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"Señores
Cardenales, venerables Hermanos en el episcopado y
en el sacerdocio, distinguidas Autoridades y
Miembros del Cuerpo diplomático, queridos Hermanos y
Hermanas.
Por tres veces nos ha
acompañado en estos días tan intensos el canto de
las letanías de los santos: durante los funerales de
nuestro Santo Padre Juan Pablo II; con ocasión de la
entrada de los Cardenales en Cónclave, y también
hoy, cuando las hemos cantado de nuevo con la
invocación: Tu illum adiuva, asiste al nuevo sucesor
de San Pedro.
He oído este canto
orante cada vez de un modo completamente singular,
como un gran consuelo. ¡Cómo nos hemos sentido
abandonados tras el fallecimiento de Juan Pablo II!
El Papa que durante 26 años ha sido nuestro pastor y
guía en el camino a través de nuestros tiempos. Él
cruzó el umbral hacia la otra vida, entrando en el
misterio de Dios. Pero no dio este paso en
solitario. Quien cree, nunca está solo; no lo está
en la vida ni tampoco en la muerte.
En aquellos momentos
hemos podido invocar a los santos de todos los
siglos, sus amigos, sus hermanos en la fe, sabiendo
que serían el cortejo viviente que lo acompañaría en
el más allá, hasta la gloria de Dios. Nosotros
sabíamos que allí se esperaba su llegada. Ahora
sabemos que él está entre los suyos y se encuentra
realmente en su casa. Hemos sido consolados de nuevo
realizando la solemne entrada en cónclave para
elegir al que el Dios había escogido.
¿Cómo podíamos
reconocer su nombre? ¿Cómo 115 Obispos, procedentes
de todas las culturas y países, podían encontrar a
quien Dios quería otorgar la misión de atar y
desatar? Una vez más, lo sabíamos; sabíamos que no
estamos solos, que estamos rodeados, guiados y
conducidos por los amigos de Dios. Y ahora, en este
momento, yo, débil siervo de Dios, he de asumir este
cometido inaudito, que supera realmente toda
capacidad humana. ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo seré
capaz de llevarlo a cabo?
Todo vosotros,
queridos amigos, acabáis de invocar a toda la
muchedumbre de los santos, representada por algunos
de los grandes nombres de la historia que Dios teje
con los hombres. De este modo, también en mí se
reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que
llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría
soportar yo solo.
La muchedumbre de los
santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce.
Y me acompañan, queridos amigos, vuestra
indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra
esperanza. En efecto, a la comunidad de los santos
no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han
precedido y cuyos nombres conocemos. Todos nosotros
somos la comunidad de los santos; nosotros,
bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la
carne y la sangre de Cristo, por medio del cual
quiere transformarnos y hacernos semejantes a sí
mismo.
Sí, la Iglesia está
viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos
días. Precisamente en los tristes días de la
enfermedad y la muerte del Papa, algo se ha
manifestado de modo maravilloso ante nuestros ojos:
que la Iglesia está viva.
Y la Iglesia es
joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y,
por tanto, indica también a cada uno de nosotros la
vía hacia el futuro. La Iglesia está viva y nosotros
lo vemos: experimentamos la alegría que el
Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está
viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él
ha resucitado verdaderamente. En el dolor que
aparecía en el rostro del Santo Padre en los días de
Pascua, hemos contemplado el misterio de la pasión
de Cristo y tocado al mismo tiempo sus heridas. Pero
en todos estos días también hemos podido tocar, en
un sentido profundo, al Resucitado. Hemos podido
experimentar la alegría que él ha prometido, después
de un breve tiempo de oscuridad, como fruto de su
resurrección.
La Iglesia está viva:
de este modo saludo con gran gozo y gratitud a todos
vosotros que estáis aquí reunidos, venerables
Hermanos Cardenales y Obispos, queridos sacerdotes,
diáconos, agentes de pastoral y catequistas. Os
saludo a vosotros, religiosos y religiosas, testigos
de la presencia transfigurante de Dios. Os saludo a
vosotros, fieles laicos, inmersos en el gran campo
de la construcción del Reino de Dios que se expande
en el mundo, en cualquier manifestación de la vida.
El saludo se llena de
afecto al dirigirlo también a todos los que,
renacidos en el sacramento del Bautismo, aún no
están en plena comunión con nosotros; y a vosotros,
hermanos del pueblo hebreo, al que estamos
estrechamente unidos por un gran patrimonio
espiritual común, que hunde sus raíces en las
irrevocables promesas de Dios. Pienso, en fin — casi
como una onda que se expande — en todos los hombres
de nuestro tiempo, creyente y no creyentes.
¡Queridos amigos! En
este momento no necesito presentar un programa de
gobierno. Algún rasgo de lo que considero mi tarea,
la he podido exponer ya en mi mensaje del miércoles,
20 de abril; no faltarán otras ocasiones para
hacerlo. Mi verdadero programa de gobierno es no
hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino
de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha
de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme
conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien
conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra
historia. En lugar de exponer un programa, desearía
más bien intentar comentar simplemente los dos
signos con los que se representa litúrgicamente el
inicio del Ministerio Petrino; por lo demás, ambos
signos reflejan también exactamente lo que se ha
proclamado en las lecturas de hoy.
El primer signo es el
palio, tejido de lana pura, que se me pone sobre los
hombros. Este signo antiquísimo, que los Obispos de
Roma llevan desde el siglo IV, puede ser considerado
como una imagen del yugo de Cristo, que el Obispo de
esta ciudad, el Siervo de los Siervos de Dios, toma
sobre sus hombros. El yugo de Dios es la voluntad de
Dios que nosotros acogemos. Y esta voluntad no es un
peso exterior, que nos oprime y nos priva de la
libertad. Conocer lo que Dios quiere, conocer cuál
es la vía de la vida, era la alegría de Israel, su
gran privilegio. Ésta es también nuestra alegría: la
voluntad de Dios, en vez de alejarnos de nuestra
propia identidad, nos purifica — quizás a veces de
manera dolorosa — y nos hace volver de este modo a
nosotros mismos. Y así, no servimos solamente Él,
sino también a la salvación de todo el mundo, de
toda la historia.
En realidad, el
simbolismo del Palio es más concreto aún: la lana de
cordero representa la oveja perdida, enferma o
débil, que el pastor lleva a cuestas para conducirla
a las aguas de la vida. La parábola de la oveja
perdida, que el pastor busca en el desierto, fue
para los Padres de la Iglesia una imagen del
misterio de Cristo y de la Iglesia. La humanidad —
todos nosotros — es la oveja descarriada en el
desierto que ya no puede encontrar la senda. El Hijo
de Dios no consiente que ocurra esto; no puede
abandonar la humanidad a una situación tan
miserable. Se alza en pie, abandona la gloria del
cielo, para ir en busca de la oveja e ir tras ella,
incluso hasta la cruz. La pone sobre sus hombros,
carga con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros
mismos, pues Él es el buen pastor, que ofrece su
vida por las ovejas. El Palio indica primeramente
que Cristo nos lleva a todos nosotros. Pero, al
mismo tiempo, nos invita a llevarnos unos a otros.
Se convierte así en el símbolo de la misión del
pastor del que hablan la segunda lectura y el
Evangelio de hoy.
La santa inquietud de
Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente
para él que muchas personas vaguen por el desierto.
Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la
pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el
desierto del abandono, de la soledad, del amor
quebrantado. Existe también el desierto de la
oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no
tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del
hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en
el mundo, porque se han extendido los desiertos
interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no
están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en
el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder
de la explotación y la destrucción. La Iglesia en su
conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en
camino como Cristo para rescatar a los hombres del
desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la
amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da
la vida, y la vida en plenitud.
El símbolo del
cordero tiene todavía otro aspecto. Era costumbre en
el antiguo Oriente que los reyes se llamaran a sí
mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su
poder, una imagen cínica: para ellos, los pueblos
eran como ovejas de las que el pastor podía disponer
a su agrado. Por el contrario, el pastor de todos
los hombres, el Dios vivo, se ha hecho él mismo
cordero, se ha puesto de la parte de los corderos,
de los que son pisoteados y sacrificados.
Precisamente así se revela Él como el verdadero
pastor: "Yo soy el buen pastor [...]. Yo doy mi vida
por las ovejas", dice Jesús de sí mismo (Jn 10,
14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor.
Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor.
¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más
fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y
creara un mundo mejor.
Todas las ideologías
del poder se justifican así, justifican la
destrucción de lo que se opondría al progreso y a la
liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la
paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos
su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos
dice que el mundo se salva por el Crucificado y no
por los crucificadores. El mundo es redimido por la
paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de
los hombres.
Una de las
características fundamentales del pastor debe ser
amar a los hombres que le han sido confiados, tal
como ama Cristo, a cuyo servicio está. "Apacienta
mis ovejas", dice Cristo a Pedro, y también a mí, en
este momento. Apacentar quiere decir amar, y amar
quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar
significa dar el verdadero bien a las ovejas, el
alimento de la verdad de Dios, de la palabra de
Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en
el Santísimo Sacramento.
Queridos amigos, en
este momento sólo puedo decir: rogad por mí, para
que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rogad por
mí, para que aprenda a querer cada vez más a su
rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno
de vosotros, tanto personal como comunitariamente.
Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los
lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor
quien nos lleve y nosotros aprendamos a llevarnos
unos a otros.
El segundo signo con
el cual la liturgia de hoy representa el comienzo
del Ministerio Petrino es la entrega del anillo del
pescador. La llamada de Pedro a ser pastor, que
hemos oído en el Evangelio, viene después de la
narración de una pesca abundante; después de una
noche en la que echaron las redes sin éxito, los
discípulos vieron en la orilla al Señor resucitado.
Él les manda volver a pescar otra vez, y he aquí que
la red se llena tanto que no tenían fuerzas para
sacarla; había 153 peces grandes y, "aunque eran
tantos, no se rompió la red" (Jn 21, 11). Este
relato al final del camino terrenal de Jesús con sus
discípulos, se corresponde con uno del principio:
tampoco entonces los discípulos habían pescado nada
durante toda la noche; también entonces Jesús invitó
a Simón a remar mar adentro. Y Simón, que todavía no
se llamaba Pedro, dio aquella admirable respuesta:
"Maestro, por tu palabra echaré las redes". Se le
confió entonces la misión: "No temas, desde ahora
serás pescador de hombres" (Lc 5, 1.11).
También hoy se dice a
la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se
adentren en el mar de la historia y echen las redes,
para conquistar a los hombres para el Evangelio,
para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los
Padres han dedicado también un comentario muy
particular a esta tarea singular. Dicen así: para el
pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal
sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital
para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la
misión del pescador de hombres ocurre lo contrario.
Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas
del sufrimiento y de la muerte; en un mar de
oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata
de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor
de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es,
efectivamente: en la misión de pescador de hombres,
siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres
del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo
a la tierra de la vida, a la luz de Dios.
Así es, en verdad:
nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres.
Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente
la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios
vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el
producto casual y sin sentido de la evolución. Cada
uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de
Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es
amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso
que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el
Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle
y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea
del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a
veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en
definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría
de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo.
Quisiera ahora
destacar todavía una cosa: tanto en la imagen del
pastor como en la del pescador, emerge de manera muy
explícita la llamada a la unidad. "Tengo , además,
otras ovejas que no son de este redil; también a
ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y
habrá un solo rebaño, un solo Pastor" (Jn 10, 16),
dice Jesús al final del discurso del buen pastor. Y
el relato de los 153 peces grandes termina con la
gozosa constatación: "Y aunque eran tantos, no se
rompió la red" (Jn 21, 11). ¡Ay de mí, Señor amado!
ahora la red se ha roto, quisiéramos decir
doloridos. Pero no, ¡no debemos estar tristes!
Alegrémonos por tu promesa que no defrauda y hagamos
todo lo posible para recorrer el camino hacia la
unidad que tú has prometido.
Hagamos memoria de
ella en la oración al Señor, como mendigos; sí,
Señor, acuérdate de lo que prometiste. ¡Haz que
seamos un solo pastor y una sola grey! ¡No permitas
que se rompa tu red y ayúdanos a ser servidores de
la unidad!
En este momento mi
recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el
Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la
Plaza de San Pedro. Todavía, y continuamente,
resuenan en mis oídos sus palabras de entonces: "¡No
temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las
puertas a Cristo!" El Papa hablaba a los fuertes, a
los poderosos del mundo, los cuales tenían miedo de
que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo
hubieran dejado entrar y hubieran concedido la
libertad a la fe. Sí, él ciertamente les habría
quitado algo: el dominio de la corrupción, del
quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad.
Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece
a la libertad del hombre, a su dignidad, a la
edificación de una sociedad justa.
Además, el Papa
hablaba a todos los hombres, sobre todo a los
jóvenes. ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo
— si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de
nosotros, si nos abrimos totalmente a él —, miedo de
que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso
no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único,
que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo
de encontrarnos luego en la angustia y vernos
privados de la libertad? Y todavía el Papa quería
decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde
nada, nada — absolutamente nada — de lo que hace la
vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta
amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con
esta amistad se abren realmente las grandes
potencialidades de la condición humana. Sólo con
esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que
nos libera.
Así, hoy, yo
quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a
partir de la experiencia de una larga vida personal,
decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No
tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da
todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno.
Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo,
y encontraréis la verdadera vida. Amén."
S.S. Benedicto
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