
cuando menos sospechosa de considerar al simple comprador como
un delincuente; y sin prueba alguna, ni sentencia judicial al
respecto. Pero es que, por otro lado, si se considera como un
simple "cobro" previo al copiado "inevitable", la cosa se pone
aún peor, por cuanto se cobra por un "servicio" (el copiado) que
legalmente es imposible precisamente por ser ilegal... En fin,
un lío. Pero un lío del que los mismos de siempre sacan una
pasta gansa todos los años, claro. Esperemos que la cosa no la
extiendan a los folios en blanco, susceptibles siempre (desde
esa perspectiva maliciosa) de servir para el "copiado" de, por
ejemplo, el último premio planeta o el último artículo del
mismísimo cebrián (con minúscula, por supuesto).
Por ello,
hablemos hoy solamente de otra piratería: la de los "autores"
que dicen serlo... sin dar ni un solo palo al agua en cuanto a
esfuerzo creativo. Hablemos del plagio, del robo, del copiado
intelectual, del sabotaje puro y duro al trabajo ajeno... En
fin: de la más impía y resuelta piratería intelectual.
Para haber
creación intelectual ha de haber intelecto, capacidad de
intelección... Si hasta parece obvio, ¿no? Para haber creación
cultural, tiene que haber cultura, capacidad intelectual… Más
obvio aun... Pero la obviedad de ambas cosas no debe privarnos
del placer de recordarlo aquí y ahora. Y, ya puestos a decir
simplezas o lugares comunes, apuntaremos que el plagio y el
copiado no es sino la declaración más fidedigna, radical, neta y
patente del fracaso cultural e intelectual de quien lo lleva
cabo. Hay casos que asombran. Otros que indignan. Y otros... que
producen simplemente risa. Tales, estos últimos, los de la
presentadora del programa del corazón a la que un cuñado le
"escribe" un libro que ella firma y lanza una editorial de
primera fila... libro en el que "se cuelan" mágicamente páginas
enteras de otros autores. O ese otro más reciente de una
escritora algo menos que mediocre que viene saliendo a plagio
por libro premiado en concursos literarios de relumbrón y buena
bolsa. O ese director español superpremiado que copia
directamente escenas de películas de aquí y de allá y las cuela
(ante un público sin la más mínima cultura fílmica) como suyas y
propias... O... en fin, tantos y tantos casos que podrían
traerse a colación aquí. Y ahora.
Si
sentamos el principio de que difícilmente puede ser un "creador
cultural quien está ayuno de toda cultura, habrá que empezar por
diferenciar lo más claramente posible dos términos parecidos
pero diametralmente diferentes: porque, efectivamente: hay
cultura… y (aunque les suene un poco abroma) hay cultureta. Respecto
de la primera, ya saben: definiciones para escoger, para todos
los gustos. Muchas y variadas, como variadas pretenden algunos
las culturas, multiformes, distintas y hasta enfrentadas. La
vulgarización del término “cultura” llega hoy hasta los extremos
de aplicarlo a casos más bien absurdos o de adecuación algo más
que dudosa, tales como “cultura empresarial” y derivados,
adláteres y complementarios. En resumen: de la vulgarización de
la cultura, hasta llegar a su casi absoluta destrucción. Al
menos, tal y como (bien o mal) se la había entendido en estos
últimos tres milenios, como poco. O sea, desde los griegos para
acá.
¿Qué es la cultureta? Pues entiéndese por tal aquella especie de
cultura que esgrimen los que carecen de la otra: la cultura sin
más. Pero no malinterpreten el término, pues no se trata de
aludir a la “poca” cultura o a la cultura de nivel medio o aun
insuficiente. No. La cultureta es un imaginativo y falsario
artefacto nuevo, un mediocre sucedáneo, una creación de urgencia
para aparentar ser culto… sin haberse tomado el trabajo de
sentar las sencillas bases personales para realmente serlo.
Cultureta es término creado por unos pocos y utilizados por unos
pocos más para impostarse a ellos mismos en las apariciones en
los foros públicos y no dar la nota… ahora que la televisión con
sus tan terriblemente mediocres programaciones tertulioides ha
entrado a saco en la vida de los ciudadanos menos cuidadosos con
su salud intelectual y hasta mental. Cultureta es, en fin, la
plantilla de uso de quienes dedican sus esfuerzos a tareas más
“rentables” que la trabajosa investigación y el esforzado
estudio. Pero… que necesitan de la apariencia de contar con el
resultado probado y fiel de ambas cosas: la cultura, al fin y al
cabo.
Las
más innobles artes de la piratería han vuelto a florecer (¿algún
día se fueron?) de forma descarada en la vida política y
cultural nuestra, la de cada día. Con el sable bien apretado
entre los dientes, cientos de políticos-artistas-intelectuales
(fruto más granado de la "democracia" con comillas en que han
convertido la Democracia sin comillas) se lanzan sobre los
desarmados costados de los galeones culturales ajenos en los que
marineros pacíficos hacen cada día el viaje duro y laborioso de
la solitaria y escasamente retribuida creación. Y, así, igual
que robaperas de tres al cuarto o salteadores de caminos ajenos
a la toda ley y derecho de creación, nuestra élite
-generalicemos, aún a sabiendas de ser injustos- se viste cada
día con ropajes ajenos, felices y tranquilos, sabedores como son
de que los despojados tienen bastante ya con sobrevivir sobre la
balsa sin remo ni vela en que traicioneramente les han
abandonado bajo el abrasador sol del océano, abruptamente
puestos sobre una ola del mar embravecido de la vida diaria… Y,
mientras, aumenta la fría desnudez vital de quienes se dedican
"solamente" al trabajo y la investigación, al escribir para el
olvido y razonar protegidos de su mirada en los pocos oasis de
libertad que aún motean ese terrible desierto intelectual y
creativo que llamamos España. Así entendida, la vida política y
cultural y artística da pena, da asco, da ganas de devolverla a
su origen de tinieblas para volver a empezar de nuevo. Así
entendida, esa misma "vida" tan sustraída a la Vida, da alimento
a inútiles camuflados de genio que se engranan perfectamente en
los piñones del montaje que ellos mismos, u otros como ellos y
de los cuales ellos son clones, han puesto en pie en estas dos
últimas dos décadas. Estos corsarios "modelnos" hacen
suyo -incluso a golpe de talonario (contra cuenta corriente
nuestra, claro) si fuere preciso y muchas veces lo es- cualquier
idea que les parece apropiada a su calidad y su
dignidad y a la del cargo que ahora inopinada e
inmerecidamente ocupan. Por cierto: con ese mismo talonario
compran el silencio más absurdamente culpable que cómplice de
quienes sabiendo y callan, de quienes otorgan y admiten el
fraude intelectual. ¡Cuánta es la desnudez ya sabida del rey! De cualquier rey.
Solamente de cuando en vez por una esquina de los días o las
noches aflora un desahogo, un canto solitario, un lamento
incluso airado... Desde la esquina más insospechada, desde una
nota a pie de página, que eso ha dado casi siempre ya en ser a
veces y en España la protesta, la denuncia del robo cultural y
creativo, el señalamiento de la cruda verdad: una ignorada y
simple nota marginal a pie de una página poco leída.
No
hace mucho releía yo en la revista festera más afamada de esa
Villa (ya saben, Avilés) antes llamada sin complejos "del
Adelantado", en una esquinita de un "El Bollo" ya atrasado, un
ilustrado artículo sobre la historia local (sobre el Fuero
avilesino, para ser exactos) más oculta. Este artículo al
completo, pero sobre todo esta su nota a pie de página, nos
pone frente a una realidad a menudo ignorada, y nos enseña a la
vez la cruel verdad de la cultura, de la política, de nuestra
historia. Decía así la tal nota al pie de la página:
"Dicho sea suavemente al oído: Disparar con pólvora ajena,
siempre abarató la cacería del que no la paga. Y eso es,
lamentablemente, lo que para nuestra desgracia solemos padecer
algunos que, con todo nuestro esfuerzo, sacrificio y dedicación
de que somos capaces, intentamos realizar una investigación
crítica, no recitativa, de nuestra propia historia; pues vemos,
con harta frecuencia, cómo nuestros esfuerzos y estudios
terminan siendo la pólvora usada por quienes nunca la quieren
pagar. Hete aquí que, de pronto, silencioso, sin avisar de su
presencia, llega el recitador, y con el mayor descaro que
imaginar se pueda te aplica el rápido procedimiento del tirón;
alzándose con todos tus esfuerzos, tus ideas, tus perspectivas y
tus investigaciones. Y todo ello, sin plantearse siquiera la
obligada decencia de citarte como autor o generador de eso mismo
de lo que él se ha apropiado. Nada, silencio absoluto. ¿Citarte?
Para qué... Tus ideas ya no son tuyas, sino suyas, y tus
hallazgos también son suyos, e incluso hasta los propios temas
te han sido robados íntegramente. Ya sólo resta que el tironero-recitador,
tal y como tiene por costumbre, las haga públicas como si fuesen
fruto de sus propios esfuerzos, estudios e investigaciones para,
acto seguido, volver, una vez más, a pavonearse de sapiente ante
el respetable.
Intelligenti Pauca; que es tanto como decir que
"a buen entendedor, pocas palabras". (Revista "El Bollo", año
2002, página 142, nota a pie de página. Y el autor, Enrique
García Tessier)
En
las líneas de esa nota a pie de página de un extenso y excelente
artículo sobre historia local avilesina, plasmaba hace cuatro
años Enrique la cruel realidad de la vida cultural (así llamada)
que nos inunda. Plasma desde la educada e inteligente protesta
toda la crudeza real del problema de la piratería cultural. De
la apropiación del trabajo ajeno. Del corso del intelecto ajeno.
Y de la miseria moral de quienes la practican, claro. Tessier,
no pone nombres. Era un caballero, y eso se nota. Pero la
denuncia tiene caras. Y apellidos. Como escribe, “a buen
entendedor, pocas palabras”. Cierto. Pero ahí están... y para
seguir estando.
¿Cuáles son las maneras y técnicas que utiliza en labor de
rapiña esta moderna piratería cultural? Pues... vamos a ello.
En
su aspecto más crudo, está el robo puro y duro del trabajo
ajeno. Esto se puede hacer en contadas ocasiones. Solamente
cuando uno se vuelve albacea no pedido de la labor callada de un
investigador poco conocido y no reivindicado. Es el caso más
claro de piratería, el más sonado. Se cambia la firma, o como
mucho se cambia un poco la redacción, y listo: a presumir de
creador, de intelectual, de genio.
En
un segundo escalón, tenemos a los que ramonean en prado ajeno,
así, silenciosamente, como sin molestar mucho… Son los (y las)
que le piden al creador o al investigador echar un vistazo a los
manuscritos y fichas… hasta que aparecen de su puño y firma
publicadas, antes de que el auténtico creador reaccione. De poco
sirve luego que éste persiga a aquél gorra en mano para pedirle
cuentas del desafuero…El pirata ha triunfado. Y a joderse tocan.
Más
abajo (pero arriba en grado de picaresca y maldad) está el
simple ladrón de documentos ya públicos ya privados, con mil
excusas y mil arteras formas de obtener lo ajeno. Es éste un
caso más frecuente de lo que se piensa. Y este es también el
motivo de que normalmente ya nadie deje en préstamo ni un papel,
ni una foto, ni una cinta…
Otro grado en esta escala no precisamente de Jacob, lo conforma
el secuestrador de archivos, quien evita que estén en el dominio
público documentos y material de estudio e investigación que
realmente lo son por propia naturaleza; y valiéndose de su
posición (o la de un afín, que tanto da) de privilegio impide el
trabajo ajeno sobre este material… que luego se presenta como
genial hallazgo propio, o sirve de base a una exposición más o
menos graciosa, más o menos brillante, peor sin aportación de
trabajo investigador real y efectivo; creador. Poco frecuente,
por cuanto los archivos, por desgracia, son hoy pocos. Algo es
algo.
Uno muy frecuente consiste en el aprovechamiento de la primera
celebración (centenario o similar, todo vale) a tiro para
llamadita tras llamadita, tacita a tacita, frase robada a frase
robada… pasito a pasito…Y ofrecerse callada y silenciosamente a
los poderes públicos o privados (siempre que paguen los fastos y
festejos, claro) para celebrar (supuestamente) al prócer de
turno, ya sea éste pintor, escultor, fotógrafo, impresor,
ensayista o poeta...por citar algunos. Un homenaje, un acto
floral, un recordatorio… dan pie a aparecer en los medios de
comunicación nuestros piratas como los expertos, máximos
conocedores, o expresión similar… en el homenajeado. Se amaga en
el saber. Se aparenta que se dice sin decir nada en concreto. Se
habla, pero no se escribe. Se cita, pero sin decir a quién. Y al
final, fuese y no hubo nada: se ha pasado con la “gloria” y sin
la “pena” de la investigación… ¡¡ajena!! Y a otra cosa, o lo que
es lo mismo: a por otro acto homenajeador.
Y
éstas son, por no aburrir, las técnicas más usuales de la
piratería de que hablamos aquí. No hablamos ahora de la quizás
más infame, pero legal por consentida: la que consiste
simplemente en encargar el trabajo a un “negro”, un creador o
investigador que venderá su trabajo a quien le paga. Pagano que
firmará la cosa y recogerá los parabienes, cuando los haya.
Caso, pues, aparte que queda en la conciencia de quienes pactan,
cobran y pagan. Aunque no es menor, aquí, la impostura.
Los
nuevos piratas, los corsarios culturales, campan por sus
respetos quizás únicamente por una simple razón: como cantaba
Gardel en aquel tango, da todo exactamente igual, lo bueno que
lo malo, la auténtico y lo falso, el honrado y el ladrón… Y
cualquier denuncia quedaría sumida y absorbida en esta especie
de patio de porteras en que se ha convertido el mundo cultural
español de hoy. Y el avilesino, claro, faltaría más.
Solamente queda remitirse y reiterarse en lo tantas veces dicho.
Y repetir frente al vacío social que esa piratería, ese espíritu
corsario es fruto y origen de la situación que a diario
sufrimos. Y que la ignorancia supina o mediana no es baldón ni
obstáculo hoy y aquí para escalar hasta la cima (cultural o
política) sin siquiera despeinarse. La maldad, pues, anida en el
centro mismo del espíritu de la cultura, de la literatura, del
arte y de la ciencia.
Ciertos personajes, enredados en la política de la cultura, nos
prometieron en su día un cambio…y (una vez más el tópico
recurrente pero exacto) nos han dado el gran cambiazo. Y encima
quieren y pretenden que les riamos las gracias. Otros, sin
cambio alguno ni promesa de tal cosa, siguen como siempre
instalados en su castillito o mini fortaleza desde la cual
defienden con uñas y dientes su trabajosamente ganada posición
de mini-gurús intelectuales venidos a menos, para la cual ni
siquiera tienen sentados los conocimientos y principios
científicos que les acreditare como tales. Y, desde su
ignorancia, entienden (acertadamente, por otro lado) como
peligro para el buen marchar marino de su bajel de piratería
intelectual cualquier despunte ajeno de florecimiento cultural…
que ellos mismos no controlen desde su puesto de mando.
Inmerecido e ilegítimo, claro. Pero sólido como una muy iletrada
roca.
La
situación es grave, no lo duden. La inteligencia merece un
clareo, como los bosques demasiado tupidos. Vendría mucho mejor
que bien el sentar el criterio de que no vale todo, y que nada
"vale" si no vale. Aunque pueda parecer un simple juego de
palabras. Y, eso sí, desesperado.
Creemos firmemente que no debería poder servir de eficaz
currículo intelectual o de programa político cultural (por estos
pagos y solares de la octava potencia económica del mundo:
España) el tenor literal de la letra de "Siglo XX", el tango
antes aludido de Enrique Santos Discépolo, mi casi homónimo y
por quien tan estúpidamente me han preguntado tantas veces
(¡tantos y tan grandes ignorantes del tango, de los hombres, de
los dioses y de la historia!)… desde que Luis Eduardo Aute lo citó,
que no primero.
Así
que, piratas, corsarios y ladrones varios: ¡¡Al abordaje!! ¡¡El
trabajo ajeno os espera desarmado...!! En este país y, por el
momento, no pasa nada de nada por este tipo de robos. Pero...
claro: eso ya de sobra lo sabéis vosotros...
De forma más
que curiosa y motivo de algo mas que una sospecha, constatamos
que el tipo de espécimen anterior, el piratilla cultural siempre
en pos del botín cultural ajeno… coincide con otro no menos
peculiar que –por supuesto que despectivamente- se ha venido en
llamar “el progre”. Y, éste, el progre cultural, podemos verlo
agrupado en lo que –igualmente de manera precisamente nada
halagadora- se ha dado en titular como un nuevo mester de
clerecía. ¿De qué nuevo grupo hablamos? Vamos con ello.
Es una casta
nueva. Son los integrantes de ese Mester de Clerecía nuevo que
ha dado en cobijarse bajo la etiqueta ambigua de "progresía".
Estos nuevos clérigos, sacerdotes del nuevo-viejo poder eterno,
celebran la ceremonia de la confusión cada día, y especialmente
en período electoral. Son clérigos laicos, claro, como cabe
esperar de su condición de pseudo-gnósticos sectarios de una
cierta forma interesada de entender el carácter de lo laico.
Cantan, unos, escriben otros, hacen cine aquellos, pintan
algunos, conferencian en verano casi todos, "pasean en corte"
por los cómodos pasillos del poder los más... Son el nuevo y
falso Mester de Clerecía, digo, que han olvidado (o errado)
oficio y destino; y se han puesto al servicio del único señor
posible en su corto margen de pensamiento libre, el más fácil de
todos, el menos heroico: el dinero. Ellos, que se cobijan bajo
decorados de heroísmo cada día.
Los
conocemos todos. Y a todos. Pues los grandes monopolios de la
información y la cultura los meten en nuestras casas todos los
días. Están en los megagrupos editoriales, en la televisión
pública monopolizada por el gobierno de turno, en los diarios
punteros con ínfulas de ejercer de monopolio fáctico, en los
encuentros llamados cinicamente "culturales", en los fastos y
fiestas del poder... mientras manifiestan -eso sí- ser ellos
(ellos solos y antes que ningún otro) los
paradigmas del contrapoder y la rebeldía. Los nombres sobran,
pues no habría sitio en esta columna para lista tan larga. Lista
que no es precisamente la lista negra del macarthismo... antes
al contrario: la de los nixons y los macarthies. Sus sueldos,
bordean el escándalo, a menudo. Y a menudo también esos sueldos
proceden por diferentes vías de las arcas comunes, del saco
colectivo de nuestros sudores... es decir, ¡de los presupuestos
generales del estado! Sus saberes y artes... están a menudo por
ver. Sus fines declarados, conquistar a la audiencia, meter en
un (su) puño alquilado a la masa lectora (y electora),
magnetizar al ciudadano despistado, conquistarle para el buen
camino y la sagrada causa. Su fin oculto, empero, es servir a la
voz de su amo, que le manda hacer ruido, mucho ruido, el más que
puedan... a fin de que el personal mire para otro lado, y
mientras el gran negocio del poder (privado, que el poder
siempre es privado) sigue creciendo a nuestra costa.
Lo progre es
hoy toda una teoría del poder. Y a la vez, una forma absoluta de
entender el poder. Pero también una manera falsaria de ejercer
el poder. Y una forma, como no, de acceder al poder... Lo
progre, constituye hoy un anestésico potente y efectivo
para-contra el notable y peligroso vicio de pensar... en
libertad. La progresía, concebida tal y como se hace en España
hoy, pretende transformar/rebajar/devaluar el debate intelectual
y político (donde se encuentra, si se encuentra en algún lado)
hasta convertirlo en un conflicto permanente entre el interés
(el suyo, puro y duro) y la razón, entre la verdad y el miedo a
decirla en alto. Entre, al fin, la Libertad… y las otras
sustitutas, pacatas y jibarizadas libertades otorgadas.
El
periodista Enrique De Diego en su libro "Los nuevos clérigos",
ponía no ha mucho y descarnadamente ante nosotros la realidad de
nuestros propios fantasmas pseudoizquierdistas, o sedicentemente
izquierdistas, mal llamados progresistas. El que mi compañero el
señor De Diego se proclame liberal y de derechas, me importa
(teniéndome yo a mi vez como liberal de izquierdas y aburguesado
socialdemócrata de inspiración eminentemente fabiana… con una
pizca de radicalismo inglés y un toque ligeramente volteriano…
¡ahí es nada, oigan!) a mí ahora y a los efectos de su análisis,
un pito. Lo que importa es su arduo trabajo de documentación, de
interés crucial para conocer un poco mejor a este nuevo
estamento a medio camino entre lo cultural y lo político: o sea,
los “progres” que integran el Mester de Clerecía hoy. Su libro
muestra información suficiente para que quien no quiera seguir
ciego (si se ha estado) alcance a ver la verdad del panorama
conformado por un grupo de gentes aupadas en las cimas del poder
intelectual, cultural y social... que lejos de constituir una
Orden de Caballeros monjes-guerreros, templarios de la cultura y
la libertad de pensamiento... han devenido en una panda de
mezquinos mendicantes sin orden. O sea, lo ya sabido puesto en
letra de molde. Y… ante esto, sólo caben dos posturas: mirar, o
cerrar los ojos. Que cada cual, de acuerdo a su conciencia y
según sus intereses (más o menos claros, más o menos legítimos),
escoja.
A los
rojazos de mucho pro, la realidad, delatora de nuestra propia y
deformada imagen, nos reserva a veces estos sustos. ¡Quién nos
iba a decir que nuestros punteros del gauchismo más acendrado,
habían sido, son (y serán, si los dejan) colaboradores a mesa y
mantel de los más ensoberbecidos terminales del poder económico
español...! Pues lo han sido, lo son y lo serán, sí. ¡Quién nos
juraría sin creerlo casi nadie que incluso estas gentes que tan
fervorosamente denuncian (con razón) ahora el franquismo...
fueron fervientes servidores-delatores del régimen! Pues lo han
sido. Pero, en fin, arrepentidos quiere dios. Aunque, bueno,
tampoco hacía falta tanto ardor mercenario contra todo infiel
y/o hereje de la oficialista religión progre, la suya y en la
que ellos celebran y comulgan todos los días. Estas cosas pasan,
claro, por practicar impunemente la fe exagerada del converso.
Y ahora,
ante la evidencia que les coloca a las claras con su democrático
culo político e histórico al aire... sólo caben dos salidas: O
negarlo todo, o hacer goebbelsianamente bueno lo malo del pasado
propio, lo propio del pasado malo. O sea, un negar rotundo,
total, sin quiebras ni fisuras o misericordia... o, en su caso,
abundar en ello recreándose en la suerte, y ¡ancha es Castilla
para el Cid! Exhibiendo, eso sí, la sagrada bula (laica, clara)
otorgada por los popes de la secta progre; papel-vacuna que les
exime (y solamente a ellos) de la responsabilidad de su turbio
pasado. El mismo pasado turbio, por cierto, que les sirve de
munición para el resto. O más turbio aun. ¡¡Joder, qué tropa!!
España es
país de grandes conversiones, de conversiones en masa,
atropelladas… y falsas las más de las veces. España es al tiempo
país de eternas claudicaciones, de claudicaciones generales,
colectivas, siempre inexplicadas, inexplicables, esotéricas.
España es país de grandes contradicciones... Lo sabemos. Eso nos
hace ser como ahora somos. Y eso ha hecho históricamente que
existieran los heterodoxos, los de verdad, los "blancowhite" de
la heterodoxia real y absoluta. Por ellos, con ellos, gracias a
ellos, avanzamos. Ellos son progreso... no toda esta basura
pseudointelectual llamada progresía, vividores del cuento y sin
cuento.
Algunos de
esta grey clerical esencial y básicamente despreciable, hoy pero
desde hace ya tiempo, han decidido hacer tabla rasa de su (el de
ellos) oscuro pasado. Negarlo. Esconderlo. Mutarlo. Pintarlo.
Maquillarlo. Censurarlo. Olvidarlo. Borrarlo. Es esa, empero,
tarea ardua y difícil, pues los cadáveres de la historia y la
razón siempre son devueltos por las aguas en que se les quiere
sepultar por siglos. Aunque cuentan, eso sí, con potentes
plataformas (mediáticas, añadirían algunos) de aplastamiento y
olvido ampliamente experimentadas, muy duchas en el ejercicio
del exterminio y la eliminación intelectual. Eso sí, casi todas
bajo la etiqueta de "diario independiente". Desde ellas, desde
el pais (sin acento y con minúscula) se aplican cada día y a
conciencia en encantarnos, conducirnos, amansarnos,
ilusionarnos, sugestionarnos, alienarnos, engañarnos,
hechizarnos, adormecernos... El fin último, repito, es el
disimulo. Y no hay mejor forma de disimular lo propio que hacer
como ese pájaro tan cuco que pone los huevos (sus intereses, a
fin de cuentas) en un nido (el suyo... un banco, mismamente), y
canta exageradamente la puesta falsa en otro nido ajeno. Para
despistar...
Hemos de
romper una lanza quijotesca en pro de deshacer (o intentarlo, al
menos) equívocos, ideas falsas y clichés interesados: los
propalados por este nuevo mester de clerecía que sirve solícito
y se beneficia eficaz del poder... de cualquier poder. El
primero, y principal: ser 'progre', no significa necesariamente
ser de "izquierda". Tampoco serlo de "derecha", no se crean.
Ni... tampoco de "centro". Ser 'progre', a fin de cuentas, ¡¡no
viene a significar nada!! Pero es precisamente esa nada absoluta
la que hace de esa palabra-idea (acuñada definitivamente a estos
fines a sangre y fuego en y durante nuestra transición política
de los setenta), el logotipo perpetuo de una vacua y desnuda
ambición de poder. Y que algunos entienden de izquierda. Eso, y
nada más, es ser progre. Hoy y en este país que llamamos España.
Ante este estado
de cosas, nos encontramos de sopetón con la crisis. Crisis
cultural, crisis de la utopía. Crisis social, a secas. Ante
esto, tanto progres como piratas se doblegan... al menos
discursivamente. Y ceden al sopor producido por el sueño mortal
de la crisis. Pero... ¿qué interrelación existe entre los
conceptos de crisis, cultura y utopía?
El retraso
sobre la propia historia hace posible comprender las claves del
lento proceso de deterioro, de caída en el vacío; de la
crisis. Crisis, claro, cuya existencia algunos niegan cuando
están en el ejercicio del poder, para apresurarse a denunciarla,
cargando las tintas, cuando ese poder les es esquivo.
Toda crisis, va
(o debe ir) acompañada de una conciencia de crisis. Y es
éste el camino, el requisito previo para su resolución. Pero se
corre a veces el peligro de unidimensionar el carácter de
tal situación crítica y, así, las soluciones se buscan entonces
por sólo una vía, dejando desatendidas las demás; olvidando que
las salidas a situaciones globales solamente podrán venir desde
perspectivas globales, que contemplen soluciones igualmente
globales.
La actual
crisis social (de las sociedades libres, liberales, avanzadas,
laicas y modernas… las únicas en puridad capaces de atravesar
crisis, en el sentido aquí empleado) no puede quedar reducida ni
en sus causas ni en sus remedios a un problema económico,
industrial, laboral. Es eso; pero algo más: crisis cultural,
de valores, de entidad propia.
Los objetos
físicos producidos por las sociedades (humanas), los
artefactos culturales, constituyen el componente material
de lo que solemos llamar cultura. Y algunos de esos objetos
físicos tienden en ocasiones concretas a agrandarse aisladamente
ante nuestros ojos. Enmascarando, distorsionando el problema: se
toma entonces la parte por el todo. Con lo cual, y ya perdida la
visión de conjunto, se hace imposible la valoración real del
problema y el hallazgo de las soluciones apropiadas. Cultura o
civilización son el todo complejo que incluye el conocimiento,
las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres… y
cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos y
desarrollados por el hombre en cuanto miembro de la sociedad. La
cultura se nos presenta así como esencial para una real
comprensión y el total entendimiento del mundo en el que
vivimos en toda su complejidad; a la vez que para entendernos a
nosotros mismos como partes integrantes de él.
De ahí
fundamentalmente la importancia de la cultura. Y de ahí, también
y por ello, su carácter axial para todo proyecto político. Y
sobre todo para proyectos políticos que (sensatamente) se
reclamen “de progreso”. Y de ahí, también, nuestra exigencia de
que las administraciones públicas (gobierno central, gobiernos
autonómicos, ayuntamientos…) cumplan adecuadamente con su deber
de facilitar el acceso de todos los ciudadanos a la cultura.
Pero no sólo para que puedan disfrutar (expansión, placer,
recreo, entretenimiento…) de este bien; sino para, en esa
forma, contribuir al mejoramiento (culturización,
perfeccionamiento, socialización…) personal y de su calidad de
vida y fomentar la consecución de una efectiva igualdad de
oportunidades, con la que (se debe suponer, al menos en
principio) tendrán todos garantizado el derecho a
desarrollar su capacidad y sus potencialidades de futuro como
personas y como ciudadanos, si es que se pudieran separar en
algún momento dichas dos cosas.
No basta con
levantar caros y/o hermosos edificios dedicados a la cultura;
hay que llenarlos de contenido, e incorporar a los creadores a
su funcionamiento y en cierta forma a su correcta gestión.
También, una visión ajustada de la cultura, debe intentar evitar
que ésta (la cultura) quede abandonada exclusivamente a las
estrictas y rigurosas leyes del mercado. Las administraciones
públicas deben apoyar las iniciativas culturales que surjan de
tejido asociativo y de los creadores individuales. Y
deben desterrarse (en su raquítica concepción actual) los
criterios de “rentabilidad” de los servicios culturales. Los
mismos criterios que vienen siendo aplicados mediante unos
planeamientos de gestión cultural que olvidan precisamente el
auténtico fin del dinero público puesto a su servicio.
Esto significa,
casi generalizadamente, un distanciamiento de las políticas
culturales aplicadas durante los últimos lustros, elaboradas más
de cara a la galería y al lustre del político de turno que a un
enraizamiento efectivo y práctico de la cultura en la vida
cotidiana y en el imaginario íntimo de los ciudadanos.
De atrás vienen
las explicaciones a algunas de las fobias y filias que han
marcado durante estos lustros últimos nuestras políticas
culturales llevadas a cabo desde la mayoría de las
administraciones. No es momento ahora para profundizar en ello;
pero la explicación de ciertos episodios conflictivos y/o
discriminatorios se rastrea, antes que en el terreno de la
política o de las diferencias de entendimiento de lo que debe
ser la cultura y su desarrollo… en el campo de lo personal, lo
particular, de la psicología individual. Cuando por el
contrario, deberíamos estar de acuerdo en que una forma
realmente “progresista” de afrontar las incidencias sobrevenidas
al desarrollo de toda política cultural racional mantendría
alejado del abanico de soluciones aquellas mediatizadas por los
conflictos con uno mismo y con los demás que
puedan anidar en los pliegues cerebrales de las personas
encargadas de llevarlas a la práctica.
Una cultura así
entendida (“progresista” en el mejor o menos malo y manido de
los sentidos del términos y en el más exacto y ajustado a
“progreso”) debería servir a quienes alcancen a sentirse
históricamente impregnados de un concepto humanista y
antropológicamente positivo de la vida… para llevar a cabo una
línea valiente y decidida de pedagogía social destinada a
convencer a los ciudadanos de que la realidad es siempre
modificable; y de que los esfuerzos colectivos (y por tanto los
culturales) son instrumentos de gran valor para influir sobre el
entorno social y contribuir, así, a modificarlo..
La pérdida de
identidad política y de conciencia social viene de lejos. Sus
consecuencias las percibimos hoy en los resultados que se dejan
ver en el horizonte cercano. Ciertamente, entre los muchos
efectos que la desideologización y la desmoralización han traído
consigo, uno de los más preocupantes es el progresivo abandono
del motor principal de todo cambio social y cultural, de toda
transformación social que hace posible el avance material y
espiritual de una sociedad: la Utopía.
Los
planteamientos utópicos (y ucrónicos) hay que formularlos
(también y sobre todo) desde los centros públicos de
planeamiento de las políticas culturales. Y hacerlo
valientemente, con altas dosis de ilusión y de vocación de
futuro. Para, a continuación, ir articulando las estrategias y
los mecanismos que nos vayan acercando, paso a paso y esfuerzo a
esfuerzo, a su consecución (parcial, no absoluta). Eso es, en
definitiva, lo que hemos dado en llamar “progreso”. Y quizás el
progreso como tal entendido no sea otra cosa que el trecho
(real, ni utópico ni ucrónico) avanzado paulatina y
positivamente hacia el horizonte… Avance calificado antes como
utópico (y ucrónico) por quienes sólo pretenden… gestionar
chapuceramente y a menudo en beneficio propio, el presente.
Abandonando, además y casi siempre, toda esperanza de futuro.
Y abandonando,
claro, la Utopía.
Enrique J. Santos
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