Las claves de José Luis Balbín
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García, Quintero y los medios ante la libertad de expresión

No sé si debo meterme a comentar un asunto de tanta polémica y que no me afecta directamente, pero lo hago porque sí concierne a esta profesión que adoro —y de ahí mi rechazo a quienes sólo la denigran al aprovecharse de ella— y por mi simpatía personal con casi todos sus protagonistas.

Proveniente de la radio y uno de los pocos que supo ser agradecido tras el paso de los años a sus protectores iniciales, el casi paisano García era aún un poco más crío que yo cuando comenzábamos en el diario Pueblo. Ya entonces se ganaba polémicas de no te menees —para la época— que le fueron haciendo un nombre cada día más conocido hasta convertirse en uno de los relevantes del periodismo, en los diferentes medios. Ni el deporte ni una inclinación a la provocación han sido los que yo elegí, pero siempre me ha parecido valiente y convencido de sus razones.

A veces me ha costado trabajo distinguir entre verdades, provocaciones e insultos —que no son mi estilo— y en el caso de actualidad menos lo puedo saber, puesto que no he oído la entrevista, pero me extraña que García no lo haya medido. Lo único que no tengo claro de sus declaraciones posteriores, que sí le he oído, es si de los insultos —si los hubo, que no he conseguido saberlo— en un medio de publicación sólo es responsable quien los pronuncia y nada el director que los emite o publica. Espero que me lo aclaren mis amigos juristas.

Hace mucho tiempo que Jesús Quintero hace un periodismo original y brillante, que le han acarreado no pocas travesías del desierto y disgustos. Desaparecido —para casi todos, por lo visto— entre la reciente entrevista controvertida y su reaparición en pantalla, me interesaba saber cuál sería el comienzo de su último programa. Me ha parecido impecable. Sobre todo, su referencia a los que jamás dimiten y piden toda clase de dimisiones ajenas —abocándolas, si pueden, al silencio eterno—, al trabajo de muchos compañeros y al riesgo de que desaparezca uno de los pocos programas que todavía se pueden ver.

TVE es una televisión pública a la que, por serlo, sigo deseando todo lo mejor, pese al desastroso comportamiento de tantos y tantos de sus responsables a lo largo de su historia, y al ejemplar de los que la dirigieron en sus mejores momentos, destacando el de Fernando Castedo. Tiene mal arreglo mientras los políticos sigan decidiendo hacer política con ella en vez de periodismo. Con las nuevas estructuras, tuvieron otra oportunidad, pero que si quieres arroz, Catalina. Por el sistema de los porcentajes y los consensos en los que sí se ponen de acuerdo, siguen quedando en sus manos las decisiones últimas, sólo justificables si algún profesional se salta los códigos..., lo que, en lo que hace a la televisión basura, parece no tener importancia y son transgredidos sin parar. Con todo, habrá que conceder un margen a la nueva trayectoria, aunque estos comienzos no sean muy prometedores.

También yo me negué a dimitir en determinados momentos. Era como justificar a los espíritus censores..., que son legión, también dentro de la profesión. Si quieren cesar a alguien, que lo hagan y lo expliquen. Bien es verdad que, como decía uno de los grandes culpables, "ya escampará".

Y lo peor es que escampa. Mientras, los que piden tantas dimisiones se frotan las manos. Hacen como que se olvidan.

Total, aquí murieron treinta romanos y cuarenta cartagineses.

-    José Luis Balbín   

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