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La razón para atacar
Afganistán estaba clara: allí se encontraba Osama
bin Laden y su organización terrorista Al Qaeda. El
régimen de los talibanes, que tan buenas migas
hicieron con los estadounidenses a la hora de
expulsar a los soviéticos del país, cobijaba al
hombre que había herido el corazón de Manhattan
destruyendo sus Torres Gemelas.
El gobierno comunista
de Kabul, gobierno laico por definición y aliado de
Moscú, había pasado a manos de integristas
musulmanes y toleraba campos de entrenamiento a los
yihadistas de bin Laden. No se sabe qué era peor
para el mundo occidental. En 1996, Mohamed Najibulá,
el último dirigente comunista de Afganistán era
ahorcado en Kabul sin que EE.UU. protestase por ese
hecho. El laicismo de los comunistas era sustituido
por la sharia talibán a los que Washington había
armado y entrenado. Los talibanes fueron
“derrotados” por los americanos, cinco años más
tarde, a finales del 2001. En realidad la mayoría de
ellos se replegaron hacia la frontera de Pakistán,
el grueso, concretamente, se instaló en lo que se
llama la “Frontera del Noroeste”. Cualquiera que se
haya interesado un poco por el pasado británico en
la región sabrá que nunca pudieron controlar del
todo las tribus de estos territorios y tampoco lo ha
conseguido el gobierno militar de Parvez Musharraf.
Pashtunes unos y pashtunes otros, los talibanes
campan a su antojo por una región de unos 74.500 km2
poblado por 20 millones de habitantes de los que
muchos no tienen más obediencia que la tribal. En lo
que se refiere a la religión, Afganistán es suní en
un 84% y Pakistán en un 75%. Las complicidades y los
lazos familiares entre ambos lados de la frontera,
en una región atravesada por el Hindu Kush, una
cadena de montañas con picos de más de 7.000 metros
de altitud, convierten las fuerzas de la OTAN y de
la ONU en ratoncitos con los que juega el temible
grupo Al Qaeda y sus socios talibanes.
De los 31.000
soldados que llegaron a Afganistán para luchar
contra los talibanes, 24.000 son estadounidenses.
Algo menos de la mitad de estos americanos forma
parte de las fuerzas de la ISAF y el resto está
dedicado a la búsqueda y captura de Osama bin Laden,
el mulah Omar y las gentes de Al Qaeda,
especialmente en la franja oriental del país. Del
lado pakistaní, son constantes las incursiones de la
OTAN en connivencia con el ejército de Islamabad.
Sin haber afianzado
lo que en un primer momento se había logrado, George
W.Bush se lanzó sobre Irak, un país que nada tenía
que ver con Al Qaeda. Era una dictadura pero desde
luego ni era la única ni la más beligerante contra
el aliado israelí. De ahí que el petróleo y derrocar
al “hombre que quiso asesinar a (su) papa”(Bush
padre) fuese la única razón para volcarse contra una
dictadura laica con la que habían hecho negocios los
americanos, los ingleses, los franceses y los
alemanes. Disponer de unos 180.000 hombres en Irak
(434 mil km2 y 24 millones de habitantes) y solo
31.000 en Afganistán (652 mil km2 y 13,7 millones de
habitantes) con una orografía endiablada, parece una
insensatez en la que España hace acto de presencia
en virtud de sus compromisos tanto con la OTAN como
con las Naciones Unidas.
Para abarcar la
magnitud de los errores cometidos por George W.Bush,
Donald Rumsfeld y Dick Cheney, baste decir que
Pakistán es una dictadura militar que en un país de
796 mil km2 (más de una vez y media España), tiene
149 millones de habitantes entre los más pobres de
la tierra. Para colmo, disponen de la bomba atómica
y de la cohetería necesaria para alcanzar puntos
neurálgicos de Oriente Medio. El derrocamiento del
general Musharraf y la toma del poder por unas masas
con un 57% de analfabetismo, formadas en las
madrasas integristas de los territorios tribales,
podría suponer un desastre colosal para toda la
región.
El loable deseo de
convertir Afganistán en una democracia, en la que la
mujer quede liberada de su secular postergación,
solo se podría conseguir volcando todo el esfuerzo
bélico en esa tarea en lugar de dividirlo en dos
frentes y permitirse amenazar un tercero: el Irán
chií. Probablemente haya más yihadistas ahora en
Irak que en la zona oriental de Afganistán. Los
suministros de dinero, con los cultivos de amapola,
garantizan la supervivencia económica de los
talibanes, de Osama bin Laden y de Al Qaeda. La
producción de opio y heroína es el tradicional
recurso económico de los “Señores de la Guerra”. En
2006, se han producido 600 toneladas de heroína. Y
estos cultivos se sitúan en las regiones de Herat
(donde se encuentran las tropas españolas) y Farah.
En la región de Helmand, bajo control británico, la
producción de opiáceos se ha triplicado en un año.
La decisión de Blair
de retirar 1.600 soldados de la región de Basora es
el inicio del abandono de Irak por parte del Reino
Unido. Dinamarca ya ha anunciado la retirada de sus
460 soldados. En este mes de febrero de 2007, y sin
contar estos dos países, son ya 10.474 los soldados
retirados dejando en 168.755 el número de efectivos
de la Coalición que queda sobre el terreno. Habría
que decidir si es compatible la retirada de Gran
Bretaña y Dinamarca con la petición de George W.Bush
a sus compatriotas para aumentar el número de
hombres en Irak. Se habla (The New York Times,
22/02/07) de movilizar 14.000 hombres de la Reserva
(Guardia Nacional).
Afganistán, al igual
que Irak, es un avispero en el que o se meten más
tropas o se abandona el país a su suerte. Por la
fuerza de las armas, Occidente debe olvidarse de
democratizar países donde las estructuras
tradicionales requieren cambios de mentalidad más
que imposición de costumbres ajenas a su cultura.
Los cambios deben de hacerse, a través de la
educación, de abajo hacia arriba pero no colocando
los Hamid Karzai de Afganistán o los Nuri al Maliki
de Irak al mando de esos países. |