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Como vendría a decir
Graham Greene en su autobiografía titulada "Una
especie de vida", yo me encontré aquel día con
"algo" nuevo para mí y que tiempo más tarde marcaría
y caracterizaría una etapa de mi vida. O una etapa
de mi vida profesional. O, al menos, una etapa de mi
vida profesional en cuanto a su puesta en relación
con mi forma de ver y entender el arte.
Era casi la prehistoria
de la informática aplicada al diseño industrial...
al menos de una forma más generalizada y hasta, por
así decirlo "democratizada" por el hecho de la
progresiva reducción que ya apuntaba en los precios
de equipos y programas informáticos. Eran, en fin,
los primeros ochenta. Un "teleco" sabihondo me
pasó una copia de un programa para su evaluación.
Conocedor de mis ramalazos pictóricos de antiguo, me
dijo en un tono entre la invitación y el reto: "Con esto se pueden
pintar cuadros....".
Corría en año 1984, digo, y yo me dedicaba por
entonces y profesionalmente
a la realización de creaciones graficas en dos dimensiones utilizando
para ello programas vectoriales puros. Aquel "teleco" había colaborado
anteriormente conmigo en el desarrollo de diverso
software para aplicaciones gráficas... en aquellos
tiempos, habrá que insistir de nuevo en ello, aun muy en pañales.
Revisé el programa.
Lo probé. Se llamaba Photoshop. Y confieso sin pudor
ahora que lo único que se me
ocurrió en ese momento para probarlo fue ponerme a pintar un paisaje.
Y lo hice sin manuales, sin
conocimientos previos, haciéndolo todo de manera intuitiva.
Por esas fechas, recordémoslo, aun no había
nacido Windows. Era, digo, la prehistoria. O casi.
Y...¡allí estaba yo, pintando en blanco
y negro y con el nuevo programa un
paisaje...! ¡Con su casa y todo!
En esos tiempos de
pleistoceno, los ordenadores andaban como podían. Y,
el PC que yo usaba no daba
para mucho.. en realidad casi no daba para nada.
Todo iba lento. La tarea no es que fuera lenta... es
que era lentísima..

Es decir, que en aquel
mi primer aproximamiento al programa que se me había
pasado para prueba, todo o casi todo estaba en
contra. En mi contra. Y en contra de que yo hubiera
percibido la esencia de aquel nuevo y
revolucionario programa informático. Quizás por
ello, por todo ello sucedió que en ese momento, en
ese primer tiempo del partido, yo no es ya que no
lo percibiera... sino que ni siquiera intuí el PIXEL.
El pixel, elemento esencial del programa, pasó por
mi lado (o yo por el suyo, que tanto da) sin yo casi
notarlo.
Pero, aun con eso, he de
decir de mi primer contacto con ambos, pixel y
programa, que sin duda alguna "aquello" (es decir:
mi experiencia de aquel día)
fue no ya interesante, ni tan siquiera importante...
sino sencillamente indeleble.
Algún tiempo después, aproximadamente un año mas tarde
y en un viaje a Holanda tuvo lugar el que podría
llamar segundo acto de mi encuentro-experiencia con
el pixel y su significado. Allí, en Holanda, tuve
ocasión de conocer la
que fue la primera cámara digital de Apple.
Y ese día y para mostrarme
las posibilidades de su
uso, el citado alguien-mostrador sacó una foto. Una
fotografía digital de uno de los allí en ese momento
presentes. Luego, la visualizamos en un Mac
provisto ya de pantalla a color. Y... como software
también usaban mi antiguo y poco conocido aun
programa: Photoshop.
Enseguida, alguien con
cierta mala uva y mucha gana de cachondeo comenzó a
clonar parte del pelo del
modelo, algo calvorota él, colocándoselo en la parte despoblada
de su cabeza.

Sí: de nuevo aparecía
frente a mi Photoshop. Y ahora, con más calma y
posibilidades técnicas... Así que en este segundo
encuentro en tierra flamenca... entonces sí que,
cuando menos... ¡¡intuí el
PIXEL!! Y ese día, y allí, hice mío el pensamiento
de Bertrand Russell cuando dijo aquello de que la percepción es
una especie de un género más amplio llamado
sensibilidad. Sí, ese día descubrí, percibí,
sentí... el PIXEL.
Y, he de decirlo, lo descubrí,
lo percibí y lo sentí así, como era y es: tan simplón... cuadrado... coloreado... o
blanco luminosísimo... Y he de añadir, sin que venga
a cuento explicar ahora el por qué, que aquel día
también me acordé de una cita de Adorno
que había dado vueltas a menudo sobre mi cabeza: "La
belleza natural es la huella que deja lo idéntico en
las cosas presididas por la dura ley de la absoluta
identidad".
Ese día, pues, me sentí
en sentido puro un puntillista. Y... empecé a
interesarme por mi nuevo amigo el pixel.
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