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¡Corre,
compañero, el viejo mundo te persigue! |
Una de las pintadas murales y
frases que más reflejan el desaliento y la confusión de un
movimiento tan interesante como el Mayo del 68, en París sobre
todo, fue la que decía, traducido: "Corre, compañero, el viejo
mundo te persigue". Los estudiantes sesentayochistas corrían
delante de ese viejo mundo con la misma prisa, pasión y
curiosidad mórbida que los mozos rojiblancos en los encierros de
los sanfermines. Y casi con el mismo peligro sobre sus nucas.
El viejo mundo, con sus tópicos,
con sus leyendas, con sus historias que sonaban a pasado... Pero
con sus organismos de represión, con sus porras y sus mangueras
de chorro de agua, de agua a chorros... El viejo mundo que,
allí, demostró no ser de derechas ni de izquierdas, fascista o
comunista, rojo a azul... sino simplemente, eso: viejo.
Del mayo del sesenta y ocho,
pronto hará cuarenta años. Porque ya casi hace cuarenta años de
todo. Los líderes estudiantiles, o son eurodiputados, o
filósofos de relumbrón, o ministros... o gerentes de empresa. Y
a nadie medianamente sensato se le ocurre mirar aquel movimiento
de agitación y contestación como otra cosa que un fenómeno
indescontextualizable, intransplantable al momento actual. Los
remedos, incluso en el mismo París, son otra cosa, tienen otras
motivaciones, otras maneras, y otros fines. Una vez más, la
historia no se repite sino como caricatura.
El fenómeno sesentayochista,a fin
de cuentas, entró en la historia con su tiempo. Y, ahora,
solamente es mirado como objeto de estudio de historiadores,
politólogos, sociólogos, o sociopatólogos haciendo su especie de
MIR. Como indican la lógica y el sentido común. Y, como por otra
parte, solamente puede ser.
¿Es España, también en estas
historias diferente?
Porque, ¿cómo se explica, sino,
que en el año dos mil seis, setenta años después andemos del
comienzo de la guerra fratricida que llenó de cadáveres España,
de luto a las familias españolas y que envió a cientos de miles
de ciudadanos al exilio... nos dediquemos a tirarnos los trastos
a la cabeza con la excusa de la incivil guerra civil española...
los españoles?
La guerra que cuenta con mayor
bibliografía en la historia de la humanidad. La guerra que fue
la "última guerra romántica", o "convencional". La guerra que
sirvió de puerta al mayor conflicto armado, la Segunda Guerra
Mundial, con las mayores cifras de murtos de toda la historia
del hombre. La guerra sobre la cual está prácticamente dicho
todo, estudiado todo, visto casi todo, confrontado todo... Esa

guerra, erróneamente llamada
Civil, se ha convertido hoy, setenta años después de su
estallido, en materia de política diaria, en confrontación
política y parlamentaria. Y, peor aun, se ha convertido en arma
arrojadiza de los unos contra los otros. Unos "unos" y unos
"otros" que, por cierto, ya no coinciden con los de entonces:
aquí, cada uno, se ha apuntado voluntariamente al "bando"
virtual que ha querido. Incluso algunos han rastreado en su
secreta historia familiar para encontrar (o aparentar haber
encontrado) un padre, tío o abuelo con lealtad "probada" a un
bando, al que de antemano han escogido como suyo de toda la
vida. Y, si muerto, casi mejor, que los muertos no hablan ni dan
lecciones de sentido común.
Claro está, a la hora de hablar
de la guerra incivil de 1936-1939 difícilmente se puede uno
escapar de meter la cuchara en lo que la antecede y de lo que
que la sucede. O sea, de la República, la segunda, y del
Franquismo (éste, primero y último, por supuesto).
Y ello, sin descuidar la
observación estudiosa y objetiva de lo que realmente son las
raíces profundas de la explosión de violencia de los años
treinta... lo que nos llevaría lejos, muy lejos, tanto como a
las decimonónicas guerras carlistas (guerras civiles en sentido
estricto) o la misma guerra de sucesión de principios del siglo
dieciocho tras el acceso de la casa borbónica a la corona de
España (conflicto bélico a medio camino entre la guerra civil,
la interterritorial.. o incluso la guerra internacional entre
las potencias europeas entonces en pugna).
Sobre la Segunda República,
nacida de unas elecciones municipales y muerta con una
sublevación militar que aglutinó a fascistas, monárquicos y
derechistas

republicanos temerosos del
gobierno del Frente Popular... habría mucho que decir. Pero,
sobre todo, que se anticipó a su propio tiempo, o que, al menos,
no se le dio tiempo para que, presa del desfase
histórico-cultural que la lastraba, pusiese su reloj en hora. Si
no tanto como la Primera, la Segunda República fue, de nuevo,
una república con escasez de verdaderos republicanos.
Republicanos de derecha y de izquierda.
¿Y el franquismo?
Dentro de cuatro meses, se
cumplirán treinta y un años de la muerte en patéticas
circunstancias personales y médicas del general golpista y
anteriormente "leal" republicano) Francisco Franco, que encabezó
un régimen personal y dictatorial en España durante casi
cuarenta.
Surgido de la
hoguera de la Guerra Civil Española, el franquismo fue el último
de los fascismos europeos, y adoptó formas y símbolos cambiantes
a lo largo de esas cuatro décadas en las que privó de libertades
políticas a los españoles. A los españoles que no eran
franquistas, pero en general a todos. Aunque la esencia de este
régimen personal que fue el franquismo era precisamente la
'renuncia' a esas mismas libertades. Renuncia más o menos
forzadamente voluntaria que los españoles veníamos practicando
interválicamente desde tiempos de Fernando VII, el Rey
trágicamente mendaz del "¡Vivan las caenas!".
La historia,
decíamos más arriba, y más bien como caricatura, se repitió en
la España del medio siglo veinte... como cruel tragedia plagada
de exilio y muerte. Algo que, querámoslo o no, constituyó la
esencia misma de nuestro decurso como pueblo durante los dos
últimos y atribulados siglos, el XIX y el XX. Durante ellos,
España se convirtió en ex-Imperio decadente y arruinado... a la
vez que en foco de las miradas del mundo. La historia de España,
su Guerra Civil, sus guerras carlistas (otras guerras civiles,
insistamos en ello), la Semana Trágica, la Comuna Asturiana, la
acuñación del liberalismo, la Guerra de la Independencia contra
Napoleón... y por fin, el Franquismo, como último Fascismo, como
postrera y testimonial dictadura de la Europa del siglo veinte,
tras la derrota de Adolfo Hitler, Benito y sus discípulos
reinantes en la Europa conquistada por el totalitarismo fascistoide.
Franco, su
régimen, resistió la derrota del Eje aprovechando el reflujo de
los inicios de la guerra fría, la amenaza comunista. El
franquismo, dejó el traje de opereta pseudofalangista para
acogerse a la grisura de la camisa blanca y el traje oscuro. Con
camisa azul y corbata negra, eso sí. Solamente le siguió en ese
viaje, la Portugal salazarista, que dio con sus huesos
caetanistas en el duro suelo de la

guerra
colonial en el 74. Y a mediados de los setenta, ya solamente
quedaba Franco y su régimen. Y el dictador, había rebasado los
ochenta años. Y estaba enfermo.."extraoficialmente", claro. Era
ley de vida, pues, que su régimen, su obra, terminara... aunque
fuera solamente (y tristemente para algunos) por razones de
salud.
Porque, para
escarnios de muchos "luchadores" a destiempo contra el
franquismo como pululan hoy (¡treinta años después!), no debemos
olvidar que el general murió de viejo, aupado en el poder... ¡y
en la cama!
Hoy ya nada
queda de aquel régimen. Nada... salvo nosotros mismos.
Pese a los
que se empeñan en travestir la realidad española del momento
para despistar la mirada de su absoluta y sangrante desnudez
ideológica, política y efectiva; pese a los que sueñan con un
resucitar del general sino tres años más tarde (como en la
multivendida novela de finales de los setenta) al menos treinta;
pese a quien pese, pues, la única realidad es que hoy en día, en
la España del 2005, el nombre de Franco no suscita muchas
pasiones. Ni a favor, ni en contra. Más allá, claro, de los
consabidos y escasos empecinados de uno y otro signo, que
haberlos... haylos.
Los españoles
del año 2005, en su inmensa mayoría, no piensan utilizando un
esquema tan gastado y caduco que divide el mundo y las gentes en
rojos y nacionales, en franquistas y antifranquistas. Hoy, los
coetáneos de Franco, están muertos. Los que padecieron-gozaron
la dictadura franquista, en su primera mitad, rondan los
ochenta-noventa años, y ven el mundo -normalmente- con la
perspectiva sabia que da la vejez lúcida. Aquellos a quienes el
régimen "gastó" un cuarto de siglo de su vida libre, los de la
cincuentena de años sobre las espaldas, ocupan puestos en la
España democrática y miran -normalmente- al futuro sin perder de
vista el presente. Los que nacieron en los setenta, los ochenta
y los noventa... ni saben de primera mano qué era aquello, ni
tienen más interés por el asunto, más allá de los estudios o la
curiosidad histórica.
Un día
llegará, no a mucho tardar, en que a la pregunta de ¿quién era
Franco?, alguien responderá con una inocente sonrisa de
suficiencia: "Un militar de cuando la guerra de Cuba". Hagan,
sino, la prueba. Y lo propio podría decirse, o más aun, de la
incivil Guerra Civil que dio origen al franquismo. De lo cual,
en buena lógica, debería extraerse, cuando menos, una lección:
miren al presente político, pues, y su gobernancia... quienes
pretendan ocupar el poder, que les elijamos democráticamente
para tal cosa. Y no busquen coartadas ni muletas inútiles, en el

pasado. Y,
sobre todo, quítense la venda de los ojos los que aun pretendan
que los análisis políticos del momento actual deben hacerse a
base de la aplicación implacable de la dicotomía franquista-antifranquista.
O, si lo prefieren, rojos-nacionales.
Por cierto:
franquistas y antifranquistas, de los que hay que decir bien
claro por que ni fueron los primeros tan pocos como ellos mismos
quisieran, ni los segundos tantos como (a juzgar por sus
declaraciones y la lectura de las pseudobiografías
autoagiográficas tan al uso) parece. Hoy y treinta años más
tarde, claro está.
A nadie en su
sano juicio, pues, debería interesarle el negocio de intentar
revisar unilateralmente la Historia... ¡para reescribirla!
Aunque, ya sabemos que entre
las costumbres propias de la especie humana, manías más bien,
está la de ajustar cuentas con la historia.
A veces, el
hombre siente dentro de sí la irresistible necesidad de revisar
su pasado, pero no haciéndolo con ojos críticos, sino con los de
la pura revancha. Es el desahogo del débil, que percibe como se
le pasan las oportunidades de hacer su propia historia como él
quiere… y se dedica a retomar lo pasado, darle la vuelta como un
calcetín y acomodarlo a sus deseos más íntimos. Vivir el pasado
falseándolo, se llama la figura.
De acuerdo.
Eso tiene un nombre: frustración. Si. Pero la historia nos ha
dado muestras sobradas de semejante conducta. Conducta desviada
del sentido de racionalidad que debería acompañar el paso de los
humanos por la vida. Esa vida que es, o debería, razón pura.
Aunque esa razón a veces adquiera forma de sentimiento, que a
fin de cuentas es una manera de razonar… con los quereres y el
corazón. O, si lo prefieren, y alejado de toda polémica de corte
existencial o teológico, con el alma.
Algunos de
esos ejemplos de falta de razón (ni pura ni práctica), contados
fria y desapasionadamente, sobrecogen. Antes que nada, por la
alta dosis de estupidez revestida (eso sí) de simbolismo, que
implican.
Así, sabemos
que en el año 1917 tuvo lugar en el Moscú soviético un curioso
juicio a Dios. La parte denunciante, no era otra que el recién
nacido Estado Soviético. Un tribunal, o parodia patética del
mismo, con un presidente, que lo fue el comisario de instrucción
pública de los soviets, un tal Anatoly Lunacharsky, encontró a
dios culpable de los cargos que se presentaban en su contra. Por
ello, se le condenó a muerte. No deja de tener gracia que la
Rusia del ateísmo oficial, condenase a muerte tras juicio a
alguien cuya existencia negaba por principio. Pero así son las
cosas a veces.
La sentencia
fue ejecutada. ¿Cómo? No se rían… pero disparando una salva de
disparos de fusil apuntando al cielo. Nada menos. No se sabe a
ciencia cierta si acertaron. Pero el honor del ateísmo oficial
soviético, al parecer, quedó lavado. Dios, de una forma oficial,
había muerto. Por fusilamiento, además. Los soviets no
alcanzaron la gloria de los revolucionarios franceses, cuando le
cortaron la cabeza al rey Luis a su esposa María Antonieta. Pero
los de Lunacharsky se fueron tan contentos aquella noche a la
cama. Habían matado a dios. Nada menos.
Para un
agnóstico racional, como quien escribe, eso forma parte
claramente del estupidiario humano. Y en un sitio muy destacado.
Aproximadamente igual al que

ocupan los
absurdos fusilamientos de imágenes religiosas en la guerra civil
española, o el del enorme cristo de piedra de los alrededores de
Madrid, que también sufrió unas estúpidas descargas
supuestamente izquierdistas. Rojas, para entendernos, aun con la
ambigüedad de significado del palabro.
En la Rusia
soviética, la URSS, pronto el dios fusilado dejó paso a otra
deidad: el padrecito Stalin, quien sentó un principio de
deificación perpetuo de los dirigentes de la llamada revolución
de octubre. Esa que algunos confunden, vaya a saber por qué, con
el socialismo. Eso sí, añadiéndole el adjetivo confuso de
“real”. Sin duda, tan real (o irreal) como el dios fusilado…
disparando al cielo una andanada de fusilería.
Lo
tremendamente estúpido, lo patético hasta el paroxismo, es que
en nuestros días, y en esta tierra bendita española, hay aun
quien pretende seguir los pasos de los Lunacharsky de turno… con
sus casos y sus cosas más que inventadas, convertidas en
teología para razones turbadas y no excesivamente entrenadas en
el arte de pensar libremente. Son los que pretenden redefinir la
llamada Reconquista, mutándola en invasión. O quien setenta años
después pretende ganar una guerra perdida. O hacerle el juicio
al dictador Franco… que no se le pudo (por razones obvias) en
vida. Son esa tropa de sedicentes izquierdistas que reivindican
incomprensible y anacrónicamente el adjetivo de “rojos” para sí…
sin ni siquiera habérselo ganado. O son, patéticos, los que
quieren devolverle al abuelito una victoria que la historia le
negó. Y construye mitos con armazón de paja para justificar la
vacuidad moral, ideológica e intelectual que fatídicamente les
encadena al potro de tortura de la más acusada estulticia.
Ah, por
cierto: el presidente de aquel estrafalario tribunal
condenadioses de Moscú… murió a los cincuenta y ocho años… en
1933. O sea, en el fragor de las purgas del nuevo dios, el
padrecito Stalin. Avisados están, si es que quieren enterarse.
Fusilamientos, inciviles guerras
civiles, represiones, persecuciones, odios... Todo eso tiene una
terrible consecuencia: muerte. Pero no muerte considerada al
modo bergmaniano, como personaje, como arquetipo, como idea. No:
una muerte que deja el tapiz de juego lleno de muertos. Muertos
con nombre y apellidos. Muertos con familia, con historia.
Una guerra civil es el producto
de multiplicar un muerto cercano por cientos de miles. Sólo de
esta forma de entenderlas, se puede extraer su realidad a menudo
embozada tras la estadística, tras las cifras oficiales,
impersonales, lejanas e imprecisas. Sólo así, el recuerdo de los
muertos se convierte en el recuerdo de "nuestros muertos". El
verdadero dolor es el solamente el recuerdo de "un" muerto. Ese,
es el muerto recordado. Los otros, los cientos de miles, son
pura cifra, contaduría, estadística, fría anotación marginal en
el libro de cuentas de la Historia.
Pero... ¿qué es un muerto?
Un muerto es
aquel ser humano que ha dejado de tener vida. Esto, que es una
obviedad, se vuelve verdad cruel cuando, además de muertos, los
muertos están olvidados. El olvido, claro, es la herramienta del
humano vivo y

emergente
para seguir ascendiendo antes de caerse de bruces en la nada. En
su nada. En esa nada a la que un día llegará él; pero en la que
ya le esperan otros, si es que se puede esperar a nadie en un
sitio en que impera la nada absoluta.
Los caminos de
ascensión son un banco de prueba para hacer la iteuve
constante y verdadera de los escrúpulos del mortal... antes de
pasar a muerto. Los vivos, más vivos cuantos más muertos-otros
otean en el horizonte, se consuelan subiendo por los ascensores
del progreso vital hacia su ocaso.
Pero es sabido
que el ascensor hacia el puesto de trabajo de Caronte, es más
valorado cuanto más lentamente circula por su carrilera; sobre
todo al final de su tramo de vida. Y es lógico que así sea: todo
ser vivo tiende hacia su propia conservación. La de la
especie... bueno, eso es otra historia.
Por todo eso,
el vivo prevé siempre unos ritos de paso, como de
acompañamiento, que hagan más llevadera la culpa relativa ante
la muerte del otro. Entre esos ritos, está la limpieza ambiental
que implica la cremación o el enterramiento. Una cremación o un
enterramiento, es la válvula de escape necesaria para que el
muerto, el que ya no está entre los vivos, deje de contaminar
más con su presencia.
El
enterramiento, o la cremación más o menos civilizada, viene a
ser como el pasaporte del muerto a la inmortalidad: si no se
dejase, no formaría parte de los dioses lares, de los mitos, de
la Historia…
Pero los
muertos, incluso los más gloriosos, molestan. En eso, más o
menos, todos estamos de acuerdo. Aunque raramente lo digamos.
Y si siempre
molestan, mucho más cuando son muchos. Y mucho más aun cuando
son excesivamente muchos, cuando se amontonan, cuando sus
pedazos cubren el suelo por el que queremos circular -en
ascensor o en tren- hacia la gloria.
Negociar,
cambalachear, trocar, mercadear con muertos, siempre es cosa
mala. Los muertos suelen volver, bajo la forma etérea de los
fantasmas. Y los fantasmas son, por definición, inatacables y,
lo que es peor aun: eternos.
El día de los
muertos vivientes, casi siempre llega a la mesa del festín que
montamos cuando comemos cadáver en pepitoria para ir tirando. Es
la historia, es la leyenda: es la vida.
Nuestros
muertos se levantarán un día y nos reprocharán los mercadeos y
pactos hechos sobre sus cadáveres y hasta en su nombre. Pero
hasta que los muertos se conviertan en fantasmas shakespearianos
que nos recuerden la obligación de pensar en ellos durante la
batalla del día siguiente... mientras tanto, esos muertos,
nuestros muertos, están solos. Terriblemente solos.
Y esa soledad
de los muertos de España, los muertos de guerras civiles, los
muertos asesinados por el terrorismo de cualquier signo o cuño,
los muertos de la represión política y del odio... Esa soledad
terrible, nos llama a secundar la reflexión triste, grave y
profunda del poeta: "¡Dios mío! ¡Qué solos se quedan los
muertos!".
¿Y los
vivos? Pues a los vivos, a los teóricos hacedores de futuro, a
quienes preocupa el día a día que hace a fin de cuentas la
Historia. A los vivos que
no olvidan pero tampoco se regodean ni se encoñan en el pasado
sin vuelta posible (porque es pasado). A los vivos a quienes
gusta conocer la Historia y hasta las pequeñas historias
personales que se esconden-ocultan tras esa misma Historia. A
los vivos que entienden que el futuro se hace hoy con materiales
de hoy mismo y no con los del pasado... A esos vivos, solamente
un consejo (con perdón) que no es otra cosa que el recuerdo de
la pintada sesentayochista con la que empezábamos: "¡¡Corre,
compañero, el viejo mundo te persigue...!!".
Así que, lo dicho: zapatillas
firmes, camisa y pantalón blanco, pañuelo sanferminero al cuello
(no importe el que sea rojo, luce el doble), periódico doblado
en la mano... y a correr calle abajo. Y a no dejarse empitonar
por el peligroso mihura de la Historia.
(P.S.:
La memoria no tiene sentido si no se le pone nombres. Y por ello
y desde la más absoluta ausencia de odio, dedico mi recuerdo...
A mi abuelo, José Peláez, que regresó de Argentina y se
encontró viudo, huérfano y metido en una guerra entre españoles,
y que estuvo a punto de morir bajo las balas del frente de San
Pedro de la Ribera, cuando llevaba provisiones a mis tías
abuelas y mi bisabuela atrapadas con su casa y hacienda en dicho
frente envallado... A mi tío Antonio Santos, a
punto de morir asesinado camino de Luanco... A mi tío
Nicomedes Santos, que vino caminando desde del frente del
Ebro, harto de no estar luchando con los suyos, o quizá
simplemente de estar luchando... A mi tío Raúl Santos,
felizmente vivo y a

pocos pasos de cumplir los
noventa y uno, a quien no lograron fusilar y que huyó del
bando que le había reclutado forzoso para luchar entre los que
él libremente consideraba más suyos... A César Antuña,
minero de Carbayín, revolucionario del treinta y cuatro, oficial
en la guerra civil, exiliado y fundador y secretario de la
Comisión Socialista Asturiana, amigo de nutrida historia y que
sobrevivió a Franco... A Ana de Valle, amiga, poeta,
exiliada y madre-hija-hermana de exiliados... Y, al final pero
no el último... a mi padre, Enrique Santos, que salvó con
sus ingeniosos escondites a un buen puñado de avilesinos, y que
preso y torturado por no revelar dónde estaban sus hermanos
fusilables, se salvó casi de milagro él mismo de los
asesinos de la noche con sus lúgubres paseos de luna llena... A
todos ellos, mi recuerdo y gratitud por no haberme dado jamás ni
la más mínima lección de odio hacia nada ni hacia nadie. No os
olvido. No lo olvidaré.)
Enrique J. Santos
Enrique J. Santos, es periodista,
escritor y poeta. Director y fundador del periódico "El
ParcheDigital". Director de "Cuestión". Sitio web:
www.enriquejsantos.com
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