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Tras la
publicación de la primera encíclica de Benedicto XVI
el primer asombro es la rapidez con la que ha
llegado a todas las paginas de internet que permiten
descargarla, la primera la del Vaticano (esperemos
que como comentaba de forma espléndida Santiago
Riesco en su blog hace poco no nos persiga la
justicia por ello), y el segundo asombro, aunque sea
más común, por la gran cantidad de comentarios,
primeras valoraciones y, sobre todo, alabanzas que
ha recogido en la mayoría de la prensa de hoy.
Creo que muy poco podría
añadir a todo lo que se ha dicho y, sin duda, se va
a decir en los próximos días. Quizás tan solo que la
encíclica, en lo poco que he leído, merece una
atención mas reposada, meditada y contrastada con la
experiencia de cada día. Ofrece muchas posibilidades
para provocar, desde esa reflexión, muchos frutos
espirituales. No obstante el tema y la afirmación
“Dios es amor” nos obliga a referirnos a otras
realidades en las que, por desgracia, se olvida esta
afirmación de fe.
Y me refiero a una
noticia que a principios de esta semana (enero del
2006) nos llegaba del Reino Unido. Al parecer una
sentencia del tribunal supremo de ese país ha puesto
de manifiesto que una adolescente, menor de edad, no
necesita para poder abortar no ya la autorización de
sus padres si no ni siquiera ponerlo en su
conocimiento.
Algo parece que no
cuadra. Si por un lado los padres son los
responsables legales de los niños y adolescentes
hasta su mayoría de edad, para lo bueno y para lo
malo, parece toda una locura que en un tema de la
envergadura de un aborto estos, por decisión del
menor, puedan quedar totalmente al margen.
Cuando se nos dan
cifras como los 85.000 abortos que se producen en
España en un año, llega un momento en que tanto nos
hemos acostumbrado a ello que daría igual que nos
dijesen ochocientos mil u ocho millones.
Cuando leía algunos titulares sobre la encíclica de
Benedicto XVI sobre el amor de Dios no pude menor de
relacionarla con lo que de forma muy clara parece la
manifestación más clara de lo contrario: la muerte
de miles de inocentes a quienes no dejamos la mínima
posibilidad de existir.
Dejar en manos de una
adolescente la decisión de abortar es ya de por si
toda una temeridad pero, encima, dar carta de
legalidad a que sus padres no tengan por qué
enterarse de lo que ha decidido hacer su hija es
quebrar el principio de tutela de los menores por
sus padres y la autoridad de estos en su educación y
formación y, lo más grave, es romper de forma
definitiva una de los pilares fundamentales de la
sociedad: la familia. ¿A dónde llegaremos por ese
camino?
“Oh Dios, que hiciste brillar con virtudes
apostólicas a los santos Timoteo y Tito, concédenos,
por su intercesión, que, después de vivir en este
mundo en justicia y santidad, merezcamos llegar al
reino de los cielos”.
Julio Asterio |