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Amenaza lluvia en el
cielo que se ve desde aquí sentado, y empiezan a
verse paraguas a punto de abrirse. Éste, será un
breve café, un cafelito rápido acompañado de también
rápida reflexión... Lo tengo muy dicho ya: los aires
de la terraza del Café Imperial nos hacen sentirse
culpable de dejar pasar el tiempo sin aprovechar
cada segundo para una gestión, un negocio, un rezo,
una palabra de amor o un mísero pensamiento teórico.
Es cierto: el espacio cafetero anima. Empiezo a
darle vueltas a la cosa esa del progreso, del de
los cambios que sufren los pueblos. Las ciudades,
quiero decir... no las entidades suprarracionales de
los nacionalistas de medio pelo. Me lo sugiere la
visión de las fotos antiguas que el Imperial tiene
colgadas en las paredes. Y me dejo llevar... Los
pueblos, normalmente, son respetuosos con sus
tradiciones. Los pueblos, normalmente, progresan.
Entre tradición y progreso, normalmente también, no
suele ni debe haber oposición. O al menos, no debe
ni suele haber grave desajuste a la hora de conjugar
ambos términos, ambos conceptos. A fin de cuentas,
tradición es simplemente el hecho de transmitir de
una generación a otra ese conjunto de noticias, de obras
literarias, de doctrinas, de costumbres... que solemos
por otra parte englobar en el término “cultura”,
para entendernos. Y, a fin de cuentas también,
progresar es avanzar, mejorar adelantar ir hacia
adelante, seguir.... o sea, incorporar el futuro a
la historia de cada cual, forjarlo, hacerlo,
pretenderlo.
No
parece que un pueblo sensato sienta crujir sus más
ocultas entretelas cuando ha de dar el salto
infinitesimal y de cada segundo que le proyecta de
un momento a otro de su historia. O lo que es lo
mismo, en hacer un paso sin traumas especialmente
grandes entre el avance de pasado a presente y de
ese al futuro. Esto es, en pocas palabras, la
historia; su discurrir normal.. salvo revoluciones,
claro, en que las cosas se precipitan primero para
volver a remansar después, ya pasado el tiempo...
otra vez el tiempo. Esto es, nada más y nada menos,
que la lógica rotunda del tiempo y de la humanidad
que circula por él, a su través, haciéndolo posible.
Cosa bien distinta, ocurre cuando las cosas giran,
viran y se deforman. Y tradición es entonces
suplantada por tradicionalismo. Y a su vez,
progreso, por progresía y por progresismo. Cosas que
a todas luces, cualquier luz, no son iguales. En ese
momento, tradicionalismo y progresismo o mejor aún
progresía, se oponen, se enfrentan, polemizan y
combaten. En ese momento, la tradición como tal se
pierde; y el progreso, también él, se detiene. No
son la misma cosa, no. Y a menudo hay quienes desde
ambos “bandos” las confunden o pretenden (en el
matiz está la buena o mala fe) hacerlo.
Avilés (un pueblo más... pero el mío) ha caído en
ese error hace... hace muchos años; sin fechas, que no
seré yo quien ponga mojones históricos
comprometedores ahora y que vengan a complicar aún
más las cosas. Avilés, o algunos avilesinos de uno y
otro bando, tradicionalistas y progresistas o
simplemente “progres” (en denominación arcaica y
carente hoy de todo significado y típica de los años
70 del siglo pasado) ha hecho de ese enfrentamiento
puramente artificial entre pasado y futuro, entre
tradición y progreso... han hecho, digo, una lucha que dura ya muchos
años. Y en la cual los atrincherados de uno y otro
lado disparan sobre el “contrario”, utilizando
material cultural (mayormente, pero no en exclusiva) y embozando su lucha
en el magma profundo de los conceptos
descontextualizados, y... ¿trasnochados?
¿Resultado? La parálisis, el embalsamiento, la
parada, la inoperancia: el “bache”... ¿Perjudicados
(daños colaterales, siguiendo el lenguaje bélico al
uso) finales? Los ciudadanos, los habitantes de esta
ciudad llamada Avilés (o sea, mi ciudad...) que ven cómo se pierden cada
día y cada mes y cada año oportunidades de oro e
importantes para su desarrollo y la solución de sus
auténticos problemas ciudadanos; oportunidades,
claro, que acaban... aterrizando en sitios no muy
alejados de aquí. Ciudadanos que, encima, y sin
comerlo ni beberlo, se sienten ante la obligación
(falsa, errónea, falaz) de escoger entre las
trucadas ofertas de tradición y progreso que les
ofrecen los bandos en liza. ¿Culpables? Bueno... un
poco todos. Unos, los combatientes, por hacer;
otros, los damnificados, por dejarles. Y otros,
quizás los más responsables, los “no beligerantes”
pero tampoco “damnificados”, por permanecer
impasibles ante tamaño desatino cultural e
histórico. Eso sí, los que mientras navegan entre dos aguas...van
sacando el máximo beneficio de la situación creada.
Cuando, en realidad, su papel como intelectuales,
dirigentes sociales, cargos públicos, y “próceres”
en general (y a esa especie nos estamos refiriendo)...
es o debería ser... servir de fiel de la balanza, agitar y remover
las líneas de las trincheras hasta que desaparezcan,
cuestionarlo todo hasta encontrar la luz y ofrecer
facilidades de alcanzar una cierta verdad, ellos y
quienes les leen o escuchan.... a veces de forma
algo borreguil, que todo habrá que decirlo a la hora
del ajuste de cuentas con nosotros mismos.
Lo
que hace a este tipo de cuestiones guerreras
pueblerinas ser rémora inútil, es el hecho de que
tras sus trincheras se parapetan (quiéranlo sus
autores o no, que esa es otra historia) dos
“ejércitos de Pancho Villa” dispuestos a darse unas
cuantas patadas cada poco... en el culo de los
demás, el de los ciudadanos avilesinos. Y lo absurdo
es que una diferencia de opinión entre criterios y
admiraciones por actos literarios, reuniones
culturales, revistas y obras
periodístico-festivas y en fin cuchipandas varias y
diversas... trae consigo en este Avilés
de nuestros amores un recrudecimiento de la
particular cruzada de los unos contra los otros, y
de los otros contra los unos. Siendo los unos y los
otros, tradicionalistas y progres, claro está.. Es
decir, los de las trincheras nunca tapadas ni
olvidadas. Y lo terrible es que, mientras los
problemas se agolpan frente a nuestras ciudadanas
puertas, haya por ahí, por nuestras calles bandos
(¿bandas..?) de
ciudadanos que se dediquen a tirarse piedras sobre
nuestras cabezas, a montar peleas a propósito de lo
que sea, cualquier cosa, con tal de ajustar sus
cuentas pasadas. O futuras, sabe dios...
Bueno... en fin... El caso es que entre unas cosas y
otras, entre pensamientos peregrinos y quereres
atorrantes... lo cierto es que ha comenzado a
llover, al fin. Todo llega. Pero... ¿realmente llega
todo...?
Me voy. Salgo caminando y casi corriendo, pegado a
las paredes de las casas. Esquivo como puedo las
varillas de los paraguas de los que vienen de
frente, también con prisa. Aunque con paraguas...
Acabo de acordarme de que he dejado tiradas sobre el
velador, y junto la taza vacía, las hojas de papel
con mis sesudas reflexiones... Bueno, tampoco se
pierde gran cosa, digo. Y entro, ya, en el portal de
mi casa.
Casi no me he mojado la ropa, menos mal... Las
reflexiones profundas, ya las recogeré algún otro
día. Si es que nadie las ha aprovechado para su uso
personal, cualquiera que fuere éste, bendito sea él
o ella... |