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Esta Fiesta de la Familia nos sirve
como preparación para el encuentro con el Sucesor de
Pedro en el V Encuentro Mundial de las Familias que
se celebrará, dentro de unos días, en Valencia. Sé
que muchos de vosotros acudiréis a esta llamada de
Su Santidad Benedicto XVI representando a las
familias cristianas de la Iglesia que camina en
Asturias. Hermanos y hermanas, que la paz de
Jesucristo esté siempre en vuestro corazón y que
ella sea la que aliente, dinamice, promueva,
construya, consolide y desarrolle siempre a todas
las familias cristianas, para quienes pido al Señor
su bendición y su ayuda.
Sí, queridos hermanos y hermanas, «nos apremia
el amor de Cristo», y precisamente esta es la
opción que vosotros, como familias cristianas,
habéis realizado, pues vivís sabiendo que
«Cristo murió por todos, para que los que viven ya
no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó
por ellos». Gracias por vuestra vida y por
vuestro testimonio, pues vosotros sí que presentáis
una novedad en este mundo: presentáis lo nuevo, que
es al mismo Cristo, todo lo demás es viejo y caduco,
sin ninguna significación. ¡Qué bella es vuestra
vida descrita como matrimonio y en la familia
cristiana, pues no vivís para vosotros mismos! ¡Qué
hondura alcanza vuestra vida en la familia
cristiana, donde «Jesucristo revela al hombre la
verdad íntegra sobre la persona, el matrimonio y la
familia»! (cf. LG 1).
Queridos hermanos, siempre, pero en este momento de
la historia, «nos apremia el amor de Cristo».
Todo hombre puede vivir en la Iglesia una
experiencia fundamental de familia, ella es la Madre
que engendra, educa y alimenta a todos sus hijos. Lo
mejor que tenemos en nuestra vida nos lo ha dado la
Madre Iglesia: la vida misma de Cristo, la comunión
con Él y con los hermanos, la apertura hacia todos
los hombres, que se engendra en la vida de Dios con
una dimensión católica y universal. Es desde ésta
experiencia desde la que los cristianos somos
fermento de comunión en los distintos ámbitos de la
vida y muy especialmente en la familia, para
convertirla en un hogar que sea “sal y luz” de la
sociedad.
La fuerza que tiene el Evangelio que hemos
proclamado para descubrir y experimentar una
verdadera experiencia eclesial en la familia
cristiana es extraordinaria. Nosotros afirmamos que
la familia es la «iglesia doméstica»,
pensad por tanto en ella como si fuera esa barca del
Evangelio a la que Jesús se sube, al lado van otras
barcas, es decir, otros hombres y mujeres con
maneras diferentes de entender la vida, pero Jesús
va en esta, va en vuestra barca, en vuestra familia.
Tened esta convicción y esta seguridad: va con
vosotros, está a vuestro lado, está en vosotros. Y
aunque se levante un «fuerte huracán», aunque hoy,
como ayer, existan circunstancias adversas, Él
siempre viene en vuestra ayuda para hacernos vivir
en comunión, para hacer posible que nos olvidemos de
nosotros mismos y consideremos al otro

mucho más importante que a uno mismo.
Pero para vivir así, hay que tener el atrevimiento
de llamarle, de vivir desde la fe, de vivir en la
Iglesia, de alimentarnos de su Palabra, de sus
Sacramentos, porque Él tiene la fuerza y el poder,
Él es el único capaz de poder decir siempre
«¡silencio, cállate!», es decir, vive de mi
amor, de mi fuerza y de mi gracia. Porque, viviendo
de esta manera es cuando, en las circunstancias
difíciles, se hace realidad lo que nos dice el
Evangelio: «cese el viento y venga una gran
calma», es decir, que venga la paz y la
comunión. Tened hoy esta experiencia singular de ser
la familia cristiana, es decir, esa barca en la que
Jesucristo va con todas las consecuencias. Porque
también a vosotros el Señor os dice: «¿Por qué
sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?». Con
toda confianza y convicción, queridos hermanos,
responded como aquellos primeros discípulos del
Señor: «¿a dónde vamos a ir si sólo Tú tienes
palabras de vida eterna?».
Hoy os tengo que decir, que la primera presencia de
la Buena Noticia que es Jesucristo, tuvo lugar en un
hogar, la familia de Nazaret. Contemplaos en la
familia de Nazaret, que ella sea vuestro espejo para
miraros y aprender siempre.
También os digo con fuerza que la primera
transmisión del Evangelio se realizó en las
familias, ved el libro de los Hechos de los
Apóstoles: los que acogían la Buena Noticia, se
convertían y bautizaban y en su hogar se celebraba
la Eucaristia (cf. Hch 2, 46; 10, 2. 24. 28). De tal
manera, que podemos concluir, que el Evangelio no es
algo ajeno o exterior al matrimonio, a la persona o
a la familia, sino que se encuentra en su interior y
allí la impulsa y la sostiene.
Queridas familias, queridos matrimonios, ¡dejaos
fascinar por la belleza del Amor que es el mismo
Jesucristo! Creed en el Amor. Para un hombre y una
mujer cristiana esto es fundamental. Aquí está la
clave para vivir la comunión y la entrega total y
absoluta del uno al otro y de ambos a los hijos. El
primer elemento de la belleza del amor conyugal es
la plenitud de la entrega que lo conforma. Ahí está
la clave adecuada para descubrir a la otra persona y
construirse desde el amor. Aprender a vivir en el
día a día esta forma de construir el matrimonio,
desde el Amor, y a cimentar en esta clave el hogar
cristiano, ahí está la cima y el punto para
encontrar la felicidad.
Santina de Covadonga, enseña a las familias de
Asturias a encontrar el tesoro de esa única morada
en la que podemos vivir y desarrollarnos, crecer y
amar, construir la sociedad y servir a los demás.
Tú, junto a San José, recibisteis en el seno de
vuestra familia a quien es el único Camino, la única
Verdad y la única Vida que tiene el hombre y que le
da plenitud, que es Jesucristo. Por tu intercesión,
te pedimos que las familias de Asturias sepan
recibirlo y acogerlo en sus vidas y así poner en el
centro de cada hogar a quien ahora en este altar se
va a hacer realmente presente en el Misterio de la
Eucaristía. Amén.
Carlos Osoro, Arzobispo de
Oviedo |